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Asunto:NoticiasdelCeHu 370/14 - Bajo la estrella del "Argentinazo" / Rumbo al XVI EnHu (145)
Fecha:Miercoles, 4 de Junio, 2014  13:48:04 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 370/14

Rumbo al XVI EnHu (145)

América Latina como geografía

Bariloche, 6 al 10 de octubre 


Bajo la estrella del "Argentinazo"

El "Consenso de Bruselas" y sus políticas de austeridad están provocando en Europa radicalizaciones políticas parecidas a las que provocó el "Consenso de Washington en América Latina"

William Black

Sin Permiso

1/6/14

El Presidente ecuatoriano Rafael Correa tiene una triple deuda con John Williamson, el economista que acuñó el término “Consenso de Washington” en un documento presentado por vez primera en 1989. Ese documento proclama abiertamente el foco del consenso: América Latina. América Latina tenía que ser transformada con políticas consensuadas entre el gobierno de los EEUU, el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial y los think tanks de Washington. Y esas políticas tenían 4 componentes clave:

- La exigencia de un flujo continuo de pago de intereses por parte de los deudores latinoamericanos a los bancos estadounidenses, a fin de asegurar que los bancos no tuvieran que reconocer grandes pérdidas en sus préstamos.

- Exigir a las naciones latinoamericanas la adopción de políticas de austeridad.

- Exigir una desregulación substancial

- Y finalmente, exigir una privatización substancial.

La austeridad era el gran objetivo político norteamericano: para salvar a los bancos estadounidenses.

El documento de Williamson se abría precisamente con la primera exigencia clave:

“Ninguna formulación del modo de lidiar con la crisis de deuda de América Latina sería completa sin una llamada a los deudores a cumplir con su parte en el acuerdo propuesto ‘poniendo orden en sus casas’, o ‘sometiéndose a una estricta condicionalidad’. La cuestión planteada en este documento tiene qie ver con el significado de esas locuciones, y especialmente con el significado con que corrientemente se interpretan en Washington. El documento se propone, así pues, fijar lo que en Washington se consideraría un conjunto deseable de reformas político-económicas. Importante al respecto es el establecimiento de un criterio de base, conforme al cual pueda medirse el grado en que los distintos países ponen en práctica las reformas que se les exigen perentoriamente.”

Williamson sostenía que el Consenso estaba concebido “para lidiar con la crisis de deuda en América Latina”. La formulación es, pretendidamente, una “propuesta de acuerdo”: pero repárese en que el documento no menciona la menor contraparte que las naciones de América Latina vayan a recibir de Washington a resultas de ese “acuerdo”. Lo que quiere decir que Williamson no hace la menor descripción de los términos del “acuerdo propuesto”. Su documento habla sólo del consenso alcanzado en Washington respecto de los pasos que deberá dar América Latina- Asimismo, Williamson deja tácitamente claro que, sea lo que fuera el (informulado) “acuerdo propuesto”, es el resultado de exigencias de Washington: no un proceso de negociación entre naciones soberanas. Washington ha llegado a un consenso sobre las reglas por las que deben gobernarse las naciones de América Latina, y Washington les impone esas reglas. El objetivo de formular expresamente el Consenso es crear unos “criterios de base” que permitirán a Washington “medir el grado” de cumplimiento de nuestros decretos sobre cómo deben gobernar sus naciones los latinoamericanos.

Y aunque la arrogancia, el imperialismo y la mentalidad colonial (Williamson nació y se educó en Gran Bretaña) permean el documento, lo cierto es que el tono de Williamson es sordo. La locución misma –“el Consenso de Washington”— muestra a Williamson como la enésima revelación de que estas gentes se superan una y otra vez en la autoparodia involuntaria. 

Williamson mostraba una sofisticada comprensión del modo en que Washington definía sus intereses comerciales clave –con la habitual racionalización colonial: “está en su interés”—: la clave no era la devolución de las deudas a los bancos estadounidenses, sino la ”recepción de un flujo continuo de servicio de deuda” sobre esas deudas. 

“El Washington político está también preocupado, huelga decirlo, por los intereses estratégicos y comerciales de los EEUU, pero la creencia general es que esos intereses quedan óptimamente promovidos por la prosperidad en los países latinos. La más obvia excepción posible a esa percibida armonía de intereses tiene que ver con el interés nacional estadounidense en la continua recepción del servicio de deuda procedente de América Latina. Algunos –no todos— creen que esa consideración ha jugado un papel importante a la hora de promover políticas de austeridad en América Latina durante los 80.”

