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Asunto:NoticiasdelCeHu 124/14 - Sobre el sujeto revolucionario (II) ( Iña ki Gil de San Vicente)/ Rumbo al XVI EnHu (33)
Fecha:Viernes, 7 de Marzo, 2014  21:51:56 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 124/14
Rumbo al XVI EnHu
América Latina como geografía

Bariloche, 6 al 10 de octubre


Ref. 123

Sobre el sujeto revolucionario (II)

 

6.- El bloque social burgués.

Por bloque social burgués se entiende el compuesto por la muy reducidísima minoría propietaria de las fuerzas productivas, la gran burguesía, que disponen del apoyo de más sectores de «hermanos de clase» --todas las fracciones burguesas y casi todas de la pequeña burguesía--, así como en muchos y largos períodos de las llamadas clases medias y en menor medida pero también de las clases trabajadoras. Según el último informe de Oxfam Intermón:

«Sólo las 85 personas más ricas acumulan todo el capital de que dispone la mitad más pobre de la Humanidad. En la actualidad, el 1% de las familias más poderosas acapara el 46% de la riqueza del mundo. (…) se estima que 21 billones de dólares se escapan cada año al control del fisco a nivel mundial, porque "las personas más ricas y las grandes empresas ocultan miles de millones a las arcas públicas a través de complejas redes basadas en paraísos fiscales". Como resultado, en la actualidad casi la mitad de la riqueza mundial está en manos del uno por ciento más rico de la población, (110 billones de dólares) y la otra mitad se reparte entre el 99% restante. En Europa, la fortuna de las 10 personas más ricas supera el coste total de las medidas de estímulo aplicadas en la UE entre 2008 y 2010 (217.000 millones de euros frente a 200.000 millones de euros)» [243].

Para comprender cómo se ha llegado a semejante nivel de crueldad e injusticia, debemos volver al método dialéctico aquí expuesto, y en concreto al papel relativamente autónomo de una de las parte de la totalidad capitalista, al papel del Estado y de otras instituciones burguesas. No vamos a exponer la teoría marxista del Estado, sin la cual no entendemos nada de nada, solamente vamos a recordar aquella escueta frase de Engels de 1893 en la que refiriéndose a los obsoletos Junkers prusianos, dijo: «Desde hace doscientos años, esas gentes no viven más que de las ayudas del Estado, que les han permitido sobrevivir a todas las crisis» [244]. Además de para otras más cosas, una función clave del Estado es prolongar la vida de la clase explotadora, y es tanta su eficacia que en algunos casos logra mantenerla viva más de dos siglos.

Otra de las funciones clave de los Estados concretos es facilitar la unidad de poder de la gran burguesía en extensas geográficas: en 1909, el todopoderoso empresario alemán W. Rathenau dijo que «Trescientas personas, que se conocen muy bien entre sí, dirigen los destinos económicos del continente» [245]. ¿Cómo, por qué y para qué actuaban muy pocos Estados europeos para lograr que sólo 300 personas dirigieran el continente a comienzos del siglo XX? La respuesta es simple en su complejidad: porque el Estado es la «forma política del capital» [246]. Tal es el misterio resuelto. Y gracias a ello sabemos por qué:

« Tan solo 1.000 empresas son responsables de la mitad del valor total de mercado de las más de 60.000 empresas del mundo que cotizan en bolsa. Virtualmente controlan la economía global (…) En 1980 las 1.000 mayores empresas del mundo tenían unos beneficios de 2,64 billones $, o 6,99 billones en dólares del 2010, ajustados según el índice de precios al consumidor. Empleaban a unos 21 millones de personas directamente y tenían una capitalización total de mercado de cerca de 900.000 millones $ (2,38 billones en dólares del 2010), o 33 % del total mundial (…) Hacia 2010 las 1.000 mayores empresas del mundo tenían unos beneficios de 32 billones $. Empleaban a 67 millones de personas directamente y tenían una capitalización total de mercado de 28 billones $. Esto supone un 49% del total de la capitalización mundial de mercado, habiendo descendido desde un 64 % respecto al 2.000, en el punto culminante de la burbuja de internet y antes de la crisis del 2008. Asimismo hay una concentración substancial dentro de las primeras 1.000. Ochenta y tres empresas representan un tercio de los 32 billones $ de los beneficios del grupo. Las primeras 172 empresas representan cerca de la mitad de ellos. La 172ª mayor empresa, la petrolera rusa Rosneft Oil, tuvo una beneficio equivalente al PIB del 74º país del mundo, Uruguay (…) Los grandes inversores constituyen también un poderoso cuerpo electoral que pide un cambio. La riqueza está todavía más concentrada por lo que respecta a la gestión de activos que respecto a la de empresas. Los 500 mayores gestores de fondos tienen más de 42 billones $ en activos para gestionar. Los 10 primeros gestores de fondos representan un tercio de esta cantidad; los 50 primeros los dos tercios. Esto significa que un pequeño número de inversores institucionales podría ocasionar un gran cambio en los negocios. Están haciendo progresos» [247].

