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Asunto:NoticiasdelCeHu 312/14 - VIAJANDO: Mitología Guaraní
Fecha:Domingo, 11 de Mayo, 2014  00:47:49 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 312/14
 

 

Mitología Guaraní

 

 

 

 

En América, antes de la llegada de los españoles, existía una gran diversidad de pueblos con sus respectivas culturas con diferentes cosmovisiones encarnadas por sus mitologías. Y entre ellos, el guaraní, que habitaba el Paraguay, el nordeste de Argentina, el sur de Brasil y el oriente de Bolivia, tenía su propia creencia sobre el origen del mundo, y sobre seres sobrenaturales. Y si bien no existen registros escritos sobre las antiguas leyendas y mitos asociados al pueblo guaraní, ya que la grafía y estandarización de la gramática de su lengua se debió a los misioneros jesuitas, fueron trasmitidos oralmente de generación en generación. Y a pesar de que fueran sustituidos o alterados por la imposición del cristianismo en el siglo XVII, muchos de ellos continúan activos.

Los guaraníes creían que al principio de los tiempos existía el caos, formado por la neblina primigenia (Tatachina) y los vientos originarios; y que Ñamandú (Nuestro Gran Padre) fue creado a sí mismo en medio de dicho caos, tomando la forma de árbol en postura de elevación celestial. Y que concluida la creación de su cuerpo, Ñamandú creó a los otros dioses principales para que lo ayudaran en su pesada tarea: Ñanderu py’a guasu (Nuestro Padre de Corazón Grande, Padre de las Palabras), Karaí (Dueño de la Llama y del Fuego Solar), Yakairá (Dueño de la Bruma, de la Neblina y del Humo de la Pipa que inspira a los chamanes), y Tupá (Dueño de las Aguas, las Lluvias y del Trueno). Los cuatro dioses compañeros procedieron entonces a la creación de la Primera Tierra, y para que los vientos originarios no la movieran, Ñamandú la sostuvo con cinco palmeras pindó sagradas: una en el centro y las otras cuatro en los extremos. Una hacia la morada de Karaí (al poniente), la segunda hacia el origen de los vientos nuevos (al norte), la tercera hacia la morada de Tupa (al oriente), y la cuarta hacia el origen del tiempo-espacio primigenio (al sur, desde donde venían los vientos originarios fríos). Y el firmamento descansaba sobre esas columnas. Junto a esa tierra, llamada Yvy Tenonde (Tierra Primera) se crearon también el mar, el día y la noche, y comenzaron a poblarla los animales, siendo la primera de todas mbói, la serpiente; para luego crecer las plantas. Y por último, aparecer los hombres para convivir con los dioses.

Más tarde Ñamandú se encontró con Ñanderu Mba’ekuá (Nuestro Padre Sabio) y le propuso buscar a la mujer, creando una vasija donde encontraron a Ñandesy (Nuestra Madre), quien tuvo un hijo cada uno de los dioses: Ñanderyke’y y Tyvra’i, que luego de una larga sucesión de aventuras y desventuras fueran convertidos en “Nuestro Padre el Sol” y “Nuestro Padre la Luna”, respectivamente.

Pero esa Primera Tierra donde no había enfermedades y nunca faltaba el alimento, fue destruida por un diluvio a causa de un incesto, por lo que luego fuera creada una Segunda Tierra, ahora imperfecta, donde existen la enfermedad, los dolores y los sufrimientos.

Los mitos orales guaraníes hablan de una tercera reconstrucción que será sin imperfecciones. Sin embargo, mientras se espera la llegada de esa Tercera Tierra, los hombres pueden acceder al Yvymara’ey, siempre y cuando observen determinadas pautas de comportamiento comunal.

Los jesuitas fusionaron diversas historias y leyendas para hacerlas encajar con lo relatado en el Génesis, por lo que parte de las creencias originales fueron modificadas, y muchas otras, se fueron perdiendo. Y entonces aparecieron algunos humanos creados por Tupá, como Rupave (Padre de los Pueblos) y Sypave (Madre de los Pueblos), quienes tuvieron tres hijos y un gran número de hijas.

