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Asunto:NoticiasdelCeHu 125/14 - Sobre el sujeto revolucionario (III) (Iña ki Gil de San Vicente) / Rumbo al XVI EnHu (34)
Fecha:Viernes, 7 de Marzo, 2014  21:59:35 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 125/14
América Latina como geografía

Bariloche, 6 al 10 de octubre


Ref. 123 / 124

Sobre el sujeto revolucionario (III)

 

8.- Clases y pueblo trabajador (I)

Engels nos ofrece, en su texto sobre Alemania escrito en 1852, su opinión muy valiosa -las de Marx ya son conocidas- que nos prepara el camino mostrando la interacción de los dos niveles del método marxista del estudio de las clases sociales. Primero hace una descripción amplia porque analiza la división clasista en los dos grandes bloques sociales enfrentados: el propietario de las fuerzas productivas y el que no es propietario, al que define como «las grandes masas de la nación». Engels dice: «Las grandes masas de la nación, que no pertenecían ni a la nobleza ni a la burguesía, constaban, en las ciudades, de la clase de los pequeños artesanos y comerciantes, y de los obreros, y en el campo, de los campesinos» [338], y después se extiende varias páginas en el estudio concreto de las principales clases no propietarias, explotadas en diversos grados, que constituyen «las grandes masas de la nación» alemana a finales de la primera mitad del siglo XIX.

Sobre la misma revolución escribe que: «En todos los casos, las verdaderas fuerzas combativas de los insurrectos, las que empuñaron primero las armas y dieron la batalla a las tropas, eran los obreros de las ciudades. Parte de la población más pobre del campo, los jornaleros y los pequeños campesinos, se adherían a ellos por lo general después de que estallaba el conflicto. El mayor número de jóvenes de todas las clases inferiores a la de los capitalistas se encontraba, al menos por algún tiempo, en las filas de los ejércitos insurrectos, pero esta multitud, bastante abigarrada, de jóvenes, disminuyó rápidamente tan pronto como las cosas tomaron un giro algo serio», y más adelante explica que a pesar de las fases diferentes del proceso revolucionario, «la clase obrera representaba los intereses reales y bien entendidos de toda la nación» [339].

Sin extendernos a textos anteriores, en este escrito Engels insiste, entre otras cosas, en que las clases trabajadoras formas las grandes masas de la nación, expresando los intereses bien entendidos y reales de la nación, o con palabras de Marx a las que volveremos al final de este escrito: la «nación trabajadora». Sobre este mismo tema, es decir, sobre la contradicción de clase que mina a toda nación haciendo que en ella coexistan «dos naciones» socialmente opuestas, la burguesa y la proletaria, Engels refiriéndose a la pequeña burguesía que abandonó la lucha revolucionaria, se pregunta: «¿Qué se podía esperar de esos cobardes?», responde que se pasaron al lado contrarrevolucionario porque estaban convencidos que con esa traición al pueblo «salvaban al país» [340]

Muchos años más tarde, en 1870, Engels vuelve a insistir sobre el mismo problema de fondo pero en el contexto de un capitalismo alemán más desarrollado, en el que la gran masa campesina actúa de forma objetiva pero inconscientemente como el instrumento represivo básico en manos del Estado burgués, y Engels insiste en que el proletariado ha despertar a esta clase e incorporarla al proceso revolucionario [341].

Engels fue incluso más exigente en el rigor conceptual desde el principio de su obra, precisando la naturaleza de clase de la «multitud» cuando ante el problema del paro como ejército industrial de reserva, lo define como «ingente multitud de obreros» [342], adelantando así una de las críticas más profundas a la charlatanería sobre la «multitud» que se niega a precisar su naturaleza de clase. Hemos visto un poco más arriba cómo Engels hablaba de «masas populares» en su estudio sobre la violencia en la historia. Y en 1870 avanza todavía más en la exposición rigurosa del método marxista de definición de las clases sociales, de la lucha de clases y de la estrategia y táctica socialista revolucionaria. En el debate con el anarquismo español, escribe en febrero de 1871:

«La experiencia ha probado por doquier que el mejor medio de emancipar a los obreros de este dominio de los viejos partidos ha sido fundar en cada país un partido proletario con una política propia, una política que se distinga muy claramente de la de los otros partidos, puesto que debe expresar las condiciones de la emancipación de la clase obrera. Los pormenores de esta política podrá variar según las circunstancias particulares de cada país; pero como las relaciones fundamentales entre el trabajo y el capital son las mismas en todas partes, y el hecho de la dominación política de las clases propietarias sobre las clases explotadas existe por doquier, los principios y el objetivo de la política proletaria serán idénticos, al menos en todos los países occidentales. Las clases poseedoras, la aristocracia terrateniente y la burguesía, tienen en la servidumbre al pueblo trabajador no sólo con el poderío de sus riquezas y con la simple explotación del trabajo por el capital, sino también con la fuerza del Estado, con el ejército, la burocracia y los tribunales. Renunciar a combatir a nuestros adversarios en el terreno político, sería abandonar uno de los medios más poderosos de acción y, sobre todo, de organización y propaganda. El sufragio universal nos proporciona un medio de acción excelente» [343].

Engels emplea la categoría filosófica de lo general y de lo particular, de la esencia y del fenómeno, de las leyes comunes al capital y de sus pormenores de las circunstancias particulares, al menos en occidente. Además, esta categoría es reforzada con la del empleo del concepto de «pueblo trabajador» precisamente cuando se trata de resaltar dos cuestiones decisivas: una, la demarcación de los dos grandes bloques sociales en lucha, la clase propietaria por un lado y por el opuesto la clase explotada, el pueblo trabajador; y otra, cuando hay que resaltar que en esa lucha intervienen las fuerzas militares, burocráticas y judiciales de la clase propietaria organizadas en su Estado opresor, además de otros sistemas de sojuzgamiento. Por último, ambos niveles del análisis se refuerzan con un tercero, el de la necesidad de la política organizada y realizada mediante un partido proletario con una política propia, la del pueblo trabajador.

Varios años más tarde, el Engels «maduro» analizó la composición de clases de Alemania en un texto escrito durante el invierno de 1887-1888. Tras recorrer los vericuetos históricos y presentes de la historia de la lucha de clases, de las tácticas y maniobras de las sucesivas clases dominantes para dominar y explotar a las clases trabajadoras, Engels afirma que, sin embargo y a pesar de lo anterior: «el pueblo trabajador ha mostrado que tiene voluntad con la que no puede ni siquiera la fuerte voluntad de Bismarck» [344]. Engels recurre al concepto de pueblo trabajador cuando tiene que expresar sucintamente la capacidad de resistencia unitaria de las clases explotadas frente a las explotadoras.

Es muy ilustrativo que recurra a este concepto en un texto sobre la violencia en la historia y especialmente cuando muestra la unidad y lucha de contrarios dentro de Alemania, entre la «nación trabajadora» y la burguesa. Pero cuando debe dar un salto de lo concreto-presente a un nivel superior de síntesis histórica del irreconciliable antagonismo social dentro de la nación alemana, del choque entre el pueblo trabajador alemán y la minoría propietaria de las fuerzas productivas. Cuando Engels necesita volver al estudio concreto-presente recurre a una precisión más analítica y minuciosa de las clases sociales, de los grandes propietarios de tierras y burgueses, de la pequeña burguesía, y de los campesinos y obreros [345].

En una de sus últimas reflexiones teóricas, en 1894, hablaba de: «la población trabajadora -campesinos, artesanos, obreros agrícolas e industriales»; sigue diciendo que «el proletariado típico es numéricamente pequeño: está compuesto en su mayor parte por artesanos, pequeños patrones y pequeños comerciantes, que constituyen una masa fluctuante entre la pequeña burguesía y el proletariado»; continúa analizando el futuro previsible de la descomposición de la pequeña burguesía de los tiempos medievales. Dice Engels inmediatamente después que la revolución burguesa que se avecina puede ser pacífica o violenta y que el movimiento socialista debe, empero, luchar por su «gran objetivo primordial: la conquista del poder político por el proletariado, como medio para organizar una nueva sociedad» [346]. Para llegar a esta situación, sostiene que: «es nuestro deber apoyar todo movimiento popular verdadero» en contra de las alianzas reformistas e interclasistas, reafirmándose en que la victoria burguesa será para los socialistas «una nueva etapa cumplida, una nueva base de operaciones para nuevas conquistas; que a partir de ese mismo día formaremos una nueva oposición al nuevo gobierno [...] una oposición de la más extrema izquierda, que bregará por nuevas conquistas, más allá de las obtenidas» [347].

Hasta aquí, Engels insiste en la dialéctica entre lo particular y lo específico del proletariado italiano, de sus clases y fracciones de clase, de sus alianzas, etc., y lo general, lo común y lo esencial a toda lucha socialista: la conquista del poder político por el proletariado y la naturaleza de la lucha revolucionaria como proceso permanente, es decir, las lecciones generales de la historia de la lucha de clases. Y poco más adelante concluye aconsejando que pese a que la «táctica general», o sea, la teoría aprendida de las luchas concretas, no ha fallado hasta ese momento, insiste: «pero respecto a su aplicación a Italia en las condiciones actuales, la decisión debe ser tomada en el lugar, y por aquellos que están en medio de los acontecimientos» [348].

Al poco de morir Engels, Lenin demostró su especial capacidad y sensibilidad para descubrir siquiera la esencia embrionaria de un problema que llegaría a ser decisivo. Por ejemplo, ya en 1900 Lenin denunciaba que la invasión de China por Rusia además de ser una agresión inaceptable contra el pueblo chino, también iba en detrimento del « pueblo trabajador » ruso [349]. Esta capacidad de ver la dialéctica entre en imperialismo zarista, la opresión nacional de China y la lucha de clases del pueblo trabajador ruso contra su burguesía se basaba sin duda en la flexibilidad de su método, aunque este estuviera todavía poco desarrollado en 1900. Además, para nuestro tema, el concepto de sujeto revolucionario, esta cita es también decisiva porque muestra cómo ya en una época tan temprana y en un problema que atañe a la totalidad social contradictoria, Lenin recurre al concepto de «pueblo trabajador», como volverá a hacerlo en otros momentos decisivos.

En 1900, Lenin ya se percató de que empezaban a surgir brotes nuevos en las luchas de los pueblos por su soberanía, en este caso del pueblo chino. Desde entonces su «sentido dialéctico» fue perfeccionándose por las exigencias de la lucha revolucionaria que con sus situaciones nuevas ponían a prueba las antiguas visiones. Los brotes nuevos son realidades vivas, palpitantes, en crecimiento, lo que exige al observador una mente abierta y flexible, también en movimiento. En su estudio de la Ciencia de la Lógica, de la que ya hemos visto arriba aspectos tan fundamentales como el de su Doctrina del Concepto, insiste en que la dialéctica muestra por qué y cómo los contrarios pueden ser idénticos, y que no deben ser entendidos como «muertos, rígidos, sino como vivos, condicionales, móviles, que se transforman los unos en otros».

A partir de aquí Lenin aplaude la inteligencia e ingenio de Hegel al demostrar que en los conceptos que parecen muertos hay movimiento: «Multilateral y universal flexibilidad de los conceptos, una flexibilidad que llega hasta la identidad de los contrarios, tal es la esencia del asunto. Esta flexibilidad, aplicada subjetivamente, = eclecticismo y sofistería. La flexibilidad, aplicada objetivamente, es decir, sí refleja la multilateralidad del proceso material y su unidad, es la dialéctica, es el reflejo correcto del eterno desarrollo del mundo» [350]. Sin extendernos ahora, más adelante Lenin advierte que el conocimiento es algo vivo, multilateral, con una cantidad de aspectos que aumentan eternamente « con un sinnúmero de matices de cada enfoque y aproximación a la realidad » [351].

En la temática que aquí tratamos, la definición del sujeto revolucionario será decisiva la flexibilidad de la teoría marxista del concepto, aplicada de forma brillante por Lenin precisamente, como veremos, en la interacción entre el concepto amplio pueblo trabajador, o de masas explotadas y trabajadoras, y el concepto igualmente amplio y abierto de clase social, dialéctica activada por el papel de la organización revolucionaria como engarce interno entre las múltiples mediaciones que dan coherencia a la totalidad del problema. La definición flexible y móvil de concepto de pueblo trabajador se basa en lo aquí dicho, como se explicará.

Mariátegui deja constancia de la flexibilidad política, teórica y práctica de Lenin, de su capacidad para adaptarse a los cambios de la realidad, adecuando su pensamiento a las nuevas necesidades. Presenta a Lenin como conductor de muchedumbres y de pueblos, mostrando su capacidad para contactar con las emociones y sentimientos de los pueblos y naciones más distantes en la geografía y en la cultura, pueblos que envían emisarios y delegaciones para hablar con él y ver cómo desarrolla su método de pensamiento: «Su dialéctica es una dialéctica de combate, sin elegancia, sin retórica, sin ornamento. No es la dialéctica universitaria de un catedrático sino la dialéctica desnuda de un político revolucionario (…) la disertación de Lenin ha sido más original, más guerrera, más penetrante» [352]. Originalidad, radicalidad y profundidad, tres adjetivos certeros para definir el método dialéctico que le permitió a Lenin descubrir y mostrar la interacción permanente entre la opresión nacional y el imperialismo.

Uno de los logros de Lenin, que es parte y mejora del logro marxista anterior a él, consistió en anclar la importancia de la liberación nacional como componente de la lucha antiimperialista y comunista, logro alcanzado gracias al método dialéctico en general. Con razón, se ha definido a este avance de Lenin, y de otros marxistas como Gramsci y Mariátegui, como uno de los pasos en «grandes nacionalizaciones del marxismo» [353], es decir, el proceso por el cual el marxismo en su forma teórico-abstracta general se concreta en y se adapta a las diferentes culturas nacionales, a la historia de los pueblos, a sus matrices sociales, adaptación imprescindible para el triunfo revolucionario. Pensamos nosotros que las «grandes nacionalizaciones del marxismo» han sido más que las realizadas por estos tres revolucionarios, como veremos a lo largo de este texto.

Por otra parte, yerra quien pretenda separar artificialmente la problemática nacional de la lucha se clases obrera y popular, y ambas del método dialéctico, de su flexibilidad. Volveremos a ver esa flexibilidad adaptativa cuando repasemos las diferentes versiones de su teoría de la organización, del partido revolucionario. El pensamiento de Lenin es una unidad en movimiento, lo que dificulta su rápida comprensión ya que esa unidad sólo se descubre cuando se relacionan todos los momentos concretos, es decir, dado que Lenin primaba el análisis concreto de cada realidad concreta y luego, tras ese análisis particular, elaboraba la unidad teórica global sintetizando todo lo que había aprendido hasta entonces, por esto mismo es fácil manipular a Lenin o malinterpretarlo quedándonos con una parte en vez de con el todo [354]. O dicho más directamente: «…las posiciones de Lenin estaban en continuo movimiento, aunque eran fieles a una rigurosa lógica interna» [355].