Dado que el Estado es la forma política del capital, las necesidades de éste, es decir, el desarrollo del contenido del capital más temprano que tarde determina las formas reales de los Estados, de manera que la ley básica de la centralización y concentración de capitales termina condicionando las formas de los Estados, su apoyo relativo y contradictorio, pero apoyo, a la creciente concentración del poder socioeconómico y político en cada vez menos manos, como acabamos de ver. Si en 1909 eran 300 las personas que dirigían Europa, ahora son menos, pero el capitalismo es el mismo en su esencia, en su contenido, variando sus formas reales; y es el mismo en su contenido porque el desarrollo del capital dinero [248] ha seguido y sigue realizándose dentro de los cauces descubiertos por Marx en el último tercio del siglo XIX.

Incluso aunque recurramos a métodos de definición de las clases que se centran más en el reparto de la riqueza que en las relaciones de propiedad de las fuerzas productivas y de explotación de la fuerza de trabajo social, como es el caso del, por demás excelente, texto de A. Damon [249]; e incluso si lo estudiamos con métodos no marxistas, que llegan a relativizar o negar indirectamente la existencia de la burguesía como clase social, los resultados también son aplastantes. Lo mismo sucede si relativizamos algo el concepto de «burguesía», entrecomillándolo: leamos esto: “(…) empresarios y gerentes de grandes empresas y de la banca, entre otros. En realidad, estos dos últimos grupos (a los que se les solía llamar la burguesía industrial y de servicios y la burguesía financiera) representan sólo el 0,1% de toda la población y tienen un enorme poder, no sólo económico y financiero, sino también mediático y político. La gran mayoría de los mayores medios de información y persuasión (tanto en EEUU como en España) tienen miembros de tal “burguesía” en sus Consejos de Dirección (…)” [250].

Vaya o no entrecomillada la burguesía existe como clase social antagónicamente unida y en lucha permanente con la clase trabajadora. Además de la comprensión correcta de la unidad y lucha de contrarios entre el capital y el trabajo, también y sobre todo la acción revolucionaria dentro de dicha unidad contradictoria requiere del conocimiento de la teoría del Estado por cuanto que es la forma política del capital. Veamos tres ejemplos directos sobre la función capitalista del Estado: uno, para finales de 2013 el Estado español había ejecutado el 90% de las medidas de austeridad y recortes de derechos impuestos por Bruselas [251]. Dos, la política estatal española ha hecho que cada súbdito de su monarquía «preste» 5.500 € a la banca privada [252], «préstamo» que apenas se va a recuperar. Y tres, la forma política del capital, el Estado, ha impuesto en los dos últimos años una «reforma salarial» [253] que además aumentar la pobreza, ha multiplicado la inseguridad, la precarización vital y el miedo a las represiones que contra quienes luchan por sus derechos. La lucha de clases es directamente afectada por estas y otras muchas medidas impuestas por el Estado.

La fracción más poderosa de la burguesía suele tener el apoyo de sus hermanas menores, incluida la más pequeña, gracias entre otras cosas a la permanente acción del Estado que media entre ellas con su autonomía relativa, pero favoreciendo en lo decisivo a la mayor, lo que no deja de generar algunos celos pueriles y quejumbrosos en la más pequeña. La opresión nacional descarnada y cruda, pero también la encubierta e indirecta, tensiona la unidad de clase de la burguesía, reapareciendo entonces el debate clásico sobre la existencia o no de la llamada «burguesía nacional». R.M. Marini hizo un brillante estudio de esta cuestión en el Brasil de la segunda post guerra, desde las iniciales políticas de sustitución de importaciones implementadas incluso por la alta burguesía y la llamada «burguesía antiimperialista», hasta su final con la reunificación de todas ellas para aplastar el pueblo trabajador:

«Sin embargo, como los hechos demostraron, lo que estaba en juego, para todos los sectores de la burguesía, no era específicamente el desarrollo, ni el antiimperialismo, sino la tasa de beneficios. En el momento en el que los movimientos de masas pro elevación se los salarios se acentuaron, la burguesía olvidó sus diferencias internas para hacer frente a la única cuestión que le preocupa de hecho: la reducción de sus ganancias. Eso fue tanto más verdadero cuanto no solamente el alza de los precios agrícolas, que había aparecido a los ojos de la burguesía como un elemento determinante en las reivindicaciones obreras, pasó a segundo plano, en virtud de la autonomía que ganaron tales reivindicaciones, sino también porque el carácter político que éstas asumieron puso en peligro la propia estructura de dominación vigente en el país. A partir del punto en el que reivindicaciones populares más amplias se unieron a las demandas obreras, la burguesía --con los ojos puestos en la Revolución cubana-- abandonó totalmente la idea de frente único de clase y se volcó masivamente en las huestes de la reacción» [254]

La experiencia fracasada de la «burguesía nacional» brasileña reafirma la experiencia mundial vivida hasta entonces y anuncia la que vendría después, sobre todo en los pueblos que por mil circunstancias diversas no pudieron llevar al culmen una revolución social, al margen de su geográfica en el área imperialista o no. Lecciones idénticas extrae V. Prashad del llamado Tercer Mundo «A falta de una revolución social auténtica los líderes del Tercer Mundo empezaron a recurrir a las clases hacendadas y a las élites comerciales para cimentar su propio poder (…) una importante consecuencia de la ausencia de una verdadera revolución social fue la persistencia de diversas formas de jerarquía dentro de las nuevas naciones. La inoculación del sexismo y las escalonadas desigualdades de clan, casta y tribu, inhibieron el proyecto político del Tercer Mundo» [255]. Llegado el momento crítico de optar por una independencia nacional de contenido obrero y popular, que avance en la socialización de las fuerzas productivas, o una dependencia burguesa bajo tutela imperialista abierta u oculta, que les garantiza su propiedad de clase, las «burguesías nacionales» optan por lo segundo.

