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Asunto:NoticiasdelCeHu 423/14 - Irak: los efectos de apoyar "al enemigo del ene migo"
Fecha:Domingo, 22 de Junio, 2014  09:59:14 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 423/14

Irak: los efectos de apoyar “al enemigo del enemigo”

La auténtica catástrofe de que Bagdad sucumba al avance del extremismo islámico se produce en el marco de alianzas inesperadas entre potencias occidentales y asiáticas.

Marcelo Cantelmi

Clarín

Buenos Aires, 22/6/14

La antigua noción florentina sobre la condición de aliado del enemigo de tu enemigo encierra una perversa y peligrosa sabiduría que explica muchas de las pesadillas de este presente.

Apenas con tirar del ovillo de la crisis de Oriente Medio se entiende la idea.

Allí se movieron fuerzas para generar rivalidades que garantizaran el control en base a la división del contrario.

El grupo ultraislámico Hamas se consolidó impulsado por los enemigos del gobierno palestino de Ramallah en las épocas del liderazgo de Yasser Arafat. Ese régimen estaba atravesado por internas, corrupción e ineficiencia y dejó sin protección a un amplio espacio de su pueblo que fue conquistado por esa organización integrista. En verdad, un astuto movimiento de Israel y de su entonces premier Ariel Sharon que amplió luego la división del campo palestino tras el controvertido retiro en 2005 de los colonos israelíes de la Franja de Gaza. La fuerza fundamentalista resultante pudo haber sido útil en ese ajedrez pero lo fue al costo de convertirse en una amenaza crónica para sus patrocinadores.

Hay ejemplos aún más rotundos de estos tejidos en el abismo. Documentos desclasificados de la Guerra Fría revelaron que, en los años ‘50, el presidente Dwight Eisenhower ordenó estimular “la Jihad islámica” para contener la influencia de la Unión Soviética sobre los liderazgos nacionalistas en el mundo árabe. (Ver Legacy of Ashes , Tim Weiner. Penguin Adult. 2008). Eso se hizo, entre otros caminos, a través del estímulo del crecimiento de madrazas islámicas en Paquistán, una auténtica incubadora de extremistas donde se entrenaron muchos de los terroristas de la época moderna, tanto los autores de los ataques en Atocha España, o en el subte de Londres. Desde Paquistán, también, partieron los Talibán que llegaron a Afganistán para exterminar lo que quedaba del despotismo ilustrado del totalitarismo soviético que había conquistado ese país endeble. Entre las fuerzas que combatieron a los rusos, una de las más celebres fue la banda Al Qaeda del millonario saudita Osama bin Laden, no considerada terrorista por entonces sino “freedom fighters” luchadores por la libertad, según la exagerada consideración del entonces presidente Ronald Reagan.

Esa organización a la que se acusa de los atentados a las torres gemelas de 2011, se lanzó después de la experiencia afgana contra el califato de Arabia Saudita, histórico aliado carnal de EE.UU. Aun así, el grupo y sus imitadores recibieron apoyo de ese y otros países sunnitas del Golfo para servir de lanza contra la creciente influencia del Irán shiita, enemigo jurado de Riad y no sólo por las consabidas diferencias religiosas.

La actual banda ultraislámica ISIS que está devorando a Irak es un desprendimiento celular de aquellos grupos iniciales. No es una parte de Al Qaeda, que hace tiempo es sólo una marca pero no una red como en general se supone. Ese nuevo grupo ha experimentado un crecimiento geométrico en la guerra contra la dictadura de Bashar Al Assad en Siria, parte del patio trasero de Irán, como también lo es Irak. El ISIS, cuyo nombre refiere justamente a Estado Islámico de Siria e Irak, se desarrolló con la bienvenida satisfacción del dictador de Damasco porque la banda terrorista combatía no sólo al poder central sino a otros grupos islámicos y a los rebeldes republicanos que iniciaron la insurgencia en 2011. El enorme peso y brutalidad de esta organización acabó convirtiendo a Al Assad en la mejor opción entre dos infiernos.

Para quienes creen que esta sangrienta disputa se explica sólo desde lo religioso, es poco conocido que el ISIS es un ejército de mercenarios.

Algunos de sus miembros fueron reclutados por su extremismo ideológico, pero otros en su gran mayoría por los altos salarios que paga la banda que cuenta con “mejor entrenamiento y mejores armas incluso que los ejércitos sirios o iraquí”, según reveló a The New York Times, uno de los líderes del republicano Ejercito Libre de Siria, Sheik Hasan. No conviene perder de vista que aparte de su algarada ultrareligiosa, esta organización es una estructura con formas claramente fascistas. El fascismo es una herramienta de poder. El dinero, la estructura y el liderazgo refinado que exponen tiene un origen y un sentido con blanco más que aparente en Irán.

No es difícil adivinar quienes los apañaron en la amplia órbita árabe y también fuera de ella.

Esta crisis en Irak atrapó por sorpresa al presidente norteamericano Barack Obama que se descubrió de un momento al otro con estos Frankenstein sueltos en la vereda. La auténtica catástrofe de que Bagdad sucumba a estos asesinos está promoviendo la urgencia de alianzas inesperadas que se explican por el espanto. Gran Bretaña acaba de anunciar que reabre su embajada en Teherán. Y ya hay fuerzas de Irán combatiendo en Irak. Aunque EE.UU. no lo reconoce, existe en la práctica una coalición con el país persa para que sus milicianos hagan allí lo que los marines no pueden hacer por la decisión sin retroceso de Obama de desmovilizar sus tropas de Irak.

Washington despachó un portaviones a la zona para asistir en ese despliegue.

Se trata de un notable giro histórico y hasta humillante para muchos de sus actores. Ahora EE.UU. y su aliado británico se enfilan con el repudiado régimen persa en un paquete que incluye, como una cuchara de jarabe, al hombre fuerte sirio. En este armado cabe aún una pregunta compleja: cómo evitar que otro actor repelido por Occidente, como la Rusia de Vladimir Putin, intervenga en este escenario dada su condición de principal aliado del régimen persa y de sus satélites.

Es interesante observar hasta qué punto estas enseñanzas no alcanzan.

Hoy mismo en este escenario asiático en momentos que Corea del Sur impulsa un plan de reunificación de la península con el inédito apoyo de China, guardaespaldas histórico de la exótica dinastía comunista del norte, Japón inició negociaciones con la dictadura de Pyongyang. La razón a la vista del diálogo que incluyó un alivio de las sanciones es un antiguo conflicto relacionado con el secuestro de japoneses por parte de Corea del Norte. Pero la cuestión oculta son los diferendos territoriales que Tokio sostiene con Seúl y Beijing en el mar de la China, suficientes para asumir como amenaza la unidad. Es un pulmotor para el norte, que desbarata la ofensiva global para obligar a ese régimen imprevisible a desactivar su programa nuclear, tecnología que obtuvo, digamos de paso, del padre de la bomba atómica paquistaní el ultraislámico Abdul Qader Khan. El resultado es otro monstruo, enemigo de mi enemigo, alzado sobre sus piernas.






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