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Asunto:NoticiasdelCeHu 421/14 - VIAJANDO: Atravesando Chubut de la costa a la cordillera
Fecha:Domingo, 22 de Junio, 2014  03:11:18 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 421/14
 

 

Atravesando Chubut de la costa a la cordillera

 

Yo ya conocía la costa y la zona cordillerana, pero no así el interior de Chubut, por lo que averiguamos sobre los servicios que cubrieran el trayecto entre ambos extremos de la provincia, y nos decidimos por un micro de la empresa Chubut, que hacía el recorrido durante el día. Nos aclararon que el trayecto no era demasiado extenso ya que por la ruta número veinticinco que iba bordeando el río Chubut apenas superaba los setecientos cincuenta kilómetros, el camino estaba en buenas condiciones y no había grandes desniveles, pero no sólo que hacía varias paradas regulares para que los pasajeros utilizaran los sanitarios y llenaran sus bocas, sino que además, se detenía en pleno campo porque la gente subía y bajaba constantemente, incluso en zonas inhóspitas.

El martes diez de enero subimos al micro en Trelew, nos sentamos en los primeros asientos detrás del chofer, y partimos a las ocho de la mañana.

A poco de andar se desvió por la ruta número treinta y uno hasta llegar a la Villa Dique Florentino Ameghino, a ciento cuarenta kilómetros, donde bajaron varios trabajadores. Se trataba de una localidad de alrededor de doscientos habitantes que se había originado a partir de la construcción del embalse. Además de central hidroeléctrica, las principales funciones para las que fuera proyectada la obra era el control de crecidas del río Chubut producidas por los deshielos de los Andes, y la derivación de caudales para riego.

 

 

 

 

Espejo de agua del embalse Florentino Ameghino

 

 

Vista panorámica del dique Florentino Ameghino

 

 

Retomamos la ruta veinticinco donde a pesar de la aridez, encontramos campos inundados producto de las tormentas de los días anteriores.

 

Estancia Laguna Grande

 

 

Pero de allí en más no vimos una gota de agua por kilómetros... A medida que avanzábamos hacia el oeste la sequedad del ambiente se hacía más intensa teniendo como único paisaje grandes superficies de estepa arbustiva.

 

Zona árida de Chubut con estepa arbustiva y blancos cúmulos, signo de buen tiempo

 

 

A ciento ochenta y cinco kilómetros de Trelew se encontraba la localidad de Las Plumas, donde desde 1928 hasta 1961 había funcionado la estación cabecera del Ferrocarril Central del Chubut. Cuando desapareció el ferrocarril el pueblo perdió su identidad ferroviaria para pasar a ser eminentemente ganadero, con una población para ese entonces, año 2006, de quinientos habitantes.

Ya llevábamos tres horas de viaje y por eso el micro se detuvo en un parador de ruta donde pudimos descansar un rato.

 

Omar corriendo a Martín como forma de movilizar un rato el cuerpo

 

 

Cuando debíamos regresar al micro, esperé a subir última para pedirle al chofer que me permitiera permanecer parada sobre los escalones de acceso para poder tomar fotografías del camino. Y como la mayoría de las veces me lo niegan o lo admiten refunfuñando, me sorprendí cuando aceptó gustoso, por lo que pude quedarme allí durante el resto del trayecto con la cámara pegada al parabrisas.

 

Con la cámara pegada al parabrisas

 

 

Muy entusiasmado con mi interés por la zona el conductor me indicó que próximo a Las Plumas, en pleno valle de los Mártires, se encontraba el sitio de la masacre por el cual el lugar se denominaba así. Que se trataba de un episodio de violencia producido contra un pequeño grupo de galeses por parte de los indígenas al mando del cacique Foyel, en el marco de la denominada “Conquista del Desierto”. Y que aparentemente el brutal asesinato se había debido a haberlos confundido con espías del Ejército Nacional o bien que trabajaban para el Gobierno. Y enseguida me dio un papel impreso con un texto escrito por el único sobreviviente quien había relatado el hecho de esta manera:

(…) “Los cuatro exploradores éramos Richard B. Davies, Zacarías Jones, John Parry, y yo John Daniel Evans” (…)

(…) “El sábado cuatro de marzo (1884) se asomó el sol lentamente en el horizonte y yo agarré el mejor caballo el Malacara, con el fin de cazar algunas liebres maras que habían por los recodos del río, algún avestruz o cualquier otro animal que nos proporcionara carne.