Los EEUU no deseaban que las naciones latinoamericanas devolvieran rápidamente el total de sus deudas a los bancos estadounidenses. Eso habría resultado imposible, habida cuente de que cualquier empeño en forzar esa devolución habría arrojado al conjunto de América Latina a una Gran Depresión, causando su bancarrota y el impago de sus deudas. Lo que habría traído consigo la necesidad de que muchos bancos estadounidenses, particularmente el Citi, reconocieran pérdidas masivas. Los EEUU podían usar trucos contables para que los bancos no tuvieran que reconocer pérdidas sobre sus malos préstamos mientras esos bancos siguieran recibiendo “un flujo continuo de servicio de deuda” (engañosas palabras para referirse al pago de intereses) sobre esos préstamos. Los bancos estadounidenses se sirvieron de esos trucos para negociar una “reestructuración de la deuda en apuros” (TDR, por sus siglas en inglés): a resultas de esos acuerdos, las naciones latinoamericanas pudieron reducir los pagos de intereses devengados. Los EEUU hicieron pagos más grandes al FMI y al Banco Mundial, los cuales los pasaron a las naciones latinoamericanas en una típica estrategia de “ganar tiempo y fingir”. Los bancos estadounidenses podrían informar de (modestos) ingresos positivos procedentes de sus malos préstamos a la América Latina, en vez de reconocer pérdidas. La austeridad en América Latina era la exigencia primera de los EEUU, y estaba concebida para asegurar a los bancos norteamericanos la “recepción de un flujo continuo del servicio de deuda” procedente de las naciones latinoamericanas.

La debacle de las cajas de ahorros norteamericanas como “éxito” de la desregulación

Williamson escribía en 1989, mientras terminaban en un colapso las medidas tomadas por el Presidente Reagan para lidiar con las dimensiones de la crisis de las cajas de ahorro y de crédito y el nuevo presidente Bush tenía que anunciar un rescate masivo de todo el sector: el rescate se había hecho inevitable a causa del “fraude del control contable” causado por la desregulación efectuada en 1982 por Reagan (mediante la Ley Gran-St Germain, aprobada con una fuerte mayoría bipartidista).

Desregulación: “Otra vía para promover la competencia es la desregulación. Esa vía se inició en los EEUU bajo la administración Carter y fue impulsada por la administración Reagan. Se estima comúnmente como un éxito en los EEUU, y se admite comúnmente también que podría traer consigo similares efectos beneficiosos en otros países. Y se diría que los potenciales beneficios de la desregulación serán mucho mayores en América Latina…”.

Ni que decir tiene que Williamson estaba al corriente de la debacle de las cajas de ahorro y de crédito norteamericanas cuando escribió estas palabras. En efecto: en su texto sobre el “Consenso de Washington” puede encontrarse una referencia directa, aun cuando marginal, a esa crisis. Por la época en que escribía, que las desregulaciones propiciadas por la Ley Gran-St Germain habían desencadenado una “carrera hacia el abismo” de la desregulación, era cosa perfectamente comprendida. California y Texas habían ya “ganado” esa carrera hacia el abismo, y esos dos estados sumaban el 70% del total de las pérdidas de la debacle de las cajas de ahorro y de crédito. En el momento en que Williamson escribía su documento, la debacle de esa cajas estaba ya públicamente reconocida como el peor escándalo financiero de la historia de los EEUU.

El documento de Williamson, sin embargo, ignoraba los efectos directos e indirectos (carrera hacia el abismo) de la desregulación de las cajas de ahorro y crédito en punto a crear el ambiente criminógeno que propició la epidemia de fraude de control causante del grueso de las pérdidas de las cajas. George Akerlof y Paul Romer escribieron su clásico artículo sobre el “saqueo” en 1993, pero lo que hicieron fue describir asuntos perfectamente conocidos en 1989.

“Pero la crisis de las cajas de ahorro y crédito también fue causada por un malentendido. Ni la opinión pública ni los economistas previeron que la desregulación [de las cajas] estaba condenada a producir el saqueo. Ni, faltos del concepto, se percataron de la gravedad del asunto. De modo que los reguladores del sector que sí entendieron desde el principio lo que estaba en juego, lo que recibieron fue, en el mejor de los casos, tibias palmaditas en la espalda. Ahora sabemos qué pasa. Si aprendemos de la experiencia, la historia no tiene por qué repetirse.” (Akerlof & Romer 1993: 60).