Gracias a ese método, Lenin no tendrá ningún reparo en mantener un concepto muy amplio e incluyente: «El pueblo, es decir, los obreros y los campesinos…» cuando habla de los derechos «del pueblo trabajador y explotado» [356]. Y pocos meses más tarde, interviene activamente en defensa de los derechos del «pueblo trabajador y explotado», texto en el que las «definiciones flexibles» de la dialéctica aparecen una y otra vez entremezcladas: «explotación del hombre por el hombre», «todo el pueblo trabajador», «emancipación de las masas trabajadoras», «el pueblo contra sus explotadores», «El poder debe pertenecer integra y exclusivamente a las masas trabajadoras y a sus representantes autorizados: los Soviet de diputados obreros, soldados y campesinos», «las clases trabajadoras de todas las naciones de Rusia» [357].

De entre los opsitores a Lenin, destacaba Bujarin, uno de los jóvenes bolcheviques con más influencia, a quien Lenin criticaba por tener algo de escolástico en su pensamiento, y por no haber estudiado jamás la dialéctica: «jamás ha comprendido del todo la dialéctica» [358]. En el estudio del imperialismo, una de las diferencias sustantivas entre Lenin y Bujarin era precisamente el significado de la opresión nacional. Para Lenin, la opresión nacional era una fuerza impulsora de las revoluciones proletarias, pero para Bujarin una simple abstracción. Para Lenin: «el derecho de autodeterminación era no sólo un “principio” (que aceptaban todos los bolcheviques), sino “la dialéctica de la historia”, una fuerza revolucionaria que sería el catalizador del socialismo» [359]. Su implacable aunque casi aislada lucha contra el economicismo chocaba una y otra vez contra la fuerza del dogmatismo mecanicista que fue incapaz de comprender que la gran sublevación irlandesa de 1916 no era únicamente un epifenómeno intranscendente para sus sesudos estudios sobre la «“economía imperialista”» sino el históricamente decisivo «automovimiento de las masas» [360], de modo que, en realidad:

«El descubrimiento por parte de Lenin de la dialéctica de la autoactividad, de la contraposición sujeto versus sustancia, en el momento mismo en el que sobrevenía el fracaso de la Segunda Internacional, reveló simultáneamente la aparición de la contrarrevolución desde el interior de los movimientos marxistas y las nuevas fuerzas de la revolución contenidas en los movimientos nacionales. Además, estas nuevas fuerzas estaban presentes no sólo en Europa sino también en todo el resto del mundo. Lo que el estudio económico del imperialismo realizado por Lenin reveló fue que el capitalismo había devorado más de quinientos millones de personas en África y Asia. Esta cuestión habría de convertirse en un punto de partida teórico totalmente nuevo después de la conquista del poder por los bolcheviques expresada de las Tesis sobre la cuestión nacional y colonial presentada a la Tercera Internacional en 1920. Aunque el holocausto alcanzó su mayor intensidad y Lenin quedó solo, se negó a retroceder ni una pulgada hacia el internacionalismo abstracto. El estallido de la rebelión de Pascual de 1916, mientras los proletarios se mataban aún entre sí, demostró el acierto de la posición de Lenin acerca de la autodeterminación de las naciones.

«Durante el período 1914-1915 Lenin volvió al estudio de Hegel, el “filósofo idealista burgués”. Al margen de la razón que le impulsó, lo cierto es que no fue a buscar allí las fuerzas motoras de la revolución. Sin embargo, para interpretar la acción de las masas irlandesas que en 1916 asumían el control de su propio destino, la dialéctica hegeliana le fue más útil que los debates sobre la cuestión nacional con sus colegas bolcheviques» [361].

Partiendo de aquí, ofrecemos la clásica definición de Lenin, considerada por P. Vilar como «la más válida teóricamente» [362], y que dice así: «Las clases son grandes grupos de hombres que se diferencian entre sí por el lugar que ocupan en un sistema de producción social históricamente determinado, por las relaciones en que se encuentran con respecto a los medios de producción (relaciones que en su mayor parte las leyes refrendan y formalizan), por el papel que desempeñan en la organización social del trabajo, y, consiguientemente, por el modo de percibir y la proporción en que perciben la parte de riqueza social de que disponen. Las clases son grupos humanos, uno de los cuales puede apropiarse el trabajo de otro por ocupar puestos diferentes en un régimen determinado de economía social» [363].

Fijémonos que aquí Lenin se mueve en el plano de los modos de producción, que habla de grandes grupos humanos y de la apropiación del trabajo ajeno. Estamos ante la teoría básica y general del materialismo histórico sobre la unidad y lucha de clases opuestas. Pero muy poco después en el mismo escrito Lenin procede al estudio concreto del sistema capitalista de su época, y más aún, da el paso de la teoría a la propuesta práctica sobre cómo aumentar la fuerza política de la clase trabajadora indicando que tiene la tarea doble de, uno, «atraer a toda la masa de trabajadores y explotados, organizarla» para vencer a la burguesía; y, dos, «conducir a toda la masa de trabajadores y explotados, así como a todos los sectores de la pequeña burguesía» hacia el socialismo [364]. Es decir, la complejidad social queda confirmada por Lenin al insistir en que existen, además del proletariado, una «masa de trabajadores y explotados» que deben aliarse con «todos los sectores de la pequeña burguesía». Volveremos sobre esto al estudiar el concepto de pueblo trabajador como el recipiente teórico que integra a esa masa de trabajadores y explotados. Fijémonos también en que este programa práctico es enunciado inmediatamente después de haber ofrecido una definición esencial de la unidad y lucha de clases en el nivel de los modos de producción.

¿Cómo entiende y emplea Lenin el concepto de «masa de trabajadores y explotados, así como a todos los sectores de la pequeña burguesía»? Aquí interviene la segunda y fundamental definición de Lenin, sin la cual no entendemos absolutamente nada de su método general ni tampoco del papel clave de su teoría de la organización, o del partido. Conviene que advertir que la definición de clase social arriba citada proviene de finales de junio de 1919, y que la que vamos a presentar ahora es de dos años después, de comienzos de julio de 1921. Hay que contextualizar ambas porque así vemos cómo la agudización de la lucha de clases le obliga y le permite afinar más concretamente el potencial de la dialéctica al interaccionar diferentes niveles de la realidad. En efecto, en un debate con los italianos Lenin dice:

«El concepto de “masas” varía según cambie el carácter de la lucha. Al comienzo de la lucha bastaban varios miles de verdaderos obreros revolucionarios para que se pudiese hablar de masas. Si el partido, además de llevar a la lucha a sus militantes, consigue poner en pie a los sin partido, esto ya es un comienzo de la conquista de las masas. Durante nuestras revoluciones hubo casos en que unos cuantos miles de obreros representaban a la masa. En la historia de nuestro movimiento, en la historia de nuestra lucha contra los mencheviques, encontrarán muchos ejemplos en que bastaban en una ciudad unos miles de obreros sin partido que llevan habitualmente una vida pancista y arrastran una existencia lamentable, que nunca han oído hablar de política, comienzan a actuar a lo revolucionario, ya tienen ustedes delante a la masa. Si el movimiento se extiende e intensifica, va transformándose paulatinamente en una revolución (…) Cuando la revolución está ya suficientemente preparada, el concepto de “masas” es otro: unos cuantos miles de obreros no constituyen ya la masa. Esta palabra comienza a significar otra cosa distinta. El concepto de masa cambia en el sentido de que por él se entiende una mayoría, y además no sólo una simple mayoría de obrero, sino la mayoría de todos los explotados. Para un revolucionario es inadmisible otro modo de concebir esto; cualquier otro sentido de esta palabra sería incompresible (…) Si un partido así presenta en semejante momento --(aumento del malestar social)-- sus propias consignas y logran que le sigan millones de obreros, ustedes tendrán delante un movimiento de masas. Yo no excluyo en absoluto que la revolución pueda ser iniciada también por un partido muy pequeño y llevada hasta la victoria. Pero es preciso conocer el método para ganarse a las masas. Para ello es necesario preparar a fondo la revolución (…) En ningún país lograrán ustedes la victoria sin una preparación a fondo. Es suficiente un partido pequeño para conducir a las masas. En determinados momentos no hay necesidad de grandes organizaciones» [365].

Esta definición enriquece y refuerza la anterior en cuatro cuestiones importantes: una, reafirma la naturaleza abierta y en espiral del conocimiento según se van dando saltos cualitativos en la realidad; dos, reafirma el carácter decisivo y central de la conciencia política para definir a las “masas” y por tanto a las clases y en concreto al pueblo trabajador; tres, reafirma la importancia de la preparación paciente y sistemática de la lucha revolucionaria futura ya desde y en el presente mismo, en el ahora como pre-figuración del mañana; y cuatro, refirma el valor cualitativo y no cuantitativo del partido, es decir, en contra del reformismo y de la izquierda blanda electoralista, que lo centran todo en la acción parlamentarista, aquí se reafirma el valor cualitativo del partido de militantes curtidos, formados, capaces y polivalentes.

Ahora bien, de nuevo Lenin da una muestra más de su flexibilidad y del principio de concreción al terminar afirmando que lo dicho sobre la pequeñez del partido sólo sirve «en determinadas momentos», es decir, que no es una ley absoluta y eterna, sino condicional, tendencial, concreta, contextual, flexible y adaptable a las necesidades específicas de la lucha revolucionaria. Nada de dogmatismo.

La contrarrevolución en el interior del marxismo de la época adquirió una de sus formas más ásperas y decisivas al materializarse en la aceptación del chovinismo nacionalista gran-ruso, enemigo acérrimo del internacionalismo, del antiimperialismo y del derecho de los pueblos a su independencia. La revolución bolchevique no pudo superar la profunda «mentalidad imperialista» heredada del zarismo. Marx y Engels se percataron muy pronto de las profundas fuerzas irracionales que existen en las clases de las naciones opresoras, en su cultura e identidad explotadora, chovinista y racista. Superar esta mentalidad requiere de un serio esfuerzo de desalienación y de asunción de los valores internacionalistas y solidarios, lo que siempre resulta difícil. Lenin fue dándose cuenta de ello con amarga clarividencia: «Corría 1922, el año de su actividad intelectual más intensa, que se prolongó hasta los primeros meses de 1923 y la última de sus grandes batallas contra la cúpula dirigente; sobre todo, contra los actos brutales, duros y desleales de Stalin, dirigidos principalmente contra los georgianos, una vez más sobre la cuestión nacional (“raspad a un comunista y encontraréis un gran chovinista ruso”). No fue casual que Bujarin sustentara la misma posición sobre la cuestión nacional» [366].

En las naciones oprimidas la fuerza social ampliamente mayoritaria que luchaba por «el derecho de los pueblos a su independencia» era la masa explotada y explotable como realidad que cambia al calor de la lucha de clases, tal como la entendía Lenin, hasta llegar a constituir la mayoría de todos los explotados, que no sólo una «simple mayoría de obreros». No es casualidad que fueran Stalin y Bujarin, dos desconocedores casi absolutos del método dialéctico, lo que de un modo u otro dificultaran la práctica de ese derecho, o lo negasen. Llegados a este punto, podemos y debemos comparar las ideas de Lenin sobre la clase obrera, sobre las masas explotadas, sobre el pueblo trabajador con la tesis de la «multitud»:

«En la tradición del socialismo revolucionario el concepto de masas mantiene relaciones de vecindad o de frontera, nunca muy bien delimitada, con dos campos semánticos que tienden a invadirse o solaparse. El primero estaría ocupado por términos como los oprimidos, los explotados, los pobres, los desposeídos, “los miserables” de Victor Hugo en definitiva, que comparten la condición de carencia o ausencia de y tienen su origen en representaciones del mundo obedientes a la mirada propia de unas conciencias morales de corte pastoral laico, humanista o religioso. Curiosamente, o no tan curiosamente si bien se mira, Vattimo ha recuperado para el pensamiento actual esta línea semántica al poner en circulación hablar de “los débiles” como posibles sujetos de ese proceso de emancipación que se acogería bajo lo que él y Zabala denominan el “comunismo hermenéutico”. En el otro gran campo semántico, masas convive con términos como el pueblo, los trabajadores, la plebe, clase obrera, proletariado, que comparten un denominador semántico común que apunta a su capacidad para intervenir, fundamentalmente como amenaza, en los acontecimientos históricos – no en vano es la Revolución Francesa la que pone en marcha ese campo de significación- a la vez que señala e incorpora la presencia del factor trabajo en su conformación. Como palabras-puente entre aquellas familias conceptuales que tienen como rasgos pertinentes la desposesión y aquellas que avisan de su potencia performativa podríamos citar los sans-culotte de Dantón o “la horda”, “la chusma” tan en boca de las burguesías amedrentadas.

«Si bien en Marx conviven elementos de uno y otro campo semántico, cuando se refiere a las masas cabe deducir que se decanta por un entendimiento del concepto como conjunto de gentes de humillada y oprimida condición social en actitud de rechazo y enfrentamiento, latente o activo en determinadas coyunturas, contra las fuerzas al servicio de la opresión que sufren»

«¿Qué masas?: los explotados, aquella parte de la población que vive de vender su fuerza de trabajo al capital, la clase trabajadora. ¿Qué dónde están?: la mayoría trabajando; una buena parte en el paro, otra buena parte en período de formación para poder demandar trabajo y otro buena parte viviendo de las rentas de jubilación provisionadas durante sus años de trabajo activo » [367].

La teoría de las clases debe tener siempre en cuenta la tendencia al surgimiento de nuevas fracciones de clase dentro de un modo de producción, de nuevas «clases medias» -cuestión en la que Marx fue pionero como hemos visto-, de la nueva pequeña burguesía, etc., atendiendo a las fluctuaciones internas en esos imprescindibles conceptos flexibles y abiertos tan abundantes en el marxismo como «masas populares», «movimientos populares» y sobre todo «pueblo trabajador», incluido el de «multitud» [368]. Precisamente, un concepto abierto más valido que el de «multitud» es el de «proletariado» que, como sostiene D. Bensaïd:

«Yo pienso que la noción de multitud es inútil y nociva. Ella tiene un valor descriptivo, pero descriptivo en relación a una imagen estereotipada que se puede tener de la clase obrera, el tipo operario de la industria. Tal vez el término “proletariado” sea más conveniente. Él es más abarcativo y más antiguo. Por consecuencia, finalmente, él describe una realidad más basta y más compleja (…) En relación a esa desestructuración de relaciones sociales bajo el choque de la crisis y de la transformación técnica, comprendo que el concepto de multitud pueda ser un poco seductor, pues parece describir una realidad de manera cómoda. Personas que son pequeños vendedores ambulantes, etc., que no viven como los obreros, todo eso es claro. Ahora, como concepto estratégico, hay un punto, que no está totalmente claro para mí. Negri opone el concepto de multitud no al concepto de clase, sino al concepto de pueblo. Siendo el pueblo la homogeneidad y la multitud la diversidad. Esto ya sería discutible» [369].

