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Asunto:NoticiasdelCeHu 293/15 - VIAJANDO: La Modesta Victoria y el lagomoto del Nahuel Huapi
Fecha:Sabado, 29 de Agosto, 2015  12:29:56 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 293/15
 

 

La Modesta Victoria y el lagomoto del Nahuel Huapi

 

Durante los primeros años de la década del ’40, mi padre había vivido en San Carlos de Bariloche. Lo había hecho en una pensión junto con algunos amigos y el motivo había tenido que ver con que en Bahía Blanca, ciudad donde residía, no tenía una buena paga por su trabajo de fotógrafo. Indudablemente conservaba muy gratos recuerdos de esa época, aunque como en todo lugar, había habido situaciones positivas y negativas. Pero evidentemente la balanza se había inclinado favorablemente, ya que desde muy chica yo escuchaba sus anécdotas que contaba con mucho entusiasmo y cariño. Creo que la más destacada de todas había tenido que ver con el inicio de su carrera periodística en LU8, radio que había comenzado a salir al aire en 1943, siendo su fundadora la Compañía Broadcasting de la Patagonia S. A., propiedad de la familia Menéndez Behety con importantes negocios como “La Anónima”. También me hablaba de las noches de intenso frío que pasaba con sus compañeros de habitación, de las obras de teatro que armaban para tener algo con qué entretenerse, del Club Andino, de los partidos de fútbol “internacionales” que iba a jugar a Puerto Montt con un equipo amateur, y sobre muchas otras cosas simples que sucedían en un pequeño pueblo como era Bariloche en ese entonces. Y nunca olvidaba de dedicarle un espacio a la Modesta Victoria, esa lancha que comenzara a surcar las aguas del lago Nahuel Huapi desde el diez de noviembre de mil novecientos treinta y ocho, y que se había convertido en Patrimonio Histórico de San Carlos de Bariloche y del Parque Nacional Nahuel Huapi.

La Modesta Victoria había sido construida en Amsterdam, por encargo de Exequiel Bustillo quien por entonces presidía Parques Nacionales. Las partes constituyentes de la lancha fueron transportadas primero en barco y luego en tren hasta San Carlos de Bariloche donde se ensamblaron. Y tomó su nombre del pequeño velero con que el vicealmirante Eduardo O’Connor hiciera la primera navegación por el Nahuel Huapi en la década de 1880.

Veintidós años después de su presencia en el lago, el 22 de mayo de 1960 a las cuatro y cuarto de la tarde, estando amarrada en el antiguo puerto de pilotes de madera de San Carlos de Bariloche, se oyeron ruidos subterráneos y la tierra comenzó a temblar con tintineo de cristales. Las campanas de la iglesia repicaban sin parar, mientras las aguas del lago se retiraron repentinamente de la costa, para luego tomar impulso y arrancar el muelle con una fuerte ola que llegó casi hasta el Centro Cívico. Varias naves zozobraron, pero la Modesta Victoria después de que se rompiera de un tirón el cable de acero que la tenía atada, quedó al garete en medio del lago, ante el estupor del único hombre que se encontraba en su interior realizando tareas de mantenimiento. Salvo rajaduras en algunas construcciones, no hubo otros destrozos, sin embargo, fallecieron ahogados dos vecinos que se encontraban cerca de la costa, a causa del tsunami en el lago, conocido como el “lagomoto”. El movimiento telúrico había tenido su epicentro en Valdivia, al sur de Chile, habiendo sido considerado el terremoto más fuerte registrado a nivel mundial (Mw 9,5).

Desde la década del setenta, yo había tenido la oportunidad de pasear varias veces en la Modesta Victoria durante mis visitas a la zona, pero esa mañana del martes 18 de febrero de 2014, cuando dijeron que ella nos llevaría hasta el Bosque de Arrayanes y a la isla Victoria, creí que se trataba de una réplica. Pensé que por sus setenta y seis años de antigüedad no estaría en condiciones de continuar navegando, tampoco la reconocí exteriormente, y entusiasmada admirando el paisaje en un día espectacular, no reparé en detalles.

Pero cuando al caer la tarde, ya relajados, volvimos a subir en Puerto Anchorena, comencé a observar su interior y reconocí sus pasillos, mamparas y timonera, y sus bronces originales muy bien lustrados. ¡Era ella misma!

Consulté con la guía y me comentó que después de que Parques Nacionales la vendiera, se había hecho cargo Turisur, que la había reacondicionado cambiando los motores, rediseñando los sanitarios, retapizando sus asientos, modernizando las barras del servicio gastronómico, incorporando un radar y un GPS de última generación, y agregando un moderno sistema de calefacción central. Y que si bien no había favorecido su aspecto exterior, se le había hecho un cerramiento en la cubierta principal para aumentar a trescientos el número de pasajeros y poder ser utilizada durante todo el año, dadas las inclemencias del clima de Bariloche. Pero como toda empresa privada, habían reducido el personal de catorce a sólo cinco tripulantes.

En el piso inferior se encontraba un mini-museíto donde se exhibían fotografías y elementos de los viejos tiempos. Ludmila, Laurita y yo fuimos a conocerlo, pero Martín prefirió permanecer en su asiento tomando una Coca Cola.

 

Imagen de las consecuencias del terremoto de 1960

 

 

La Modesta Victoria en el viejo muelle de Bariloche

 

 

Gorras de los capitanes y otros elementos de la nave

 

 

Bocinas originales, objetos varios, instrumental y fotografías

 

 

Farol original y bandera de la década del sesenta

 

 

Martín tomando su bebida preferida a bordo de la Modesta Victoria

 

 

Y después de tantos recuerdos durante una navegación apacible, arribamos nuevamente a Puerto Pañuelo, que ya a esas horas estaba desolado.

 

 

Pequeñas embarcaciones en Puerto Pañuelo

 

 

Desde allí nosotros debíamos regresar a nuestro hotel en el Centro de Bariloche. Estábamos a veinticinco kilómetros y el micro de la empresa Turisur nos quería cobrar noventa pesos a cada uno.  Así que fuimos hasta la parada del colectivo de línea.

Estábamos pacientemente esperándolo cuando apareció un perro corriendo autos y Martín asustado, casi cruza la ruta. Mientras trataba de sostenerlo, pedí desesperadamente a la gente que estaba en la fila que quitara al perro; pero como solía suceder, los turistas argentinos no se dieron por enterados y fueron los chilenos quienes lo espantaron.

Al subir al vehículo nos enteramos que no se podía abonar en efectivo sino que era necesario contar con una tarjeta. Martín y yo no pagaríamos por el certificado de discapacidad, pero para las nenas pedí tarjeta prestada a los demás pasajeros. Varios se ofrecieron y acepté la de una chica quien no quería aceptar que le retribuyera la atención.

Llegamos al Centro y caminamos algunas cuadras. Los chicos estaban tan contentos como cansados. Los dejé en el hotel, crucé al supermercado de enfrente, y compré sanguchitos y bebidas para comer en la habitación.

Esa noche las nenas quisieron que les relatara algunas de las vivencias que había tenido su bisabuelo en esos lares. Y a mí me produjo un gran placer recordarlas.

 

 

Ana María Liberali

 




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