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Asunto:NoticiasdelCeHu 783/14 - Del trabajo a la casa, la circularidad muestra su contorno
Fecha:Domingo, 16 de Noviembre, 2014  19:29:50 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 783/14
 
 

Del trabajo a la casa, la circularidad muestra su contorno

 

Yo tenía mi casa en villa la Hondonada. De ahí, nos quisieron sacar a mí y a todos los que vivíamos ahí. Nos querían mandar a otro barrio diciendo que había mucha delincuencia, que estaba metida la droga y no sé cuántas cosas más. Parece que de repente llamamos su atención.

Con ayuda de los diarios y la tele, trabajando para los dueños de la ciudad, se fue creando la idea de que la villa era un lugar malo, donde había conflictos. De esa manera buscaron la complacencia de los vecinos cercanos a la villa con la idea de desplazar esa “zona de peligro” a otra parte. En ese momento entendí las palabras de un militante que visitaba de vez en cuando el barrio quien supo decir: “El capitalismo, lejos de resolver los problemas, lo único que hace es cambiarlos de lugar.” No les interesaba que estemos bien sino que seamos invisibles.

De a poquito se fue caldeando la cosa. Empezaron a traer asistentes sociales con la excusa de que tenían que ver en qué condiciones vivíamos. Nos censaron como 2 veces, en años diferentes y toda gente distinta, pero nunca nos preguntaron qué queríamos nosotros. Sólo respondíamos como máquinas a preguntas prefabricadas.

Nosotros, al ver que ya estaba cada vez más heavy la cosa, empezamos a juntarnos. En esas reuniones surgió la idea de cortar la calle y pedir por que nos dieran materiales para refaccionar las casas (no queríamos esa “vivienda digna” que nos ofrecían en otro lugar; pero sí nos venía bien hacer más digna la nuestra mejorándola).

Después de idas y vueltas a muchos nos convencieron y nos fuimos. Al principio pensábamos que era lo mejor ya que íbamos a dejar de vivir en la villa, en un rancho. Pero al poco tiempo me sentí como una bolsa de papa que la sacaron del campo y la tiraron en otro lugar para ser vendida. Desde la municipalidad nos dieron la llave de la casa y nos advirtieron que no las dejemos por nada del mundo. Que si alguien se nos metía, ellos no se iban a hacer responsables.

Este nuevo barrio a donde nos mudaron era muy distinto del que veníamos. Por empezar, era mucho más violento: robos por todos lados y efectivamente te ocupaban la casa si te distraías. Siempre pensé que estas cosas pasaban porque metieron en un mismo lugar a gente de diferentes partes de la ciudad. E incluso de otros lados también, porque algunos vinieron de villas de Buenos Aires. Yo no me sentí nunca identificado con este nuevo barrio. Cada uno para cada uno; siempre puertas adentro. No entendía sus códigos. No tenía ningún pasado común que me uniera a mis vecinos. La trayectoria de vida de ellos era ajena a la mía y la mía a la de ellos. Igualmente a nosotros no nos iba tan mal. Peor le iba a los Gómez, una familia vecina que no venía de la villa, razón por la cual los discriminaban. Esta gente había comprado la casa a una familia de la Hondonada a la que le habían otorgado el plan. Aunque supuestamente no se puede, las casas del plan se compran y se venden continuamente. Para colmo la casa de los Gómez había quedado en el medio de otros vecinos que, desde antes se llevaban mal. Éstos venían de villas que siempre rivalizaron. A su vez se peleaban con la villa de acá. Como que había una lucha para ver quién era el más kapanga de la zona.

