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Asunto:NoticiasdelCeHu 252/14 - VIAJANDO: Palermo, un paseo obligado en Buenos Aires
Fecha:Jueves, 10 de Abril, 2014  18:56:14 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 252/14
 

  

Palermo, un paseo obligado en Buenos Aires

 

En enero de 1994, mientras mis hijos Joaquín (9) y Martín (3) estaban entretenidos en el sector de la granja del Jardín Zoológico de Buenos Aires, vi pasar gran cantidad de gente que provenía de diferentes lugares. Y me puse a pensar que Palermo, el barrio en que nos encontrábamos, era un paseo obligado no sólo para los porteños sino también para todos los visitantes del resto del país y los del exterior.

 

Mis hijos Joaquín y Martín en el Jardín Zoológico de la ciudad de Buenos Aires

 

 

Muchas veces, cuando se vive en una ciudad desde siempre, no se les da su justo valor a los espacios con los que se convive cotidianamente, y debo reconocer que a mí siempre me había sucedido. Pero después de haber vivido en otras ciudades de la Argentina, comencé a reconocer los barrios de Buenos Aires que eran particularmente agradables, y de todos, sin duda el más bonito e interesante era Palermo. Sin embargo, no siempre había sido así, ya que a principios del siglo XX, se lo conocía con el nombre de Tierra del Fuego, dando idea de lo poco poblado, habitado por gente sin oficio, familias pobres, y lleno de pajonales. Pero posteriormente, con terrenos ganados al río y rellenados se convirtió en un barrio residencial de casas bajas, muy elegantes y calles arboladas, aunque en los últimos años iba avanzando la construcción de edificios en horizontal y la concentración de comercios y oficinas. No obstante, esa proximidad al río sin las obras ingenieriles suficientes, que no permitían el desagüe de los arroyos entubados y de las numerosas napas, provocaba que de cuando en cuando, ante tormentas de verano o al soplar durante varios días la Sudestada, se produjeran serias inundaciones.

Decir simplemente Palermo no significaba nada en concreto ya que se trataba del barrio de mayor extensión de la ciudad, con casi dieciséis kilómetros cuadrados, comprendido entre la avenida Cabildo, la calle Zabala, la avenida del Libertador, la calle La Pampa, la avenida costanera Rafael Obligado, la calle Jerónimo Salguero, las vías del Ferrocarril General Bartolomé Mitre, la calle Tagle, la avenida Figueroa Alcorta, la calle Austria, las avenidas Las Heras y Coronel Díaz, la calle Mario Bravo, las avenidas Córdoba y Dorrego, la calle Crámer, y la avenida Jorge Newbery; limitando al noroeste con el barrio de Belgrano, al nordeste con el río de la Plata, al sudeste con Recoleta, al sur con Almagro, al sudoeste con Villa Crespo, y al oeste con Chacarita y Colegiales. Y como producto de su gran tamaño se fue generando una subdivisión interna con asignación de nombres no oficiales, muchos de los cuales ya eran de larga data, mientras que otros fueron creándose posteriormente a partir de diferentes criterios.

Podría decirse que el punto de partida para recorrer el barrio era la plaza Italia, en el cruce de las avenidas Santa Fe, Las Heras y Sarmiento, a la cual se accedía fácilmente desde diferentes lugares de la ciudad a través del subte y de gran cantidad de líneas de colectivos. Arbolada como casi todas las plazas de Buenos Aires, se caracterizaba por encontrarse en su centro un monumento al héroe nacional italiano Giuseppe Garibaldi y por ser el sitio desde donde partiera en 1897, el primer tranvía eléctrico que circulaba por la avenida Las Heras hasta Canning (posteriormente denominada Scalabrini Ortiz). Pero además, como solía ocurrir con muchas otras cosas en la Argentina, y en especial en Buenos Aires, se entremezclaban muchos mundos en un mismo espacio, venta de libros, de flores, de globos, mimos y payasos haciendo su espectáculo, familias y grupos estudiantiles disfrutando del aire libre y una atrevida oferta de prostitutas callejeras a toda hora. Un verdadero cambalache.

Bordeando la plaza Italia, a modo de abanico, se encontraban el Jardín Botánico, el Zoológico y el predio de la Sociedad Rural Argentina.

El Jardín Botánico, llamado Carlos Thays en honor al paisajista que lo concibió, tenía una extensión de casi siete hectáreas, ubicadas entre las avenidas Las Heras y Santa Fe y la calle República de la India. Además de la gran diversidad de especies de diversos continentes, contaba con numerosas estatuas de gran valor, y una Escuela de Jardinería.