El primer hijo fue Tumé Arandú, considerado el más sabio de los hombres y el gran profeta del pueblo guaraní; el segundo hijo fue Marangatú, un líder generoso y benevolente; y el tercero fue Japeusá, mentiroso, ladrón y tramposo.

Marangatú tuvo una bella hija llamada Kerana que fue capturada por Taú, la personificación del espíritu del mal, y juntos tuvieron siete hijos, que fueron maldecidos por la gran diosa Arasy. Esas siete figuras monstruosas continuaron siendo centrales en la mitología guaraní manteniéndose la creencia de sus maleficios, incluso en el siglo XXI:

Teyú Yaguá. Se dice que es un gran lagarto con cabeza de perro, que siendo amo de las cavernas, arrastra hasta allí a sus víctimas para engullirlas. Algunas versiones le conceden hasta siete cabezas. Es considerado guardián de las riquezas de la tierra guaraní.

Mbói Tu’i, tiene cuerpo de víbora y pico de loro. Es la deidad de los cursos de agua y las criaturas acuáticas.

Moñái, es el protector de los ladrones y las picardías. Tiene forma de una serpiente corta con el grosor de un tronco. Vive en pantanos y esteros del Paraguay, asusta a la gente y algunos afirman que produce la muerte.

Jasy Jateré, es un pequeño duende de rubios y ondulados cabellos con ojos azules que vaga desnudo por las plantaciones en horas de la siesta, sobre todo durante la época de avatiky, cosecha del choclo o maíz tierno que gusta comer. Es considerado como el cupido guaraní, ya que atrae a sus víctimas con un bastoncito de oro o bien con el silbido que produce imitando el canto de un pájaro, violando a las mujeres. Cuando una pareja morena tiene un hijo rubio, se dice que es del Jasy Jateré. También rapta niños a los que alimenta con frutas, miel y gusanos, y si bien los deja libres, regresan a sus casas ya tontos o sordomudos, y pueden tener un ataque de epilepsia. Por eso, las madres paraguayas prohíben a sus hijos salir a la hora de la siesta. Una forma de congraciarse con él es ofreciéndole pencas de tabaco que se dejan en zonas aledañas a la casa o bien en los caminos de entrada al monte.

 

 

Calle céntrica de Asunción a la hora del Yasy Yateré, sin mujeres ni niños

 

 

Kurupi, genio de las cavernas y la fertilidad, asociado a la primavera, netamente sexual y violento que rapta y viola a las mujeres en la selva, con lo cual se explican los embarazos no deseados. Es famoso por su miembro viril, que es tan largo como un lazo y lo lleva atado a su cintura. Con dicho miembro enlaza a niñas y mujeres, las secuestra y las hace suyas. Se lo considera protector de animales de la selva, especialmente sementales. Tiene la piel negra como un carbón. Además mata niños.

Aho Aho, deidad de los montes y las montañas. Es una especie de animal de cuatro patas con cuerpo de oveja y cabeza de lobo. Se traslada en manada y come personas. Se dice que la única manera de salvarse es trepando a un pindó, palmera sagrada. En esta creencia hay una intromisión jesuítica, porque la palma forma parte del ceremonial del Domingo de Ramos.

 

 

El Aho Aho

 

 

Luisón, es el séptimo hijo varón de Kerana y Taú, el equivalente al hombre lobo. Es considerado el señor de las noches y compañero de la muerte, debido al gusto que tiene por rondar cementerios y alimentarse de la carne de los cadáveres que desentierra cavando su sepultura con sus fuertes garras. Se dice que los martes y viernes el Luisón pierde la forma humana y se convierte en un perro de apariencia lúgubre, con grandes colmillos y que emana un olor nauseabundo. Pero, además, para tal transformación es necesario que haya amenaza de lluvia, que el cielo se cubra de nubes tempestuosas y que la luna aparezca entre ellas. Recupera sus formas humanas al aclararse el nuevo día, donde es hombre triste, sucio y cansado. Se dice que el séptimo hijo de cada mujer será Luisón, por lo que para evitar el maleficio, debe ser apadrinado en su bautismo religioso por el hermano mayor o por el presidente de la república de turno. El mismo procedimiento debe ser seguido en el caso de siete mujeres consecutivas, para evitar que la última se convierta en bruja.