Por otro lado, en este nuevo barrio el correo no me llegaba más y lo tenía que ir a buscar a la sociedad de fomento. Esto es porque un día lo fajaron al cartero, yo siempre me preguntaba qué pasaría si me mandaban un telegrama o algo de la fábrica de pescado. Pero el día que realmente me indigné fue cuando fui a comprar una heladera nueva ya que la vieja se rompió con la mudanza y no enfrió más. Cuando di mi dirección para que me la lleve el flete de la casa de electrodomésticos, me dijeron que a ese barrio no iban. De hecho me mostraron un mapa de la ciudad donde había un montón de cruces rojas, señalando lugares a los que no entraban por miedo a los robos. Mi nueva casa quedó debajo de una de estas cruces.

Antes laburaba de filetero en el puerto. A veces ganaba bien, otras mal pero siempre en negro. No tenía obra social para los pibes y cuando fuera viejo no iba a tener jubilación. Cuando nos mandaron a la periferia de la ciudad trasladarme hasta el puerto me quedó tres veces más lejos, pasé de llegar en cinco minutos a tardar una hora ¡si pegaba bien los bondis! Un día, por llegar tarde al laburo el jefe me notificó que ya no volviera, que estaba sin trabajo. Ahí estuve boyando sin saber qué hacer. Hacía changas, pero la cosa se me complicaba cada vez más. Empecé a tirar currículum por todos lados, pero estaba condicionado por la edad, porque tenía pibes, por el lugar donde vivía, qué sé yo, por haber nacido. Al poco tiempo volvió a caer en casa uno de los tantos pibes de la universidad que a veces pasan haciendo encuestas, lo cual me llamó la atención ya que generalmente una vez que logran sus datos para lo que sea que estén estudiando no vuelven más. Pegamos onda con el pibe y le conté que me habían echado de la filetera. Entonces me dijo que podía intentar que yo entre en la fábrica donde él trabajaba. Pasó un tiempo y no hubo ni noticia. Las cosas siguieron estando mal para mi familia, difícilmente me la rebuscaba como podía.

Un día llegué a casa, luego de un trabajito de albañil que salió en lo de un amigo, mi señora que me esperaba con un notición: me habían llamado del parque industrial, querían tener una entrevista de laburo. ¡No lo podía creer! Iba a trabajar en una multinacional, en blanco y donde se me vería como un verdadero trabajador, respetado en todos sus derechos.

Me presenté a la entrevista y me contrataron. Empezó a cambiar mi vida y la de mi familia. Empecé a cobrar un sueldo todos los meses. ¡Tenía derecho a vacaciones! Se me pagaba el presentismo, la productividad y el aguinaldo. Y empecé a contar con obra social.

Mientras transcurría mi tiempo como obrero me preocupaba por hacer las cosas bien para poder pasar de peón a operario y luego, si Dios me ayudaba, quizás lograría ser operario calificado. Pero también me empezaron a hacer ruido un montón de lógicas fabriles. Éstas iban y venían en mi cabeza y chocaban con la historia de mi vida en el barrio. Entonces, sin quererlo, en una especie de viaje conmigo mismo, empecé a marcar algunos paralelismos.

 

Trabajo, barrio: dos caras de un mismo miedo. Control, competencias y cometas

Cuando nos quisieron sacar de la villa hicieron correr la bola de que la Hondonada era un lugar de malvivientes, buscando que los vecinos es decir los ciudadanos “con derechos” sean cómplices de la relocalización. A su vez, en la fábrica, se hacía correr la idea de que todos los que trabajaban allí formaban parte de una gran familia, donde cada uno observaría lo que hacía cada integrante. Si había una oveja descarriada sería el mismo grupo, la misma gran familia la que tenía que denunciarlo y ser cómplice de su despido si este fuera necesario. Esto me rompía un poco las bolas ya que yo nunca fui buchón de nadie. Por otro lado, ese tema de la gran familia, con un montón de hermanos y un padre que supongo sería el dueño de la empresa, me hacía recordar a esos pastores religiosos que salen en televisión. ¡A mí nunca me convencieron! Además el dueño debe de ser un mal padre ya que nunca viene a visitar a sus hijos. Yo nunca lo conocí. Creo que vive en Alemania donde está la central, dicen que un día pasó por aquí, pero que cuando vino, sólo se reunió con los puestos jerárquicos. ¡Éstos deben ser sus hijos predilectos!