Cruzando la avenida Las Heras, en la esquina de la avenida Sarmiento, estaba la entrada principal del Jardín Zoológico. Había sido creado a fines del siglo XIX, y contaba con animales tanto exóticos como autóctonos, cumpliendo las funciones de conservación de especies, de investigación y de educación.

Al otro lado de la avenida Sarmiento, y con una superficie de cinco hectáreas y media, se encontraba el predio de la Sociedad Rural Argentina, más conocido como La Rural, que todos los meses de julio realizaba la Exposición de Ganadería, Agricultura e Industrias, pero donde, casi ininterrumpidamente a lo largo del año, tenían lugar otras muestras, siendo una de las más importantes la Feria del Libro entre los meses de abril y mayo. Y ese lugar, además de ser visitado por los especialistas en cada una de las temáticas de exhibición, lo era también por parte del público en general, y muy especialmente por alumnos de todos los niveles.

Tomando uno de los mateos primorosamente adornados, se podía avanzar por la avenida Sarmiento e ingresar al parque Tres de Febrero, popularmente conocido como los Bosques de Palermo, una extensa zona parquizada, cercana a las cuatrocientas hectáreas, un verdadero pulmón para la ciudad. Esos terrenos eran conocidos como Bañado de Palermo y habían pertenecido a Juan Manuel de Rosas, pero tras ser derrocado por el Ejército Grande al mando de Urquiza, en la Batalla de Caseros el tres de febrero de mil ochocientos cincuenta y dos, éste determinó su confiscación para pasar a ser de pertenencia pública.

Dentro los Bosques de Palermo se encontraban varias atracciones. Una de ellas era el antiguo Rosedal, el sitio más visitado de todo el parque, diseñado por el paisajista Carlos Thays. Además de la Rosaleda, lugar donde florecían miles de rosas, estaba la Pérgola, de estilo griego, cerca del denominado Puente de los Enamorados, cinco fuentes, bustos de escritores de todo el mundo, y senderos con bancos para descansar. Contaba también con un enorme lago donde vivían numerosos peces, y desde cuyo embarcadero se podían alquilar botes a remo o pedal para poder navegarlo. Otros atractivos eran el planetario Galileo Galilei, y el Jardín Japonés, administrado por la colectividad nipona.

Y continuando por la avenida del Libertador hacia el noroeste, se encontraban la Asociación Argentina de Polo, enfrente el Hipódromo de Palermo, seguido del Campo de Golf de la Ciudad, el lago de Regatas, y el campo deportivo del Club de Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires, entre otras instituciones, museos, jardines, plazas y parques.

El Hipódromo de Palermo no ha sido conocido sólo para los aficionados del turf, sino que se ha hecho particularmente famoso a partir de los tangos que se han inspirado en la pasión que los porteños tuvieran a lo largo de todo el siglo XX. Entre ellos se han destacado “Leguisamo Solo”, letra y música de Modesto Papavero, que en 1925 se refiriera a Irineo Leguisamo, el jockey uruguayo quien participara alternativamente en los hipódromos de Argentina y de Uruguay, y que fuera considerado el mejor del siglo; “Por una cabeza”, compuesto por Carlos Gardel y Alfredo Lepera en Nueva York en el año 1935; y “Linda Piba de Palermo”, con letra de Ampelio Liberali, dedicado a la primera jocketa argentina, quien debutara en 1974. Pero sin duda, “Palermo” con letra de Juan Villalba y Hermido Braga y música de Enrique Delfino, ha sido el más representativo:

 

¡Maldito seas, Palermo!

Me tenés seco y enfermo,

Mal vestido y sin morfar,

Porque el vento los domingos

Me patino con los pingos

En el Hache Nacional.

Pa’ buscar al que no pierde

Me atraganto con la Verde

Y me estudio el pedigré

Y a pesar de la cartilla

Largo yo en la ventanilla

Todo el laburo del mes.

 

Berretines que tengo con los pingos,

Metejones de todos los domingos…

Por tu culpa me encuentro bien fané---

¡Qué le voy a hacer, así debe ser!

Ilusiones del viejo y de la vieja

Van quedando deshechos en la arena

Por las patas de un tungo roncador…

¡Qué le voy hacer si soy jugador!

 

Palermo, cuna del orre,

Por tu culpa ando sin cobre,

Sin honor ni dignidad;

Soy manguero y caradura,

Paso siempre mishiadura

Por tu raza caballar.

Me arrastra más la perrera,

Más me tira una carrera

Que una hermosa mujer.

Como una boca pintada

Me engrupe la colorada

Cual si fuera su mishé.