Todo este tiempo habíamos viajado carabina en mano, pero ahora pensábamos que no sería necesario y así las pusimos en el carguero menos dos revólveres y sables, de esta manera viajaríamos más descansados.

Eran dos las carabinas que habíamos puesto en el pilchero. Después de haber caminado hacia el norte dejé mis compañeros para que arriaran despacio la caballada siguiendo un viejo camino indígena, el que se alejaba de las vueltas del río. Agarré dos maras preciosas y luego de haber viajado seis millas ya venía al encuentro de mis compañeros tranquilo y sin sospechar nada, seguimos juntos la marcha, llegando a las inmediaciones donde está la balsa (hoy puente Las Plumas).

Los cascos de nuestros caballos retumbaban en la tierra dura una especie de laguna seca era esto, donde se juntaban las aguas de lluvia de la loma, pero en ese momento el terreno estaba seco y duro.

Yo arreaba la caballada al lado derecho, Parry a mi izquierda, después John Hughes y último Richard Davies, formábamos un pequeño círculo para arrear catorce caballos sin pensar en nada, despreocupados, sin ni siquiera mirar atrás. Cuando de pronto sentimos un tremendo aullido y grito de guerra de los indios e inmediatamente la atropellada de los caballos. Eché una mirada hacia atrás y vi sus lanzas brillar al sol, nos cerraron en círculo; sentí el chuzaso de la lanza en mi paleta izquierda y antes de que pueda reaccionar vi a Parry caer a tierra con una lanza clavada al lado derecho y no sé si los otros compañeros estarían heridos porque hasta ese momento se mantenían sobre sus caballos.

Clavé la espuela en las costillas del Malacara, rompí el primer círculo de lanzadores y un indio que se encontraba a retaguardia detrás del círculo tomó su lanza con las dos manos y me la arrojó; logré desviarla con mi brazo y la vi clavarse en la arena al lado de mi caballo y antes de que tuvieran una segunda ocasión mi Malacara en dos saltos había salido de su alcance y disparaba tremendas brazadas a todo lo que daban sus patas hacia el noroeste y un tropel de indios me seguía.

A unos trescientos metros adelante corría un zanjón hondo por el cual bajan las aguas de lluvia de la loma, era un lugar muy conocido por los indios y por mí, sus intenciones eran arrinconarme contra el zanjón para bolear mi caballo y ese era mi tremendo miedo.

Yo tenía en mano mi revolver listo pero de pésima calidad y en su tambor tenía cuatro balas que las reservé hasta último momento por si fuera capturado.

Estaba bien seguro que a uno o a dos de ellos bajaría por lo menos.

Me veía acorralado. El zanjón tenía una altura aproximada de tres metros sesenta, en el fondo del mismo había arena blanda. El caballo creo que percibió mi intención, y obedeció a mi desesperada orden, saltó al fondo del barranco y cayó extendido, manos y patas abiertas. De repente se levantó dando un brinco, yo me mantenía aferrado al recado del terror que sentía, sin lastimarse, sin detenerse, franqueó el nuevo obstáculo un barranco más abajo. Resollaba, como pidiendo un poco más de tiempo.

Con el salto del barranco puse varios cientos de metros de distancia con el indio, ellos habían buscado un lugar para poder bajar, y lo único que oía era ‘que el huinca no escape’. Era consciente que mi caballo ganaba distancia; los veía a los indios como si estuviesen parados y sólo yo avanzaba. Puse más de mil metros de distancia, los gritos y aullidos retumbaban en el roquerío.

Aminoré la velocidad de mi caballo, un sudor blanco corría por las tablas del cogote del Malacara, era una tarde muy calurosa.

Orienté mi caballo hacia el sur con dirección al río Chubut por encima de una loma alta y a pique que baja al río; seguí aguas abajo por unas cortaderas altas y muy tupidas; pensé en un momento esconderme allí, hasta que llegara la noche.

Pero una voz dentro de mí me decía ‘No’ y aproveché lo mejor del día que tenía por delante. Hice correr mi caballo al río, encontré un paso, pero la barranca opuesta era tan alta que el Malacara cayó de rodillas; desmonté, lo sostuve del cabestro y lo ayudé a salir.

