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Asunto:NoticiasdelCeHu 637/14 - VIAJANDO: De Buenos Aires a México con escala en Santiago
Fecha:Viernes, 15 de Agosto, 2014  01:31:32 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 637/14
 
 

De Buenos Aires a México con escala en Santiago

 

En abril de 2010 yo debía viajar a los Estados Unidos, y con el fin de aprovechar al máximo el tiempo y los costos que el viaje demandaría, mis colegas mexicanos me propusieron que hiciera un stop por unos días en el Distrito Federal, y así poder dar algunas charlas en la Universidad Nacional de México.

Fue por esa razón que los primeros días de febrero, cuando recién había vuelto de mis vacaciones por Bolivia y Chile, saqué un pasaje por la aerolínea LAN, que saliendo del Aeroparque “Jorge Newbery” de la Ciudad de Buenos Aires me llevaría a Santiago, donde de manera inmediata cambiaría de aeronave y volaría hasta la ciudad de México, llegando con un día de anticipación a las actividades a desarrollar en la UNAM.

Todo estaba perfectamente programado, pagado y confirmado. Pero el sábado 27 de febrero se produjo en Chile uno de los peores terremotos de su historia, con cantidad de muertos, heridos y pérdidas materiales. Había pasado sólo un mes desde que junto con Martín y Omar estuviera en Santiago, por lo que me impactaron mucho más las imágenes que se mostraban por televisión sobre la infraestructura destruida de las principales ciudades, y además, de algunos de los edificios de las nuevas urbanizaciones que se habían derrumbado como castillos de naipes.

Pocos días después me llamaron desde LAN diciéndome que debido a los acontecimientos de conocimiento público, muchas comunicaciones y medios de transporte se habían suspendido durante días y, por lo tanto, gran parte de los vuelos habían sido reprogramados, por lo que los míos pasarían al mes de mayo.

“¡De ninguna manera!” –les dije desesperada. “¡No voy ni por turismo ni por compras! Tengo actividades comprometidas en la Universidad de México y un congreso en Washington y no los puedo suspender. Los comprendo, pero por favor, resuélvanmelo” –casi les supliqué.

Después de varios días, de idas y venidas, me dieron un pasaje en LAN a Santiago de Chile para el 7 de abril y no para el 6 como lo había reservado originariamente. Pero además salía de Ezeiza a las 14,15 para llegar a las 16 y esperar siete horas en el aeropuerto “Comodoro Arturo Merino Benítez” continuando viaje por Aeroméxico recién a las 23, arribando a México ocho horas y media después, poco tiempo antes de una de las charlas.

Sumado a todo eso, sentí temor de alojarme en el hotel Catedral como estaba previsto inicialmente porque el Centro Histórico de México era la zona más proclive a la actividad sísmica, y el hecho de que en enero se hubiera producido el terremoto de Haití, en febrero el de Chile, y otro en Baja California justo el 5 de abril, podía haber generado algo similar en la Ciudad de México. Así que mi colega y amiga Susana Padilla me ofreció parar en su casa durante los tres días que permanecería en la capital azteca.

Como se trataba de un vuelo internacional debía estar en el aeropuerto tres horas antes, así que salí de casa a las diez de la mañana del día miércoles.

La tarde estaba soleada y sin viento, ideal para volar, y en poco más de una hora estaba cruzando nuevamente la cordillera de los Andes.

 

Saliendo desde Ezeiza con muy buen tiempo

 

 

Las nubes cubrían la ciudad de Mendoza

 

 

Pero la zona andina estaba despejada

 

 

Hacía poco más de dos meses que había cruzado la Cordillera, aunque por tierra; y si bien desde el aire la visión también era muy bonita, nada tan impactante como sentirse en medio de tan maravilloso paisaje.

 

El río Mendoza desde el aire

 

 

Volando sobre la Precordillera

 

 

Podían distinguirse los principales cordones

 

 

Escasa cantidad de nieve sobre los picos más elevados

 

 

Yo ya había hecho el cruce aéreo en la década del ’90, cuando todavía era factible pasar a la cabina y tomar fotografías desde allí, pero a pesar de no contar con esa posibilidad, pude lograr interesantes imágenes desde mi ventanilla.