En la fábrica ante el miedo de quedarse sin trabajo, se implanta el terror. Los trabajadores aceptan las directrices sin protestar ya que muy oportunamente se hace uso de que afuera reine el desempleo, los salarios bajos y la inseguridad en todos los niveles. De hecho, recuerdo que en mi entrevista laboral, la jefa de personal supo intimidarme al señalar una gran torre de currículum que esperaban por mi puesto. ¡Parecía un obelisco de currículum! En ese momento recordé uno de los videos que vimos en la villa cuando empezamos a organizarnos. En él se veía cómo el sistema se vale de un ejército de reserva, un ejército de desocupados y marginados que presionan empujando a la baja los salarios. Los capitalistas, así, amenazan a los que tienen trabajo con mandarlos a la miseria si no se someten a sus exigencias. Un miedo similar viví en el barrio cuando se nos amenazaba con dejarnos fuera del plan de vivienda. Yo tengo un pariente que se fue de la villa porque consiguió alquilar una casita, pero desde el municipio le dijeron que si no vivía en la villa al momento de la relocalización no iba a poder reclamar casa. Entonces se vio obligado a venirse un año más a la Hondonada a lo de mi suegra, que no tiene espacio ni para un perro, él, su mujer y sus dos hijos. Asimismo la posible relocalización de la fábrica también se usa como amenaza. Al ser de capitales extranjeros, si no hacíamos las cosas bien o si rompíamos mucho las bolas con algunos reclamos, ésta iba a cerrar sus puertas y se iba a volver a su país de origen quedándonos todos sin trabajo.

Cuando entré a trabajar, me acuerdo que di una dirección que no era la correcta por miedo a que no me tomen. Esto lo dije por las dudas ya que como a mi barrio no entra el remis, y como el único colectivo anda más o menos, tenía miedo que pensaran que iba a llegar tarde, o más de una vez no iba a ir. Eso sí, una vez que quedé efectivo, que pasaron los 3 meses de contrato a prueba, recién ahí di mi verdadero domicilio. Y por un lado me vi beneficiado ya que cuando presentaba carpeta médica con reposo domiciliario, el médico de la empresa no lo iba a verificar por miedo de entrar al barrio.

Uno de los tantos días en la fábrica me llamó la atención ver que, en diferentes carteleras, empezaron a aparecer gráficos de barra que mostraban lo que producía cada sector y cada turno. Entonces apareció un compañero de trabajo que me cuestionó que yo estaba yendo mucho al baño y me dijo apuntando a dichas carteleras “Fijate que el turno noche está produciendo mucho más que nosotros. A ver si cortás un poquito con el baño”. Esto no sólo me hizo acordar a los gráficos que me mostró en una oportunidad la jefa de las asistentes sociales con todos los anotados que pedían casas, sino que además observé que tenían un objetivo parecido: en la fábrica se generaron peleas entre los trabajadores y competencia por lo que producía cada turno y en cada sector (en plástico, en revisado, en empaque, etc.); y en el barrio, nos llevaron a pelearnos entre nosotros por ver quién accedía a qué casita y al lado de quién (“que no me llevo con mi hermana entonces no me pongás al lado de su casa”; “que me dijeron que los de esquina son chorros”; etc.).

Los viejos operarios de mi sector me contaron que antes que comprara la multinacional, las luchas para lograr las cosas eran más bien en forma colectiva, y aunque los ex patrones al igual que éstos eran unas aves rapaces, sólo tenían dos o tres buchones que les tiraban data y a quienes éstos les pagaban con más plata. Con la multinacional las cosas cambiaron. Empezaron a aparecer cada vez más jefes de jefes, como quien dice “muchos caciques y pocos indios”. Ahora, aquellos que les chupan las medias a esos jefecitos es a los que mejor les va, los que menos trabajan y los que más rápido ascienden. Igualmente yo ya estaba acostumbrado a esto ya que había aprendido que el municipio beneficiaba más con las casas a aquellas familias que se llevaran mejor, que más cerca estén de la jefa de los asistentes sociales, sobre todo a los que les llevaban regalitos.

