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Asunto:NoticiasdelCeHu 450/14 - La oligarquía y el fin de la estatalidad ucrani ana
Fecha:Domingo, 29 de Junio, 2014  20:40:32 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 450/14
La oligarquía y el fin de la estatalidad ucraniana
 
 
 Ivan León Zhukovskii
La Haine
29/6/14  
 
 
Las esferas de influencia sobre lo que todavía se entiende como Ucrania se delimitan a pasos agigantados. Los territorios orientales constituirán espacios de gravitación rusa

La crisis sistémica que vive Ucrania desde diciembre de 2013 constituye el fin del ciclo iniciado con la desaparición del Comunismo Histórico, caracterizado por la gran involución (Burawoy, 2003: 33), en sus diferentes estructuras (económica, social, política). Este proceso regresivo (desindustrilizador-desmodernizador) que no cuenta con precedentes, ha estado condicionado por tres factores fundamentales: la forma en que tuvo lugar el cambio de régimen, la inserción de Ucrania en la dinámica depredadora del capitalismo global, como apéndice periférico en la división global del trabajo y, los efectos inherentes a la crisis del ciclo de acumulación “americano” y el despliegue de su fase descendente o financiera, que impactan de la manera más destructiva sobre las formaciones periféricas.

Estos factores han condicionado el “desarrollo” de las diferentes instancias sociales, las cuales, en dialéctica conjunción y sumadas al desfavorable marco geopolítico en que Ucrania ha tenido que operar durante la post guerra fría, han sido definitorias en el declive, ya irreversible, de la estatalidad ucraniana. En este sentido, la tendencia creciente y sostenida al debilitamiento de la instancia política, amén de los impactos “propios”, ha sido una variable aglutinadora y catalizadora de los efectos de la involución socio-económica y de los impactos negativos de la coerción geopolítica ejercida por Estados Unidos, la UE y Rusia. Además, en los marcos de la actual coyuntura, ha sido una condicionante de primer orden de la compleja crisis ucraniana.

I

El desarrollo de los sistemas políticos de los países ex soviéticos estuvo determinado por los niveles de cohesión entre las élites y la existencia de mecanismos regionales y locales de autorregulación al momento del derrumbe, así como por los grados de fortaleza e independencia relativa de los actores políticos en relación con los grupos de poder económicos. Como resultado, se pueden distinguir dos grandes líneas de desarrollo en estos países: aquella donde ha prevalecido un centro político fuerte (Belarús, Asia Central, Azerbaiyán y la Rusia putiniana), de vocación autoritaria y centralizada y, aquella donde esto no se logró (Ucrania, Moldova, Kirguistán, la Rusia yeltseniana).

Ucrania carecía de muchos de los factores de cohesión inter élites que sí condicionaron la estructuración de los sistemas políticos en Asia Central y el Cáucaso. Como resultado, tras el caos y la desregulación propia del cambio de régimen, la instancia política quedó mucho más expuesta a la presión de la estructura económica, en especial a los grupos de poder financiero y los exportadores. La emergencia de una fuerte élite compradora, centrada en la explotación de los recursos metalúrgicos y mineros del oriente del país, “conectada” y sujeta a la dinámica de la economía-mundo y en un contexto de precios favorables en los mercados globales, definió negativamente el desarrollo político en este país. Esto, sumado a otros factores, limitó la capacidad de dominio del centro político ucraniano y ha conllevado a su creciente debilitamiento.

La expresión más clara y determinante de este proceso ha sido, sin dudas, el desarrollo también creciente y sostenido de un régimen político oligárquico, como modelo de interacción capital-poder político en extremo desbalanceado a favor del primero, que “supera” y opera de manera distinta a las redes clientelares típicas de las periferias, y que fue dominante también, mostrando sus consecuencias más destructivas, en la Rusia yeltseniana.

Son muchos los factores que explican este total dominio de la oligarquía ucraniana postsoviética sobre la instancia política. Ucrania es, entre los países de economía mediana o grande, el de mayor nivel de oligarquización: los capitales de los 100 ucranianos más adinerados se correspondieron en 2013 con el 36% del PIB, resultados superiores a los de Rusia, (20%), y muy superiores a los de Estados Unidos (7.9%), China (3.8%) y la media mundial (2.5%), (Forbes, 2013).