Williamson probó que los economistas siguen sin “saber qué pasa”, porque se niegan a “aprender de la experiencia”. Lo que hicieron fue redefinir esa desregulación “condenada a producir saqueo” y que fue lo suficientemente grave como para generar “el peor escándalo financiero de la historia de los EEUU” como una desregulación “exitosa”.

Ignorando la substancia y las causas de la debacle de las cajas, el documento original de Williamson se lamentaba del “escándalo masivo” porque se había demostrado un “fraude”.

“Washington no siempre practica lo que predica, como sin duda revela el embarazoso asunto –corrupción— mencionado más arriba. Después de todo, este texto se escribió durante las semanas en que salió a la luz un escándalo masivo en la Oficina estadounidense de Vivienda y Desarrollo Urbano HUD, por sus siglas en inglés) : un caso de fraude e irresponsabilidad a gran escala lo suficicientemente grande como para erosionar la credibilidad de las prédicas de Washington.”

Para Williamson, HUD representó un “escándalo masivo”, en el que la “escala” del “fraude” fue tan “grabde”, que “erosionó la credibilidad de las prédicas de Washington”. Pero lo cierto es que el masivamente más grande fraude de la debacle de las cajas de ahorro y crédito no representaba sino otro caso “exitoso” de desregulación. La Comisión Nacional para la Reforma, Recuperación y Robustecimiento de las Entidades Financieras (NCFIRRE, por sus siglas en inglés) investigó las causes de la debacle de las cajas de ahorro y crédito, y concluyó lo siguiente:

“El fallo, típicamente grande, creció a un ritmo extremadamente rápido, logrando altas concentraciones de activos en emprendimientos de riesgo… No dejó de usarse ninguno de los trucos contables disponibles… Las pruebas de fraude se detectaban por doquiera, lo mismo que la capacidad de los operadores para ‘muñir’ la organización.“ (NCFIRRE 1993).

Los fraudes de las ajas eran notorios en 1989, cuando Williamson escribió su pieza. Pero los fraudes de las cajas demostraron que la desregulación financiera por la que él abogaba como elemento central del “Consenso de Washington” era excepcionalmente criminógena: por eso quitó de su narrativa el fraude de las cajas y se centró en el fraude infinitamente más modesto del escándalo HUD.

Una segunda carga a favor de la austeridad

La disonancia cognitiva de Williamson era tan extrema, que la segunda práctica norteamericana de la que se lamentaba amargamente era del déficit federal. Williamson estaba en el Peterson Institute, y Peterson es el multimillonario de Wall Street que sueña con crear un “pánico moral” en torno a los déficits, a fin de convencer a los EEUU de privatizar las inversiones en la Seguridad Social y realizar el mayor sueño de Wall Street: un flujo de billones de dólares.

No es sorprendente, pues, que el Consenso de Williamson suene a filípica escrita por un halcón del déficit que dejado de ingerir sus fármacos psicotrópicos.

“La historia de Washington resulta también imperfecta en otras áreas abordadas más arriba. Conforme al primer criterio, el del control del déficit fiscal, el registro estadounidense de los 80 es pobre. Aunque es verdad que el déficit federal es ha venido cayendo desde 1985, especialmente en relación con el PIB y que el déficit operativo representa ahora solamente un 1% del PIB, es decir, dentro del margen congruente con la solvencia continuada del sector público.”

Sí: están ustedes leyendo bien. Los EEUU, una nación con una moneda soberana, tasas de cambio flotantes y sin deudas que no estén contraídas en dólares, inquietaba profundamente a Williamson porque el déficit operativo era del 1% del PIB. Y ese déficit estaba, además, cayendo. Williamson cree que el Estado norteamericano es como un hogar y puede llegar a ser “insolvente” aun con un déficit ínfimo: ni siquiera entiende, pues, qué es el dinero, aunque admitiera que el déficit presupuestario estadounidense era tan pequeño en 1989 no que no representaba un gran peligro para la “solvencia”.

