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Asunto:NoticiasdelCeHu 642/14 - VIAJANDO: Un viaje de Washington a Buenos Aires en que pasó de todo
Fecha:Sabado, 16 de Agosto, 2014  21:36:39 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 642/14
 

 

Un viaje de Washington a Buenos Aires en que pasó de todo

 

Ya estaba por finalizar la Reunión Anual de la Asociación de Geógrafos Americanos, y debía comenzar a resolver mi viaje de vuelta. Y como el servicio de ómnibus de la empresa Greyhound me había parecido muy malo, fui hasta la Washington Union Station para averiguar horarios y precios del ferrocarril. ¡Y el mundo era otro!

Si bien estaban enfrente una de otra, mientras la terminal de ómnibus, que sólo pertenecía a la empresa, era muy precaria en comparación con otras estaciones de buses de América Latina, la de trenes era una preciosura. No sólo el edificio en sí, sino la atención y los servicios, siendo un verdadero shopping.

Además, mientras el tren a New York tardaba sólo tres horas y veinte minutos cumplidos puntualmente, en los horarios de los buses, que según el camino que tomaran podían ser de cuatro horas y media a algo más de cinco, aclaraban que se trataba de tiempos estimativos, dependiendo del tráfico, de las condiciones meteorológicas y de lo que se tardara en cada parada, ya que si los pasajeros que bajaban para ir al baño o comprar algo de comida se demoraban, ese tiempo no se iba a recuperar aumentando la velocidad.

Pero los precios también representaban la diferencia, lo que se me hacía prohibitivo optar por el ferrocarril. Así que muy a mi pesar, crucé a las oficinas de Greyhound y reservé un servicio nocturno evitando así una noche más de hotel.

 

Confitería en el Hall central de la Washington Union Station

 

 

Las principales marcas en la Union Station

 

 

Uno de los amplios y relucientes pasillos de la Union Station

 

 

Y mientras en toda América Latina se habían desmantelado los principales servicios ferroviarios, en los Estados Unidos se enorgullecían con carteles que afirmaban “Trains move our economy”.

 

Los trenes mueven nuestra economía

 

 

Debido al peso de los libros y al maltrato en los aeropuertos, se me había roto la valija, y como regresaría con más papeles, necesitaba hacerme de una nueva. Pero Washington era una ciudad muy cara, por lo que tuve que recurrir, como en casi todo el mundo, a los negocios de los chinos. Así que subterráneo mediante, en ocho minutos estuve en Chinatown.

 

El Barrio Chino de Washington

 

 

Mucho tránsito en la 7th St. NW

 

 

En cuanto bajé del metro, además de encontrar las calles repletas de población oriental como era esperable, y del infaltable Mc Donald’s, me sorprendió una enorme cantidad de gente de todos los orígenes vestidos con camisetas rojas. Se trataba de los simpatizantes del equipo de hockey sobre hielo Washington Capitals, cuya arena era el Verizon Center, que se encontraba a pasos de donde yo estaba, donde poco después comenzaría un partido importante.

 

El infaltable Mc Donald’s también en el Barrio Chino

 

 

Simpatizantes del Washington Capitals cruzando la avenida

 

 

Los Washington Capitals lo habían invadido todo

 

 

Si bien la mayor parte de los comercios correspondían a la comunidad china, los clientes pertenecían a todos los sectores étnicos y socioeconómicos de la ciudad. Y como era de esperar, conseguí un muy práctico bolso con rueditas de origen chino en un negocio chino, y a un precio similar a los del barrio de Once en Buenos Aires.

La clientela de Chinatown era muy cosmopolita

 

 

Ya cambiada y con mi nuevo bolso casi vacío regresé a los salones donde se hacía el evento, y lo cargué con nuevos libros para llevar a Buenos Aires. Me despedí de mis viejos amigos y de los colegas recientemente conocidos, y acepté la invitación de Rolf Steinberg para cenar en ese lujoso hotel.

En las grandes salas, cada uno con su computadora

 

 

Algunos despidiéndose y otros descansando

 

 

Cenando con Rolf Sternberg, su mujer Francis y un amigo

 

 

Esa misma noche tomaría el ómnibus hacia New York, y como ya había dejado mi hotel, en el subte fui directamente hasta la terminal de Greyhound.

Qué clase de pasajeros solía viajar en autobús estaba muy claro. Mientras que en la estación de trenes era raro encontrar en las boleterías alguien que hablara en español, en la de buses no sólo que varios lo hacían sino que todas las indicaciones y folletería eran bilingües.

Tanto por comodidad como por el ambiente del lugar, debía ponerme ropa más sencilla, lo que hice incómodamente en el baño, que como en otras ciudades norteamericanas, además de las clásicas inscripciones, había jeringas tiradas en el piso.

Después de dos horas, que se me hicieron eternas, subí al micro y me senté casi por la mitad del lado de la ventanilla. Más adelante había algún que otro rubio y varios latinos, y en la parte trasera se habían ubicado los negros.

Como los asientos eran muy incómodos y habíamos salido con la mitad de la capacidad cubierta, pude estirarme sobre el asiento de al lado; pero los negros, que eran muy altos, sobrepasaban las piernas a través del pasillo apoyándolas en la fila de enfrente, y algunos otros se habían acostado en el piso, ya que como no había baño a bordo, no sería necesario desplazarse de un lado a otro.