Este ascendente económico se ha expresado en un sólido control de la oligarquía ucraniana sobre los principales órganos y procesos políticos[1]. Más aún, el carácter oligárquico del régimen queda expuesto con total transparencia si se analiza la actividad directamente política de representantes del mundo empresarial. Los casos más llamativos han sido los de Pavel Lazarenko y Yulia Timoshenko, quienes fungieran como Jefes de Gobierno y el de Piotr Poroshenko, invariablemente entre los quince más adinerados del país. Este último, contradiciendo principios elementales del funcionamiento político, fue electo Presidente en los comicios del 25 de mayo y previamente se había desempeñado en diferentes cargos de primer nivel.

Esta ha sido una tendencia constante, que durante el inconcluso período presidencial de Victor Yanukovich (2010-2014) adquirió apogeo y masividad. Durante 2010-2012, Valeri Joroshkovskii ocupó el cargo de Secretario del Consejo de Seguridad y vice presidente del gobierno, Yuri Boiko el de ministro de energía y vicepresidente del gobierno, Andrei Kliuev el de primer vicepresidente del gobierno, Boris Kolesnikov y Sergei Tigipko se desempeñaron también como vice presidentes del gobierno y Sergei Levochkin ocupó hasta 2014 el muy influyente cargo de jefe de la administración presidencial. Muchos de ellos son oligarcas de peso en el país, mientras otros fungen, sobre todo, como portavoces de las cuatro figuras de mayor ascendente: Rinat Ajmetov, Dmitri Firtash, Victor Pinchuk e Igor Kolomoiskii. Durante e primer gobierno de Nikolai Azarov, se lograron identificar hasta nueve grandes grupos económicos representados en el ejecutivo.

La forma en que se ha intentado contener la crisis actual también deja ver a las claras la esencia oligárquica del régimen político ucraniano. Una de las primeras medidas del gobierno de facto fue la de nombrar a Igor Kolomoiski y Sergei Taruta como gobernadores de Dniepropetrovsk y Donetsk, dos de los centros industriales más importantes del país.

Uno de los instrumentos de control social y político más importantes de la oligarquía ucraniana es el monopolio sobre los medios de comunicación social. Entre Ajmetov, Firtash, Kolomoiskii, Pinchuk, Poroshenko y Sergei Kurchenko, controlan casi la totalidad de los canales de televisión y medios de la prensa escrita, así como los más importantes sitios digitales. Esto determina el rumbo general del discurso político en el país, fungiendo como un fortísimo mecanismo de contención inter clanes y de presión sobre las principales figuras e instituciones políticas.

II

El régimen oligárquico ucraniano se constituyó a finales de la década del noventa, como resultado de la consolidación de los capitales vinculados a la explotación de los recursos mineros y metalúrgicos del oriente del país. La gestión de Leonid Kuchma, sobre todo durante su primer mandato (1994-1999), fue una de las premisas institucionales para la forja de esta élite. Una de sus “funciones” sistémicas fue, justamente, proveer de un mínimo de estabilidad y promover, al menos un simulacro de estructuración clasista en el contexto de una desregulación extrema en todas las instancias.

Sin embargo, durante el segundo mandato de Kuchma (1999-2004), a lo interno de la oligarquía fueron gestándose importantes contradicciones entre el clan de Dniepropetrovsk (Yulia Timoshenko, Igor Kolomoiskii), nutrido de actores menores y de tardío ascenso en el paracapitalismo ucraniano[2], el clan de Donetsk (Rinat Ajmetov), dominante hasta ese momento y de ascendente directo sobre Kuchma y su “sucesor” Yanukovich y otros importantes centros oligárquicos, como los de Victor Pinchuk y Dmitri Firtash. La “Revolución Naranja” de 2004 y escaramuzas como el “escándalo de los casetes”, llevada a cabo contra Kuchma, fueron expresión de esas contradicciones inter élite, que, al mismo tiempo, nunca fueron lineales y se han expresado en múltiples y sistemáticas asociaciones de geometría variable.

Más importante aún, durante ese período tuvieron lugar significativos movimientos de la oligarquía en aras de limitar la capacidad reguladora de la presidencia. El nivel básico de solidez y organicidad otorgado por Kuchma a la instancia política, se convirtió en un obstáculo en la lógica poder-expansiva de la élite económica ucraniana, línea en la cual sí convergieron sus diferentes fracciones.