¿Por qué, pues, menciona el trivial y descendente déficit presupuestario norteamericano en 1989 como un fallo mayor? Williamson ve los déficits presupuestarios como inmorales, con independencia de su impacto económico. De lo que se sigue que los superávits presupuestarios son virtuosos, aun cuando no sean necesariamente adecuados desde su punto de vista, porque siempre podrían ser mayores. Si los superávits presupuestarios federales son virtuosos, entonces la prescripción política es hacerlos todavía mayores. Williamson sostenía que los déficits presupuestarios:

“Resultan, no de un cálculo racional de los beneficios económicos esperados, sino de una falta de honradez o de coraje políticos para cohonestar los gastos públicos con los recursos disponibles para financiarlos. A menos que se usen los excesos para financiar inversiones en infraestructura productiva, un déficit presupuestario operativo que exceda del 1 o 2 por ciento del PIB es indicio prima facie de fracaso político. Además, un déficit más pequeño, o incluso un superávit, no es necesariamente indicio de disciplina fiscal: su adecuación ha de examinarse a la luz de la fortaleza de la demanda y de la disponibilidad de los ahorros privados.”

Para Williamson, los gobiernos que incurran en un déficit, por ínfimo que sea, son “irracionales”, “carecen de coraje” y son “deshonestos”. Piensa que si un Estado dispone de grandes excedentes presupuestarios, eso, de uno u otro modo, el que el capital esté más disponible para la inversión privada. Williamson sostiene que déficits presupuestarios económicamente triviales y típicamente necesarios (“que excedan el 1 o 2 por ciento del PIB”) constituyen un “indicio prima facie de fracaso político”. No por casualidad era miembro del Peterson Institute.

La táctica de Williamson era la táctica de base antiintelectual de todos los austeritarios: no habría alternativa (TINA) a la austeridad. Despreció celebérrimamente a los economistas keynesianos (quienes representan realmente en consenso científico en macroeconomía) llamándoles “especie en extinción”. “Los fieles izquierdistas del estímulo ‘keynesiano’ mediante grandes déficits presupuestarios son casi una especie en extinción”.

El Consenso de Washington radicaliza a América Latina

La primera deuda que el presidente Correa tiene contraída con Williamson es con su formulación del Consenso de Washington, porque las políticas colonialistas dimanantes de ese Consenso desacreditaron a los dirigentes políticos latinoamericanos que las pusieron por obra. El Consenso de Washington tuvo cuatro efectos tóxicos para su partidarios en América Latina. La austeridad constante es tan analfabeta económicamente, que con toda certeza disminuye el crecimiento, hace más duraderas las recesiones e inflinge daños mucho más graves.

La desregulación financiera se reveló a menudo criminógena y produjo la epidemia del fraude de control, que es la causa más común de las crisis financieras graves. Williamson podía pensar que la debacle de las cajas de ahorro y crédito norteamericanas fue un “éxito”, pero los latinoamericanos pensaron que el “saqueo” generado “inexorablemente” por la desregulación (Akerlof & Romer 1993) representaba un fracaso terribles.

La privatización tenía con toda certeza que producir escándalos, en los que los oligarcas y los extranjeros se harían todavía más ricos cuando las naciones latinoamericanas pusieran en almoneda sus “joyas de la corona”, vendiéndolas a sus compradores a precios escandalosamente bajos. La privatización aumentó enormemente la desigualdad, que ya era extrema en América Latina, pero creó también un poder de mercado extremo, que es el enemigo de la “libre competencia”.

Cuarto: el tratamiento por el Consenso de Washington del problema de la deuda latinoamericana garantizaba que las naciones de América Latina seguirían manteniendo una deuda muy elevada en dólares con los bancos estadounidenses. Una nación que toma préstamos en moneda extranjera, aun cuando disponga ella misma de moneda soberana, se ve sometida a extorsión por parte de los “vigilantes internacionales de los bonos”. El gasto en deuda, combinado con la austeridad, significaba que las naciones latinoamericanas se veían obligadas con frecuencia a recortar servicios públicos vitales cuando más necesarios son, en las recesiones.

Esos cuatro problemas substantivos se combinaron al comprar el Consenso de Washington. Los economistas neoclásicos sostenían que el Consenso de Washington llevaría a un crecimiento espectacularmente mayor. La combinación de terroríficas políticas substantivas y burdos propaganda significó que centenares de millones de personas en América Latina terminaran detestando el Consenso de Washington ya los políticos locales que lo aplicaban, cuyas políticas de regreso al colonialismo no podían dejar de verse sino como traiciones a la patria.