Por momentos me olvidaba de los paralelismos y disfrutaba de mi estabilidad laboral. Resulta que por primera vez en mi vida pude llevar a mi familia de vacaciones. Pero al volver, me encontré que mi casa estaba tomada. Traté de hacerme entender con la gente que se me había metido, pero no hubo forma. Entonces fui al municipio y al instituto de la vivienda a reclamar y a hacer la denuncia, pero me dijeron que no se podía hacer nada. Que me habían advertido que eso podía pasar y que había hecho mal en haberme ido de vacaciones y haber dejado la casa sola. Me volvieron a anotar en una lista y cuando vieron mi recibo de sueldo me explicaron que existía un plan con una financiación diferente, que era un plan hecho para gente que sí pudiera pagar las casas, “para gente bien”. No como el plan en el que estaba yo, supuestamente pensado para los que no podían pagar. ¡Ahora tenía trabajo y en blanco! Escuché, me interesó y me metí. Sentí que mi situación había cambiado y que podía ofrecerles unas mejores condiciones de vida a mi mujer y a mis hijos. Mientras me salía la nueva casita volví a la zona de mi querida Hondonada y le alquilé la casa a un amigo a dos cuadras de donde estaba la villa. La cual, lejos de desaparecer, crecía sobre los escombros de las casillas volteadas, sobre las cicatrices que dejó la organización del espacio anterior. A pesar de que los medios señalan que casi la totalidad de la villa fue relocalizada, no dicen nada sobre muchas familias migrantes que se instalan día a día sobre las ruinas que dejaron las topadoras municipales.

Después de un año, volvimos a trasladarnos con mi familia a un nuevo barrio. Un barrio lleno de casitas color lila. Yo miraba a mí alrededor y me acordaba de las casitas blancas del barrio donde me habían trasladado antes. Ahora formábamos parte de los habitantes de las llamadas casitas “milka”. En el trabajo también nos diferencian por colores: los uniformes azules son de producción, los verdes plástico, los negros mantenimiento. No sé bien porqué esto es así. Supongo que es para ser controlados y más fácilmente visibilizados por las cámaras de seguridad. ¡Quién sabe!

Las cámaras de seguridad existen porque la empresa también tiene miedo, ¡miedo a que sus empleados les roben! Entonces ponen en marcha toda una batería de dispositivos a los que se agrega una empresa tercerizada de seguridad, cuyos integrantes nos pasan una especie de detector de metales por el cuerpo y nos obligan a mostrar el bolso a la salida. Este accionar también se parece al del barrio donde me habían tomado la casa. Era singular la cantidad de rottweiler que los vecinos ponían como medida de seguridad. En el patio de casi todas las casas hay rottweiler. Cuando tienen cría se los van vendiendo entre los vecinos. De vez en cuando se escapa uno y hace un desastre. Recuerdo el julepe de los pibes de la universidad cuando el mío se los quiso comer. ¡Yo para colmo les conté que a mi me había mordido una pierna!