 

A lo largo de las avenidas que lo flanqueaban había elegantes residencias, embajadas y torres de departamentos de lujo. Sin embargo, el sector más distinguido era el llamado Barrio Parque o Palermo Chico, al este de la avenida del Libertador entre Cavia y Tagle. Allí las residencias eran verdaderos palacios, y vivía parte de la clase alta de la sociedad argentina. Años atrás había ido a dictarle clases particulares a una chica cuyo padre era uno de los mandamases de Altos Hornos Zapla. Todos los adornos de la casa y la vajilla eran verdaderas piezas de museo. También muy exclusivo era San Benito o Quinta José Hernández, entre Luis María Campos y Cabildo, desde Zabala hasta Jorge Newbery, con casas de excelente factura e inclusive alguna quinta que se ha resistido a la fiebre de la construcción de torres.

A nivel comercial el sector más importante era el de Alto Palermo, siendo su centro las avenidas Santa Fe y Coronel Díaz, donde siempre había habido gran cantidad de comercios y edificios de alto perfil, pero en 1990 fue inaugurado el shopping que le diera aún mayor realce.

Otra zona pituca era la de las inmediaciones de la plaza Güemes, conocida también como plaza Guadalupe, donde desde los años 60 se había impuesto la moda del psicoanálisis, por lo que se le diera el mote de “Villa Freud”.

Palermo Viejo, en cambio, había sido un barrio de inquilinatos construidos a principios del siglo XX con la estructura de la llamada “casa chorizo”, donde las habitaciones contiguas se unían entre sí mediantes sendas puertas o a través de una galería. A partir de los años 80, cundió la fiebre restauradora y muchas de esas viejas casonas fueron habitadas por profesionales y artistas, mientras que otras fueron convertidas en restoranes, cafés, casas de diseño y salas de teatro alternativo. Estaba entre las avenidas Córdoba y Santa Fe, entre las avenidas Dorrego y Scalabrini Ortiz. Y era justamente en la calle Serrano 2135, entre Paraguay y Guatemala, donde se encontraba la antigua casa donde viviera Jorge Luis Borges entre los años 1901 y 1914, desde los dos hasta los quince años de edad, momento en que partiera rumbo a Europa con sus padres para regresar recién en 1920.

Durante toda la década del ’20, Borges intentó rescatar los lugares que subsistían a su retorno, y fue precisamente en Palermo donde encontrara las características de aquella Buenos Aires que ya no podían verse en el Centro. De allí la idea de la permanencia de lo antiguo, por lo que se le adjudicara a Borges la denominación de “Palermo Viejo”. En sus poemas “Fervor de Buenos Aires” (1923), “Luna de Enfrente” (1925), “Cuaderno de San Martín” (1929) describió, muchas veces sin nombrarlo, al barrio de Palermo. Sin embargo, en el poema “Fundación mítica de Buenos Aires” (1929), aludió directamente a la manzana de su casa:

 

¿Y fue por este río de sueñera y de barro

Que las proas vinieron a fundarme la patria?

Irían a los tumbos los barquitos pintados

Entre los camalotes de la corriente zaina.

 

Pensando bien la cosa, supondremos que el río

Era azulejo entonces como oriundo del cielo

Con su estrellita roja para marcar el sitio

En que ayunó Juan Díaz y los indios comieron.

 

Lo cierto es que mil hombres y otros mil arribaron

Por un mar que tenía cinco lunas de anchura

Y aún estaba poblado de sirenas y endriagos

Y de piedras imanes que enloquecen la brújula.

 

Prendieron unos ranchos trémulos en la costa,

Durmieron extrañados. Dicen que en el Riachuelo,

Pero son embelecos fraguados en la Boca.

Fue una manzana entera y en mi barrio: en Palermo.

 

Una manzana entera pero en mitá del campo

Expuesta a las auroras y lluvias y suestadas.

La manzana pareja que persiste en mi barrio:

Guatemala, Serrano, Paraguay, Gurruchaga.

 

Un almacén rosado como revés de naipe

Brilló y en la trastienda conversaron un truco;

El almacén rosado floreció en un compadre,

Ya patrón de la esquina, ya resentido y duro.

 

El primer organito salvaba el horizonte

Con su achacoso porte, su habanera y su gringo.

El corralón seguro ya opinaba Yrigoyen,

Algún piano mandaba tangos de Saborido.

 

Una cigarrería sahumó como una rosa

El desierto. La tarde se había ahondado en ayeres,

Los hombres compartieron un pasado ilusorio.

Sólo faltó una cosa: la vereda de enfrente.

 

A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires:

La juzgo tan eterna como el agua y el aire.

 

 

Ana María Liberali

 

 





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