Para comprender por qué esta constante histórica tiene muy contadas e inciertas excepciones que provienen de sectores muy reducidos de pequeñas burguesías conscientes de que el imperialismo les puede hacer más daño que la democracia socialista de su Estado independiente, lo mejor es recurrir al marxismo, y debemos empezar por la crítica de Marx a a Proudhon:

«En una sociedad avanzada el pequeño burgués se hace necesariamente, en virtud de su posición, socialista de una parte y economista de la otra, es decir, se siente deslumbrado por la magnificencia de la gran burguesía y siente compasión por los dolores del pueblo. Es al mismo tiempo burgués y pueblo. En su fuero interno se jacta de ser imparcial, de haber encontrado el justo equilibrio, que proclama diferente del término medio. Ese pequeño burgués diviniza la contradicción, porque la contradicción es el fondo de su ser. No es más que la contradicción social en acción. Debe justificar teóricamente lo que él mismo es en la práctica [...] la pequeña burguesía será parte integrante de todas las revoluciones sociales que han de suceder» [256].

La descripción de la pequeña burguesía realizada por Marx y Engels desde la mitad del siglo XIX nos recuerda en lo esencial a la crítica demoledora hecha por F. Braudel a la cobardía traicionera de la burguesía del siglo XVI: «Aunque el orden social parece modificarse, el cambio es, en realidad, más aparente que real. La burguesía no siempre es eliminada o descartada brutalmente; es ella misma la que traiciona su destino. Traición inconsciente, pues no existe todavía, en realidad, una clase burguesa que verdaderamente se sienta tal. Tal vez porque es todavía muy poco numerosa» [257]. Braudel nos informa que a finales del siglo XVI la burguesía veneciana justo era entre el 5% y 6% de la población de la ciudad. No podemos profundizar ahora en la evolución de esta clase y en la de su hermana menor, la pequeña burguesía, pero sí debemos decir que ahora la burguesía tampoco supera cuantitativamente esa tasa de población, y que, sobre todo, su miedo y cobardía siguen siendo consustanciales a su clase, sobre todo en la pequeña burguesía.

Entre finales de 1847 y comienzos de1848 ambos amigos ya adelantan en el Manifiesto Comunista una idea clave sobre qué relaciones mantener con la pequeña burguesía y sus organizaciones democráticas: participar en todas las luchas por la democracia y contra la opresión pero insistiendo siempre en que el problema decisivo es el de la propiedad privada de las fuerzas productivas y en que el antagonismo decisivo es el que separa de manera irreconciliable a la burguesía del proletariado [258]. Recordemos que estas palabras están escritas antes de la oleada revolucionaria internacional de 1848-1849. Pues bien, veamos uno de los muchos momentos en los que Marx y Engels recurren sin complejos a diversas definiciones amplias e intercambiables.

El que vamos a explicar es un ejemplo especialmente valioso por dos razones, una, porque es un estudio exquisito y sofisticado de la revolución de 1848 en París, y, otra, porque nos aportan un método dialéctico enormemente creativo para encuadrar el debate sobre las relaciones entre proletariado, clase obrera y pueblo, o sea, sobre el pueblo trabajador parisino enfrentado a muerte con la burguesía. Desde las primeras «noticias de París» del 25 de junio de 1848, el concepto de «pueblo» es opuesto radical e irreconciliablemente al de «burguesía». Al poco, afirman que esta lucha revolucionaria conecta con las sublevaciones de los esclavos en Roma, y con la lucha de Lyon de 1834. Dicen que «los habitantes de los suburbios» acudieron en ayuda de los insurgentes, y cuentan cómo «el pueblo se lanzó furiosamente contra los traidores» que habían intentado infiltrarse, pero más adelante constatan que: «una vez más el pueblo había sido demasiado generoso. Si hubiese replicado a los cohetes incendiarios y a los obuses con incendios, hubiese sido el vencedor al atardecer. Pero ni pensaba en emplear las mismas armas de sus adversarios» [259].

También explican que «la burguesía declaró a los obreros no enemigos comunes, a los cuales se vence, sino enemigos de la sociedad, a los que se aniquila [...] los insurgentes tuvieron en su poder gran parte de la ciudad durante tres días, comportándose con suma corrección. Si hubiesen empleado los mismos medios violentos que los burgueses y sus siervos, mandados por Cavaignac, París sería un montón de escombros pero ellos hubiesen triunfado» [260]. Y más adelante: «La guardia móvil, reclutada en su mayor parte entre el proletariado en harapos parisino, se transformó en gran medida, en el breve lapso de su existencia y mediante una buena retribución, en una guardia pretoriana de los gobernantes de turno. El proletariado en harapos organizado libró su batalla contra el proletariado trabajador no organizado. Como era dable esperar, se puso a disposición de la burguesía, lo mismo que los lazzaroni de Nápoles se habían puesto a disposición de Fernando. Sólo desertaron aquellas secciones de la guardia móvil compuestas por trabajadores verdaderos» [261].