Recordemos ahora, y antes de continuar con otras aportaciones marxistas posteriores a Lenin, cómo Marx y Engels utilizan el «encabalgamiento conceptual» para referirse a las múltiples formas de las clases obreras, de los pueblos trabajadores, de las naciones trabajadoras, etc., sin olvidar nunca que lo que cohesiona y da sentido interno a tanta variedad es precisamente la explotación asalariada. Además de Lenin, también Trotsky aplica y desarrolla el mismo método en su estudio sobre el papel del proletariado industrial en la revolución de 1905, sus fracciones internas a todas las escalas de la moderna producción capitalista, desde los textiles, los metalúrgicos, los tipográficos, los de ferroviarios, los de comunicaciones, etc., sin olvidarse de los campesinos y sus fracciones, de la pequeña burguesía vieja y hasta la «“nueva clase media”, compuesta por los profesionales de la intelligentsia: abogados, periodistas, médicos, ingenieros, profesores, maestros de escuela» [370]. Tras varias páginas de un análisis sofisticado del que no se salva la gran burguesía: Trotsky dice sobre la formación del soviet:

«Era preciso tener una organización que gozase de una autoridad indiscutible, libre de toda tradición, que agrupara desde el primer momento a las multitudes diseminadas y desprovistas de enlace; esta organización debía ser la confluencia para todas las corrientes revolucionarias en el interior del proletariado [...] el partido no hubiera sido capaz de unificar por un nexo vivo, en una sola organización, a los miles y miles de hombres de que se componía la multitud [...] Para tener autoridad sobre las masas, al día siguiente de su formación, tenía que instituirse sobre la base de una representación muy amplia. ¿Qué principio había de adoptarse? La respuesta es obvia. Al ser el proceso de producción el único nexo que existía entre las masas proletarias, desprovistas de organización, no había otra alternativa sino atribuir el derecho de representación a las fábricas y talleres» [371].

Las cuatro medidas tomadas por el soviet, y las exigencias planteadas a la Duma municipal iban destinadas a la tarea dialéctica de fortalecer su centralidad proletaria y romper la centralidad burguesa asegurada por sus fuerzas represivas: «1) adoptar medidas inmediatas para reglamentar el aprovisionamiento de la masa obrera; 2) abrir locales para las reuniones; 3) suspender toda distribución de provisiones, locales, fondos a la policía, a la gendarmería, etc.: 4) asignar las sumas necesarias para el armamento del proletariado en Petersburgo que lucha por la libertad» [372]. Comida, centros de reunión y armas para el proletariado, y desarme para la burguesía. Conforme aumentaba la fuerza y el prestigio del soviet, los políticos advenedizos empezaron a acercarse a sus reuniones, pero «el proletariado industrial había sido el primero en cerrar filas en torno a él» [373]. En el durísimo invierno de 1917-1918, estas y otras medidas aceleraron la efectividad de la hegemonía de la clase obrera dentro del pueblo trabajador soviético.

Trotsky sigue usando palabras como «pueblo», «masa», «multitud», «muchedumbre», etc., pero siempre como sinónimos que reflejan el bajo nivel de organización, conciencia y centralidad de amplios sectores de la clase proletaria en su conjunto, e insistiendo siempre en la prioridad práctica y teórica del proceso de producción, y hasta del «oficio» cuando éste tiene especial trascendencia para centralizar y concienciar a los sectores sociales que dependen de ese «oficio» [374], en la que no podemos extendernos ahora, aunque sí debemos concluir este rápido repaso sobre las aportaciones de Trotsky con esta vibrante cita en la que muestra cómo y por qué la lucha revolucionaria se libra por objetivos muy materiales: «se trata de saber a quien pertenecerán las casas, los palacios, las ciudades, el sol, el cielo: si pertenecerán a las gentes del trabajo, a los obreros, a los campesinos, los pobres, o a la burguesía y los terratenientes, los cuales han intentado de nuevo, dominando el Volga y el Ural, dominar al pueblo obrero» [375].

Los conceptos de «gentes del trabajo» y de «pueblo obrero» son idénticos al de «pueblo trabajador»; además, dado que en ellos introduce a los «pobres», a los obreros y campesinos, entonces, tenemos un concepto flexible y muy abarcador. Pero lo que más nos interesa ahora es que Trotsky aplica la teoría marxista del concepto a una problemática que podemos definir como absoluta, total: la de la lucha revolucionaria por la clase de propiedad de la naturaleza en sí misma, la todavía no humanizada, como el sol y el cielo, y la humaniza, como los palacios, las casas y las ciudades. Es decir, los conceptos de «pueblo obrero» y de «gentes del trabajo» son empleados cuando se necesita precisar el absoluto choque irreconciliable entre la propiedad socialista y la propiedad capitalista en lo esencial, en la naturaleza en sí misma.

Más todavía, es empleado precisamente en medio de una lucha total, en la que se fusionan las necesidades obreras y las de liberación nacional dentro de un contenido de lucha internacional a muerte entre el capital y el trabajo. Cuanto más amplia, compleja y contradictoria es la realidad que se estudia para revolucionarla, tanto más flexible, elástico e incluyente ha de ser el concepto que se emplea, pero siempre en conexión dialéctica con los necesarios conceptos más concretos, más precisos, más particulares. O sea, la dialéctica entre los conceptos particulares de campesinado, pobres y obreros, y los generales de gentes del trabajo y pueblo obrero.

En su impresionante libro sobre la huelga de masas, escrito a raíz de las luchas de 1905, Rosa Luxemburg nos da una lección sobre el correcto uso de los conceptos científicos del marxismo. Tras un extenso y profundo análisis de las diversas categorías y fracciones internas de la clase obrera, de la masa trabajadora, que empezó a luchar en 1896 con la huelga de los hilanderos, pasando por el resto de textiles, por los obreros industriales, ferroviarios y de servicios, «por motivos diversos y cada uno bajo formas distintas», ascendiendo con los años e incluyendo a los panaderos y trabajadores de astilleros, tras todo esto, hace esta síntesis:

«Fermenta en el gigantesco imperio una lucha económica infatigable de todo el proletariado contra el capital, lucha que gana para sí a las profesiones liberales, la pequeña burguesía, empleados de comercio y de banca, ingenieros, artistas..., y penetra por abajo hasta llegar a los empleados del servicio doméstico, a los agentes subalternos de la policía y hasta incluso a las capas del “lumpen proletariado” desbordándose de las ciudades al campo y tocando inclusive a las puertas de los cuarteles. Inmenso abigarrado cuadro de una rendición general de cuentas del trabajo al capital, refleja toda la complejidad del organismo social, de la conciencia política de cada categoría y de cada región, recorriendo toda la larga escala que va desde la lucha sindical regular, a la explosión de la protesta amorfa de un puñado de proletarios agrícolas y la primera confusa rebelión de una guarnición militar excitada, desde la revuelta elegante y perfectamente realizada con tiralíneas y cuellos duros en las oficinas de un banco, a los murmullos plenos de audacia y de excitación de una reunión secreta de policías descontentos en una comisaría ahumada, oscura y sucia» [376].

Si leyéramos estas palabras ahora mismo, sin saber que fueron escritas hace un siglo por una marxista asesinada en la revolución alemana por escuadras paramilitares dirigidas por un gobierno socialdemócrata, creeríamos que expresan las más recientes luchas en ascenso dentro no sólo de los países capitalistas empobrecidos y sobreexplotados, sino también en el capitalismo más feroz, desarrollado e imperialista. Rosa Luxemburg sigue:

«La concepción estereotipada, burocrática y mecánica quiere que la lucha sea solamente un producto de la organización, y mantenida a un cierto nivel de la fuerza de ésta. La evolución dialéctica viva, por el contrario, considera que la organización nace como un producto de la lucha». Después, reafirmando la complejidad de las «diversas categorías de obreros», advierte que si las huelgas de masas quieren ser efectivas «es absolutamente necesario que se transforme en un verdadero movimiento popular [...] que arrastre a las más amplias capas del proletariado [...] del pueblo trabajador [...] de las más amplias masas» [377].

Y por no extendernos, Rosa también recurre a los conceptos de pueblo trabajador, más amplias masas, y otros, cuando explica el sentido y la función del partido socialdemócrata, cuando elabora su teoría del partido [378] como luego veremos. Es decir, Rosa utiliza con fluidez diversos conceptos aparentemente contrarios -clase obrera versus movimiento popular, que ella resalta, etc. porque, en realidad, reflejan la unidad genético-estructural de la fuerza de trabajo asalariada explotada por la clase capitalista y su sofisticación en el análisis de las diversas categorías de la fuerza de trabajo la consigue gracias al momento histórico-genético de la dialéctica. Incluso, aplicando este método se permite el lujo de afirmar que: «lo mismo ocurrirá cuando las circunstancias se presenten en Alemania» [379], como así sucedió.

Es desde esta perspectiva histórico-general, corroborada por los hechos posteriores incluidos los presentes, como debemos comprender la decisiva cita siguiente de esta misma revolucionaria, realizada en un debate internacional sobre qué lecciones teórico-políticas debían extraerse de la oleada de luchas de 1905:

«El terreno de la legalidad burguesa del parlamentarismo no es solamente un campo de dominación para la clase capitalista, sino también un terreno de lucha, sobre el cual tropiezan los antagonismos entre proletariado y burguesía. Pero del mismo modo que el orden legal para la burguesía no es más que una expresión de su violencia, para el proletariado la lucha parlamentaria no puede ser más que la tendencia a llevar su propia violencia al poder. Si detrás de nuestra actividad legal y parlamentaria no está la violencia de la clase obrera, siempre dispuesta a entrar en acción en el momento oportuno, la acción parlamentaria de la socialdemocracia se convierte en un pasatiempo tan espiritual como extraer agua con una espumadera. Los amantes del realismo, que subrayan los «positivos éxitos» de la actividad parlamentaria de la socialdemocracia para utilizarlos como argumentos contra la necesidad y la utilidad de la violencia en la lucha obrera, no notan que esos éxitos, por más ínfimos que sean, sólo pueden ser considerados como los productos del efecto invisible y latente de la violencia» [380]

Rosa simultanea en 1906 los dos momentos o niveles del método dialéctico, ya que, arriba, al analizar la enorme complejidad y diversidad concreta de la clase trabajadora, del pueblo trabajador, del movimiento popular, de las más amplias masas explotadas, etcétera, cuando estudia la lucha de clases localizada en un marco espacio-temporal preciso y localizado, aplica aquí el momento histórico-genético, analítico y diacrónico de la dialéctica materialista, recurriendo a conceptos amplios, abarcadores e incluyentes, incluso laxos, que destrozan la rigidez burda y mecanicista de la lógica formal. Pero cuando Rosa debe sintetizar en una sola expresión teórica toda la abigarrada diversidad de fuerzas concretas que han luchado en la recién concluida oleada revolucionaria de 1905, salta de la sofisticada precisión analítica, minuciosa y hasta quirúrgica, a la denominación general pero a la vez esencial de clase trabajadora, de clase burguesa, de proletariado y de burguesía, de violencia obrera y de parlamentarismo burgués, etc.

Rosa pasa de lo histórico-genético a lo genético-estructural, dos niveles del estudio conectados en la totalidad del método: uno, el analítico exige rigor y profundidad en el momento de descubrir la riqueza extrema de fuerzas concretas que luchan en una sociedad, en un pueblo, en un momento determinado, lo que Lenin define como «análisis concreto de una realidad concreta», descubriendo cada matiz diferente de lo concreto, y en este nivel o momento del estudio es necesario recurrir a conceptos como movimiento popular, pueblo trabajador, amplias masas explotadas, y otros, porque muestran teóricamente la complejidad de la concreta lucha de clases. Este es el análisis histórico-genético porque conecta el tiempo presente, la historia concreta, con lo genético del capitalismo, lo que define la esencia de la lucha de clases, pero insistiendo y dando prioridad a los análisis concretos.

La síntesis genético-estructural es la que muestra la esencia del problema, de las contradicciones y leyes tendenciales estructurales del capitalismo que marcan los límites infranqueables y objetivos entre los que se desarrollan las luchas de clases. En esta área del método ya no sirven sino sólo secundariamente los conceptos anteriores, ya que ahora necesitamos los más generales y ricos en relaciones internas, como, básicamente, el de la unidad de contrarios en lucha antagónicos formada por el proletariado y la burguesía, la clase trabajadora y la clase burguesa, etc.

Conceptos válidos para todo el mundo siempre que se mantengan dentro de lo genético-estructural, dentro de la esencia estructurante del modo capitalista de producción, porque cuando pasamos a estudiar el proletariado y la burguesía de Suecia o de Sri Lanka debemos volver al método histórico-genético. Por ejemplo, la lucha parlamentaria en general requiere de la presencia disuasoria, preventiva y latente de la violencia obrera, pero esta verdad teórica asentada y confirmada por la experiencia mundial que emerge de las contradicciones genético-estructurales, permanentes y esenciales del capitalismo, debe ser siempre confirmada y mejorada, sometida a examen crítico por las luchas parlamentarias concretas y particulares de cada pueblo trabajador que lucha en un contexto histórico-genético preciso.

Kautsky, por su parte, estudió minuciosamente los cambios en la clase trabajadora alemana a comienzos del siglo XX, utilizando estadísticas fechadas entre 1882 y 1907, llegando a una conclusión que se ha visto confirmada hasta la actualidad: en la medida en que el capitalismo crece las grandes empresas tienden a estar controladas por el capital financiero, por pocas camarillas de capitalistas estrechamente emparentadas y entroncadas que entre sí llegan a fáciles entendimientos. Ahora bien: «Por el contrario, en el proletariado industrial, a medida que éste se dilata, se incrementa la diversidad de sus elementos y el número de aquellos sectores difíciles de organizar, los individuos provenientes de las regiones rurales, del extranjero, las mujeres» [381]. Después, esta costumbre de precisar las fracciones internas del proletariado, del campesinado, de la pequeña burguesía vieja y nueva, de las capas intelectuales y liberales que aparecen y desaparecen al calor de las fases expansivas o constrictivas del capitalismo, este método en suma, es consustancial al marxismo y se refuerza con el otro componente del método: junto a la minuciosa disección de las partes, la unión esencial de su naturaleza básica, a saber, la explotación asalariada.

La Internacional Comunista, especialmente sus cuatro primeros y fundamentales congresos, se esforzó en lo mismo. Dejando por falta de espacio a los dos primeros congresos, en el tercero podemos leer un detallado estudio sobre los «sectores medios del proletariado»: «empleados del comercio y de la industria, de los funcionarios inferiores y medios y de intelectuales» [382]. Un valor especial tiene lo que dice el Cuarto Congreso sobre el fascismo relacionado con lo que estamos viendo sobre la oposición al fascismo en ascenso, que debe basarse en la movilización de «las grandes masas del pueblo trabajador» [383], es decir, como es básico en el marxismo, por un lado se analiza la extrema complejidad de las clases sociales y especialmente del proletariado pero, por otro lado, se reafirma la existencia de una clase social asalariada que puede ser definida formalmente de varios modos pero siempre relacionados con sus condiciones de explotación y de producción de plusvalía.