En este sentido, un papel de primer orden lo desempeñaron también las fuerzas económicas y políticas del capitalismo global. Tanto el capital trasnacional como la Unión Europea y sobre todo Estados Unidos, fueron autores intelectuales y materiales de la “Revolución Naranja” y llevaron a cabo una agresiva política de penetración e influencia con posterioridad, persiguiendo dos grandes objetivos. En primer lugar, crear las mejores condiciones posibles para utilizar a Ucrania como punta de lanza contra Rusia. En segundo lugar, en el contexto del desarrollo de la fase financiera del ciclo de acumulación “americano”, estas fuerzas reclamaban una mayor inclusión de las formaciones sociales del Comunismo Histórico en la lógica desreguladora del neoliberalismo, convergiendo así las estrategias de estos actores con las de la élite compradora ucraniana.

Esta coordinada arremetida y mediando la “elección presidencial” de Víctor Yuschenko (2004-2010), conllevó importantes consecuencias sistémicas en el país. Por una parte, limitó la capacidad reguladora de la presidencia y de la instancia política en general, mediante la reforma constitucional que diluyó restrictivamente las facultades del Jefe de Estado, “a favor” del parlamento, instaurando un simulacro de sistema de gobierno semipresidencial. Durante los años de presidencia de Yuschenko y a diferencia de los otros períodos de la historia postsoviética ucraniana, fue dominante un régimen oligárquico polícentrico, en donde las diferentes fracciones reproducían un sistema con diferentes centros y mecanismos de control relativamente consensuados.

Al mismo tiempo, con Yuschenko se logró el objetivo de un mayor “ajuste” neoliberal, como consecuencia de la aplicación de una “adecuada” política económica y social, la penetración del capital financiero trasatlántico y el importante aumento de la deuda externa (Minfin Ucrania, 2014)[3].

A pesar de que la figura de Yuschenko respondía a la estratégica de la oligarquía ucraniana de limitar la capacidad reguladora de la instancia política, en términos intra clase, era sobre todo un actor de la fracción de Dniepropetrovsk. Sin embargo, inclusive en este ámbito se produjo la importante escisión entre los dos rostros más conocidos del “naranjismo” ucraniano: el propio Yuschenko y Timoshenko – una de las figuras cimeras del clan del Dniepr. Estas trifulcas internas, sumadas al total desgaste del tercer presidente ucraniano al fin de su mandato (1% de aprobación de gestión) abrieron las puertas presidenciales a Yanukovich.

Este ascendió a la cúspide política como figura representativa, sobre todo, de los centros oligárquicos de Ajmetov y Firtash, lo cual se expresó en la asignación de cuotas de influencia en el gobierno y la administración presidencial. En este sentido, como ya había demostrado durante su desempeño como presidente de la Administración Regional de Donetsk, primer ministro y diputado de la Rada, reunía todos los requisitos para reproducir una praxis alineada a los intereses del gran capital. De hecho, tan solo durante su primer año de mandato, la cantidad de multimillonarios ucranianos aumentó de 8 a 21, de manera que, en términos sistémicos, la presidencia de Yanukovich fue una sólida continuidad del período anterior.

Sin embargo, la debilidad ontológica del policentrismo oligárquico y los efectos extendidos de la crisis global, que limitaron la disponibilidad de recursos, el acceso a los mercados externos y devaluaron los activos productivos, acrecentó la competencia entre los diferentes centros oligárquicos. Este contexto fue aprovechado por Yanukovich y su entorno para la edificación de un centro oligárquico más, estructurado en torno a los activos productivos y financieros de su familia y allegados[4], atentando directamente contra los intereses del gran capital ucraniano, en la medida en que implicaba, no solo un acceso privilegiado a los recursos presupuestados y administrativos, sino una posible redistribución de la propiedad.

Esto se vio acompañado de un relativo fortalecimiento de la institucionalidad estatal que constituyó, más que todo, un instrumento para el logro de los fines corporativos. Yanukovich, amparado en la restitución de las prerrogativas presidenciales, pretendió fortalecer la verticalidad del poder, nombrando a allegados al frente de las estructuras de fuerza y de otros órganos de primer nivel. Fortaleciendo los instrumentos de control político se perseguía romper el sistema policéntrico, limitar el ascendente político de los centros oligárquicos tradicionales y sobre todo, ampliar la fuerza corporativa de “la familia”.[5] Uno de los ejemplos más ilustrativos fue el intento de establecer un verdadero control estatal sobre estructuras de valor estratégico, como Naftogaz de Ucrania,[6] con el cual se perseguía, especialmente, limitar el control de Firtash y su lugarteniente en el gobierno, el vice premier Yuri Boiko, sobre el más que lucrativo proceso de la distribución de gas.

