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Asunto:NoticiasdelCeHu 217/14 - VIAJANDO: Desde la Acrópolis
Fecha:Martes, 25 de Marzo, 2014  05:46:31 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 217/14
 

 

 Desde la Acrópolis

 

El espacio ocupado por la Acrópolis era muy reducido, de sólo ciento cincuenta y seis metros en dirección norte-sur por doscientos setenta en dirección este-oeste, ya que se encontraba en la cima de una de las colinas que rodeaban a Athina. Su altura sobre el nivel del mar era de ciento cincuenta y seis metros, y alcanzaba los noventa y dos sobre la ciudad, por lo que por un lado podía ser vista desde muchos lugares de la ciudad, y por otra parte, se tenía una hermosa vista panorámica desde allí. Entonces, una vez finalizado el recorrido por las ruinas, nos detuvimos a observar sus alrededores y tomar fotografías hacia distintos puntos cardinales.

 

Vista de Athina hacia el noroeste

 

 

Hacia el nordeste, el monte Licabeto

 

 

Hacia el sudeste no sólo podíamos observar la expansión de Athina sobre las laderas de los montes Imittós, sino también las ruinas del Templo de Zeus.

 

Hacia el sudeste, la expansión urbana en los montes Imittós

 

 

Del Templo de Zeus, sólo quedaban en pie las columnas, que eran de orden corintio, cuyos capiteles estaban mucho más trabajados que los de las órdenes dóricas y jónicas, que eran sumamente sencillos.

 

Columnas corintias del Templo de Zeus

 

 

 

 

El capitel era el elemento más representativo de ese orden y se reconocía por su apariencia de campana invertida o cesta de la que rebosaban hojas de acanto, cuyos tallos daban lugar a una especie de volutas o espirales en las cuatro esquinas.

 

 

Detalle de columnas corintias

 

 

Hacia el sur de la Acrópolis se encontraba el Teatro de Dionisio, dedicado al dios del teatro y de las viñas. Era el más grande de la antigua Grecia, con capacidad para veintisiete mil espectadores. Considerado el más antiguo del mundo, durante el siglo V a. C., el de Pericles, se representaban las obras de Sófocles, Eurípides y Aristófanes; y era costumbre que luego del espectáculo se hiciera una sátira, alargando hasta seis horas la función, cuya entrada era bastante onerosa.

Detrás del Teatro de Dionisio, se construyó el Museo de la Acrópolis, edificio moderno donde se conservaban gran parte de las obras de arte más valiosas de la cultura griega, con el fin de resguardarlas del desgaste que sufrirían al permanecer a la intemperie.

 

Teatro de Dionisio en primer plano y el Museo de la Acrópolis detrás

 

 

Hacia el sudoeste, bien a lo lejos, pudimos divisar el mar Egeo

 

 

 

En la misma dirección, el Odeón de Herodes Ático y las colinas vecinas

 

 

El Odeón de Herodes Ático en primer plano

 

 

Ya había llegado el momento de abandonar la Acrópolis. Retomamos el camino de los Propileos y mientras descendíamos por la escalinata, nos preguntábamos si algún día volveríamos hasta allí. Tal vez de ser así, pudiéramos verla sin andamios y otros elementos propios de las obras en construcción o re-construcción como en ese caso, y entonces, nos resultaría más atractiva. Pero nos dijeron que lo normal era eso, ya que se lo pasaban todo el tiempo restaurando los monumentos.

 

Escalinata con materiales de obra en los Propileos

 

 

Imponentes columnas de los Propileos

 

 

Vista panorámica hacia el oeste desde los Propileos

 

 

Escultura animalística al pie de los Propileos

 

 

Fuimos descendiendo lentamente para dirigirnos hacia el norte de la Acrópolis, donde atravesamos un barrio repleto de barcitos de diferentes estilos.

 

 

Barcitos al pie del sector norte de la Acrópolis

 

 

Pronto llegamos hasta el Ágora Romana donde se encontraba la Torre de los Vientos, un edificio en forma de torre, de planta octogonal, construido en mármol. Sus dimensiones eran doce metros de alto por ocho de diámetro, y se trataba de un Horologion o reloj, obra de Andrónico de Ciro del año 50 a. C. Se hallaba dotada con nueve diales de reloj de sol, una clepsidra o reloj de agua en su interior, brújula y posiblemente una veleta ubicada en el tejado con la que apuntaba a cada uno de sus ocho lados, representando la rosa de los vientos. Un relieve mostraba en cada una de sus caras a Bóreas (N), Kaikias (NE), Euro (E), Apeliotas (SE), Noto (S), Lips (SO), Céfiro (O), y Skiron (NO). Utilizada como torre de iglesia durante la era bizantina, a comienzos del siglo XIX se hallaba parcialmente enterrada, habiendo sido recuperada por la Sociedad Arqueológica Griega.

 

Torre de los Vientos, al norte de la Acrópolis

 

 

La temperatura estaba bajando considerablemente, en parte debido a lo avanzado de la tarde, pero por otro lado, porque en las colinas atenienses se producía un fenómeno de inversión térmica que provocaba mayores temperaturas en las alturas que en el valle. Por eso comencé a ponerme todos los abrigos que me había quitado durante mi permanencia en la Acrópolis, pero mi remera estaba mojada de traspiración y no tenía cómo solucionarlo en poco tiempo.

Continuamos camino, y desde cierta altura tuvimos una visión panorámica de las ruinas de la Biblioteca de Adriano y de la mezquita Tzisdaraki.

 

Biblioteca de Adriano y Mezquita Tzisdaraki

 

 

Cuando llegamos a la plaza de Monastiraki tratamos de buscar un lugar cerrado donde tomar algo caliente, pero todo estaba ocupado, por lo que sólo pudimos ubicarnos en una mesa semi-cubierta que daba a la calle.

Pedimos sendos cafés griegos, y mientras Omar hacía las anotaciones de los gastos del día, yo sentí mucho frío en la espalda e intuí que la cosa no iba a andar bien.

 

Omar tomando café griego y haciendo anotaciones

 

 

Cenamos en el restorán “Pesto”, donde ya lo habíamos hecho también la noche anterior. En esa oportunidad probé la especialidad de la casa, los spaguettis al pesto que tenían un sabor excepcional. Pero el problema era que las mesas estaban en la calle, y a pesar de las calorías aportadas por la comida y de los calefactores que teníamos a nuestro alrededor, sentí que mi cuerpo estaba cada vez más helado y comenzaba a dolerme la cabeza. Así que antes de ir al hotel, pasamos por una farmacia donde había una persona que hablaba en inglés y le pude pedir ibuprofeno 235. Sin embargo, pese al medicamento, esa noche tuve mucha fiebre, y la pasé bastante mal.

 

 

Ana María Liberali