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Asunto:NoticiasdelCeHu 264/14 - VIAJANDO: En el Pucará de Tilcara
Fecha:Lunes, 14 de Abril, 2014  14:00:52 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 264/14
 

 

En el Pucará de Tilcara

 

En julio de 1995, aprovechando las vacaciones de invierno, fui a pasar unos días a Tilcara, corazón de la quebrada de Humahuaca, con mis hijos Enrique (13), Joaquín (11) y Martín (4).

Tomamos un micro en la terminal Retiro de Buenos Aires, que en veintitrés horas nos dejó en San Salvador de Jujuy, desde donde tras una breve estada, continuamos viaje en un destartalado ómnibus de la zona hasta la localidad de Tilcara, pasando por Volcán y Maimará.

 

 

 

 

Montañas de Volcán, ecotono en la quebrada de Humahuaca

 

 

La Paleta del Pintor y el cementerio de altura de Maimará

 

 

La distancia entre la capital jujeña y Tilcara era de sólo ochenta y cinco kilómetros, pero como subía y bajaba gente a cada rato, el colectivo le puso casi dos horas. Poco antes de llegar, divisamos desde la ruta el Pucará, motivo principal de nuestra visita.

 

Vista del Pucará de Tilcara desde la ruta número nueve bordeando el río Grande

 

 

Tilcara era la localidad que más me gustaba de la Quebrada, y mucho más en ese entonces que no llegaba a tener cuatro mil habitantes. Rodeada de montañas, muy tranquila por la calma típica de los habitantes del lugar, a pesar de encontrarnos en plena temporada turística. Ideal para descansar del ruido y los problemas de la gran ciudad, y muy segura para los chicos.

Nos bajamos en la plaza y a sólo una cuadra nos instalamos en la hostería El Antigal. Ese día lo dedicamos a deambular por las calles del pueblo, y a la mañana siguiente, caminando pausadamente y observando todo a cada paso, llegamos hasta el Pucará, a un kilómetro al sur de Tilcara.

 

 

Horno de barro en las cercanías de Tilcara

 

 

Al igual que otras poblaciones del norte argentino, Tilcara no tenía fecha de fundación, ya que toda la zona había estado poblada por asentamientos indígenas desde tiempos pre-incaicos.

 

Cactáceas y otras variedades xerófilas a la salida de Tilcara

 

 

Cuando el Imperio Inca se expandió, la zona perteneció al Collasuyo, como se llamó a las provincias del sur del mundo incaico. Pero esa organización no duró mucho allí ya que apenas unos cincuenta años después llegaron los españoles.

 

Nacimiento de un afluente del río Grande

 

 

Si bien existían indicios de presencia humana en la región desde diez mil años atrás, los conocidos con certeza eran los omaguacas, uquías, fiscaras y tilcaras, tribus que poblaban la zona entre los años 1000 y 1480. Los españoles, encabezados por el capitán Francisco de Argañaraz y Murguía, lograron vencer la resistencia de los nativos recién en 1598.

Después de la conquista, estos pueblos fueron sometidos al régimen de encomienda, siendo obligados a residir en un lugar determinado y a trabajar por temporadas, las que se extendían de seis meses a un año o más, haciéndose luego un recambio de indígenas. La cantidad de personas explotadas era estipulada por los encomenderos. El rango de edad estaba entre los dieciséis y cincuenta años.

 

En camino al Pucará de Tilcara

 

 

El Pucará era una fortaleza construida por los tilcaras, una parcialidad de los omaguacas, en un punto estratégico de la quebrada de Humahuaca, a ochenta metros de altura y junto a la confluencia del río Guasamayo con el Grande, que allí corría a 2450 m.s.n.m. Los indígenas de la región se caracterizaban por fijar sus residencias en la cima de los cerros o mesetas de difícil acceso.