La distancia que me separaba de los indios era de cuatro millas. Bajé por un cañadón que más tarde se llamó Cañadón de Harris. La noche me sorprendió en este Cañadón, le di agua a mi caballo y yo también sacié mi sed; el agua era como una bendición después de correr por un desierto arenoso y rocoso.

Frené un poco el caballo, las estrellas titilaban sobre mi cabeza, torcí mi rumbo y tomé como punto de referencia una estrella que brillaba al norte, viajé toda esa noche y no sucedió nada, solamente que me asusté mucho cuando me metí en una manada de guanacos que dormían.

Cuando apareció el lucero en el norte me sentí mejor al ver que mi camino era exacto.

En esta zona de cañadones es muy difícil seguir el camino, hay rocas muy altas y murallones a pique” (…)

 

 

Valle de los Mártires

 

 

Rocas muy altas y murallones a pique

 

 

Relieve amesetado en todo el camino

 

 

Como en la mayor parte de la Patagonia Extraandina las tierras no sólo que no eran fiscales ni estaban despobladas, sino que estaban ocupadas por enormes estancias dedicadas a la ganadería ovina. Sin embargo esa zona era la que tenía menor capacidad ganadera, siendo en algunos casos de sólo cabeza cada cuatro hectáreas.

Ese hecho se debía a la aridez del lugar y al tipo de pastura, ya que se trataba de arbustos de escasa altura, achaparrados, espinosos y amargos; y ese bajo rendimiento hacía que muchos de los campos no contaran con alambrados debido al altísimo costo que ello demandaría, marcando a los animales y dejándolos pastar por donde pudieran.

 

 

Campo de producción sin alambrado

 

 

Y en otros casos, la ruta cortaba los campos por lo que habiendo alambrados, éstos llegaban hasta el camino para luego continuar en forma de guardaganado, que consistía en un enrejado sobre el asfalto que los animales no se animaban a cruzar.

En ambos casos esto ponía en peligro a los automovilistas causando, sobre todo de noche, graves accidentes, ya que cuando una oveja se cruzaba, todas las demás la seguían.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Campos con alambrado

 

 

Guardaganado en plena ruta número veinticinco

 

 

Tanto por la mala calidad del alimento como por el relieve desparejo sólo las ovejas podían adaptarse. Pero justamente se trataba de un tipo de ganado destructor del bioma, ya que arrancaba la pastura no permitiendo su rápida renovación en un ambiente seco y con temperaturas extremas.

 

Relieve desparejo en un ambiente seco y con temperaturas extremas

 

 

Cada tanto se presentaba algún oasis bajo riego cercano al río Chubut

 

 

Pasando por el valle de las Ruinas accedimos al de Los Altares, a poco más de cien kilómetros de Las Plumas.

 

Acceso al valle de Los Altares a través del de las Ruinas

 

 

El chofer me dijo que el nombre de Los Altares se debía a las formaciones rocosas que se encontraban a su alrededor conformando elevados bloques producto de movimientos epirogénesis en el macizo patagónico, que en muchos casos alcanzaban los setenta metros de altura.

 

Transitando por el valle de Los Altares

 

 

 

Conos de deyección formados al pie de las elevaciones

 

 

También agregó que ese había sido un lugar obligado de huida para los pueblos originarios, cuando venían siendo exterminados por el ejército expedicionario.

 

 

Lugares de refugio para los pueblos originarios durante la “Campaña al Desierto

 

 

 

 

 

Y luego de casi dos horas después de haber salido de Las Plumas hicimos otra breve parada en Los Altares, pequeño caserío con alrededor de doscientos habitantes.

 

 

Cercanías del caserío Los Altares

 

 

La zona era una de las más áridas del país por no llegar casi los vientos del Atlántico y sólo recibir los del Pacífico, que habiendo descargado su humedad en la región andina, soplaban con fuerza pero extremadamente secos, lo que explicaba las particularidades del bioma de la región.

 

 

Estepa arbustiva en el valle de Los Altares

 

 

La única fuente de agua en la zona era el río Chubut, que siendo alóctono, mantenía su caudal a expensas y deshielos de la región cordillerana.

 

Cruzando el río Chubut, única fuente de agua en la zona

 

 

Continuamos ascendiendo lentamente ya que las mesetas iban tomando altura de este a oeste, y muchas de ellas se presentaban rojizas, signo seguro de la presencia de óxido de hierro.