A pesar de no contar con las excelentes condiciones de los micros argentinos, pude dormirme rápidamente, hasta que de pronto, me desperté sobresaltada a causa de una mujer que gritaba:-“¡Don´t touch my as…!”, cuya traducción literal es: “¡No me toque el culo…!”

A pesar de ser un tramo de cinco horas y de noche, había un solo chofer, quien sólo atinó a encender las luces, cuando el autor de la grosería ya había retornado a su lugar. No obstante haberse producido el hecho en los primeros asientos, todos miraron hacia atrás donde estaban los negros, que continuaban durmiendo sin percatarse del asunto.

Después de algunas advertencias y de varios murmureos, se volvieron a apagar las luces. Pero al rato, cuando ya todo parecía haber vuelto a la normalidad, la mujer volvió a gritar lo mismo, siguiéndole una larga cadena de insultos. Y en ese momento sí se pudo saber de quién se trataba… Justamente había sido el más blanco de todos, al que todos comenzaron a señalar como “el polaco”. Así que pocos minutos después, cuando llegamos a Baltimore, el conductor llamó a un policía y lo hizo bajar.

Cuando me desperté ya estábamos en pleno Manhattan y todavía no había amanecido, por lo que hice tiempo, desayuné y ya con la luz del día caminé unas cuadras hasta Penn Station desde donde partían servicios de ómnibus hasta el aeropuerto John Fitzgerald Kennedy.

Era la mitad de la mañana cuando llegué a la estación aérea y me encontré con un gran escándalo por la cantidad de vuelos suspendidos a causa de que los cielos europeos estaban cubiertos de ceniza volcánica. Algunas empresas habían ofrecido hotelería a sus pasajeros, pero la mayoría consideraba que no les correspondía porque se trataba de un problema ajeno, de orden natural. Pero el hecho era que ese tema llevaba ya varios días y la gente con sus equipajes tenía que dormir en el aeropuerto, así que las autoridades pusieron catres y colchones para que, como en un campamento pero a la vista de todos, los perjudicados pudieran descansar.

 

 

Catres tendidos en los pasillos del aeropuerto John Fitzgerald Kennedy en New York

 

 

Vista general de una de las terminales de aeropuerto John Fitzgerald Kennedy

 

 

Sumado a lo que significaba el estar en esas condiciones, había quienes estaban en estado de shock por cuestiones de salud, por la pérdida de negocios, o bien por la desesperación de no poder encontrarse con sus familiares. Llantos, gritos e insultos ante los pobres empleados de los mostradores abundaron durante todo el día.

 

 

Gente desesperada por no poder viajar

 

 

Yo también debía permanecer allí hasta la noche, no porque mi vuelo se hubiera atrasado, ya que hacia América del Sur no había problemas, sino por ahorrarme el hotel de New York. Pero como en el ómnibus no había dormido lo suficiente, cuando encontré un catre vacío, me hice una reparadora siesta.

 

Utilicé uno de esos catres para dormir una reparadora siesta

 

 

A las diez de la noche partí con el avión de LAN que en once horas me dejó en Santiago de Chile, escala obligada de esa compañía. Pero de ese tramo no tengo registro porque me dormí antes de que despegara y me desperté durante el aterrizaje.

En Santiago ya no habría más esperas, porque todo estaba programado para que rápidamente tomara el vuelo a Buenos Aires.

Subí a un avión más chico donde ya tenía asignada, como siempre, una ventanilla. Y en cuanto despegó pretendí tomar fotografías de la Cordillera pero rápidamente se cubrió todo de nubes, pese a lo cual yo continué jugando con mi cámara.

 

Algunos cerros, apenas saliendo de Santiago de Chile

 

 

Hermosos cúmulos cubrieron el paisaje

 

 

Un cielo azul intenso y nada de turbulencia

 

 

Y de pronto me dí cuenta de que mi compañero de asiento, trataba de mirar el panorama por encima de mi cabeza. Enseguida le advertí que se trataba sólo de nubes pero que de todos modos me gustaba mucho verlas tan cerca de mí y fotografiarlas para enseñarles a mis alumnos a diferenciarlas.

“Sí, sí, ya veo. ¿Viene usted de un congreso de Geografía? –me preguntó señalando la imagen e inscripción de mi bolsa.

“Así es”, le contesté.

“Yo también vengo de un congreso, pero mire, en mi portafolios en lugar de la imagen de un mapa, tengo la de un esqueleto. Soy traumatólogo” –me dijo, riéndose.

Tenía una máquina muy buena y cuando comenzó a despejarse le cedí mi ventanilla porque yo ya había hecho ese viaje muchas veces y tenía bastantes fotografías. Y durante la hora que faltaba para llegar a Buenos Aires lo pasamos conversando sobre cámaras, filtros, fotógrafos famosos y otras cuestiones por el estilo.

Cuando nos intercambiamos tarjetas descubrimos que ambos éramos profesores de la Universidad de Buenos Aires, él de la cátedra de Traumatología en la Facultad de Medicina, y yo de la de Geografía Económica en la de Ciencias Económicas. Se trataba del Dr. Claudio Alonso, un reconocido especialista en cadera, que acababa de operar exitosamente a su madre, a pesar de ser octogenaria.

Al despedirnos me ofreció sus influencias para poder acceder en el Hospital de Clínicas a los servicios que necesitara, lo que se cumplió al poco tiempo, ya que de seis meses de espera pasé a sólo una semana.

 

 

Ana María Liberali

 

 




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