 

Vista panorámica de la quebrada de Humahuaca con el meandroso río Grande en período de estiaje

 

 

Fue un lugar ideal para defenderse de los ataques. Dominaba el cruce de los dos únicos caminos que pasaban por allí; por un lado lo resguardaban los acantilados sobre el río Grande, y por el otro, las ásperas laderas; y en los faldeos más accesibles construyeron altas murallas.

 

Laderas áridas y escarpadas bordeando al Pucará

 

 

 

Los pucarás no sólo tenían fines defensivos sino también sociales y religiosos. Desde esa altura podían controlarse los campos de cultivo circundantes y las viviendas de los campesinos en los terrenos bajos.

Los tilcaras eran agricultores y pastores. Cultivaban maíz, papa, porotos, zapallos, y varias hortalizas, con herramientas simples y con empleo exclusivo de la fuerza humana. Y criaban llamas que eran utilizadas como animales de carga, capaces de llevar entre veinticinco y treinta kilos de peso durante veinte kilómetros al día. También los proveía de carne y lana.

Ese modo de vida, sedentario por necesidad, fue lo que los obligó a someterse a los españoles, para quienes fueron perfectamente funcionales como proveedores de mulas para el traslado de los minerales extraídos en el cerro de Potosí.

 

 

 

 

Vista de los terreno bajos desde el Pucará

 

 

El Pucará era una de las más importantes y conocidas de las antiguas poblaciones prehispánicas de la región de Humahuaca. Tenía una extensión de ocho a quince hectáreas y aproximadamente novecientos años de antigüedad.

 

Enrique entre los muros y los cactus del Pucará

 

 

Allí se identificaron varios barrios de viviendas, corrales, una necrópolis y un lugar para ceremonias religiosas, entre otros espacios.

Las viviendas eran bajas, construidas en piedra con el techo realizado en torta de barro y paja y asentado sobre tirantes de cardón.

Joaquín entrando y saliendo de las viviendas

 

 

El Pucará fue descubierto por el Director del Museo Etnográfico de la Facultad de Filosofía y Letras, el etnógrafo Juan Bautista Ambrosetti, en 1908, quien hiciera una exploración en compañía de su discípulo Salvador Debenedetti. Los materiales extraídos les permitieron darse una idea de cómo era la vida de sus habitantes antes de la llegada de los españoles, y fue así que Debenedetti tuviera la ocurrencia de restaurar las ruinas, tarea que quedó trunca ante su repentina muerte. Pero su discípulo Eduardo Casanova, quien estaba a cargo de la cátedra de Arqueología Americana, retomó el proyecto y completó la reconstrucción en 1948.

El gobierno jujeño donó a la Facultad las tierras del Pucará con el compromiso de crear un Museo Arqueológico, lo que fuera acompañado con un Jardín Botánico de altura.

 

Martín ensayando sonidos desde la altura

 

 

El método utilizado para la reconstrucción se basó en técnicas de principios del siglo XX. Posteriormente se consideraron adecuados el planteamiento del recorrido interno y de los techos, pero no así la reconstrucción de los muros.

 

Muros de piedra reconstruidos, y al fondo, una pirámide trunca

 

 

En la explanada más alta del Pucará había un monumento al padre de la arqueología argentina, el Dr. Juan Bautista Ambrosetti, a su discípulo Salvador Debenedetti, y al arqueólogo sueco especializado en el noroeste argentino, Eric Boman.

 

 

Vista panorámica de la Quebrada desde la explanada de mayor altura

 

 

Completando la salida fuimos a visitar el Museo Arqueológico Dr. Eduardo Casanova, donde pudimos apreciar gran parte de los materiales hallados en la zona.

Además de haberse divertido correteando por las callejuelas y disfrutando del paisaje, mis hijos, cada uno de acuerdo con su edad y sus curiosidades particulares, adquirieron un conjunto de conocimientos que tuvieron gran influencia en el moldeado de sus personalidades.

 

 

Ana María Liberali

 





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