 

Valle del río Mendoza

 

 

Si bien volábamos muy alto, con el teleobjetivo pude acercarme bastante a los cerros más elevados

 

 

De todos modos no podía apreciarse totalmente la majestuosidad de las grandes alturas

 

 

Laderas muy escarpadas en algunos sectores

 

 

Un valle glaciario, en forma de “U”

 

 

Vuelo absolutamente placentero

 

 

Había más cordones montañosos del lado argentino que del chileno

 

 

Ya estábamos en el sector chileno

 

 

Lamentablemente el cruce por aire sólo duraba veinte minutos

 

 

Y enseguida nos encontrábamos en el Valle Central de Chile donde predominaban los cultivos

 

 

Uno de los valles transversales al Valle Central

 

 

Y siguiendo el curso de la carretera, aterrizamos en la capital chilena

 

 

Yo había pensado que durante el largo tiempo que me esperaba en el aeropuerto podría instalarme en uno de los bares a los que solía ir cada vez que hacía alguna escala en Santiago, utilizar el WI FI o bien leer cómodamente en algún sillón. Pero en cuanto accedí me encontré con la peor de las sorpresas. Cuando el terremoto, sólo se había salvado la pista de aterrizaje, ya que todo lo demás se había venido abajo. Afortunadamente el sismo se había producido a la madrugada, momento en que no había movimiento, ya que pocas horas antes había estado repleto por coincidir con el final de las vacaciones chilenas y con el famoso Festival de Viña del Mar. Y recién cuarenta días después estaban en proceso de reconstrucción. Lo lamentable era que estaban utilizando el mismo sistema de paneles que no habían ofrecido la menor resistencia al movimiento telúrico.

 

 

 

 

 

 

 

Estado de las instalaciones del aeropuerto de Santiago de Chile a cuarenta días del terremoto

 

 

Los bares quedaron sin sus respectivas cocinas y las vajillas se habían hecho añicos, así que en el mobiliario que se había salvado, servían las bebidas en vasitos descartables y solamente algunos sándwiches fríos.

Leyendo algunos periódicos y conversando con diferentes personas me enteré de que en Chile se habían dejado de lado determinadas normas de edificación antisísmica para beneficiar a ciertos fideicomisos, algunos de ellos de origen español y francés, y que los resultados estaban a la vista. Después de eso, una de las meseras que me atendió, dijo que todo se había destruido porque cada vez se le rezaba menos a la virgencita del Carmen. Y con cierto fastidio le contesté que en vez de pedirle protección a la virgen, deberían denunciar a las autoridades para que no fueran corruptas.

 

 

Así había quedado la coqueta confitería en la que yo solía parar

 

 

Restos de un bar armado en un pasillo

 

 

Oficinas en reconstrucción

 

 

Lo primero que se puso en pie fue el Free Shop y algunos locales de moda

 

 

Bajo esas condiciones de disconfort sumadas a lo tétrico del lugar, se me hizo muy larga y cansadora la espera del próximo vuelo, por lo que esperaba ansiosamente subir al avión para poder dormir. Pero si bien no me habían hablado bien de Aeroméxico, no pensé que fuera para tanto. Pusieron una aeronave que en Argentina se utilizaría sólo para viajes cortos, y no para toda una noche, a lo que se le agregó un mal servicio de comidas y turbulencia en la mayor parte del trecho.

Cuando aterrizamos era la mañana del jueves 8 de abril y mis amigos ya me había advertido que la única forma de llegar a tiempo para la charla era yendo directamente del aeropuerto a la UNAM. Así que con el pesado equipaje por la carga de libros, tomé un taxi que por el anillo periférico me llevó en una hora al Instituto de Geografía donde me esperaban Susana y Álvaro Sánchez.

Hacía casi veinticuatro horas que había salido de casa. Estaba agotada y la única posibilidad de higienizarme y cambiarme fue en los sanitarios de la Universidad.

Y después de relajarme un poco, Enrique Propin me preparó un exquisito café, bien fuerte como era de mi preferencia, ayudándome de esa manera a tomar fuerzas para poder dirigirme al aula de la Facultad de Filosofía y Letras donde me esperaba un buen número de estudiantes de Geografía.