A lo largo de los sucesivos artículos en los que analizan la lucha en París en junio de 1848, Marx y Engels utilizan indistintamente los conceptos de «pueblo», «proletariado», «obreros», «clase obrera», «trabajadores», «suburbios», etc., para apuntalar cuatro criterios que serán decisivos en la teoría de las clases, del Estado, de la organización y de la revolución. Sobre las clases queda claro que además de la flexibilidad de los conceptos, siempre tienen en cuenta el problema de la propiedad privada de las fuerzas productivas como el que define y separa al capital, a la burguesía y a su sociedad, del pueblo, de la clase obrera y del proletariado, de modo que es la propiedad privada la que también define qué es la sociedad y a qué clase pertenece, a la capitalista. Sobre el Estado queda claro que las fuerzas represivas y su violencia brutal son vitales para la burguesía, y más aún, adelantan una de las grandes lecciones que se repetirá una y otra vez hasta ahora: la creación por la burguesía de fuerzas represivas especiales provenientes del lumpen, de los «proletarios en harapos», como sucederá en el militarismo, en el nazifascismo, etc.

Sobre la organización queda claro que ésta es la única garantía de victoria, estrechamente unida a la conciencia de clase, revolucionaria, que desarrollan los «trabajadores verdaderos». Y sobre la revolución, está claro que una vez que «cesa el motín y se inicia la revolución» [262] el pueblo no debe dudar, detener su avance aun a costa de las imprescindibles prácticas de violencia defensiva, revolucionaria, que ha de aplicar para aplastar a cualquier precio a la violencia contrarrevolucionaria e injusta. Pensamos que de un modo u otro, estos cuatro componentes cohesionan la teoría de la lucha de clases, que es la teoría de las clases sociales del marxismo. Todas las teorías burguesas disocian, separan e incomunican, las clases sociales de la lucha de clases, y ambas de la teoría del Estado y de la teoría política.

Tras estudiar las razones del fracaso de esta oleada y convirtiendo su experiencia en razones teóricas que avalen una práctica posterior, a comienzos de 1850 Marx y Engels proponen a la Liga de los Comunistas lo siguiente: «La actitud del partido obrero revolucionario ante la democracia pequeño burguesa es la siguiente: marcha con ella en la lucha por el derrocamiento de aquella fracción a cuya derrota aspira el partido obrero; marcha contra ella en todos los casos en que la democracia pequeño burguesa quiere consolidar su posición en provecho propio» [263]. O sea, se trata de crear un bloque social que incluya a las fuerzas democráticas de la pequeña burguesía para luchar conjuntamente contra la opresión común que sufren todos los componentes de dicho bloque social.

Ahora bien, Marx y Engels insisten reiteradamente en las páginas posteriores que «para luchar contra ese enemigo común no se precisa ninguna unión especial [...] es evidente que en los últimos conflictos sangrientos, al igual que en todos los anteriores, serán sobre todo los obreros los que tendrán que conquistar la victoria con su valor, resolución y espíritu de sacrificio. En esta lucha, al igual que en las anteriores, la masa pequeño burguesa mantendrá una actitud de espera, de irresolución e inactividad tanto tiempo como le sea posible, con el propósito de que, en cuanto quede asegurada la victoria, utilizarla en beneficio propio, invitar a los obreros a que permanezcan tranquilos y retornen al trabajo, evitar los llamados excesos y despojar al proletariado de los frutos de la victoria» [264].

Marx y Engels advierten a la Liga de los Comunistas, en base a las lecciones teóricas extraídas de la derrota internacional de 1848-1849 que para evitar la traición pequeño burguesa, que se producirá después de la toma del poder, los proletarios deben mantener su independencia de clase, política y organizativa, no dejándose absorber por la pequeña burguesía, planteando reivindicaciones específicamente proletarias que desborden por la izquierda a las de la pequeña burguesía, y exigiéndole a su aliada que las cumpla. Más aún, la organización proletaria aliada con la pequeña burguesía contra el enemigo común ha de ser «a la vez legal y secreta» [265], e «independiente y armada de la clase obrera» [266], para garantizar siempre tanto la independencia práctica como teórico-política de la clase trabajadora.

Los consejos a la Liga de los Comunistas fueron redactados por Marx y Engels mientras el primero de ellos estudiaba más en detalle el fracaso revolucionario en el Estado francés, publicando el texto a finales de 1850, en el que afirma que: «Los obreros franceses no podían dar un paso adelante, no podían tocar ni un pelo del orden burgués, mientras la marcha de la revolución no se sublevase contra este orden, contra la dominación del capital, a la masa de la nación -campesinos y pequeño burgueses- que se interponían entre el proletariado y la burguesía; mientras no la obligase a unirse a los proletarios como a su vanguardia» [267]. Marx estudiaba la concreta derrota francesa en la mitad del siglo XIX, siendo consciente de la todavía limitada evolución del capitalismo francés comparado con el británico, llegando a una conclusión estratégica que mantendrán en lo esencial tanto él como Engels a lo largo de toda su vida, adaptándola en sus formas externas y tácticas a cada lucha revolucionaria particular: el proletariado como vanguardia nacional que dirige al campesinado y a la pequeña burguesía.