 

Mesetas rojizas por presencia de óxido de hierro

 

 

Y mientras yo miraba maravillada el paisaje y tomaba fotografías, el chofer me decía que las mesetas se habían formado durante el Precámbrico y que se habían depositado diferentes materiales tanto de origen continental como marino, muchas de las cuales estaban cubiertas por mantos de basalto producto de erupciones volcánicas durante la era Cenozoica, o por fragmentos de rocas redondeados por el desgaste y transportados por las aguas del deshielo.

 

Mesetas acolinadas en Los Altares

 

 

Si bien yo no desconocía el origen de las mesetas patagónicas quedé perpleja ante las precisiones que me daba el conductor. Y mucho más me sorprendí cuando de pronto paró el micro y me invitó a bajarme para poder fotografiar de cerca los estratos con materiales marinos de la formación que teníamos ante nuestros ojos.

 

Estratos con materiales marinos

 

 

Le agradecí el gesto y lo felicité por todo lo que sabía, y fue entonces que me dijo que en realidad era uno de los primeros viajes que hacía como chofer, ya que él era guía de turismo de Puerto Madryn pero que pasada la temporada de las ballenas, se le hacía imposible vivir con esa sola actividad. Y ahí se comprendían todas sus actitudes respecto de mis inquietudes, ya que los demás pasajeros viajaban por obligación, por lo que aproveché al máximo esa impensable excursión guiada.

Luego pasamos por un valle agrícola formado por la acción erosiva del río Chubut donde podían verse mesetas tabulares a distancia.

 

Valle agrícola formado por la acción erosiva del río Chubut

 

 

 

Nuevamente se detuvo para que tomara esta fotografía

 

 

También el guía-chofer me indicó que las serranías que veía por encima de las mesetas eran los Patagónides, que no superaban los dos mil metros de altura pero que poseían una importante variedad de minerales. Y por otra parte, que gran parte del camino que estábamos transitando había sido trazado a lo largo de cañadones, que eran antiguos cauces de ríos capturados por las morenas formadas en los Andes Patagónicos, y que ahora desembocaban en el Pacífico.

 

Ambiente de mesetas con los Patagónides de fondo

 

 

Entre Los Altares y Paso de Indios había cerca de sesenta kilómetros donde se veían más establecimientos ganaderos. Allí predominaban las razas Merino y Corriedale; la primera, pura lana de primera calidad, y la segunda de ambos propósitos, lana y carne. La zona era ideal para lana porque la carne tenía un sabor muy fuerte debido a la mala calidad de las pasturas, por lo que cuando el animal ya estaba viejo, le daban esa utilidad para ser consumido por la población local.

La expansión de la actividad pecuaria en nuestro país había sido la principal causante de las “Conquistas del Desierto”, ya que se pretendió cambiar hombres por ovejas, dando lugar a los mayores genocidios de la historia argentina.

La primera de ellas había sido llevada a cabo entre los años 1833 y 1834 por Juan Manuel de Rosas, destacado ganadero quien pretendiera “limpiar de indios” a la provincia de Buenos Aires, para llevar a cabo negocios con Inglaterra, país donde pereciera durante su exilio. La campaña había sido extremadamente cruenta según el relato de Charles Darwin, quien en su diario de viaje publicado como “Viaje de un naturalista alrededor del mundo”, dijera así: “Los indios formaban un grupo de unas 110 personas (hombres, mujeres y niños); casi todos fueron prisioneros o muertos, pues los soldados no dan cuartel a ningún hombre. Los indios sienten actualmente un terror tan grande, que ya no se resisten en masa; cada cual se apresura a huir por separado, abandonando a mujeres e hijos (…) Sin disputa, esas escenas son horribles, ¡pero cuánto más horrible es el hecho cierto de que se da muerte a sangre fría a todas las indias que parecen tener más de veinte años! Y cuando yo, en nombre de la humanidad protesté, se me replicó: ‘Sin embargo ¿qué otra cosa podemos hacer? ¡Tienen tantos hijos esas salvajes!”  El sector terrateniente fue el que le diera sustento a semejante masacre por ser el que más se beneficiaba con ese proceder, poblando de vacas, caballos y ovejas el otrora territorio de los Pampas, Ranqueles, Tehuelche y Mapuche.