 

El Luison

 

 

Existen otros dioses o duendes de alta credibilidad para los habitantes de la región como el Angatupyry, espíritu o personificación del bien (opuesto a Taú); el Pytajovái, dios de la guerra; Ka’a Póra, extraño y cambiante fantasma femenino de las selvas; la Ka’a Jarvi, diosa de cabellos plateados que regaló a los hombres la planta de yerba mate (Ilex paraguariensis); el Abaangui, una deidad relacionada con la creación de la luna; y el Mala Visión, espíritu vigilante de la tranquilidad y el mundo puro, entre muchos otros más.

Pero, sin duda, el más popular de todos es el Pombero. Es un hombre bajo, feo, de piel morena, con ojos chatos, manos y pies peludos, que los tiene al revés, lo que impide seguir su rastro y se dice que sus pisadas no se sienten. Aunque esta es una característica de una población del Chaco Paraguayo denominada “pyta jovái” (talones dobles), porque al utilizar unas zapatillas de plantilla rectangular es imposible descubrir hacia dónde se dirige el caminante. Está considerado como el protector de las aves de la selva. Habita en el bosque o en casas abandonadas, y vaga durante las noches. En la comunidad paraguaya se le atribuyen al Pombero los hijos nacidos fuera del matrimonio, ya que éste entra a las casas y deja embarazadas a las mujeres con el simple hecho de tocarles el vientre. Mientras que con los hombres, el Pombero puede convertirse en un perverso difícil de soportar, así como un valioso aliado en las relaciones con las mujeres y en sus cultivos. Entre las habilidades más destacadas del Pombero están la facilidad de mimetizarse, hacerse invisible, deslizarse por espacios estrechos como el ojo de una cerradura, puede correr en cuatro patas e imitar el silbido de los hombres, el canto de los pájaros y el sonido de las víboras. Dicen que para ganarse su respeto hay que dejarle en la cocina o dentro de un tatakuá (horno de barro), tabaco, caña y miel. Si lo acepta podemos caminar en los senderos más oscuros con tranquilidad porque gozaremos de su protección; pero jamás se debe contestar a ninguna de sus provocaciones porque el Pombero puede actuar de manera muy violenta. Su función primordial es la de cuidar del monte y los animales salvajes, guiando al cazador hasta el lugar donde se hallan las presas más grandes y gordas, la buena pesca o los mejores frutos silvestres que sirvan de alimento; pero se enoja muchísimo si algún cazador mata más presas de las que consumirá. Y si eso ocurre se transforma en cualquier animal o planta, y con argucias induce al infractor a internarse a lo profundo de la selva donde se pierde. Lo mismo sucede con el pescador, o aquel que corta árboles que no utilizará. Supuestamente nunca debe pronunciarse su nombre en voz alta, hablar mal de él o silbar en horas de la noche, porque esto lo enoja. Puede vengarse molestando o ensañándose con esa persona como que la persona se torne zonza, muda, o experimente temblores. Por eso, la gente creyente prefiere nombrarlo en voz baja y se guarda de pronunciar su nombre en reuniones nocturnas. Muchos testigos del campo afirman, aún en la actualidad, que lo han visto. Se sostiene que podría tratarse de un aborigen guaycurú, pueblo con los cuales los guaraníes tenían continuos conflictos.

 

 

 

 

El Pombero

 

 

Es interesante observar que, como en toda mitología, los dioses son creados a partir de la propia realidad, es decir, de la propia geografía de cada pueblo. Y en este caso, el ser supremo es un árbol, y sobre árboles se sostiene el mundo, así como el primer animal es la serpiente, ya que la selva es el hábitat en el que esta comunidad se ha desarrollado. Además, todos los monstruos están conformados por la representación más temible de su propia fauna, y las ofrendas están sujetas a los productos más codiciados de la región. Por otra parte, no aparece nada referente al mar, algo absolutamente desconocido para ellos. 

 

 

Ana María Liberali

 

 





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