Una conclusión teórica que ya venía anunciada en el Manifiesto Comunista cuando insistieron en que el proletariado, que no tiene patria, debe empero elevarse a clase nacional, constituirse en nación, «aunque de ninguna manera en el sentido burgués» [268]. Los objetivos a conquistar que se enumeran al final del Manifiesto nos dan una idea exacta sobre la diferencia cualitativa de la nación proletaria con respecto a la nación burguesa, pero no es este nuestro tema ahora. Sí nos interesa resaltar cómo Marx enlaza proletariado, campesinado y pequeña burguesía dentro del proceso revolucionario en cuanto «masa de la nación» enfrentada a la burguesía, «masa de la nación» dirigida por la vanguardia proletaria.

Entre diciembre de 1851 y marzo de 1852 Marx escribió una de sus fundamentales obras, El 18 Brumario de Luís Bonaparte, en la que desarrolla una de sus mejores descripciones de la pequeña burguesía y del lumpen, pero también y por ello mismo, de la cuestión nacional según se presentaba en el capitalismo europeo de la época, describiendo así al demócrata pequeño burgués dice que: «Pero el demócrata, como representa a la pequeña burguesía, es decir, a una clase de transición, en la que los intereses de dos clases se embotan el uno contra el otro, cree estar por encima del antagonismo de clases en general. Los demócratas reconocen que tienen enfrente a una clase privilegiada, pero ellos, con todo el resto de la nación que los circunda, forman el pueblo. Lo que ellos representan son los derechos del pueblo, lo que les interesa, es el interés del pueblo» [269].

Marx escribe en cursiva clase en transición al igual que derechos e intereses del pueblo. En el primer caso para recalcar que la pequeña burguesía no es una clase fundamental en el capitalismo, sino secundaria aunque muy importante en la lucha de clases porque, y esta es la segunda cuestión, a pesar de estar embotada entre la burguesía y el proletariado tiene un poder apreciable en la manipulación del pueblo, sujeto colectivo del que ella se presenta como único representante y defensor. O sea, la ideología democraticista pequeño burguesa tiene su propio concepto de pueblo, de sus intereses y derechos, interpretados según la pequeña burguesía democrática, concepto diferente al de la gran burguesía, pero también diferente al de la «nación trabajadora», la que con su esfuerzo sustenta y mantiene al todo el país. Es muy significativo que Marx cite a la «nación trabajadora» justo después de escribir una muy brillante descripción del lumpemproletariado organizado como fuerza de combate secreta del bonapartismo, que siente la necesidad de «beneficiarse a costa de la nación trabajadora» [270].

Marx hace una espléndida descripción de la compleja realidad clasista en un contexto de lucha de clases a varias bandas: por un lado, en la base productiva tenemos a la «nación trabajadora», explotada y oprimida; después, encima tenemos a la pequeña burguesía como «clase en transición» que tiene su propio concepto de «pueblo»; y arriba, en el vértice del triángulo de clases, tenemos al poder reaccionario bonapartista que se sustenta, además de en el Estado burocrático, controlador y armado --una exquisita definición no superada aún, sino confirmada a diario [271] -- también en la fuerza del lumpen. Pues bien, en el momento crítico, cuando el futuro está por decidir si se toman medidas valientes y radicales, entonces, la pomposa Asamblea Nacional representante del poder burgués en su generalidad, pero no del proletariado que forma la nación trabajadora, entonces la Asamblea Nacional: «No se atreve a afrontar el choque en el momento que éste tiene una significación de principio, en que el poder ejecutivo se ha comprometido realmente y en que la causa de la Asamblea Nacional sería la causa de toda la nación. Con ello daría a la nación una orden de marcha, y nada teme tanto como el que la nación se mueva» [272].

La burguesía en cuanto clase dominante que tiene algunos litigios tácticos con la pequeña burguesía, en modo alguno irreconciliables, esta clase «nada teme tanto como el que la nación se mueva» porque sabe que es la nación trabajadora la que se pondría en marcha hacia delante si fuera movilizada por la Asamblea Nacional. La nación burguesa y el «pueblo» pequeño burgués tienen terror a la nación trabajadora, por eso lo mantienen paralizado, y por eso le restringen sus derechos y libertades: «Allí donde veda completamente “a los otros” estas libertades, o consiente su disfrute bajo condiciones que son otras tantas celadas policíacas, lo hace siempre, pura y exclusivamente, en interés de la “seguridad pública”, es decir, de la seguridad de la burguesía, tal y como ordena la Constitución» [273]. «Los otros» son las clases explotadas, la nación trabajadora, a la que se le vigila y controla, se le restringen los derechos, y cuando se le conceden su disfrute es siempre bajo el riesgo de las «celadas policíacas» que garantizan el orden del capital, la «seguridad pública», la seguridad de necesita la nación burguesa para explotar eficazmente a la nación trabajadora.

Exceptuando adaptaciones formales tácticas, este criterio estratégico no sólo se mantendrá durante toda su vida sino que llegará a niveles de majestuosa exquisitez teórica en su estudio sobre la Comuna de París de 1871 que no podemos extendernos ahora, pero en el que se expone claramente el antagonismo entre la «verdadera nación», la formada por las comunas libres que integran a las clases explotadas, y la nación burguesa, la del capital francés colaboracionista con el ocupante alemán para, con su ayuda, exterminar mediante el terrorismo más sanguinario el proceso revolucionario.