9.- Clases y pueblo trabajador (II)

Gramsci es fiel y efectivo practicante de este método, sobre todo en sus brillantes análisis de los Consejos Obreros del norte de Italia durante 1917-1922, en los que puede expresarse con toda claridad al no sufrir la estricta censura carcelaria que le obligaba a usar un léxico ambiguo. Además, en los años de los Consejos, Gramsci tenía a su disposición todos los medios prácticos de debate y estudio teórico espoleado por la necesidad revolucionaria directa, en fábricas y barrios obreros, mientras que en la cárcel no disponía de tales medios y menos aún del vivificador frescor crítico que bulle en el interior de la lucha de clases. Por esto, los textos escritos en los años de libertad son los más representativos y válidos en muchas cuestiones, pero a la vez inaceptables por el reformismo. En líneas generales y a lo largo de toda su vida teórica, Gramsci entiende que «pueblo es quien no gobierna», quien no tiene poder en el capitalismo y por tanto es explotado por la burguesía. Y es que, como también indica S. Job, Gramsci otorga al concepto de pueblo un fuerte contenido profundamente político [384].

En verano de 1919 Gramsci sostiene que: «la vida social de la clase trabajadora es rica en instituciones, se articula en actividades múltiples. Esas instituciones y esas actividades es precisamente lo que hay que desarrollar, organizar en su conjunto, correlacionar con un sistema vasto y ágilmente articulado que absorba y discipline la entera clase trabajadora» [385]. Gramsci rompe así como la imagen plomiza, compacta y gris de una clase trabajadora simple en sus formas de vida, y nos la muestra con toda su rica y múltiple variedad de expresiones de vida social, insistiendo es que es tarea de los comunistas articular en un vasto y ágil sistema de vida social proletaria esa riqueza múltiple de instituciones sociales creadas por la clase obrera. Para eso propone, entre otras medidas, crear comités de barrios en lo que también han de participar «las demás categorías de trabajadores en vivan en el barrio: camareros, cocheros, tranviarios, ferroviarios, barrenderos, empleados privados, dependientes, etc.» [386].

Gramsci concibe a la clase obrera como un todo complejo y múltiple en sus expresiones sectoriales, y cómo esta complejidad de expresiones se muestra en la rica vida social de ese todo complejo. Pocos meses más tarde, a finales de 1919 utiliza el concepto de «masas trabajadoras» para referirse a ese todo complejo integrado por sectores obreros tan diferentes en su forma externa como camareros, ferroviarios, etc., como hemos visto arriba. Y luego define así a la clase trabajadora mundial: «… el obrero de fábrica y el campesino en el campo, el minero inglés y el mujik ruso, todos los trabajadores del mundo entero,…» [387]. Bajo las presiones de los cambios productivos y de la explotación económica, además de la toma de conciencia de la clase obrera también se produce la toma de conciencia de los técnicos, que dejan de ser --en las condiciones italianas de febrero de 1920-- un instrumento disciplinador y represor de la patronal, para empezar a asumir la psicología proletaria, revolucionaria, porque el técnico ha pesado a estar «relacionado con el capitalista por los nudos y crudos lazos de explotado o explotador» [388].

La importancia de está última cita no radica sólo en que vuelve a confirmar la teoría marxista de la contradictoria posición de clase de los técnicos, que son tan asalariados como todos los trabajadores, que en períodos de normalidad social aceptan ser instrumentos de control y represión patronal pero que pueden radicalizarse y tomar conciencia de su explotación y de su pertenencia objetiva de clase cuando la crisis socioeconómica y política, así como los cambios en el proceso productivo, hacen aparecer la realidad cruda y dura del capitalismo. Además de esto que es cierto, la cita sobre la concienciación de los técnicos es importante en la misma cronología de los textos de Gramsci. En efecto, casi tres meses después, en junio de 1920, Gramsci escribe la importante obra Por una renovación del Partido Socialista en el que utiliza el concepto de pueblo trabajador italiano siempre que analiza la crisis nacional de Italia y el contexto internacional de la lucha de clases, es decir, cuando necesita recurrir a un concepto abarcador y abierto, flexible, dialéctico, para estudiar una realidad compleja y cambiante:

«La agravación de las crisis nacionales e internacionales que destruyen progresivamente el valor de la moneda prueba que el capital ha llegado a una situación extrema: el actual orden de producción y distribución no consigue ya ni siquiera las exigencias elementales de la vida humana, y se mantiene sólo porque está ferozmente defendido por la fuerza armada del Estado burgués; todos los movimientos del pueblo trabajador italiano tienden irremisiblemente a realizar una gigantesca revolución económica que introduzca nuevos modos de producción, un orden nuevo en el proceso productivo y distributivo, que dé a la clase de los obreros industriales y agrícolas en poder de iniciativa en la producción, arrancándoselo de las manos a los capitalistas y a los terratenientes» [389].

El análisis de Gramsci era correcto: el capitalismo italiano y buena parte del internacional se encontraba en una crisis profunda que, con altibajos y vaivenes, se agudizaría hasta estallar en el cataclismo de octubre de 1929, causa de fondo de la guerra mundial de 1939-45. Pero antes de eso, el fascismo sería el arma terrorista del Estado italiano para aplastar en 1922 a un pueblo trabajador que empezaba a absorber en su interior a los técnicos radicalizados, como había advertido Gramsci sólo tres meses antes. El concepto de pueblo trabajador italiano era, así, el más apto para expresar las interrelaciones esenciales entre los componentes en aumento del bloque social explotado, oprimido y dominado en un contexto de crisis nacional e internacional. Gramsci es tan consciente de la conexión de lo nacional e internacional con la valía del concepto de pueblo trabajador que más adelante añade autocríticamente:

«El partido ha estado ausente del movimiento internacional. La lucha de clases va tomando en todos los países del mundo formas gigantescas; los proletarios oyen en todas partes la exhortación a renovar sus métodos de lucha, y a menudo como en Alemania tras el golpe de fuerza militar, a levantarse con las armas en la mano. El partido no se preocupa por explicar al pueblo trabajador italiano esos acontecimientos, por justificarlos a la luz de la concepción de la Internacional comunista, no se ocupa de desarrollar toda una acción educativa orientada a dar consciencia al pueblo trabajador italiano de la verdad, de que la revolución proletaria es un fenómeno mundial y de que cada acaecimiento tiene que considerarse y juzgarse en un cuatro mundial» [390].

Cuando se trata de estudiar los problemas nacionales e internacionales, la lucha de clases en sus expresiones más duras como la violencia reaccionaria y la revolucionaria, es decir, realidades que también atañen a los contradictorios y frecuentemente oscuros y profundos sentimientos nacionales, culturales, folclóricos de las «grandes masas populares» [391], etc., del pueblo trabajador como sujeto constructor del «bloque histórico revolucionario nacional-popular» [392], entonces el concepto de pueblo trabajador es el idóneo para reflejar esas complejidades profundas. ¿Pero cual es la relación entre clase trabajadora y pueblo trabajador? Gramsci responde así:

«La dirección debe estudiar, redactar y difundir inmediatamente un programa de gobierno revolucionario del Partido Socialista en el que se propongan las soluciones reales que el proletariado, convertido en clase revolucionaria, dará a todos los problemas esenciales --económicos, políticos, religiosos, educativos, etc.-- que acosan a los diversos estratos de la población trabajadora italiana. Basándose en el concepto de que el partido funda su potencia y su acción sólo en la clase de los obreros industriales y agrícolas que no tienen ninguna propiedad privada, y considera a los demás estratos del pueblo trabajador como auxiliares de la clase estrictamente proletaria, el partido debe lanzar un manifiesto en el cual plantee explícitamente la conquista revolucionaria del poder político, en el cual se invite al proletariado industrial y agrícola a prepararse y armarse y se indiquen los elementos de las soluciones comunistas a los problemas actuales: control obrero de la producción y la distribución, desarme de los cuerpos armados mercenarios, control de los ayuntamientos por las organizaciones obreras» [393].

Más concretamente, ¿qué entiende Gramsci por proletariado en su sentido histórico prolongado?, lo siguiente: «La revolución proletaria es un larguísimo proceso histórico que se realiza con el nacimiento y desarrollo de determinadas fuerzas productivas (que nosotros resumimos con la expresión “proletariado”)» [394]. Por tanto, el proletariado es el conjunto de las fuerzas productivas conscientes que hacen la revolución en cuanto larguísimo período histórico, sujeto consciente que centraliza y dirige al pueblo trabajador en su conjunto. Los lazos que unen al proletariado con el pueblo trabajador van más allá que el simple interés social por las mejoras laborales, o por el proyecto político revolucionario: son lazos espirituales, de tradición, de parentesco, de historia, lazos múltiples que el proletariado ha de potenciar y desarrollar. Gramsci dice esto en su escrito sobre los consejos de fábrica de Turín, cuyo proletariado se «convirtió en el dirigente espiritual de las masas obreras italianas» [395]. Lazos espirituales profundos que explican la enorme solidaridad política que dieron las «masas proletarias italianas» [396] a la clase obrera turinesa.

Como se aprecia, aquí, en su texto sobre Turín Gramsci no usa el concepto de pueblo trabajador italiano sino el de masas proletarias italianas, o masas obreras italianas; y la razón es que en este texto Gramsci no analiza las problemáticas nacionales e internacionales, sino la lucha de clases en una ciudad. Aún así, no existe diferencia conceptual cualitativa entre pueblo trabajador y masas trabajadoras: es un concepto flexible, no rígido ni estático, que en sí mismo asume y refleja el movimiento de la realidad a la que se refiere. Una muestra de la agilidad conceptual, dialéctica, de Gramsci la encontramos en sus fragmentos sobre la cuestión meridional, en los que además de desgranas la complejidad de la clase obrera en sí misma, mostrando la necesidad de que actúe como una fuerza consciente unitaria, también disecciona a la casta intelectual especialmente en el capitalismo agrario del sur italiano, disección necesaria para saber atraer hacia la revolución a los sectores progresistas de la intelectualidad. En estos fragmentos Gramsci nos ofrece una plasmación muy buena de lo que Marx definió como «nación trabajadora»: «hay dos únicas fuerzas esencialmente nacionales y portadoras de futuro: el proletariado y los campesinos» [397].

Con el tiempo, Gramsci desarrolló una teoría de lo nacional popular que no pudo expresar de manera plena en sus Cuadernos, aunque sí nos dejó un prometedor texto al respecto en el que a partir del análisis crítico de una revista fascista profundiza en las complejidades de las relaciones entre lo nacional y lo popular en diversas sociedades europeas, estudiando la importancia de sus lenguas respectivas en las relaciones más o menos estrechas entre lo nacional y lo popular, en sus contenidos políticos, etc. Por ejemplo, cuando muestra el efecto de la prensa diaria en la formación de la conciencia política popular y nacional, Gramsci tiene el mérito de ser uno de los contados autores que en esa época afirma el importante papel de las mujeres en la elección familiar del periódico [398] con si correspondiente influencia en el reforzamiento o debilitamiento de tal o cual conciencia popular nacional en la familia y su entorno.

Gramsci explica que en «muchas lenguas, nacional y popular son sinónimos o casi lo son (…) En Italia, el término nacional tiene un significado ideológico muy restringido y en todo caso no coincide con el de popular, porque en Italia los intelectuales están alejados del pueblo, es decir, de la nación, y en cambio están ligados a una tradición de casta que jamás ha estado en la ruta de un fuerte movimiento político popular o nacional por abajo» [399]. Estas últimas palabras fueron proféticas porque a los muy poco años de haberlas escrito estalló la II GM confirmando el contenido progresista del concepto «pueblo» en su acepción marxista, inseparable del de nación trabajadora explotada por la burguesía grande y pequeña.

Pero antes de seguir con la guerra de 1940-45 nos detenemos un instante el la obra de J. Díaz dirigente comunista andaluz contemporáneo de Gramsci que durante un tiempo fue Secretario del Partido Comunista español. En verano de 1935 y ante los movimientos del fascismo y del golpismo militar, escribe« Es una gran verdad que el pueblo trabajador quiere la lucha unificada para salir de esta situación que os acabo de describir» [400]. Poco después, hablando sobre el VII Congreso de la IC escrito en noviembre de 1935 une en la misma frase los conceptos de «la humanidad laboriosa, al pueblo trabajador» [401]. En el texto que tal vez mejor refleje la concepción que tiene J. Díaz de la identidad nacional de las clases trabajadoras españolas [402], escrito en febrero de 1936, no aparece el concepto de pueblo trabajador, salvo error nuestro de localización, pero sí abundan los de masas trabajadoras, masas obreras y campesinas, pueblo a secas, masas proletarias, etc., casi siempre en conexión con la política de alianzas con la pequeña burguesía y hasta con la mediana burguesía para vencer la amenaza fascista en aumento.

El VII Congreso de la IC impuso el brusco giro al frentepopulismo abandonando la tesis de clase contra clase mantenida hasta entonces. Ahora el frentepopulismo hacía hincapié en la colaboración con la «burguesía nacional» y con la socialdemocracia para recomponer una fuerza política que venciese al fascismo. No vamos a entrar a este debate por falta de espacio. J. Díaz y todo el PCE asumió este viraje abrupto como se confirma abiertamente a comienzos de 1936 cuando sostiene que la clase media y la burguesía media no quieren el fascismo [403], pero este bandazo no implicó que se abandonasen conceptos como masas trabajadoras, masas populares, clases populares, pueblo trabajador, como se comprueba leyendo la valoración de las elecciones del 16 de febrero de 1936 que dieron el triunfo al Frente Popular [404]. Al margen de la línea política del PCE, cada vez más al lado de la escasa mediana burguesía republicana española, y cada vez más nacionalista español, J. Díaz siguió recurriendo a conceptos amplios como los aquí vistos hasta su último [405] escrito de finales de noviembre de 1938.

Tres este intervalo, podemos seguir e studiando el contenido popular de las resistencias guerrilleras y civiles no armadas a la ocupación nazifascista en la II GM, así como los posicionamientos de las clases trabajadoras y hasta de los soldados de origen obrero y popular de los ejércitos aliados. D. Gluckstein ofrece una definición de «pueblo» que coincide con la que se emplea en este texto. El autor explica que la clandestinidad obligada de las guerrillas dificulta sobremanera el lograr un conocimiento profundo de la composición popular de la resistencia, pero explica que:

«Bajo la ocupación, la difícil tarea de contactar con un movimiento necesariamente secreto, así como el riesgo de ser arrestado por la Gestapo o su equivalente, hacían que sólo una minoría estuviera directamente implicada. Sin embargo, los resistentes organizados gozaban de las simpatías de amplias capas de la población por su heroísmo y sacrificio personal. En los países aliados no ocupados, amplios grupos de personas luchaban entusiastas por la libertad y por una sociedad mejor, incluso si seguían las órdenes de autoridades que pensaban de manera bastante diferente. En Asia la población luchaba contra el colonialismo (tanto contra sus amos europeos como contra sus amos japoneses). El aspecto clave es que la guerra, la librara en mayor o menor medida el pueblo, se libró para el pueblo.» [406]

Continúa diferenciando la guerra popular de la guerra nacional, explicando que: «La guerra popular era una amalgama. Como fenómeno de clase, su ideología era un rechazo radical al sistema de preguerra y a favor de las clases más bajas (sin importar los orígenes sociales de los individuos). Como fenómeno nacional, los guerreros populares insistían en que las masas, más que las viejas y desacreditadas élites, representaban la nación. El fracaso de las autoridades aliadas a la hora de oponerse a los opresores extranjeros, y su prontitud para colaborar con el Eje (mediante el apaciguamiento, antes de la guerra, o tras la ocupación) reforzaban esta convicción» [407].