Lo anterior resultó un pálido intento de reproducir la lógica de los dos primeros mandatos del putinismo en Rusia, similar solo en apariencia. En primer lugar, a diferencia de Ucrania en cualquiera de sus momentos críticos, la degradación sistémica en Rusia en 1999 impactó con fuerza sobre la “conciencia” corporativa y la élite política de ese país. Esto generó un importante nivel de compromiso reformista entre los grupos de poder económico y condicionó el ascenso de Putin y la vuelta a un relativo dominio de la instancia política sobre la económica.

En segundo lugar, las estructuras de fuerza en Rusia heredaron de la URSS una base y estructuración mucho más sólidas, manteniendo, además, mayores niveles de independencia relativa y cohesión corporativa que sus pares ucranianos, lo cual le permitió desempeñar el papel central en la emergencia y consolidación del putinismo. En tercer lugar, el flujo de recursos financieros durante los dos primeros mandatos de Putin le confirió a su gestión niveles de legitimidad y márgenes de maniobra, tanto a lo interno como en la arena internacional, incomparablemente mayores que los que haya tenido cualquier político ucraniano en las últimas dos décadas.

Otra diferencia fundamental fue la matriz de beneficio corporativo y personal que acompañó la gestión de Yanukovich. En el caso de Rusia, la promoción de los intereses económicos de los allegados al círculo putiniano tuvo lugar de forma escalonada, siendo secundaria durante el primer mandato en el cual se priorizó, justamente, la solidificación de la instancia política. Solo después tuvo lugar un “arrastre” clientelar de enormes proporciones, el cual, sin embargo, nunca tuvo a la familia de Putin como eje central.

La ruptura del “consenso” oligárquico se acompañó de la decisión de “la familia” de posponer la firma del tratado de libre comercio con la UE en noviembre de 2013, lo cual puso punto y final a la asociación entre el grupo de Yanukovich y el gran capital ucraniano. Este vínculo, si bien se había erosionado a raíz de las pretensiones económicas del ex Presidente y su entorno, había reproducido, en esencia, la orientación estratégica pro europea, prioritaria para las élites ucranianas. En este sentido, aunque las proyecciones externas de este país se han ceñido a la fórmula de los compromisos no excluyentes y la equidistancia entre Rusia y UE-Estados Unidos, el discurso y la praxis han favorecido claramente la asociación estratégica con la UE, en detrimento de la integración económica euroasiática, proyecto de gravitación geopolítica liderado por Rusia que según la mayoría de los expertos, es la opción más beneficiosa para la economía ucraniana.

El saldo más importante de esta “rebeldía” de Yanukovich fue el activo apoyo de la oligarquía, en sus diferentes fracciones, a los planes desestabilizadores en Kiev y otras regiones del occidente ucraniano, que desencadenaron la aguda crisis por la que atraviesa este país desde diciembre de 2013. La oligarquía ucraniana, con el objetivo de preservar la preeminencia de sus intereses corporativos y de impedir, además, la relativa autonomía de la estructura política, “devoró” los restos de una instancia política que, aunque hacía aguas, había sido, sistémicamente, el garante mayor de su reproducción como “sujetos” del capitalismo global.

De esta manera, la presidencia de Yanukovich, a pesar del retorno al sistema presidencialista y del marcado desgobierno de su predecesor, conllevó a un mayor debilitamiento estructural de la instancia política. La oligarquización de la institución presidencial, en el contexto de la preeminencia de un régimen político oligárquico, la extrema degradación (involución) socio-económica y bajo los efectos de una insostenible presión geopolítica, bloqueó toda posibilidad de, al menos, reproducir un nivel básico de aptitud político-estatal.

La elección presidencial de Piotr Poroshenso da continuidad a estas tendencias involutivas, llevando la oligarquización del régimen a niveles insuperables y quedando la instancia política bajo total dominio de la estructura económica. No en balde esto ha sido posible en un contexto como el actual, de fragmentación territorial (cultural, ideopolítica) y franca extinción de la estatalidad. Este escenario se reafirmaría más aún, si procede la esperada reforma constitucional que limitará nuevamente las facultades del Presidente, con independencia de la fuerza o coalición que logre controlar la Rada y conformar gobierno.

Puntualizando aún más, la emergencia de Poroshenko a lo más alto de la política ucraniana no ha sido fortuita y ha respondido a la dialéctica imbricación de factores de lógica electoral con objetivas tendencias sistémicas. En el primer caso, influyó el claro distanciamiento de Poroshenko de la “familia” de Yanukovich y sus clanes históricamente asociados (Ajmetov, Firtash), su estilo discursivo menos radical y vehemente que el de Timoshenko y otros políticos de retórica anti rusa y, medida según los cánones ucranianos, una imagen pública relativamente poco comprometida.

