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Asunto:NoticiasdelCeHu 769/14 - VIAJANDO: Iruya, catorce años después…
Fecha:Jueves, 13 de Noviembre, 2014  11:11:04 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 769/14
 

 

Iruya, catorce años después…

 

La localidad de Humahuaca se encontraba sobre los 3000 m.s.n.m., pero en esa oportunidad no nos apunamos, ya que tomamos los recaudos necesarios como no hacer esfuerzos, comer poco y beber mucha agua.  Sin embargo, en uno de los barcitos decorados con motivos autóctonos existentes en 2001, pedimos un té de coca que figuraba sin tapujos entre las bebidas ofrecidas en el lugar. Y sólo eso ya mostraba una gran diferencia respecto de la primera vez que había estado allí en el año 86, cuando Jorge y yo nos descompusimos terriblemente sumado a un fortísimo dolor de cabeza, por lo que Roberto y Omar habían tenido que salir a buscar desesperadamente hojas de coca a diferentes negocios que negaban tener, pero que les iban recomendando uno tras otro sotto voce, como si se tratara de un terrible delito, para conseguirlas tras el sexto intento en la feria artesanal.

Pero nuestra presencia en Humahuaca, además de tomarnos unos días de descanso, se debía a que era el punto de partida del ómnibus que iba a Iruya. Ya no era necesario, como en 1987, negociar el precio con el chofer del camión de don Mendoza, el dueño del único almacén de ramos generales de Iruya, que hacía viajes periódicos a Humahuaca a buscar mercadería y cargar pasajeros que iban apiñados pagando fortuna para sus magros bolsillos. El colectivo era muy viejo y desvencijado, pero regular, con tarifa fija y más potable. Y eso ya era un paso adelante.

Omar, Marisol, Joaquín, Martín y yo partimos una mañana muy temprano. Tomamos la ruta nacional número nueve hacia el norte por veinte kilómetros, y desde allí por ripio cincuenta y cuatro kilómetros más de camino de alta montaña, angosto, muy empinado y con gran cantidad de curvas. Tan hermoso como peligroso.

La primera parte era en subida hasta llegar a casi 4000 m.s.n.m. en el punto en que se pasaba de la provincia de Jujuy a la de Salta, para luego descender abruptamente hasta los 2800 m.s.n.m. en que se encontraba Iruya. Pero evidentemente el vehículo no era apto para semejante esfuerzo, por lo que el motor se recalentaba y a cada paso debían refrigerarlo a baldazos de agua. Y siendo así, en lugar de las tres horas que indicaba la tabla de horarios, tardamos cuatro, que en definitiva era una menos que lo que le ponía el camión de Mendoza.

De lejos parecía que nada había cambiado. Se veía al pueblo colgado de un barranco, con la pequeña capilla y cultivos a su alrededor, pero en cuanto nos acercamos, vimos que se trataba de otro mundo. En catorce años nada era igual…

Las construcciones coloniales y las viviendas de adobe, piedra y paja se conservaban intactas, así como sus pequeñas calles empedradas, pero los contingentes de gente hablando en diversas lenguas, no existían en los años ochenta. En ese momento nadie hablaba de Iruya, y mucho menos desde el punto de vista turístico. Tal vez el hecho de haber sido declarada Lugar Histórico Nacional por el Decreto 370 del Poder Ejecutivo Nacional el 18 de febrero de 1995, le había dado el espaldarazo inicial, por lo que comenzara a aparecer en todos los anuncios de turismo de la provincia de Salta. Y si bien los ingresos derivados quedaban en Salta Capital, ya que casi todo lo relativo a la quebrada de Humahuaca y a sus alrededores se manejaba desde allí, los habitantes contaban con servicios anteriormente desconocidos.

Catorce años atrás los intercambios se hacían prácticamente sólo en base a trueque, incluso en el almacén de don Mendoza, que cambiaba pieles o carne de cabritos, tejidos en telar o huevos por diversidad de mercancías; y si bien para muchos lugareños esa práctica continuaba siendo viable, circulaban por el lugar monedas de diferentes partes del mundo, y hasta había una sucursal Móvil del Banco Macro.

Pero el cambio más destacable era que el pueblo contaba, desde el año anterior, con luz eléctrica en forma permanente y no sólo dos o tres horas diarias, como una década y media atrás. Y eso había traído aparejada la trasmisión de programas de televisión durante jornadas completas, con todo lo que eso implicaba.

La población estable se había duplicado, pasando de quinientos a mil habitantes, lo que constituía un cambio abismal en una población cuyas tradiciones se habían conservado prístinas durante más de dos siglos. Y precisamente los adolescentes habían comenzado a romperlas, no sólo modificando su vocabulario, gustos y costumbres, sino demandando derechos y beneficios que durante mucho tiempo les habían mantenido ocultos.

Por otra parte, se notaba una mejora de la calidad de vida, en especial la de los niños, por una mayor aceptación de los cuidados médicos gracias a la información recibida a partir de la televisión, incluso por parte de programas, que desde una mirada intelectual, podríamos calificar como de nivel mediocre. Pero el simple hecho de que lo dijera “la tele”, había contribuido a disminuir la mortalidad infantil y las muertes por parto. También las jóvenes habían comenzado a negarse a ciertas prácticas de abuso sexual como la “ramiada”, que hasta ese momento era considerado por todas como algo absolutamente normal.

Sin embargo los hombres, que se lo pasaban en el bar mirando partidos de fútbol, a la vez que disminuyendo la ingesta de alcohol, se quejaban de que las mujeres ya no querían trabajar en el campo, ni pretendían servirlos y vivir sólo pendientes de ellos, sino que perdían el tiempo con las novelas tratando de vestirse como “las de Buenos Aires”, con todos los prejuicios que eso significaba.

Y si bien algunos antropólogos lo veían como algo absolutamente negativo por tratarse de un claro ejemplo de aculturación, yo pensaba que era muy egoísta y discriminatorio obligar a un pueblo a mantener una tradición que lo condenara a una vida tan corta como miserable.

 

 

Ana María Liberali

 

 




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