En lo que ahora nos incumbe, las relaciones entre la clase obrera, el proletariado, y el pueblo trabajador, en su análisis de la Comuna Marx afirma que «era ésta la primera revolución en que la clase obrera fue abiertamente reconocida como la única clase capaz de iniciativa social incluso para la gran masa de la clase media parisina -tenderos, artesanos, comerciantes-, con la sola excepción de los capitalistas ricos». Detalla las razones por las que la «clase media», que había traicionado y aplastado la insurrección obrera en 1848 se había pasado ahora, tras 23 años, al bando del pueblo insurrecto.

Marx hace una descripción antológica de las causas económicas, políticas, ético-morales y hasta educativas que explican semejante cambio, y no se olvida de añadir otra causa: «había sublevado su sentimiento nacional de franceses al lanzarlos precipitadamente a una guerra que sólo ofreció una compensación para todos los desastres que había causado: la caída del Imperio» [274]. De este modo, vemos cómo la capacidad de aglutinación de la «masa nacional» y de la clase media se ejerce en todos los aspectos de la vida cotidiana, incluido el sentimiento nacional «aunque en ninguna manera en el sentido burgués».

Más todavía, la Comuna, en cuanto «auténtico gobierno nacional» formado por «los elementos sanos de la sociedad francesa», fue a la vez un «gobierno internacional» por su contenido obrero, lo que le granjeó de inmediato la solidaridad de «los obreros del mundo entero» [275]. La capacidad de aglutinación de otras clases sociales explotadas en diverso grado alrededor del proletariado, formando así un bloque revolucionario nacional no burgués, obrero e internacionalista, opuesto a la nación burguesa claudicacionista, esta capacidad práctica fue transformada en lección teórica por Marx.

En este mismo año, el debate sobre el contenido de clase de la nación estallaba al rojo vivo en Alemania, en donde las medidas burguesas estaban llevando a su dominio monopólico del sentimiento nacional abstracto, a la vez que atacan ferozmente a la socialdemocracia como apátrida: «Al constatar cómo las clases dominantes afirmaban que el movimiento obrero era “enemigo de Alemania”, Wilhelm Liebknecht se vio obligado a declarar en octubre de 1871: “Nos acusáis de no tener patria, vosotros que nos la habéis quitado”» [276]. Efectivamente, la burguesía alemana no sólo ya había quitado la patria a la clase obrera, sino que empezaba a lograr que cada vez más sectores de la nación trabajadora empezaran a creerse miembros de la nación burguesa.

La influencia creciente del revisionismo dentro de la socialdemocracia fue la causa fundamental del avance del nacionalismo imperialista burgués, y no tanto las reformas sociales introducidas por el emperador Guillermo II a partir de 1888. La fracción revisionista pasó a defender el imperialismo alemán y la permanente negociación interclasista como la estrategia adecuada para obtener mejoras sociales [277]. Con ello reforzaba a la nación burguesa y debilitaba a la trabajadora hasta el extremo de su claudicación humillante en 1914.

Un ejemplo de la interacción de los dos niveles del método marxista del estudio de las clases sociales nos los ofrece Engels en su texto sobre Alemania escrito en 1852. Primero hace una descripción amplia, analizando la división clasista en los dos grandes bloques sociales enfrentados: el propietario de las fuerzas productivas y el que no es propietario, al que define como «las grandes masas de la nación». Engels dice: «Las grandes masas de la nación, que no pertenecían ni a la nobleza ni a la burguesía, constaban, en las ciudades, de la clase de los pequeños artesanos y comerciantes, y de los obreros, y en el campo, de los campesinos» [278], y después se extiende varias páginas en el estudio concreto de las principales clases no propietarias, explotadas en diversos grados, que constituyen «las grandes masas de la nación» alemana a finales de la primera mitad del siglo XIX.

Muchos años más tarde, en 1870, Engels vuelve a insistir sobre el mismo problema de fondo pero en el contexto de un capitalismo alemán más desarrollado. Sin embargo, ahora, en 1870, Engels profundiza más aún en cuatro cuestiones fundamentales para comprender el método marxista: Una, la continuidad de las contradicciones clasistas esenciales a pesar de los cambios en sus formas, es decir, muestra cómo lo genético-estructural se mantiene incluso entre los largos períodos que van desde 1525 hasta 1870: «Nuestros grandes burgueses obran en 1870 exactamente igual como obraron en 1525 los villanos medios. En lo que atañe a los pequeños burgueses, a los artesanos y a los tenderos, éstos siguen siendo siempre los mismos. Esperan poder trepar a las filas de la gran burguesía y temen ser precipitados a las del proletariado. Fluctuando entre la esperanza y el temor, tratarán de salvar sus preciosos pellejos durante la lucha, y después de la victoria se adherirán al vencedor. Tal es su naturaleza» [279].

Dos, tras explicar cómo funciona lo esencial y permanente que determina a grandes rasgos qué son y qué hacen la pequeña burguesía, los tenderos y los artesanos, Engels pasa a describir qué es genético-estructuralmente la clase trabajadora, la clase asalariada: «Pero tampoco el proletariado ha salido aún de ese estado que permite establecer un paralelo con 1525. La clase que depende exclusivamente del salario toda su vida se halla aún lejos de constituir la mayoría del pueblo alemán. Por eso, también tiene que buscar aliados. Y sólo los puede buscar entre los pequeños burgueses, el lumpemproletariado de las ciudades, los pequeños campesinos y los obreros agrícolas» [280].