Es imposible citar siquiera una parte de la impresionante abundancia de datos históricos que sustentan la tesis general de D. Gluckstein y en especial su definición de «pueblo», así que aquí vamos a limitarnos sólo a la experiencia británica, tan desconocida. Un imperio brutal en el que gran parte de las clases trabajadoras de la metrópolis opusieron una compleja y rica «resistencia popular» a los planes de su burguesía, incluidas huelgas cada vez más numerosas en plena guerra ampliamente seguidas e iniciativas populares de expropiación de bienes burgueses para repartirlos entre el pueblo necesitado, así como la generalizada conciencia pública de que en realidad se libraban dos guerras, la exterior o imperialista y la interior o social entre ricos y pobres. Según las palabras de un dirigente sindical: «para los trabajadores se trataba realmente de una guerra en dos frentes, o, si se prefiere, en el frente y en la retaguardia» [408]

La penúltima referencia que queremos hacer, siguiendo con el caso británico, es la de la autoorganización de los soldados de a pie, generalmente de infantería, es decir, de origen obrero y popular destinados en Egipto. Allí se autoorganizaron para crear una especie de Parlamento de Soldados elegido democráticamente por las tropas a finales de 1943, que debatió y decidió leyes sobre la propiedad pública de las empresas, la nacionalización del comercio de distribución, la restricción del derecho de herencia, desarrollándose planes para otorgar la independencia a la India, abolir las escuelas privadas y nacionalizar el carbón, el acero, el transporte y los bancos [409]. Y la última referencia es esta:

«Una característica que distinguía la guerra popular con respecto con respecto a la guerra convencional era la manera en que combinaba aspiraciones sociales de equidad y emancipación con objetivos político, como la independencia y la democracia. Estos aspectos estaban muy marcados en Italia, en donde la lucha abierta de las clases trabajadoras era más evidente que en ningún otro lugar. Una razón era que el fascismo se originó allí, de modo que una resistencia surgida de golpe frente a la invasión, fue madurando a lo largo de décadas bajo un odiado sistema social que se asoció al capitalismo desde su implantación en 1922. Financieros y empresarios suministraron el 74 por ciento de los fondos del partido fascista, y a cambio Mussolini aplastó los sindicatos e impuso draconianos recortes de salarios en 1927, 1930 y 1934» [410].

La guerra popular la realiza el pueblo, entendido este concepto en el sentido amplio. Es el pueblo explotado --ahora ejemplarizado en el pueblo italiano-- el que lucha para satisfacer sus necesidades y conquistar los derechos que le son negados, además de la independencia nacional y la democracia concretas. Fue la burguesía la que financió al fascismo usándolo como arma contrarrevolucionaria. El pueblo explotado resistió al fascismo y cuando el nazismo invadió Italia, con el apoyo del fascismo, el pueblo trabajador pasó directamente a luchar por la independencia nacional. Una vez más aparece al descubierto la esencial dialéctica entre opresión nacional, burguesía colaboracionista y lucha de liberación nacional practicada por el pueblo explotado asalariadamente, por el pueblo trabajador o por la nación trabajadora, como decía Marx.

Pero la experiencia italiana confirma el papel decisivo de lo que se denomina «memoria de lucha», componente fundamental de la conciencia de clase. D. Gluckstein nos explica inmediatamente después de la cita anterior que en Italia la memoria de lucha del pueblo venía de lejos. Tras repasar muy rápidamente la heroica resistencia de las masas no vencida de todo a pesar de la implacable represión, recordándonos los golpes sufridos por el PCI, el autor dice que: «Se ha asegurado que una “infatigable tendencia a la subversión” sobrevivió en la cultura popular, pero antes de la segunda guerra mundial esto no se tradujo en una resistencia activa» [411].

Podemos ya confirmar algunas tesis teóricas decisivas: es el pueblo explotado, trabajador, el que en los momentos cruciales se levanta en defensa de la democracia y de la independencia nacional, pero tal cual la entiende él y no la burguesía; ese pueblo tenía una más o menos «infatigable tendencia a la subversión» que saltaba de la pasividad a la acción en ese momento crítico visto; la memoria de lucha subversiva sobrevive latente en la cultura popular, en la cultura del pueblo trabajador, explotado, que no está totalmente dominada por la cultura oficial, la burguesa y explotadora. Pensamos que la historia confirma estas tesis teóricas elementales, dependiendo de las condiciones espacio-temporales concretas que sus formas externas se materialicen de una forma u otra.

Mientras en Europa las clases trabajadoras y pueblos oprimidos resistían al nazifascismo y al militarismo desde la segunda mitad de los años ’20, en China se libraba la misma lucha. Desde 1926, Mao mantuvo en su primer texto de importancia política y teórica un permanente esfuerzo teórico volcado en el estudio de la estructura de clases de la nación china. En ese texto Mao desarrolla uno de los argumentos centrales de la teoría marxista del proletariado como la clase que se materializa en su conciencia política y su práctica de lucha, sus huelgas e insurrecciones [412], es decir, la importancia de lo que en teoría marxista se define como «clase para sí» que parte y se sustenta sobre la realidad objetiva de la explotación, realidad que se expresa en la «clase en sí», la que existe como objeto pasivo explotado sin tomar conciencia de que puede llegar a ser un sujeto activo.

En 1945 refiriéndose a la alta burguesía Mao dice: «Mientras declara que se propone desarrollar la economía china, en los hechos se dedica a multiplicar el capital burocrático, o sea, el capital de los grandes terratenientes, los grandes banqueros, y los magnates de la burguesía compradora, monopoliza las palancas de la economía china y oprime sin piedad a los campesinos, los obreros, la pequeña burguesía y la burguesía no monopolista» [413]. Luego, concreta más su análisis sobre la resistencia democrática de «numerosas capas populares» contra la dictadura del Kuomintang: «obreros, campesinos, trabajadores de la cultura, estudiantes, trabajadores de la enseñanza mujeres, industriales y comerciantes, empleados públicos y hasta en un sector de los militares» [414]

Hay que tener en cuenta esta realidad estructurante, la opresión nacional, para comprender en su pleno sentido las siguientes palabras de Mao escritas en 1948, antes de la victoria revolucionaria:

«La revolución china en su etapa actual es, por su carácter, una revolución de las amplias masas populares, dirigida por el proletariado, contra el imperialismo, el feudalismo y el capitalismo burocrático. Por amplias masas populares se entiende a todos los que son oprimidos, perjudicados o sojuzgados [...] a saber: los obreros, campesinos, soldados, intelectuales, hombres de negocios y demás patriotas, como se indica claramente en el Manifiesto del Ejército Popular de Liberación de China [...] “intelectuales” se refiere a todos los intelectuales perseguidos y sojuzgados; “hombres de negocio”, a toda la burguesía nacional perseguida y restringida, esto es, la burguesía media y pequeña; y “demás patriotas”, principalmente a los shenshi sensatos. La revolución china en la etapa actual es una revolución en la cual todos los arriba mencionados se unen para formar un frente único contra el imperialismo, el feudalismo y el capitalismo burocrático, y en la cual el pueblo trabajador constituye el cuerpo principal. Por pueblo trabajador se quiere decir todos los trabajadores manuales (los obreros, campesinos, artesanos, etc.) y los trabajadores intelectuales que, por su condición, están próximos a los primeros y que no son explotadores, sino víctimas de la explotación» [415].

Debemos considerar tres cuestiones que aparecen en estas palabras: primera, la insistencia de Mao en dejar claro, como es muy frecuente en él, que precisa que habla de «la etapa actual» de la lucha por la independencia, lo que indica que en otra etapa revolucionaria diferente hay que aplicar otros criterios diferentes. Es decir, que en otra etapa de la revolución habrá que tomar otras tácticas. Segunda, que separa nítidamente las amplias masas populares, con un carácter interclasista en las que incluye a «hombres de negocios», del pueblo trabajador, separación determinada por la frontera insalvable de la explotación social. Y, tercera, que es el pueblo trabajador «el cuerpo principal» de las grandes masas populares, ya que «por pueblo trabajador se quiere decir todos los trabajadores manuales (los obreros, campesinos, artesanos, etc.) y los trabajadores intelectuales que, por su condición, están próximos a los primeros y que no son explotadores, sino víctimas de la explotación».

Antes de concluir este capítulo debemos detenernos unos instantes en Ho Chi Minh, revolucionario comunista e independentista vietnamita que ya desde finales 1920, escribía muy fundamentadas y demoledoras críticas del nacionalismo imperialista de PC del Estado francés en el que él militaba, pero también critica con igual dureza a los otros partidos comunistas europeos, como el británico, el belga, el holandés, etc., por su abandono del internacionalismo leninista [416]. Por cuanto marxista, Ho basa su crítica en un minucioso estudio de las complejas y tan diferentes realidades de las colonias ocupadas por el imperialismo francés, y de las posturas del PC de este Estado. Por ejemplo, para nuestro tema de estudio resulta muy valiosa la información que da Ho sobre la privatización de las tierras de propiedad colectiva [417] del pueblo rifeño, en la actual Argelia, y la entrega de las pequeñas propiedades a los grandes latifundios franceses.

Como veremos en su momento, la privatización de las tierras, bienes y recursos colectivos, públicos, ha sido y seguirá siendo uno de los puntos de anclaje teórico para entender además del significado del concepto de pueblo trabajador, también la forma-organización más adecuada que el pueblo genera para recuperar los bienes comunes privatizados y/o expoliados. La historia del pueblo de Viet Nam es un ejemplo de ello. La invasión francesa para ocupar Tonkín en 1872 tenía como objetivo acabar con el proteccionismo e imponer la libertad de mercado para los productos y capitales franceses, que saqueaban el país y lo arruinaban. Tras la claudicación de la corte vietnamita en 1883, el pueblo siguió resistiendo en defensa de sus tierras y bienes, ahora bajo propiedad francesa [418]. Con altibajos, derrotas y victorias, el pueblo siguió luchando en defensa de su nación, y en 1930 Ho definió así a este sujeto colectivo: «Los obreros se niegan a trabajar, los campesinos piden tierra, los estudiantes se declaran en huelga y los comerciantes hacen boicot. En todas partes las masas se han levantado para enfrentar a los imperialistas franceses» [419].

El avance de la lucha de liberación nacional plantea en verano de 1939 la necesidad de concretar un frente democrático nacional en el que también deben intervenir los franceses progresistas que residen en Vietnam y los burgueses con conciencia nacional vietnamita para neutralizar a las fracciones burguesas que no puedan ser ganadas para la independencia del país: «para que no caigan en manos del enemigo de la revolución y aumenten la fuerza de los reaccionarios» [420]. Justo dos años después, en junio de 1944, Ho hace un llamamiento a las mujeres, jóvenes, notables ricos, obreros, comerciantes, campesinos, funcionarios [421], para que se sumen a la sublevación armada. La insistencia en llamar a las fracciones nacionalistas de la burguesía para que participen en la lucha es permanente, reiterándose en agosto de 1945 el llamamiento a todos los «sectores sociales (intelectuales, campesinos, obreros, hombres de negocios, soldados)» y de todas las «nacionalidades del país (…) sin discriminación de edad, sexo, religión o fortuna» [422].

Más aún, los comunistas vietnamitas conocían perfectamente que los japoneses fortalecían y ampliaban la base social colaboracionista aumentando el número y la fuerza de los “Bang ta” o “notables”, así como los efectivos de la guardia indígena especializada en la represión de la lucha armada en el campo, y otras fuerzas represivas especializadas en la infiltración en las organizaciones de masas, en el partido, entre el pueblo, etc., [423] aplicando lo que hoy se definiría como doctrina de contrainsurgencia. Siguiendo una antigua táctica, los japoneses también crearon una base social nativa colaboracionista, que se enriquecía ayudando a aplastar a su propio pueblo. En estas condiciones, la política comunista buscaba, además de otros objetivos, también y en momentos críticos sobre todo, impedir que triunfase la estrategia japonesa destinada a romper la unidad entre el partido y el pueblo, entre las organizaciones del partido y las masas [424], para, después, exterminar al partido y a sus organizaciones aisladas ya del pueblo trabajador. Para asegurar la victoria, era por tanto conveniente ofrecer una alternativa a los “notables” y demás sectores para que dejasen de apoyar al ocupante.

Pero se equivoca quien crea que Ho Chi Minh plantea una estrategia interclasista para conseguir una independencia burguesa en vez de socialista. No es así. De hecho, en diciembre de 1944 mientras va asentándose la lucha armada y va preparándose la próxima insurrección general, durante este proceso los comunistas refuerzan la formación teórica y política de los destacamentos militares mediante el Departamento de Propaganda Armada, embrión del Ejército de Liberación, por lo que Ho afirma directamente que: «siendo nuestra resistencia de carácter popular, tenemos que movilizar y armar a todo el pueblo» [425]. Resistencia de carácter popular quiere decir resistencia del pueblo y para el pueblo, para sus intereses de clase, populares, de las masas trabajadoras, aunque éstas tengan en cuenta a los «hombres de negocios», a los «comerciantes», a los «notables ricos» --apenas se usa el concepto de «burguesía nacional»--, de modo que lo decisivo radica en la segunda parte de la frase: «armar a todo el pueblo».

La consigna revolucionaria de «el pueblo en armas», o «armar a todo el pueblo» es inaceptable por la burguesía, porque es una conquista democrático-socialista irreconciliable con el axioma del monopolio de la violencia por parte del Estado burgués. En la práctica, la mayoría inmensa de la clase propietaria vietnamita apoyó a los sucesivos invasores extranjeros participando en mayor o menos medida en sus ejércitos, porque odiaban más al pueblo trabajador vietnamita armado que al invasor extranjero. Sin embargo, como afirmó Ho, «la nación descansa en el pueblo» [426], con lo que reforzaba el contenido centralizador de la «nación trabajadora» según la feliz expresión de Marx, en la nación vietnamita en su conjunto.