Pero cuando los negocios con Inglaterra se incrementaron, especialmente a partir de la introducción del frigorífico, se hacía necesario consolidar la producción vacuna en la región pampeana, tanto protegiéndola del ataque de los malones como desplazando los ovinos hacia la región patagónica.

A finales de 1875, los “aborígenes del desierto” continuaban con los enfrentamientos en la línea de la frontera sur de la provincia de Buenos Aires, por lo que Adolfo Alsina quien se desempeñara como Ministro de Guerra y Marina, luego de dirigir la defensa militarmente, fue partidario de resolver el “problema del indio” mediante una política defensiva y no ofensiva, afirmando que emprendería una campaña contra el desierto y no contra el indio, por lo que en 1876 iniciara la construcción de la llamada “Zanja de Alsina”, que se extendía por más de quinientos kilómetros desde el sur de Córdoba hasta Bahía Blanca, y que consistía en una trinchera de dos metros de profundidad y tres de ancho con un parapeto de un metro de alto por cuatro y medio de ancho, guarnecida por una serie de fortines, muchos de ellos comunicados con sus comandancias por el telégrafo, elemento de tecnología de punta para la época. Pero ante la muerte repentina de Alsina en 1877, Julio Argentino Roca asumió su cargo, desarrollando un plan opuesto que consistía en aplicar una táctica ofensiva llevando la guerra al territorio indígena a través de un avance general, por considerar que la única solución consistía en exterminarlos, subyugarlos o expulsarlos, lo que fue autorizado por el Congreso Nacional financiando la campaña mediante la venta anticipada de las tierras ganadas al indio, creándose simultáneamente la Gobernación de la Patagonia, con asiento en Mercedes de Patagones (Viedma).

A finales de 1878 comenzaron las olas de “limpieza” en la zona entre la Zanja de Alsina y el río Negro a través de ataques sistemáticos y continuos. Pero cuando Roca asumió la Presidencia de la Nación en 1880 creyó que era imperativo proseguir la campaña hacia el oeste y hacia el sur, incorporando las tierras del Neuquén en 1882 y llegando hasta el río Chubut a fines de 1884, aunque algunos grupos menores continuaron huyendo hasta 1888. De ahí la confusión y el odio con el blanco que ocasionara la masacre de los galeses.

A pesar de los cuestionamientos que pudieran recibir los genocidas Rosas y Roca han sido homenajeados a lo largo de la historia argentina a través de actos, monumentos, topónimos, y hasta se los ha incluido en los billetes de nuestra moneda nacional.

Además de la destrucción a nivel humano que indirectamente produjo, el ganado ovino contribuyó a desertificar aún más a la estepa patagónica no sólo por su forma de obtener el alimento sino por sobrepastoreo y sobrepisoteo, además de dejar relegado al guanaco, antiguo habitante de ese ecosistema.

 

Tranquera de estancia patagónica cortando el camino

 

 

En esa zona el clima era muy similar a la del resto del recorrido, pero aumentaba la amplitud térmica no sólo entre las estaciones sino entre el día y la noche, habiéndose registrado una máxima de 38,3°C durante un verano y una mínima absoluta de -24,2°C en un invierno, a pesar de haber cada tanto un área de regadío con plantaciones de frutales y hortalizas con temperaturas más moderadas.

 

 

Área de riego en el valle medio del río Chubut

 

 

Siendo casi las dos de la tarde llegamos a la terminal de Paso de Indios, donde nos detuvimos un buen rato para “almorzar”, si se podía llamar así a un sándwich de pan de campo con salamín acompañado por una gaseosa.

 

 

Nuestro micro en la terminal de Paso de Indios, en el centro de Chubut

 

 

Paso de Indios era un pueblo muy pequeño, que en 2006 contaba con apenas mil doscientos habitantes, pero continuaba siendo un buen lugar de abastecimiento de alimentos y combustible tal como en tiempos pasados fuera una posta en el camino del desierto.