La disertación de Correa

La segunda deuda de Correa con Williamson es que su Consenso llevó a la disertación doctoral de Correa. Correa se convirtió en uno de los mayores expertos mundiales en el Consenso de Washington precisamente cuando los efectos políticamente tóxicos de ese Consenso comenzaban a hacerse patentes en toda América Latina. La combinación convirtió a Correa en el académico perfecto en el momento perfecto y en el lugar perfecto para explicar por qué era malo el Consenso de Washington qué políticas se necesitaban para restaurar la soberanía, la economía y la solidaridad social latinoamericanas. La mayoría de académicos, huelga decirlo, carecían de la pericia política necesaria para convertirse en dirigentes políticos nacionales eficaces, pero Correa demostró ser un fuera de serie como dirigente político.

La tercera deuda de Correa con Williamson: el Consenso alaba sus políticas

El sello de la iniciativa política de Correa fue doblar los gastos en sanidad, educación e infraestructuras. Las políticas del Consenso de Williamson estaban condenadas a prescribir un crecimiento lento, crisis financieras, corrupción y grave desigualdad. Muchos latinoamericanos han llegado a la conclusión de que cualquier cosa que escribiera Williamson debe ser un sinsentido. Afortunadamente, Correa es un economista y un experto en el documento de Williamson. Hay varias ideas de políticas interesantes en el documento de Williamson que fijó el Consenso de Washington: y las políticas de Correa pusieron por obras esa ideas interesantes.

“La educación y la sanidad… se consideran como objetivos quintaesencialmente aptos para el gasto público… Tienen el carácter de inversión (en capital humano) y de consumo. Además, tienden a ayudar a los desafortunados. Muchos creen en Washington que los gastos han de redirigirse a la educación y a la salud en general, y muy especialmente de forma tal, que beneficie a los desafortunados. La otra área de gasto público que Washington considera productiva es la inversión en infraestructura pública…”.

Correa ha confundido a sus críticos con pericia económica y su pragmatismo

España, Italia y Grecia, ¿se radicalizarán con la austeridad?

La cobertura periodística de las recientes elecciones en la Unión Europea ha puesto énfasis en el éxito de la ultraderecha, pero en la periferia la izquierda ha conseguido grandes avances en España y en Grecia. En España el recientemente creado movimiento Podemos ha conseguido grandes éxitosPodemos rechaza resueltamente la austeridad y exige la recuperación de la soberanía nacional.

En Grecia, el partido Syriza consiguió ser el más votado en las recientes elecciones. Las políticas fundamentales por las que aboga Syriza se oponen a la austeridad y buscan la recuperación de la soberanía nacional griega.

Syriza tiene posibilidades realistas de llegar muy pronto al poder en Grecia. Podemos es sólo la cuarta formación en número de votos cosechados en las pasadas elecciones del 15 de mayo, pero nació sólo cuatro meses antes de esas elecciones. El partido conservador sigue siendo dominante ahora mismo en España, pero es profundamente impopular entre muchos españoles.

Conclusión

Llevó años, antes de que el Consenso de Washington trajera consigo un movimiento de masas en América Latina capaz de oponerse al fracasado regreso al colonialismo. Hugo Rafael Chávez Frías fue elegido Presidente de Venezuela en 1999: una buena década después del anuncio a bombo y platillo del Consenso de Washington. La reacción política inicial en América Latina al Consenso de Washington fue con frecuencia el triunfo electoral de políticos ultraderechistas abrazados al Consenso. La Troika impuso austeridad a la periferia en 2009: hace sólo 5 años. Sería un gran error asumir que la reacción política de la UE a la austeridad seguirá siendo favorable a la derecha dura a largo plazo. La reacción a largo plazo a la austeridad en la UE no puede saberse ahora mismo, y no tiene sentido pensar que la reacción latinoamericana a la austeridad permite predecir la reacción a la misma en la UE. Las malas políticas que degradan la soberanía y causa sufrimiento a largo plazo a decenas de millones de personas tienden, sin embargo, a generar enérgicas reacciones políticas. Tenemos que seguir con atención los desarrollos en España y en Grecia para ver si la experiencia latinoamericana se traslada a la periferia de la UE.

 Wiilliam Black es autor de La mejor manera de robar un banco es ser dueño de uno y profesor asociado de economía y derecho en la Universidad de Missouri-Kansas City. Pasó años trabajando en la política de regulación y prevención de fraudes como Director Ejecutivo del Instituto para la Prevención del Fraude, Director de Litigios de la Junta Federal de Préstamos del Banco Hipotecario y Director Adjunto de la Comisión Nacional para la Reforma de las Instituciones Financieras, además de otros cargos.

Traducción para www.sinpermiso.es: Amaranta Süss

http://neweconomicperspectives.org/2014/05/will-eus-austerity-prove-radicalizing-washington-consensus.html

 





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