Para que el pueblo sepa y pueda llevar a la nación sobre sus heroicas espaldas en una guerra revolucionaria de liberación nacional tan dura y prolongada como la vietnamita, Ho afirmó en 1952 que: «En la actualidad, nuestro partido tiene el deber de unir y dirigir a la clase y al pueblo en la resistencia y en la reconstrucción nacional. Esta es una dura pero gloriosa tarea que sólo nuestro partido, el partido de la clase obrera y el pueblo trabajador, puede realizar» [427]. La directa alusión al pueblo trabajador por parte de Ho Chi Minh no era fortuita, sino producto de su profunda admiración y orgullo por la historia de resistencia de «nuestro pueblo trabajador» [428], como él mismo lo reconoció en su Testamento.

El orgullo de Ho no tenía absolutamente nada de chauvinismo, sino que se basaba en un muy profundo conocimiento de la larga historia de lucha del pueblo por su independencia, que se remontaba como mínimo a la victoria de 938 sobre los invasores chinos. En 1868 los invasores franceses fusilaron a un patriota popular que dijo antes de morir: “En Vietnam se luchará mientras crezca la yerba” [429]. Pero también de su pasado inmediato, durante la larga guerra de liberación nacional, en la que el pueblo trabajador y en especial los comunistas vietnamitas habían demostrado, además de valor extremo, también astucia y disciplina política sin par. Un ejemplo lo tenemos en la puesta en práctica de la muy dura decisión de aceptar la división de Viet Nam cediendo la parte sur al imperialismo cuando la tenían ya casi liberada del todo, tomada tras la derrota francesa en Dien Bien Fu. En estas condiciones, Ho detalló así las dos corrientes contrarias a la paz y a la división del país:

«Tal vez se produzcan los siguientes errores: desviación de izquierda –gentes entusiasmadas por nuestras continuas victorias querrán combatir a toda costa, luchar hasta el fin. Al igual que un hombre que viera los árboles pero no el bosque, observan el retroceso del enemigo mas no prestan atención a sus maniobras, ven a los franceses pero no a los americanos, se apasionan por la acción militar y subestiman la acción diplomática. No comprenden que paralelamente a la lucha armada, también sostenemos nuestra lucha en las conferencias internacionales con el mismo objetivo. Se oponen a las nuevas consignas, a las que consideran manifestaciones derechistas, concesiones alocadas. Quieren imponer condiciones excesivas, inaceptables para el adversario. Quieren precipitarlo todo, sin darse cuenta de que la lucha por la paz es dura y compleja. Si cedemos al izquierdismo nos quedamos aislados, separados de nuestro pueblo y del pueblo del mundo, y nos encaminaremos al fracaso»

«La desviación de derecha se traduce en un pesimismo negativo y en concesiones sin principio. No teniendo fe en las fuerzas del pueblo, los derechistas debilitan su espíritu de lucha. Olvidan el hábito del sufrimiento y no aspiran más que a una vida tranquila y fácil» [430].

Además de ser estas palabras una excelente demostración de la teoría marxista de la violencia revolucionaria, de la interacción de todas las formas de lucha, del papel de la diplomacia como parte de la totalidad de instrumentos de resistencia, etc., aparte de esto, también exponen lo que serían las dos décadas posteriores de sistemática guerra de liberación hasta la victoria final. Esta y no otra fue la realidad en la que lucharon otros pueblos de Asia, África, el Caribe y América Latina en esa misma época. Partiendo de esa experiencia, K. Nkrumah utilizó la feliz expresión de «pueblos militantes» [431] que se enfrentaban a las maniobras del neocolonialismo imperialista.

Los pueblos militantes son aquellos que mantienen largas y sostenidas luchas de liberación nacional de clase, es decir, que a pesar de todos los problemas han llegado a unir la conciencia nacional con la conciencia de clase. K. Nkrumah había escrito esas palabras muy pocos años después de que al comienzo de la década de 1960 muchos movimientos latinoamericanos iniciasen políticas destinadas a «agrupar a todos los sectores nacionalistas, populares y antiimperialistas» [432] de sus respectivos países, lo que aceleró la respuesta imperialista de golpes militares y políticas de exterminio y desapariciones masivas.

10.- Clases y pueblo trabajador (III)

¿Qué relación puede existir entre la China de 1949 y el Vietnam de 1969, por ejemplo, y la Europa actual, por no hablar de las diferencias que nos separan de las sociedades en las que se desarrollaron los conflictos a los que se refieren la Internacional Comunista, Kautsky, Trotsky, Rosa Luxemburg, etc.? Recordemos que Mao cifraba en un 90% el peso de la agricultura y la artesanía dispersas en el total de la economía china a comienzos de 1949: «el 90 por ciento, más o menos, de nuestra vida económica permanece aún en el nivel de los tiempos antiguos» [433]. Podríamos seguir analizando las diferencias entre nuestro presente y el que vivieron estos y otros marxistas pero pensamos que la comparación con aquella China es especialmente valiosa porque la definición de pueblo trabajador dada por Mao es la más sintética de todas. Pero basta leer la descripción de la estructura de clases de los «países atrasados o subdesarrollados», con los niveles dentro de las clases explotadas -proletariado industrial, agropecuario, improductivo e intermediario de la explotación-, más la amplitud variable de las «clases subsidiarias» [434], para darnos cuenta de que no existen diferencias cualitativas, esenciales, sino tan solo formales, con la estructura de clases del capitalismo imperialista en esa misma época.

Más aún, como veremos ahora mismo, incluso tales diferencias formales van dando paso a la identidad sustantiva del capitalismo bajo el efecto estremecedor de la contraofensiva burguesa mundial contra la humanidad trabajadora en su conjunto. Si tomamos como muestra de la identidad sustantiva en la estructura de clases mundial el proceso de «tercermundialización» de países imperialistas, tendríamos que estudiar la sugerente tesis de Arianna Huffington [435] que sostiene, entre otras cosas, que los EEUU se encaminan a ser como México o Brasil en cuanto a su realidad social, y no a la inversa. La tendencia definitiva a la mundialización de la clase obrera es irreversible como respuesta a la mundialización de la ley del valor-trabajo.

Para comprender la vigencia del concepto de pueblo trabajador en el capitalismo imperialista debemos recurrir al método marxista aquí expuesto. Por un lado, la interacción entre el estudio de lo general y esencial, y lo particular y lo fenoménico; y por otro lado, y a la vez, el empleo de los conceptos flexibles, abiertos e incluyentes, adaptables a los cambios de lo real. Aplicando este método comprendemos lo que se oculta en el fono del estudio de J. F. Tezanos cuando muestra la tendencia a la difuminación de las barreras prácticas y teóricas que separaban a las diferentes fracciones de las clases trabajadoras:

«En la sociedad de principios del siglo XXI las cosas ya no se entienden de la misma manera y muchas veces las fronteras sociales que separan a quienes tienen algunos tipos de trabajo atípicos o irregulares (por horas, por «obra realizada», por piezas, etc., o en la economía sumergida) y quienes no lo tienen y sólo «trampean» para sobrevivir se hacen borrosas. Hay quienes «trabajan» hoy y no lo hacen mañana, quienes efectúan tareas que difícilmente podrían ser catalogables como «trabajo» hace unos años, y quienes realizan «chapuzas» y «trabajillos» en condiciones laborables difícilmente clasificables. Por ello están proliferando las definiciones y los conceptos heterogéneos y se hace mención a los «falsos autónomos» o «autónomos aparentes», a los «falsos parados», a los «excluidos», a los «trabajadores voluntarios», a la «desalarización» y «desespacialización» laboral, a los «activos permanentemente laborales, etc. Todas estas expresiones, de alguna manera reflejan la difuminación creciente de algunas situaciones laborales y las dificultades para que muchas personas definan claramente su situación y su estatus en las estructuras productivas» [436].

Arriba hemos visto cómo A. Piqueras refiriéndose al «nuevo proletariado» indicaba que en realidad el capitalismo estaba intentando imponer «viejas» formas de explotación. Lo que ahora hemos leído a Tezanos es la forma actual, «nueva», en la que se expresa la permanente lucha de clases que en última instancia decide los cambios en las formas de explotación. Por debajo de la «desalarización» y de las crecientes expresiones del precariado, está activa y decidida a triunfar la «vieja», mejor decir permanente, necesidad burguesa de destrozar toda cohesión obrera, de multifraccionar y pulverizar a la clase trabajadora en átomos separados y enfrentados mortalmente entre sí, reinstaurando en las condiciones del siglo XXI las formas de salvaje explotación de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX.

La «difuminación creciente» de las fronteras intersectoriales de la fuerza de trabajo, fronteras que imponía la burguesía para facilitar la explotación y aumentar los beneficios, además de exigir la aplicación del método dialéctico como hemos explicado, también demuestra la idoneidad del concepto de «pueblo trabajador» al tener la virtud de integrar en un todo más extenso a las múltiples formas en las que se muestra la fuerza social de trabajo, el «trabajo globalmente explotable». Pues bien, muy recientemente, este mismo problema ha reaparecido con toda su decisiva importancia al sumarse a la oleada internacional de luchas urbanas y campesinas esos movimientos que de algún modo cabe incluir en la masa de «indignados», con todas su contradicciones pequeño-burguesas [437]. Pero por el lado revolucionario, varios autores sostienen que en el interior de la abigarrada densidad de movimientos diferenciados, lo que ocurre es que, a pesar de tanta diversidad:

«Somos la misma cosa: el mismo objeto de explotación. Pero también somos el mismo sujeto, el mismo cuerpo capaz de negar lo existente como inevitable. Es por esto que hemos aprendido juntos y juntas. Cada práctica de resistencia está siendo un estímulo. Se difunden y se adaptan a contextos aparentemente desconectados (…) un nuevo paradigma de autoorganización y de solidaridad (…) se basa en la ordenación dicotómica del campo político entre un nosotros --el resurgimiento del pueblo como sujeto colectivo-- y de la identificación, agrupación y designación del régimen, de ellos como una casta parasitaria “post-hegemónica” sometida al Diktat de los mercados» [438].

El pueblo como sujeto colectivo, el nosotros como el mismo objeto de explotación por el ellos, por la casta parasitaria, por la clase burguesa. Esta concepción básica es la que, por un lado, refleja lo genético-estructural en la definición de unidad y lucha de contrarios entre el trabajo y el capital; y por otro lado, refleja lo histórico-genético en las formas concretas en las que se realizan esas luchas de clases en cada contexto espacio-temporal, en cada marco autónomo de lucha de clases, de modo que en este nivel, el concepto de pueblo trabajador vasco o paquistaní, tanto da, adquiere toda su potencialidad científico-crítica en cuanto síntesis de ese nosotros-el-pueblo que sufre la misma explotación básica a manos de ellos, de la clase explotadora, del capital en suma.

También podemos ejemplificar la valía del método dialéctico recurriendo a la tesis de R. Zibechi:

« La vigencia de las clases sociales es también móvil y no es única. Hay sujetos que tienen un carácter de clase sin duda, pero el carácter de clase no es suficiente para constituir un sujeto, es decir, no es la única dimensión en torno a la cual se constituyen los sujetos de cambio. Los sujetos se constituyen en torno a una multiplicidad de cuestiones. Si tú ves a la multitud como un sujeto transitorio, pero sujeto al fin, ésta tiene un componente tan heterogéneo y tan variado, pero no de agregaciones individuales, sino de agregaciones comunitarias colectivas, que impiden definir un sujeto en términos de clase. Por ejemplo, las mujeres de los barrios pobres o de los mineros tienen un referente de clase, pero también tienen un referente de género. O las mujeres indias, tienen un referente étnico de pueblo indígena, pero también tienen un referente sin duda de género y también si son jóvenes tienen un referente generacional, entonces yo creo que las definiciones muy fijas, muy duras, no ayudan a comprender lo que están sucediendo en torno al sujeto o a los actuales movimientos sociales » [439].

R. Zibechi está en lo cierto –como lo estaba Marx al analizar las múltiples expresiones autónomas de la fuerza de trabajo social-- cuando sostiene que las definiciones muy fijas y muy duras no ayudan a comprender la complejidad de la explotación social, como tampoco ayudaron en fases anteriores, y en especial en la China agraria. Tiene el mérito de plantear el debate en el plano central de la «triple opresión» de la mujer, la de género, la de nación y la de trabajadora, e incluso en la generacional al ser mujer joven, con lo que introduce la cuestión del «poder adulto» [440]. Pero su argumento se debilita cuando dice que « Los sujetos se constituyen en torno a una multiplicidad de cuestiones (…) que impiden definir un sujeto en término de clase». Hemos visto arriba que la formación histórica de la explotación patriarco-burguesa se basa en al subsunción por el capitalismo de la explotación patriarcal, y que ésta ha sido la base sobre la que se ha desarrollado luego la opresión nacional y la explotación económica. El mismo modelo teórico sirve para lo que ahora hablamos.

Lo que unifica internamente esta dinámica de «triple explotación» es la explotación común de la fuerza de trabajo social por una minoría propietaria de las fuerzas productivas, al margen ahora de qué régimen histórico-social de propiedad privada, de qué modo de producción concreto, y sobre todo de qué formación económico-social precisa dentro del capitalismo, en suma. Todos y cada uno de los casos que nos cita Zibechi nos remiten en última instancia a esa explotación subyacente, que es el contenido esencial en la historia de los conflictos sociales desde que surgió la primera propiedad privada, la de la mujer expropiada por el hombre. Lo mismo debemos decir sobre la opresión étnica y/o nacional, etc., y ahora en el capitalismo.

Se puede y se debe definir a los sujetos tan diferentes en sus formas externas si los sintetizamos conceptualmente hasta llegar a la esencia de la explotación de la fuerza de trabajo humana por una minoría. Este es el nivel en el que se mueve la teoría marxista cuando habla de la guerra civil permanente entre el capital y el trabajo. Pero cuando pasamos de este nivel teórico elemental a las expresiones concretas, sociohistóricas y localizadas espacialmente, en las que se plasma esa fuerza de trabajo explotada, entonces debemos especificar con extrema precisión las diferencias. En este sentido, debemos aprender de la muy correcta crítica marxista a las tesis de la «triple diferencia» [441], de clase, de sexo y de raza, que niega la existencia de una cohesión esencial e interna de todas las formas de opresión, dominación y explotación, de manera que cada una de ellas actúa por su lado, con ninguna interacción entre las tres o con una muy débil e incierta.