 

Paso de Indios, antigua posta en el camino del desierto

 

 

El primer asentamiento con visos de población fue Manantiales, un paraje como todos los de la época, con una posada, una oficina de registro civil y policía, conformado por dos familias, los Terán y los López, a los que se sumaba la figura de una señora que atendía la fonda: Doña Ramona, un grato recuerdo entre los viajeros de la época. En 1899, Eluned Morgan, destacada escritora chubutense hija de Lewis Jones, uno de los líderes de la colonización galesa, describió a ese manantial, de la siguiente manera: “No habita nadie en un radio de cientos de millas de este pequeño arroyo, pero para los cansados viajeros, es como un rayo de luz del paraíso y su música es como el batir de alas de los ángeles…”

El nombre de Paso de Indios, distante unos doce kilómetros de Manantiales, fue impuesto por los Rifleros del Chubut, una expedición de unos cinco mil kilómetros realizada entre octubre de 1885 y febrero de 1886, por el gobernador del Territorio Nacional del Chubut, Luis Jorge Fontana, el baqueano John Daniel Evans y treinta jinetes, en su mayoría galeses.

A principios del siglo XX, Paso de Indios se conocía como La Herrería, debido que como sugerencia de los viajeros que transitaban el camino entre la costa y la cordillera y viceversa, don Teodoro Strobl instalara un taller para solucionar los problemas que continuamente se presentaban en los carruajes, por el estado de los incipientes caminos. Pero ya en la década del treinta, el lugar fue perdiendo importancia con el advenimiento del automóvil por lo que la herrería fue vendida, y se construyeron un hotel y una estación de servicio de YPF, para en los años cuarenta, instalarse el edificio de la Policía y el Juzgado de Paz.

 

 

 

Monolito de ingreso a Paso de Indios

 

 

Continuamos desplazándonos por la más que interesante ruta veinticinco y el chofer volvió a parar en la banquina para que yo pudiera tomar una fotografía de cerca de los efectos de la erosión mecánica que se veían al pie de una de las mesetas.

La erosión mecánica es característica de las zonas áridas ya que las altas variaciones de temperatura entre el día y la noche imprimen a las rocas fuertes contracciones y dilataciones, que provocan fisuras, y con el tiempo, su fragmentación.

 

 

 

Meseta estratificada con rocas partidas como efecto de la erosión mecánica

 

 

Algo que me atraía mucho de las formaciones geológicas sin vegetación era que a partir de la coloración de sus rocas, se podía vislumbrar a simple vista parte de los minerales que las conformaban. Y así como las tierras rojas indicaban la presencia de óxido de hierro, las verdes mostraban el dihidróxido de carbonato de cobre, más conocido como malaquita.

 

 

 

Formación estratificada con alto contenido de óxido de hierro

 

 

Meseta estratificada con presencia de óxido de hierro y dihidróxido de carbonato de cobre

 

 

 

Ladera mostrando tanto óxido de hierro como malaquita

 

 

En medio de un área absolutamente seca, cada tanto encontrábamos mallines, también conocidos como vegas, que se trataba de praderas herbáceas desarrolladas sobre suelos cargados de humedad a partir de un curso de agua que podía o no ser permanente, los que constituían una importantísima fuente de recursos ganaderos.

 

Mallín o vega en el camino entre Paso de Indios y Colán Conhué

 

 

Los animales típicos de la meseta chubutense eran el guanaco, el choique o ñandú, la mara o liebre patagónica, el puma o león americano, el zorro gris, el zorrino, el águila mora, el aguilucho común, los jotes y los caranchos. Sin embargo, hasta el momento, no había visto a ninguno de ellos. ¡Y de pronto! ¡Un choique!

El choique o ñandú de Darwin (Pterocnemia pennata) tenía una altura aproximada de un metro, siendo más bajo que el ñandú común (Rhea Americana), y destacándose como buen corredor ya que alcanzaba una velocidad de sesenta kilómetros por hora. Como todos los de su especie, era muy agresivo mientras empollaba sus huevos, que estaba a cargo del macho. Pero se encontraba en vías de extinción no sólo por la extensión de la frontera pecuaria que acotaba su hábitat natural sino por la caza indiscriminada con el fin de extraer cueros y plumas para la exportación. Uno de los principales mercados de Argentina lo había constituido Brasil que demandaba plumas para sus festejos de Carnaval. Y si bien en 1986 la Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca había prohibido su comercialización, el comercio ilegal continuó hasta que en 1992 se lo incluyera en el Apéndice II de la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Flora y Fauna Silvestre.

 

A pesar de lo borroso de la imagen, es mi único documento sobre la aparición de un choique

 

 

Ya llevábamos casi una hora y media desde que habíamos parado cuando llegamos a Colán Conhué, a ciento veinte kilómetros de Paso de Indios.