Vemos por tanto que la definición básica de proletariado en cuanto al modo de producción capitalista en sí mismo, en cualquier parte del mundo y en cualquier momentos de su evolución no es otra que «la clase que depende exclusivamente del salario toda su vida»; pero también vemos que en el mismo párrafo, a la vez, formando parte del mismo concepto, Engels completa el análisis genético estructural con el histórico genérico al explicar por qué y con quienes el proletariado concreto, el de la Alemania de 1870, ha de de establecer alianzas interclasistas para avanzar a la revolución.

Tres, inmediatamente después, sin romper el método dialéctico concreto sino ampliándolo en sus interrelaciones, Engels procede a describir otras clases y fracciones de clase que existen en ese momento en Alemania: además de los pequeños burgueses --«Son muy poco de fiar, excepto cuando ya ha sido lograda la victoria. Entonces arman un alboroto infernal en las tabernas. A pesar de esto, entre ellos se encuentran excelentes elementos que se unen espontáneamente a los obreros» [281] --, el lumpemproletariado, del que hace una descripción exacta y profética que debemos reproducir aquí por su acierto histórico:

«El lumpemproletariado, esa escoria integrada por todos los elementos desmoralizados de todas capas sociales y concentrada principalmente en las grandes ciudades, es el peor de los aliados posibles. Ese desecho es absolutamente venal y de lo más molesto. Cuando los obreros franceses escribían en los muros de las casas durante cada una de las revoluciones: “ Mort aux voleurs !”, ¡ Muerte a los ladrones!, y en efecto fusilaban a más de uno, no lo hacían en un arrebato de entusiasmo por la propiedad, sino plenamente conscientes de que ante todo era preciso desembarazarse de esa banda. Todo líder obrero que utiliza a elementos del lumpemproletariado para su guardia personal y que se apoya en ellos, demuestra con este sólo hecho que es un traidor al movimiento» [282].

Después de definir a la pequeña burguesía y al lumpemproletariado, continúa con la compleja y heterogénea división de los pequeños campesinos, según sean feudales, arrendatarios o propietarios de «un pedazo de tierra», pero explicando que se refiere a los pequeños campesinos porque «los grandes pertenecen a la burguesía» [283], es decir, indicando que lo que define a una clase social no es la forma de su propiedad, si esta es la tierra o la industria o el comercio, o la banca, sino la existencia o no de una cantidad de propiedad privada que le hace ser grande o pequeño propietario.

Y por último, cuatro, Engels se extiende en el estudio del componente decisivo del campo capitalista: los obreros agrícolas, en la Alemania de 1870, indicando que la gran masa campesina actúa de forma objetiva pero inconscientemente como el instrumento represivo básico en manos del Estado burgués, y Engels insiste en que el proletariado ha despertar a esta clase e incorporarla al proceso revolucionario ya que: «El día en que la masa de obreros agrícolas aprenda a tener conciencia de sus propios intereses, ese día será imposible en Alemania un gobierno reaccionario, ya sea feudal, burocrático o burgués» [284].

Hemos visto cómo el método marxista integra en el mismo concepto de clase social por un lado la permanencia histórica de la lucha de clases entre el capital y el trabajo; por otro lado, lo que define a cada clase antagónicamente opuesta a su contraria, pero a la que está unida a muerte por la esencia básica del modo de producción capitalista, o sea, la propiedad de las fuerzas productivas; además, cómo se concreta en cada época y país esas clases y sus luchas, sus alianzas y sus programas; también, cuáles son sus formas psicológicas, costumbristas, éticas y culturales a largo y a corto plazo; y por último, cómo dependiendo de la toma de conciencia de las clases explotadas y de sus luchas puede cambiarse radicalmente la naturaleza reaccionaria del gobierno de la burguesía. A largo de todo el estudio aletea en su interior un concepto todavía más abarcador y decisivo, como es el de pueblo trabajador, que Engels utilizará brillantemente una década y media más tarde [285], como veremos.

Más concretamente, relativizando un poco las diferencias evolutivas entre la lucha de clases en el Estado francés y en Alemania, y al margen de las clases no proletarias a las que dedican sus análisis Marx y Engels, las clases medias francesas y el campesinado alemán, no se puede negar que por debajo de las preocupaciones concretas actúa el mismo método teórico y el mismo objetivo estratégico, a saber, la creación de un bloque social amplio que exprese las necesidades y reivindicaciones de las clases explotadas, de las «más amplias masas», como muy frecuentemente se escribe en la prensa marxista de todos los tiempos. Y es aquí en donde irrumpe con fuerza la problemática de las llamadas «clases medias».

Si queremos encontrar una síntesis muy precisa de las ideas de Marx y Engels sobre la pequeña burguesa, podemos leerle al Lenin de 1902, muy poco después de haber escrito el celebérrimo y decisivo ¿Qué hacer? al que volveremos en extenso en su momento. Siempre es necesario contextualizar la teoría, su marco espacio-temporal, pero ahora lo es más si cabe porque así se demuestra fehacientemente que la teoría de Lenin sobre la organización fue ideada en su primera forma expositiva en estrecha conexión con dos problemas decisivos para todo proceso revolucionario: el de saber qué es la pequeña burguesía, y el de saber qué papel juega ella, o sus formas concretas en cada época y sociedad, en la creación de un bloque social dirigido por la clase obrera, por el proletariado, que dirija a la «población trabajadora y explotada», a los «pequeños productores» y a la pequeña burguesía.