 

Cuanto más cambian las cosas más siguen igual. La ceguera académica

Después de seis años como efectivo, la fábrica empezó a incorporar gente con el secundario terminado. Ante el miedo que nos rajen por no tenerlo, algunos viejos nos pusimos a estudiar. Por suerte yo ya tenía algunos años cursados y pude terminarlo en sólo uno a través de un plan que lanzó el gobierno en el cual, si bien no aprendí un carajo, por lo menos me hice del papelito. Me ayudó mucho el haber ido los primeros años de mi adolescencia al secundario, esto debo agradecérselo a mi vieja que a pesar de venir de una familia humilde tenía la idea que había que estudiar para “ser alguien”. “Tenés que estudiar para que no te caguen”, me decía. Terminé y ya que estaba en el baile, me decidí a seguir estudiando. Primero porque entendí que para ascender posiciones o le chupaba las medias a los de casco blanco, es decir a los hijos predilectos de la gran familia, o intentaba obtener un título y presionar para que me lo reconozcan. Y segundo porque el haber trabajado en changas toda mi vida me daba una ventaja que era que sabía trabajar con mis manos y muchas veces éramos nosotros los que les enseñábamos a los ingenieros. Nosotros los trabajadores le conocíamos las mañas a las máquinas, no teníamos la teoría de ellos, pero sabíamos laburar. Pero en la fábrica parecía que no importaba lo que sabías hacer sino tener un papelito que te acredite para hacerlo. Fue así que en busca del apreciado titulito entré a estudiar ingeniería en la pública. Después de un año de estudio me di cuenta que me tiraban más los temas sociales. Entonces me puse a estudiar Sociología y ahí es donde empecé a leer a los clásicos, como Comte, Weber, Durkheim y Marx. Tuve algunos profesores buenos, pero otros muy mediocres. Incluso con doctorados y miles de títulos. Así como en la fábrica el que sabe, sabe, y el que no, es jefe, en la academia los doctorados tampoco quitan lo tarado.

Tal es así que, en una de las cátedras, llegó a mis manos un estudio de caso hecho por esos universitarios que nos visitaban en la Hondonada. La mirada de éstos nos ponía en una dicotomía de buenos y malos en donde nosotros, los buenos, éramos aplastados por los malos por no entender los mecanismos de éstos. Ellos de alguna manera venían a poner en claro estos mecanismos y ayudarnos a entender. Nos cargaban de cierta ingenuidad y al mismo tiempo que nos alababan obviaban nuestras contradicciones. Cuando leía este trabajo de investigación me daba la sensación que sus autores tenían la necesidad de diferenciarse, por lo menos con sus palabras, de esa clase burguesa de la que por herencia se sienten parte. Entonces pensé que yo debía ser investigador ya que a diferencia de estos intelectuales que en el mejor de los casos patearon el barrio, yo viví en él. Era mi espacio cotidiano y podía hablar mejor de él. Pero mis ansias de investigador pronto se vieron obstaculizadas por cierta burocracia que no me permite acceder a becas por mi edad o por cuestiones que no entiendo como la regularidad, o porque no hay franjas horarias que contemplen al tipo que trabaja, o porque mis cursos fabriles de soldador y demás no sirven en la “lucha de los papers”. Porque la universidad es elitista, porque en ella también hay cámaras de seguridad, porque otra vez la circularidad del sistema vuelve a mostrarme su contorno.

 

Salario justo y vivienda digna. La enajenación del sistema capitalista

Mientras dicha circularidad se me presentaba cual si fuera una ironía, algunas de las ideas que empezaron a invadir mi mente estaban en línea con las de Marx: el objetivo último de la lucha de la clase obrera no debe ser la aspiración a ciertos logros dentro del sistema capitalista, sino reemplazar el sistema por una economía socialista controlada por los propios trabajadores. Como Marx declaró en las postrimerías de su obra “Valor, precio y beneficio”, “(…) en vez de la consigna conservadora: ‘¡Un salario justo para un día de trabajo justo!’, los trabajadores tienen que inscribir en sus banderas el lema: ‘¡Abolición del sistema de salarios!’” En tal sentido es de destacar el atino de Marx al hablar de la falsa conciencia de clase. Ésta parecía adueñarse de mis compañeros de fábrica, de mis vecinos del barrio y de mí. Es como que todos estamos formateados por esa estructura burguesa que de alguna manera nos lleva a justificar nuestra compulsiva relocalización y la pésima vivienda en las que habíamos sido depositados con el hecho de que veníamos de vivir en un rancho en la villa. Así la idea de la pelea por un salario digno me retrotrae al debate en torno a la vivienda digna. Ambos discursos son movilizantes, discursivamente hablando, pero ninguno de ellos ataca a las cuestiones de fondo y no hacen más que reproducir la explotación de una clase social sobre otra.