Por el contrario, pensamos que las tres, y sus múltiples formas diferentes mediante las que operan en concreto, forman una unidad determinada por la lógica de la explotación de la fuerza de trabajo humana, es decir, por la lógica capitalista. Tenemos el caso más específico, por ejemplo, de lo que se define como «población sobrante» y que en cierta forma entra dentro del concepto de «exclusión», precariado, etc. Pues bien, la «población sobrante» es parte de la fuerza de trabajo social, del «proletariado global explotable» del que hemos hablado arriba, y tiende a crecer en la medida en que va descomponiéndose la clase campesina mundial:

«El fin del campesinado y la aparición de una masa de proletarios distribuidos en diferentes capas: “semiproletarios” (¿qué son si no los “semiasalariados”?), obreros pertenecientes a la desocupación estacional (los “pobres flotantes”), a la infantería ligera (“trabajadores de temporada”), etc. [...] Como señalamos más arriba, el caso del obrero rural es sólo un ejemplo clásico de la negación del proletariado y su capacidad de acción. Podríamos dar varios más: los “inmigrantes” en Estados Unidos; los “piqueteros” argentinos; los “jóvenes” en Europa. A todos se los engloba bajo “nuevos” conceptos, que excluyen, naturalmente, el de clase obrera, tarea en la que los “intelectuales” europeos y norteamericanos (muchos de los cuales se autotitulan “marxistas”) tienen un lugar fundamental, auxiliados diestramente por los medios burgueses, que escapan al proletariado como a la peste por razones que no es necesario explicar. Piénsese, por ejemplo, en la fama de personajes como Naomi Klein o Toni Negri y se tendrá una idea de la colusión entre la burguesía y los “nuevos” pensadores “globales”».

«En realidad, detrás de los “inmigrantes” se esconde, lisa y llanamente, la clase obrera. Las últimas y extraordinariamente multitudinarias manifestaciones por la legalización de su permanencia en los Estados Unidos y Europa muestran, más que la importancia de la categoría “étnica”, el renacimiento de la fracción más explotada de la clase obrera del “Primer Mundo”. Las rebeliones de los «mileuristas» europeos no es otra cosa que la expresión de las condiciones de existencia de generaciones enteras de desocupados, es decir, de obreros. Los «piqueteros» argentinos, a los que se ha llegado a caracterizar como “lúmpenes”, cumplen con las mismas características» [442].

En la oleada de lucha de clases que empieza de nuevo a tomar fuerza en EE.UU [443] y en la recuperación del sindicalismo combativo y de lucha de clases [444], en esta agudización social que también se extiende al sistema educativo [445] reaparece el «eterno problema» de la división étnica y nacional, también cultural, dentro de la amplia clase trabajadora yanqui. Independientemente de qué origen étnico o nacional mayoritario fueran los participantes en las primeras movilizaciones, lo que sí es verdad es que a estas alturas se ha generalizado la reflexión de que se trata de la misma lucha en la que intervienen: « los valientes veteranos, las mujeres de Code Pink, los endeudados estudiantes, los jóvenes Afroamericanos» [446]. Estas y otras diferencias no anulan el hecho contundente de que es la explotación capitalista la que cohesiona y unifica interiormente a estos y otros sujetos que de nuevo empiezan a rebelarse contra su clase explotadora.

Pero, volviendo a Zibechi, si obviamos esta deficiencia tan bien criticada en lo general por los tres textos citados, hay que decir que el autor roza el concepto de pueblo trabajador, o se refiere a él sin nombrarlo de esa manera, sobre todo cuando dialectiza el patriarcado, la opresión nacional y la explotación de clase, que es una de las características más llamativas del pueblo trabajador. Otra virtud de esta cita es que se mueve en un contexto de superposición e interpenetración de las fracciones de clase, de las fronteras de clase, lo que exige, como venimos diciendo, del empleo de conceptos abiertos y flexibles, capaces de reflejar una situación en un contexto concreto y otro diferente pero relacionada en otro contexto concreto.

La «teoría completa», las definiciones cerradas e inamovibles, resecamente estructuralistas y/o unívocamente analíticas, no sirven de nada en este universo minado por contradicciones en permanente interrelación. Las primeras, las estructuralistas resecas porque desprecian la evolución histórica, el papel de los «factores subjetivos», etc. Las segundas, las analíticas unívocas porque desprecian el imprescindible momento de la síntesis, de lo sincrético que facilite el salto cualitativo a una nueva fase superior del conocimiento. Ambas interpretaciones son mecanicistas y antidialécticas.

Por no extendernos, lo expuesto por R. Zibechi nos exige analizar otra característica del capitalismo cada vez más extendida e imparable, la del empobrecimiento, la precarización, las incertidumbres cotidianas del pueblo trabajador. O dicho en los términos empleados por Mészáros, la obligación de tener que trabajar más para vivir menos, sufrir más para gozar menos, se caracteriza por la imposición forzada de la «inestabilidad flexible» [447], es decir, de que el capitalismo ha instaurado un régimen de explotación global que genera una permanente inestabilidad social que, además, puede ser flexiblemente utilizada por la clase dominante en su provecho, lo que aumenta su poder destructivo y manipulador. No hace falta mucha imaginación para darse cuenta de que la marcha actual del capitalismo vasco también se orienta ciegamente hacia el aumento [448] de las crecientes franjas sociales que entran dentro de lo que se define como exclusión social, empobrecidas todavía más tras el devastador ataque a las condiciones de vida y trabajo realizado por la burguesía estatal.

El problema de la denominada «exclusión social» en realidad conecta profundamente con el tema que tratamos, sobre todo con el de las «fronteras móviles» que facilitan los flujos bidireccionales entre la clase obrera, el pueblo trabajador y sectores especialmente débiles de la pequeña burguesía. La toma de conciencia del pueblo trabajador de su potencial atractor de múltiples franjas sociales excluidas o en peligro de caer en semejante totalidad destructora, puede y debe realizarse sobre la teoría que demuestra que la exclusión no es una mera «desgracia transitoria» que puede afectar a una parte de la sociedad en los períodos de crisis, sino que es una totalidad concreta objetiva inserta en la lógica del capital [449] formada por las leyes de acumulación del capital.

Anteriormente, al concluir el apartado dedicado a la categoría dialéctica del contenido y de sus formas reales en la definición de las clases sociales, veíamos que las más modernas formas de lucha trabajadora contra la actual explotación asalariada nos remitían a las forma de lucha más horizontales practicadas por el proletariado del primer capitalismo industrial. Lo mismo, en esencia, debemos decir con respecto al problema del empobrecimiento y de la exclusión. Basta leer a Engels en su escalofriante descripción de la pobreza obrera y popular de la primera mitad del siglo XIX para cerciorarse de ello: «Sabe, el pobre, que si bien puede vivir el día de hoy, es sumamente incierto que también pueda hacerlo el día de mañana» [450].

Lo que ahora se define como «precarización», «exclusión», «hambre» [451], etc., está ya analizado en lo básico en este libro. Ahora bien, debemos enriquecer el estudio de lo elemental en el capitalismo, que sube y baja como la marea, con el estudio de las formas concretas en las que el contenido se materializa en cada circunstancia y contexto, tal como lo ha realizado brillantemente la doctora Concepción Cruz en su investigación genético-estructural [452] sobre este mismo problema. Esta investigadora muestra cómo el momento genético-estructural de la investigación debe ir siempre acompañado del momento histórico-genético.

En lo relacionado con la exclusión, J. Osorio realiza el mismo doble movimiento aunque sin utilizar esos términos. Profundizando en la crítica de la lógica del capital, y de su doble pero unitario proceso de «exclusión por inclusión» el autor presenta cinco grandes categorías en la forma de exclusión desarrollada por el capitalismo actual: a) La población obrera excedente, que el autor define así: «la población obrera excedente generada […] presenta diversas formas de existencia, con agrupamientos que alcanzan mayores o menores niveles de incorporación a la producción, distinguiéndose la población flotante, la latente y la intermitente. A ellas se agregan las franjas sociales que se ubican en el pauperismo, que agrupa a trabajadores en condiciones de laborar pero que ya no encuentran lugar en la producción: los impedidos de laborar por haber sufrido accidentes en el trabajo y los que sufren enfermedades crónicas resultado de las condiciones en que se realiza la producción, y aquellos obreros «que sobreviven a la edad normal de su clase». También los huérfanos e hijos de pobres» [453].

Además, de esta población obrera excedente, existen otras cuatro grandes formas de exclusión: b) masa marginal y funcionalidad; c) el subconsumo de la población obrera activa e inactiva; d) la comunidad ilusoria o la exclusión de la comunidad; y e) el inmigrante y su doble exclusión. La conclusión a la que llega el autor no puede ser más valiosa para nuestro tema: «La exclusión en cualquiera de las manifestaciones que aquí hemos considerado no es sino la cara de una existencia incluida en la lógica del capital» [454]. La dialéctica entre exclusión e inclusión dentro del capital nos lleva en directo al problema de la ciudadanía, que aquí no hemos tocado en absoluto ya que la moda ciudadanista es una alternativa del reformismo [455] a la contraofensiva burguesa que prefiere «ciudadanos indignados antes que trabajadores furiosos y organizados» [456].

Como hemos visto hasta aquí y a lo largo de todo el texto, el aumento de la explotación capitalista se une con la ofensiva por multidividir a las clases trabajadoras, por romper la unidad de clase y su conciencia-para-sí, lo que ya aumenta la extrema división que estamos viendo. Frente a la realidad única de la guerra civil entre el capital y el trabajo, la multidivisión de la fuerza de trabajo social, la palabrería sobre las clases medias, etc., refuerza la sensación falsa de la supuesta «desaparición» de las clases sociales, cuando en realidad la gran burguesía es más visible que nunca. Un dato sobre el altísimo nivel de parcialización y precarización lo tenemos en que el 34,5% de la clase asalariada en el Estado español es explotada en la economía sumergida [457]. Además: « no se trata solamente de la flexibilidad laboral, sino de un modelo económico que se expresa en el mercado del trabajo, flexibilizando, subcontratando, desregulando y precarizando» [458].

La situación que acabamos de ver afecta en lo esencial a la humanidad trabajadora en su conjunto, con más o menos destructividad parcial o global según países, contextos e historias, pero afecta en lo básico a todos los pueblos trabajadores. Casi la mitad de la riqueza mundial el manos del 1% de la población, mientras que 125 millones de europeos están al borde la pobreza casi el 25% de la población de 2012, subiendo al 28,2 % en el Estado español ese mismo año, y las 85 personas más ricas suman tanto dinero como el de los 3.570 millones de pobres del mundo. En EEUU la pobreza, la subalimentación incluida la infantil, los desahucios, la precariedad y el vagabundeo siguen en aumento. Las mujeres de las naciones oprimidas y de los pueblos dependientes a pesar de su independencia formal, son las más machacadas, y con ellas la primera infancia y la tercera edad.

Necesitamos por tanto dar un paso más concretando lo visto en una realidad de opresión nacional, o si se quiere de necesidad de las clases explotadas de enfrentarse al imperialismo y a sus respectivas «burguesías nacionales». Por ejemplo, J. Veraza habla de «nacionalismo revolucionario proletario» para demarcar el sujeto colectivo revolucionario que se enfrenta a lo que define «nación burguesa»: «Por nacional se sobreentiende lo nacional burgués; mientras que lo nacional proletario exalta al sujeto social en las relaciones solidarias y transformadoras, la solidaridad de clase singularizada personalmente y la creatividad que retoma sin exclusivismo localista, la creatividad cosmopolita, pero que se atiene a la concreción cualitativa de cada objeto y situación. Así que una política proletaria nacionalista (clasista e internacionalista) tal –solidaria y creativamente abierta- se corresponde con la creación cultural de valores de uso concretos, soporte de las solidaridades revolucionarias» [459].

El contenido abarcador e integrador, socialmente mayoritario, de lo «nacional proletario» queda afirmado por la solidaridad y la transformación que caracteriza al sujeto social que forma la «nación proletaria» con su «solidaridad de clase» opuesta a la nación burguesa. No debemos preocuparnos por la palabra cosmopolita empleada desde y para el marco político-cultural mexicano, porque el autor aclara de inmediato su significado nacional-internacionalista, creativo y abierto; y vuelve a aclararlo más adelante cuando insiste en que el cosmopolitismo implica las propias tradiciones nacionales, saliendo también en defensa de las raíces étnico-tradicionales [460] de los pueblos precolombinos.

No podemos entrar ahora por falta de espacio al problema de la territorialización de la nación burguesa y/o de la nación proletaria, y a los debates que suscita no sólo en México, Bolivia, Perú y otros Estados, sino a escala mundial, así que vamos a centrarnos en cuestiones más cortas: «Las condiciones materiales de opresión imponen prácticamente a la nación burguesa sobre la proletaria. En este caso, la lucha proletaria antes de lograr una revolución comunista, debe lograr postular una posición proletaria nacional. La lucha proletaria debe considerar como parte suya la lucha nacional, la lucha por la nación: primero contra el enemigo extranjero; segundo contra la burguesía nacional que tiende a imponer su programa nacionalista burgués de modo pleno» [461]. El problema que surge aquí es si la «burguesía nacional», en este caso la mexicana, está dispuesta a enfrentarse mortalmente al enemigo extranjero, a los EEUU. Todo indica que no.

El avance en la posición proletaria nacional se sostiene como mínimo en cuatro grandes luchas sociales: lucha laboral y salarial contra la nación burguesa; lucha por extender «la red de relaciones procreativo-culturales garantes del sujeto social proletario y popular en general»; la lucha por reducir el tiempo de trabajo y aumentar el tiempo libre; y la lucha por la ecología y medioambiente, y por la libertad sexual [462]. En realidad, es una lucha contra el fetichismo burgués, como muy bien afirma el autor. La nación trabajadora, la nación proletaria, los pueblos militantes, los pueblos trabajadores, estas y otras formas de definir la misma realidad, se enfrentan básicamente, y sin mayores precisiones ahora, a la cuádruple lucha resumida por J. Veraza.

Otra demostración de la efectividad abarcadora y de la capacidad de llegar al secreto de la explotación imperialista que tiene el concepto de pueblo trabajador, la encontramos en el resumen de las imposiciones reaccionarias que ha sufrido el pueblo mexicano a lo largo de 2013. M. Aguilar Mora analiza cómo ha sido el proceso de privatización y liberalización impuesto a México por la burguesía según los mandatos del Consenso de Washington, en especial sobre educación, política tributaria y energía, vendiendo incluso los recursos energéticos estatalizados que garantizaban un poco la independencia energética del país: es el pueblo trabajador [463] el que sufre tales golpes, o sea la mayoría amplísima de la población nacional que no tiene acceso al poder. Sin embargo, aunque los golpes asestados al pueblo trabajador mexicano han sido muy duros en 2013, a pesar de ello está demostrando un poder de recuperación enorme, como indica G. Almeyra cuando describe los muy variados y diversos movimientos obreros, populares, culturales, sociales, feministas, indígenas y autóctonos, contra la corrupción y la droga, en defensa de lo público y colectivo, etcétera, que van surgiendo en México, sin olvidarse de las patrullas de autodefensa popular, y concluye:

«Lo importante es que hoy se mueven pueblos enteros y no detrás de líderes, sino creando dirigentes para cada acción y cada lucha. Es la auto organización, la creación de experiencias de poder local, la disputa al semiestado del monopolio de la violencia legítima. Es el aumento de la autoconfianza y de la creatividad social, que une elementos restantes de la vieja vida comunitaria en descomposición con métodos y objetivos propios de un nuevo poder democrático y popular. Por supuesto, nada nace puro y en los nuevos movimientos puede infiltrarse gente que quiere que otros le eliminen a su enemigo. Pero la vigilancia comunitaria puede reducir su impacto. Hoy estamos viendo nacer las bases de una nueva bola» [464].