 

 

Colán Conhué, cuyo significado era “lugar donde comienzan las aguas estancadas”, era una comuna rural que en 2006 no llegaba a doscientos cincuenta habitantes. Pero pese a su escasa población, la localidad era un paso obligado para los viajeros que se desplazaban entre ambos extremos de la provincia, así como centro de servicios para muchos ganaderos de la zona por contar con lugares de abastecimiento de gran variedad de mercaderías, juzgado de paz, un destacamento policial, un puesto sanitario, y una escuela que poseía el régimen de internado para niños procedentes de distintos parajes de los alrededores.

 

Una de las callejuelas de Colán Conhué

 

 

 

 

Y en un boliche-almacén de ramos generales volvimos a tener una parada para tomar algo caliente ya que siendo las cuatro de la tarde, la temperatura comenzaba a disminuir.

Un proveedor llevando mercadería al almacén de ramos generales de Colán Conhué

 

 

 

 

Peones de estancia junto al boliche-almacén de ramos generales de Colán Conhué

 

 

Continuamos rumbo a Gualjaina, dejando ya la zona de las mesetas para, de allí en más, bordear los Patagónides, donde aumentaba considerablemente la cantidad de estancias.

 

 

Matas achaparradas en primer plano y detrás, los Patagónides

 

 

Estancia que atravesaba la ruta al pie de los Patagónides

 

 

Torres de trasmisión del complejo hidroeléctrico de Futaleufú dentro de una estancia

 

 

Ovejas corriendo por otro mallín al pie de los Patagónides

 

 

De Colán Conhué a Gualjaina había doscientos cuatro kilómetros que recorrimos en tres horas.

 

Llegando a Gualjaina

 

 

Sierra Hualjaina perteneciente al sistema de los Patagónides

 

 

El neneo (Mulinum spinosum), un arbusto característico de los Patagónides

 

 

Gualjaina, nombre de origen puelche que significaba “abra” o “cañadón”, contaba con cerca de ochocientos habitantes, que además de trabajar en las estancias, cultivaban algunos productos para su subsistencia. Allí subieron y bajaron pasajeros, y volvimos a hacer una nueva pausa antes de llegar a destino.

 

 

Pequeña área de cultivos a la vera del río

 

 

Cortina de álamos como reparo del viento a la producción agrícola

 

 

La estepa ya se presentaba con mayor densidad de matas

 

 

Faltaban sólo noventa kilómetros para llegar a Esquel pero la velocidad debía ser reducida porque comenzábamos a transitar por una zona de curvas y desniveles característica del piedemonte de la cordillera. Estábamos agotados, especialmente yo, que continuaba parada junto al parabrisas. ¡Ni qué hablar del chofer que no había tenido reemplazante! Sin embargo, los Andes Patagónicos, majestuosos como siempre con sus nieves eternas, nos hicieron olvidar del cansancio. ¡Un paisaje espectacular!

 

En primer plano un mallín dentro de una estancia y al fondo la Cordillera de los Andes

 

 

El paisaje había cambiado por completo, la estepa y el bosque de coníferas se combinaban en los piedemontes de la cordillera y en los valles glaciarios.

 

Estepa y bosque de coníferas al pie de los Andes Patagónicos

 

 

Habíamos pasado del nivel del mar a más de quinientos cincuenta metros, ascendiendo a través de valles y mesetas, y ya teníamos ante nuestra vista los cordones Nahuel Pan y Esquel, lo que indicaba que estábamos poniendo fin a un fascinante viaje. Y nos parecía lamentable que semejante circuito no figuraba en ningún folleto de turismo de Argentina, como tampoco en los recomendados por las oficinas de turismo de Chubut.

 

Montañas con nieves eternas que rodeaban a Esquel, con los estratos del atardecer

 

 

Eran las veintiuna cuando arribamos a la moderna terminal de ómnibus de Esquel, pero aun no era de noche debido a la latitud y al mes del año en que nos encontrábamos.

Tomamos un taxi y fuimos hasta un hotel céntrico donde dejamos los equipajes y salimos a cenar a un restorán cercano. Y mientras compartíamos la mesa, no podíamos dejar de comentar todo lo que habíamos visto durante el día. Había sido una jornada verdaderamente inolvidable.

 

 

Ana María Liberali

 

 

 

 

 

 





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