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Asunto:NoticiasdelCeHu 678/14 - VIAJANDO: De La Paz a Copacabana
Fecha:Jueves, 18 de Septiembre, 2014  12:50:47 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 678/14
 

 

De La Paz a Copacabana

 

Nuevamente en La Paz volvimos a alojarnos en el hotel Fuentes de la calle Linares, y otra vez deambulamos por el barrio de las Brujas admirando la Basílica de San Francisco.

Hotel Fuentes en la calle Linares o de las Brujas

 

 

Deambulamos por el barrio de las Brujas

 

 

Admiramos la Basílica de San Francisco

 

 

Excesivo tránsito para calles tan angostas

 

 

Y en esa oportunidad destinamos el tiempo a hurgar en otros aspectos de la ciudad. Recorrimos a pie diferentes barrios, y en un taxi subimos a los cerros teniendo nuevas vistas panorámicas.

 

 

 

 

 

En uno de los barrios de La Paz

 

 

Obtuvimos nuevas vistas panorámicas

 

 

Tal cual en el resto de Bolivia, y de la mayoría de los países de América Latina, las grandes diferencias socioeconómicas se vislumbraban a cada paso. Y era el caso de los grandes mercados, donde además de la venta de frutas, verduras y carnes, se vendían comidas preparadas para comer al paso sin el más mínimo control bromatológico, mientras que en las confiterías de mayor nivel, las meseras atendían con barbijos.

 

Mercados sin ningún control bromatológico

 

 

 

Mesera tomando el pedido con barbijo en la confitería Dumbo

 

 

Martín enojado porque la torta no tenía dulce de leche

 

 

En esos días había en La Paz un parque de diversiones itinerante por lo que aprovechamos para llevar a Martín ya que era algo que disfrutaba mucho.

Primeramente subió al barco pirata pero cuando quiso hacerlo en la silla voladora, exigieron que fuera acompañado por un adulto responsable a quien no le cobrarían. Nosotros hicimos saber que Martín estaba acostumbrado a esos juegos y que no habría ningún inconveniente, pero ellos insistieron y entonces Omar se ofreció a subir con él. Pero al ver que Martín estaba más tranquilo que Omar, le permitieron que continuara dando más vueltas solo.

 

Martín en el barco pirata

 

 

Omar y Martín en las sillas voladoras

 

 

Omar y Martín levantando vuelo

 

 

Martín solo en las sillas voladoras

 

 

Diferentes culturas, una misma diversión

 

 

Martín estuvo en todos los juegos

 

 

Al día siguiente partimos rumbo a Copacabana, una pequeña localidad turística al borde del lago Titikaka, muy cerca del límite con Perú.

 

Saliendo de La Paz rumbo a Copacabana

 

 

Viviendas sobre las laderas de las montañas

 

 

Con rumbo hacia el oeste pasamos por El Alto, el suburbio más importante de La Paz; y por la ruta nacional dos fuimos bordeando el lago Titicaca hasta llegar a San Pablo de Tiquina a cien kilómetros del punto de partida.

 

Ciudad de El Alto

 

 

Bordeando el lago Titicaca

 

 

Llegando a San Pablo de Tiquina

 

 

En San Pablo de Tiquina bajamos del ómnibus y subimos a una lancha para cruzar el estrecho de Tiquina, siempre en el sector boliviano del lago Titicaca. Pero al ómnibus, junto con otros vehículos lo cargaron en una balsa, que tal cual como nuestra embarcación era absolutamente endeble frente a la amenaza de un temporal. Y si bien esa experiencia ya la habíamos tenido años atrás, el estrecho era verdaderamente estrecho y la navegación implicaba un corto tiempo, no por eso el temor estaba ausente, así que no nos quedaba otra que encomendarnos a los dioses, incluso a los de la Antigua Grecia.

Embarcadero de San Pablo de Tiquina

 

 

 

Con Martín en la lancha durante el cruce del estrecho de Tiquina

 

 

La balsa con los ómnibus en medio del estrecho de Tiquina con un temporal que se avecinaba

 

 

Del otro lado del estrecho se encontraba la localidad de San Pedro de Tiquina donde debíamos esperar la llegada de la balsa, que era mucho más lenta que la lancha. Y mientras aguardábamos, aprovechamos para tomar algo y observar la imponente estatua de Manco Cápac.