El tema sobre el que expuse fue “Las Etapas Migratorias en la Argentina”, y como solía ocurrir entre latinoamericanos, había palabras del castellano que no significaban lo mismo en cada uno de los países. Y cuando en un momento hice referencia a la intensificación de la migración rural-urbana y la disminución de la cantidad de tambos a causa de la expansión del cultivo de soja, los presentes me hicieron saber que no entendían la relación que podría haber entre tales. Lo que ocurría era que mientras en la Argentina la palabra “tambo” se refería a un lugar destinado al ordeñe, producción y venta de leche, en México significaba “cárcel”, por lo tanto no se comprendía por qué habría menor cantidad de establecimientos penales en función de la producción sojera. Pero, a pesar de los malentendidos lingüísticos, todo estuvo muy bien y con mucho acercamiento.

Almorcé con un grupo de colegas, con Susana fui a una peluquería, a un supermercado y finalmente a su casa, donde se me había destinado la habitación de su hija. Divinas madre e hija.

El viernes 9 nos levantamos temprano para ir prontamente al campus de la UNAM. Susana me ofreció algunos tacos con diferentes rellenos salados que vendían allí, pero yo no acostumbraba a desayunar y mucho menos ese tipo de comida, así que me alcanzó con otro super café preparado por Enrique.

Esa mañana di la charla que organizara la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística en el Instituto de Geografía de la UNAM, que tuvo como tema “Los 15 Años del Centro Humboldt”.

Finalizada la actividad académica, Álvaro y Enrique me llevaron a recorrer el predio de la UNAM para finalmente llegar al MUAC (Museo Universitario de Arte Contemporáneo), que se había inaugurado casi un año y medio atrás, obra realizada por el prestigioso arquitecto mexicano Teodoro González de León.

En la explanada del MUAC con el entorno montañoso

 

 

Era el primer museo público creado ex profeso para el arte contemporáneo en México

 

 

La Espiga, escultura de Rufino Tamayo

 

 

Tomé unos cafés con Álvaro y Enrique en el restaurante “Nube Siete”, en la planta baja del MUAC

 

 

El restorán se encontraba sobre las rocas del pedregal de San Ángel

 

 

Esa tarde debía dar otra charla en la Escuela Nacional Preparatoria Plantel 1 “Gabino Barreda”, perteneciente a la UNAM, pero que estaba situada fuera del campus, en Xochimilco.

 

Yendo desde el campus de la UNAM a Xochimilco

 

 

Allí había sido invitada por el Profesor Alejandro Ramos, y debía referirme a “Procesos Socio-Económicos en América del Sur” frente a un alumnado mucho más joven que el de la Facultad, pero muy ávido de información sobre nuestro sub-continente.

Luego recorrimos el establecimiento donde, por todas partes, se podían ver manifestaciones de las actividades de los estudiantes sobre diferentes temas tratados durante las clases de diversas asignaturas. ¡Excelentes trabajos!

Desde allí salí a caminar con Alejandro quien me habló de una de las tradiciones de Xochimilco, la adoración al Niñopan (del español “Niño” y del náhuatl “pan”, lugar). Se trataba de una de las imágenes más antiguas de América que databa del siglo XVI, pero que se caracterizaba por no tener un templo sino que se encontraba bajo la custodia rotativa de diferentes familias de los barrios de Xochimilco, quienes se fungían como mayordomos. Los interesados debían registrarse en la Catedral de San Bernardino de Siena para recibir en sus casas la imagen durante un año. Para esto el mayordomo debía acondicionar su casa no sólo para recibir al Niñopan con su altar, recámara, y ofrendas recibidas, sino también para asistir y brindar alimentos a las miles de personas que lo visitarían, amén de la música de banda de viento, los mariachis, adornos en las calles aledañas, cohetes, arreglos florales, globos, y otros elementos destinados a su veneración. Ya en ese momento, había quienes se inscribían para recibirlo cuarenta años después.

Con Alejandro tuvimos una muy amena cena en uno de los modernos resto-bares de Xochimilco, y luego, mediante una combinación de metros, pude llegar nuevamente hasta la casa de Susana.

 

 

 

Con Alejandro a la hora de los postres en Xochimilco

 

 

Habían sido dos días intensísimos, pero había disfrutado mucho cada momento, ya que además de hacer todo lo que más me gustaba, viajar y dar charlas, la hospitalidad de mis colegas y amigos mexicanos no había permitido que el cansancio me venciera. La cuestión era cómo retribuir tantas atenciones cuando vinieran a Buenos Aires ya que los porteños no somos tan buenos anfitriones como ellos.

 

 

Ana María Liberali

 

 




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