En el segundo caso, a su vez, fueron determinantes la convergencia de dos factores: la abierta y sostenida pertenencia del nuevo Presidente al espacio político y socio-económico del occidente del país y su importante participación en la agroindustria ucraniana[7], siendo Poroshenko, de hecho, la única figura representativa del agro en la alta política de ese país.

Esta rama se equiparó durante 2012 y 2013 con los metales como los principales rubros exportadores, tendencia que ha estado determinada por las diferentes trayectorias de los precios de estos bienes en los mercados externos y se engarza orgánicamente con el ciclo interno de explotación de los recursos en Ucrania. El pico de máxima explotación del carbón, el petróleo y los metales en este país tuvo lugar durante la década del setenta del pasado siglo (Komarov, 2013) y con posterioridad, las curvas han sido sostenidamente descendentes. En el caso de la explotación de la tierra, este pico no ha sido alcanzado aún.

Es predecible, entonces, que el agro será el área de la economía ucraniana de mayor crecimiento y más “conectada” a la dinámica desigual del capitalismo global, sobre todo a los capitales de la UE y China. Estas matrices son de relevancia capital en el contexto de la fragmentación que, de facto, polariza cada vez más el país en los últimos meses, no solo desde la tradicional óptica nacional-cultural, sino biopolítica y económicamente.

Las esferas de influencia sobre lo que todavía se entiende como Ucrania se delimitan a pasos agigantados y, en ese sentido, los territorios orientales constituirán espacios de gravitación rusa, con independencia de las acciones de cualquier índole –inclusive militares – que lleve a cabo Kiev y de la forma estatal-territorial que sobrevenga en el país. De esta manera y tras el debilitamiento de Ucrania como plataforma geopolítica anti rusa como resultado de la ruptura de su carácter territorial unitario, la prioridad de las fuerzas económicas y políticas del capitalismo global radica en, al menos, garantizar la reproducción de las condiciones que favorezcan de la manera más efectiva la sujeción de la Ucrania “europea” a los procesos de la economía-mundo y los centros de acumulación global.


Bibliografía:

Burawoy, M (2003) “La Gran involución. La reacción de Rusia al mercado”, disponible en www.ecosociology.narod.ru/putvel.doc.

Estadísticas del Ministerio de Finanzas de Ucrania (2014), disponible en: http://www.minfin.gov.ua/control/uk/publish/article?art_id=392005&cat_id=365898

Komarov, A. (2013) “Crisis terminal del ciclo americano de acumulación. Escenarios y perspectivas para Ucrania”, disponible en: http://hvylya.org/analytics/economics/terminalnyiy-krizis-amerikanskogo-tsikla-nakopleniya-stsenarii-i-perspektivyi-ukrainyi.html.

Notas

[1] A modo de ejemplo, se estima que Rinat Ajmetov, con diferencia el oligarca ucraniano más adinerado e influyente, durante la legislatura vigente ha contado con cerca de cincuenta “representantes” en la Rada, así como controlaba directamente varios ministerios y vice presidentes del gobierno.

[2] Forma de denominar al desarrollo de tipo capitalista en las formaciones periféricas, atrofiado y dependiente, lo que las distingue del capitalismo de los países del centro capitalista o llamados desarrollados.

[3] La deuda externa pública se duplicó entre julio de 2006 y marzo de 2010, desde los 17,7 miles de millones de dólares hasta los 37,9 miles de millones.

[4] El hijo de Yanukovich, Aleksander, es el principal accionista de decenas de empresas de perfiles diversos, entre las que sobresale MAKO, uno de los principales actores del sector de la construcción ucraniana. También se deben agregar a oligarcas que han prosperado notablemente debido a sus cercanos vínculos con Aleksander Yanukovich, como Sergei Kurchenko, con fuerte presencia en la rama energética.

[5] Forma en que se conoció el círculo cercano a Yanukovich, compuesto tanto por miembros de su familia como por allegados.

[6] Principal empresa ucraniana de extracción, transportación, almacenamiento y distribución de gas y petróleo. Aunque el accionista principal es el Estado, ha estado históricamente bajo influencia de importantes actores del sector privado.

[7] Poroshenko es el principal accionista de Agroprominvest y, con un banco de tierras de 96 mil hectáreas, se encuentra entre los diez más grandes del país.

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