Según una de las tantas leyendas, Manco Cápac, junto con su esposa principal Mama Ocllo, hijos del dios Sol, habían nacido de las espumas del lago Titicaca con la misión de fundar la capital del futuro imperio en un lugar fértil donde se hundiría su báculo sagrado, cosa que sucediera en el valle del río Huatanay, en Cuzco. A partir de esto y de las dudas respecto de los años durante los cuales Manco Cápac viviera, muchos historiadores cuestionaron su existencia considerándolo un personaje mítico, mientras que otros argumentaban que fue el primer gobernador de Cuzco, y que sus descendientes o nobleza inca habían conservado su lugar hasta la llegada de los conquistadores.

 

Estatua de Manco Cápac en San Pedro de Tiquina

 

 

¡Y por fin llegó la balsa con los ómnibus!

 

 

Todavía nos quedaban cuarenta y cinco kilómetros para llegar a Copacabana, lo que demandara poco más de una hora.

Nos hospedamos en un hotel tan sencillo como agradable que nos había recomendado mi hija Fernanda quien había estado pocos días antes con una amiga. Estaba atendido por una pareja de collas muy hospitalarios, y todas las habitaciones daban hacia un gran lobby central, donde había diferentes espacios donde se podía descansar, conversar, consultar diarios y revistas o jugar al ajedrez entre pasajeros o con los encargados. Además, como en casi todas partes, se ofrecía mate de coca, caramelos y bananas en forma totalmente gratuita.

 

 

 

Martín mirando revistas en el lobby del hotel de Copacabana

 

 

Un partido de ajedrez entre la encargada del hotel y una pasajera

 

 

Mate de coca,  caramelos y bananas eran ofrecidos gratuitamente

 

 

Original lámpara en la habitación del hotel

 

 

Martín junto a la ventana de la habitación

 

 

Vista de Copacabana desde la ventana

 

 

Nuevas edificaciones destinadas al turismo

 

 

Playas del lago Titikaka

 

 

Cultivos en los predios urbanos

 

 

El hotel contaba, además, con un muy buen restorán donde servían todo tipo de comidas, aunque había algunos menúes muy económicos que incluían sopa, un segundo plato en base a carne, pollo o pescado con agregados de arroz, ensalada y papas fritas y una bebida.

 

Martín tomando la sopa en el restorán del hotel

 

 

Sopa y vasija autóctonas

 

 

Después del almuerzo iríamos a hacer una excursión lacustre a las islas del Sol y la Luna, pero de repente, sin causa aparente, Martín comenzó a insultar y salió corriendo hacia la calle. ¡Y nosotros detrás! Pero como al salir a la vereda la encontró llena de perros, volvió a entrar y golpeó con fuerza una estufa de hierro con el consecuente ruido. Ante semejante crisis, ninguno de los comensales, europeos la mayoría de ellos, se inmutó; sin embargo, el hombre que estaba a cargo del hotel, lejos de molestarse, nos ayudó a controlar la situación, y nos trasladó hacia el hospital municipal para que fuera debidamente atendido.

El hospital era pequeño, muy limpio y ordenadito, y mientras esperaba veía cómo estaban haciendo una campaña visual para la protección de mujeres y niños ante situaciones de marginalidad y analfabetismo.

Prontamente nos atendió una joven médica que, ante mi sorpresa, sabía mucho sobre autismo y sus reacciones. Me indicó que posiblemente se tratara del “mal de altura” con síntomas que Martín no pudiera expresar, pero que en esos casos no era conveniente el mate de coca ya que podría agravar el cuadro, por lo que debía suministrarle un calmante y tratar de hacerlo dormir. Así hice y ya avanzada la tarde, después de una profunda siesta, Martín estuvo listo para ir a merendar, sorteando con nuestra ayuda, la gran cantidad de canes que se desplazaban libremente por las calles.

 

 

Martín tomando la merienda en un barcito de Copacabana

 

 

Al día siguiente fuimos a caminar por el pueblo y por el pequeño puertito desde donde salían las lanchas hacia las islas, habiendo, además, otros vehículos a pedal para pasear en las inmediaciones de la costa.

 

 

Embarcaciones en el puertito de Copacabana

 

 

Lugar de partida de las excursiones lacustres

 

 

A pesar de que Martín se encontrara bien, desistimos de ir a las islas para evitar complicaciones y regresamos a La Paz desandando el camino por el cual habíamos llegado hasta allí.

 

 

 

Ana María Liberali

 

 




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