Tiene razón A. Gilly cuando denomina como «despojo nacional» el saqueo masivo de las riquezas de México por la alianza entre su gran burguesía y el imperialismo yanqui: «La voz de alarma contra el despojo de la nación y de su pueblo llega a tiempo y tendrá eco en todo el territorio nacional y más allá. (…) Urge ahora sumar y organizar, revertir la corriente y detener el despojo, la represión y la violencia» [465]. Debemos pensar que el «despojo nacional» no lo sufre sólo México, sino que se trata de una agresión en toda regla del imperialismo yanqui y europeo que afecta a todas las Américas en mayor o menor medida, con efectos demoledores a largo plazo [466] si no son derrotadas por los pueblos. Las derrotas populares se pagan caras, y salir de ellas exige nada menos que la conquista del poder y, sobre, la creación de un poder nuevo. S. Levalle y L. Levin entrevistaron al dirigente campesino R. Alegría que respondió lo siguiente: «Tenemos que tomar el poder para que nos dejen de joder» [467], en alusión a las brutalidades represivas sociopolíticas practicadas después del golpe de Estado de 2009 realizado con la colaboración de los EEUU.

Pero el imperialismo yanqui no se detiene en su intento de recuperar lo que definió como su «patio trasero» mediante una estrategia con múltiples tácticas: una de ellas es Alianza del Pacífico que ha eliminado en un 92% los aranceles para los productos de México, Colombia, Perú y Chile [468], medida imposible sin el impulso norteamericano. Otra es la mejora, ampliación y extensión de su «ayuda militar», que en la práctica busca cerrar el cerco militar de Brasil y Venezuela fundamentalmente, como demuestra A. Boron [469]. Podríamos seguir enumerando varias tácticas más integradas en la estrategia norteamericana, pero nos remitimos a la tesis de «la dominación de espectro completo» norteamericano [470].

Se equivoca quien crea que el «despojo nacional» sólo afecta a México y a su pueblo trabajador, o en todo caso a las Américas. En realidad, el saqueo de las naciones por el imperialismo es una dinámica mundial ciega y férrea. Basta una sola razón para comprender sus causas: «El aumento de la deuda total en el mundo sigue sin detenerse, sobrepasando en más de tres veces al PIB global» [471]. Quiere esto decir que el capitalismo flota en un océano de deuda insondable que crece y crece pese a todos los intentos de recortarlo, que amenaza por tragárselo hasta los fondos abisales si antes la burguesía imperialista no machaca a las clases y naciones explotadas para, con su sangre, taponar las vías de agua que lastran cada vez más a la civilización del capital. Una deuda de más del triple del PIB mundial es impagable mediante la «democracia burguesa»: sólo podría hacerlo una agresión salvaje, permanente e inhumana del capital contra el trabajo. Además, la democracia burguesa es definitivamente incapaz de controlar el arrasador poder económico y político que van adquiriendo los fondos de pensiones y de inversiones, cuyo patrimonio equivale ya al 75,5% del PIB mundial, habiéndolo incrementado en un 31% más desde el inicio de la crisis en 2007 [472]

Esta es la experiencia que se reafirma conforme el capital financiero va desplazando del poder a otras fracciones de la burguesía imperialista. Este proceso empezó tímida pero de forma imparable hace varios siglos: «Hasta el siglo XV, reyes relativamente débiles podían confiscar todavía las grandes fortunas de los banqueros, como lo hizo el malagradecido Luís XI con Jacques Coeur, quien le había financiado todas sus guerras en favor de la unidad de Francia. Pero en el siglo XVI el emperador Carlos V, diez veces más rico y más poderoso, no pudo ya cancelar sus deudas con los banqueros de Alemania y Amberes. El poder económico había cambiado en forma decisiva a favor de la clase capitalista» [473]. Fue el capital financiero holandés y alemán el que quitó el poder a las monarquías medievales. Con el tránsito de la fase colonialista a la imperialista, esta tendencia iniciada en los siglos XV-XVI pegó un salto tremendo como se demostró en las exigencias del capital financiero británico e internacional a antiguos grandes imperios venidos a menos, destrozados por las deudas, como eran el turco, el chino y el ruso, atrapados por las deudas financieras a finales del siglo XIX:

« La utilización de la deuda externa como arma de dominación ha jugado un rol fundamental en la política de las principales potencias capitalistas a finales del siglo XIX y a comienzos del siglo XX en relación con aquellas potencias de segundo orden que habrían podido pretender acceder al rol de potencias capitalistas. El imperio ruso, el imperio otomano y China solicitaron capitales internacionales para acentuar su desarrollo capitalista. Estos Estados se endeudaron fuertemente bajo la forma de emisión de bonos públicos con préstamos en los mercados financieros de las principales potencias industriales. En el caso del imperio otomano y de China, las dificultades encontradas para reembolsar las deudas contraídas los pusieron progresivamente bajo la tutela extranjera. Las cajas de deuda son creadas, gestionadas por funcionarios europeos. Estos últimos mandaban sobre los recursos del Estado a fin de que cumpliese con los compromisos internacionales. La pérdida de su soberanía financiera condujo al imperio otomano y China a negociar el reembolso de sus deudas contra concesiones de instalaciones portuarias, líneas de ferrocarriles o enclaves comerciales. Rusia, amenazada por la misma suerte, utilizará otro camino tras la revolución de 1917, repudiando todas las deudas externas consideradas como odiosas » [474].

La salida revolucionaria bolchevique, basada en la fuerza de los pueblos explotados por el dependiente y débil imperio zarista, sería luego seguida por el pueblo chino, mientras que el decrépito imperio otomano fue testigo de una revolución política que instauró la república en 1923. Las tres grandes potencias caían a manos del imperialismo financiero-industrial y de sus pueblos. No hay duda de que esta experiencia alimentó, junto a otras muchas, la elaboración de la teoría del imperialismo realizada por varios marxistas y socialistas, entre los que destacó Lenin por su capacidad de síntesis: advirtió que el imperialismo azuzaría las luchas de liberación nacional de los pueblos trabajadores, y tuvo razón.

En la medida en que el capitalismo necesita de más y más apropiación y privatización de los escasos recursos públicos y comunes, colectivos, que todavía quedan en el planeta, empezando por la total mercantilización de la especie humana como la fundamental fuerza de trabajo, para controlar en lo posible esa hiper gigantesca deuda irresoluble, en esa medida los pueblos y las clases explotadas se enfrentarán vitalmente al dilema de su supervivencia. La mercantilización de todo, de la vida misma, está en el borde del punto crítico, cualitativo, de no retorno. Un ejemplo aterrador lo tenemos en el hecho de que en el mercado capitalista de la salud humana se venden ya los historiales clínicos [475] personales y supuestamente inviolables, por no extendernos a otros datos sobre nuestra vida privada.

Peor aún, el imperialismo contraataca reforzando sus enormes medios represivos, movilizando a las burguesías colaboracionistas y colonizadas, antes llamadas «burguesías nacionales», para revertir las luchas de los pueblos por la recuperación de las tierras colectivas privatizadas, por la defensa del contenido comunal y público, social, de las que todavía siguen siendo, y todo indica que el imperialismo está logrando detener y revertir [476] la pasada oleada de luchas mundiales por la tierra común. La defensa y recuperación de lo comunal, de la tierra, y del excedente social colectivo, ha sido siempre uno de los desencadenantes de las luchas sociales desde que existen registros históricos fiables, luchas realizadas en cooperación autoorganizada [477]. Que esta permanente experiencia histórica esté sufriendo ahora una fase de estancamiento y retroceso tras otra previa de ascenso y expansión, muestra la decisión estratégica del imperialismo por aplastar a las clases y a los pueblos, por elevar el «despojo nacional» a «despojo mundial».

La dialéctica entre el contenido y sus formas reales se expresa de nuevo aquí, ya que el «despojo nacional» es a la vez mundial, desarrollándose su contenido a nivel mundial y sus formas reales a escalas estato-nacionales y más destructoramente todavía, a escalas sólo nacionales cuando son pueblos oprimidos a los que se les impide crear su propia autodefensa internacional mediante Estados propios, democrático-radicales o socialistas. En Europa, el contenido esencial del despojo, de la desposesión generalizada, se realiza mediante la misma trilogía que se aplica contra el resto de la humanidad, la denominada por C. Lapavitsas como «santísima trinidad: austeridad, liberalización, privatización» [478]. En los Estados y pueblos no imperialistas, la privatización, la austeridad y la liberalización empezaron a aplicarse bajo la dictadura del FMI, BM, GATT-OMC, etc., con el apoyo del imperialismo a comienzos de la década de 1970:

«El plan del FMI era riguroso. Para empezar, instaba al gobierno a devaluar la moneda del país a efectos de desanimar las importaciones e incrementar las posibilidades de exportación de sus productos. Lo que se pretendía con dicha política era el abandono de la tendencia a la sustitución de importaciones y a la adopción de una economía orientada a la exportación. En segundo lugar, el gobierno tenía que desalentar los aumentos salariales para mantener al mínimo la necesidad de importar bienes. En tercer lugar, el FMI exigía la reducción del gasto público y la contracción del papel del Estado en la economía (no más controles de precios ni subvenciones). En cuarto lugar, el Estado tenía que vender los activos del sector público y potenciar la empresa privada. Por último, el Estado tenía que acortar la oferta monetaria y subir los tipos de interés a fin de inducir una “disciplina fiscal”» [479].

Las formas y tácticas concretas de aplicación de la tríada neoliberal en la UE y de los cuatro ejes vistos en el llamado Sur o Tercer Mundo, varían según las circunstancias pero siempre recurren a grados de violencia injusta muy superiores a las resistencias populares y obreras con las que chocan. Así en la UE las violencias son aplicadas con la fría lógica del laboratorio [480] represivo como explica I. Niebel, laboratorio que ha realizado en Hamburgo uno de los más recientes experimentos prácticos, mientras que a escala más amplia, el imperialismo aplica la represión «en muchos casos mediante brutales presiones de diverso tipo» [481]. Es necesario añadir que se trata de un laboratorio en proceso de privatización parcial, a la vez que estrechamente unido a aparatos internos de los Estados imperialistas y que no hace reparos en buscar el más alto beneficio económico en el menor tiempo posible, como indica A. Borra [482]

Los cuatro puntos, que son formas reales de la trilogía del contenido, conllevan además de la concentración y centralización de la propiedad y del poder en una minoritaria burguesía local que los aplica sin piedad cumpliendo las órdenes imperialistas, también y por ello mismo implica el debilitamiento cualitativo y práctico, que no apariencial, todavía, del Estado independiente. Además, como efecto, conlleva que la nación trabajadora, o «nación proletaria» tal como la nombra Veraza, se enfrente a la inmediata necesidad de reconquistar la independencia estato-nacional real para, a la vez, reconquistar los derechos colectivos machacados por la nación burguesa colaboradora con la invasión socioeconómica y política extranjera. Y quien habla de nación proletaria habla de pueblo proletario, o como dice G. López y Ribas: «la nación-pueblo»:

«Los distintos agrupamientos políticos democráticos requieren plantearse los términos posibles de la existencia de una nación de nuevo tipo: una nación popular, pluralista y democrática. Desde el surgimiento de las sociedades nacionales, se configura un sujeto sociopolítico integrado por las clases explotadas y desposeídas, obreros, campesinos, sectores de la intelectualidad, las entidades socio étnicas subordinadas. Este conjunto de clases y grupos sociales subalternos, que forman el pueblo , va integrándose a los procesos de conformación de la nación en una permanente lucha por sobrevivir y desarrollarse, por romper con los esquemas de dominación y explotación capitalistas 10 He utilizado la categoría “nación-pueblo” para referirme al proceso de construcción de una nación alternativa a la hegemónicamente existente y en el cual pueden participar potencialmente todos aquellos sujetos socio-políticos que de una u otra forma están siendo explotados, marginados, excluidos o negados por el Estado globalizado» [483].

La flexibilidad en el uso de los conceptos abiertos e incluyentes es una característica del método dialéctico como estamos comprobando es estas páginas. Vemos cómo el marxismo simultanea expresiones como clase obrera, clase trabajadora, gentes del trabajo, masas explotadas, naciones proletarias, y un largo etcétera. Alexandra Vallacis y Dax Toscano aplican el método dialéctico en el caso concreto de las represiones sanguinarias del imperialismo contra el pueblo colombiano, abriendo este concepto, «pueblo colombiano», al resto de los pueblos masacrados del mundo en una demostración muy válida del potencial científico-crítico de la dialéctica materialista: tras explicar la continuidad del terrorismo nazi, del francés en Argelia y del norteamericano en América Latina, añaden: «El pueblo, en general, se constituyó en el principal enemigo de las fuerzas militares y policiales» [484]. Aquí, «el pueblo, en general» hace referencia a la humanidad trabajadora en su conjunto, la que sufre la ferocidad del imperialismo.

La necesidad ciega del capitalismo de intentar abrir una nueva fase expansiva que, al menos, reduzca un poco esa casi inconcebible masa de deuda mundial --más del triple del PIB global, nunca lo olvidemos--, es frenada por la casi incontrolable autonomía propia de las instituciones capitalistas que proliferan desde hace décadas, y también es frenada por el resurgir de las diferencias interimperialistas. Como resultado, surgen nuevas formas y nuevos contenidos de opresión nacional antes inexistentes, como se aprecia en lo que hemos dicho sobre la pérdida de independencia socioeconómica y política efectiva de los Estados débiles. Dinámica que se materializa no sólo en el plano estricto de la lucha de clases sino también en el de la lucha de liberación nacional ya que, ahora, bajo la dictadura del euro dirigido por euroalemania [485], incluso pueblos formalmente independientes están sin embargo sufriendo una «nueva» opresión nacional ya que:

«… quizás donde se hace más patente la merma de la soberanía nacional es en política monetaria. Muchos gobiernos han cedido la capacidad legal de emisión de moneda a corporaciones privadas o semiprivadas. El público en general desconoce esta realidad, pero lo cierto es que la Reserva Federal de los Estados Unidos es un consorcio privado, integrado desde su fundación por 13 bancos privados de Europa y América. Otros muchos Bancos Centrales, como el de Inglaterra, son igualmente privados. También es poco conocido el papel que juega el Banco Internacional de Pagos (el BIS o Banco de Basilea, con sede en Suiza), que es el Banco Central de los Bancos Centrales, y del que dependen en buena medida las políticas monetarias de la mayoría de los países. El BIS es una poderosa herramienta globalizadora en manos de corporaciones privadas y trabaja en detrimento de las soberanías nacionales» [486].

La soberanía monetaria es una de las bases de la independencia nacional, no la única, aunque imprescindible junto a otras, pero en el capitalismo actual esa soberanía fiscal sólo es factible en el contenido de la independencia nacional de clase de la nación proletaria, trabajadora, de la nación-pueblo.

 
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