En cierta oportunidad, en el cuarto de hora entregado por la patronal para merendar, mientras me apresuraba a comer (ya que tenía ganas de ir al baño y temía ser sancionado si no llegaba a mi puesto de trabajo a tiempo), escuché en la tele el noticiero local que comentaba lo que estaba ocurriendo en un barrio: “Una toma en el barrio Patronato.” Todos prestaron más atención y mientras escuchaba, unos compañeros comentaron: “A estos negros les dan una casa, cuando yo tuve que trabajar horas extras toda mi vida para poder hacerme la mía”; “Trabajo hace veinte años y tengo que alquilar, mientras a estos vagos les dan una casa.” Yo que la viví de abajo, yo que había sido relocalizado compulsivamente, que había sido echado del barrio donde jugué a la pelota de chico, donde nunca entendí que si se trataba de darnos una vivienda digna porqué no nos dejaron arreglar nuestras casas ahí, en el barrio, yo no podía más que sentir rabia por lo que decían mis compañeros. Pero no me convenía enfrentarme a ellos, sabía que si la discusión terminaba en una pelea, podían echarme y volver a ser un desempleado, no podía darme esos lujos teniendo muchas cosas que pagar a crédito. Al mismo tiempo me sentí un hipócrita al reflexionar que, si bien estos obreros, supuesto motor de la revolución, no entendían que se trataba de relocalizados por especulación inmobiliaria y menos que la tierra es de quien la habita, tampoco en su momento ni mis vecinos ni yo pusimos en tela de juicio que las casas que nos entregaron hayan sido bajo el sistema de propiedad privada; todo lo contrario, siempre estuvimos muy de acuerdo con ello.

El discurso de mis compañeros veo que se repite una y otra vez. Es eco del ruido de la clase dominante que utiliza al espacio urbano para su propio usufructo, despojando a los sectores excluidos de los beneficios que ellos se apropian, creando una realidad que hace ver normal el uso restringido de la ciudad, cuando por derecho, la ciudad debiera ser de todos y para todos. Bajo la lógica capitalista el espacio es visto como un bien de cambio sujeto a las leyes de mercado donde su visualización y también su ocultamiento van a depender de si existe conciencia de clase o no. Pero el tema es que yo me considero un tipo con conciencia e igualmente estoy atravesado por la enajenación del sistema, me atraviesa en mi barrio, en mi trabajo y en la facu, me atraviesa en todos los órdenes de mi vida.

Con el paso de los años me convertí en una persona distinta. Ya no soy un trabajador a changas, filetero en busca de una planta donde trabajar, sino que ahora soy un asalariado efectivo, con una casa “propia”, o por lo menos con la posesión de una, metido de plano en el consumismo, y sirviendo en todo sentido a la reproducción ampliada del capital. Mi condición de trabajador es también la condición que me aburguesó. Los discursos reaccionarios que escucho en la fábrica ya no me molestan tanto, y aún entendiéndolos como propios de una clase que siempre me oprimió, mi preocupación actual está más ligada a pagar el auto, la casita y las vacaciones. ¿Qué más se puede pedir?

 

 

Nota bibliográfica:

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SAR MORENO, Cristian; FABIANI, Luis Gabriel (2013). “Del trabajo a la casa, la circularidad muestra su contorno”. En: NÚÑEZ, A. [et.al.] Territorialidades (rel) atadas. 1a ed. - Santa Fe: Colectivo Editorial 4OJOS. ISBN 978-987-29327-1-8

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