Sobre la primera cuestión, Lenin dice en un escrito realizado mientras concluye el ¿Qué hacer? que: «Podemos (y debemos) señalar de forma positiva el carácter conservador de la pequeña burguesía. Y únicamente en forma condicional debemos hablar de su carácter revolucionario. Sólo tal formulación responderá exactamente a todo el espíritu de la doctrina de Marx» [286]. Pero el mayoritario carácter conservador de la pequeña burguesía, y su minoritario carácter revolucionario, no debe ser obstáculo alguno para que las fuerzas revolucionarias intenten integrar a esta clase dentro de las masas trabajadoras y explotadas. Ahora bien, la condición que exigía Lenin menos de un mes después del texto citado no era otra de que se demarcarse con rigor e insistencia en que era el proletariado, la clase obrera, la que debe dirigir clara y decididamente al pueblo y a los pequeños productores [287].

Las dos citas de Lenin corresponden a la primera mitad de 1902, y las de Engels y Marx son del siglo XIX. Si exceptuamos la Comuna de París de 1871 y la oleada revolucionaria de 1848-49, y otros conflictos menores, la pequeña burguesía europea no había vivido aún crisis socioeconómicas y políticas demoledoras, y a pesar de ellos, los autores marxistas citados acertaron en lo básico sobre la esencia de esta clase social. Después vendría la oleada revolucionaria de 1905, el estallido de la IGM en 1914 y la oleada revolucionaria mundial que se iniciaría con la victoria bolchevique en 1917. La izquierda europea apenas estudió la revolución mexicana de 1910 y el comportamiento timorato de la pequeña burguesía en aquella gloriosa y magna revolución. En 1919 Bujarin y Preobrazhenski redactaron el manual de formación de la militancia bolchevique, en el que la pequeña burguesía urbana es definida de esta manera:

«A este grupo pertenecen los artesanos independientes, los pequeños tenderos, la “inteligentsia” menor, que comprende a los asalariados y pequeños funcionarios. En realidad, no constituyen una clase sino una multitud mezclada. Todos estos elementos son explotados más o menos por el capital y a menudo son esclavizados. Muchos de ellos son arruinados en el transcurso del desarrollo capitalista. No obstante, las condiciones de su trabajo son tales, que la mayor parte de ellos no se da cuenta de lo desesperada que es su situación bajo el capitalismo. Consideremos por ejemplo el artesano independiente (…) se siente “patrono”; trabaja con sus propias herramientas, y en apariencia es “independiente”, aunque en realidad está completamente enredado en la tela de araña capitalista. Vive con una esperanza perenne de mejora, pensando siempre: “pronto podré ampliar mi negocio, entonces compraré para mí”; se cuida de no mezclarse con los obreros y en sus costumbres evita imitarlos, tomando las costumbres de la aristocracia, pues conserva la esperanza de convertirse en un “caballero” (…) Los partidos pequeño-burgueses se unen generalmente bajo la bandera de los “radicales” o de los “republicanos”, pero algunas veces también bajo la de los “socialistas”» [288].

Pese a las distancias espacio-temporales y de desarrollo socioeconómico del capitalismo de 1919, a pesar de todo, si comparamos lo esencial de esta definición con nuestro presente vemos varias constantes básicas, sobre todo teniendo en cuanta que en 1919 y en 2014 las crisis azotaban con fuerte impacto a estas clases; pero además y al margen de las reacciones en los períodos de crisis, también son permanentes los comportamientos sociales cotidianos, los desesperados intentos de marcar públicamente sus diferencias con las clases trabajadoras, a las que desprecian. Aún así, habría que esperar a la crisis de 1929 para disponer ya de una experiencia mundial aplastante sobre las limitaciones de esta clase. Ahora bien, una constante del texto bolchevique es la insistencia en el trato correcto, pedagógico e integrador que hay que dar a la pequeña burguesía: «Los pequeños productores no deben ser llevados a garrotazos hacia el socialismo» [289].

Una de las mejores definiciones marxistas de lo que es la clase trabajadora la encontramos en este libro, que es mucho más que un simple manual: «Esta clase está formada por quienes “no tienen nada más que perder, sino sus cadenas”» [290]. O sea, en períodos de expansión e integración burguesa, la realidad obrera inmediata que vemos es la de una clase reformista y hasta conservadora, sobornada por las concesiones del sistema; pero esta realidad es fugaz y es realmente formal, aparente, porque sólo dura el corto período de bonanza en el que el capital puede engañar al proletariado.

Conforme esta fase inicia su declive y la burguesía endurece la explotación, la clase obrera va sufriendo su verdadera realidad objetiva: sólo tiene su fuerza de trabajo para malvivir. Durante la crisis la alienación reformista puede ir cediendo ante la conciencia cada vez más crítica, más política. Si se dan ciertas condiciones, la conciencia-en-si puede transformarse en conciencia-para-sí, revolucionaria: el concepto de clase trabajadora llega a ser pleno en su riqueza una vez que la conciencia subjetiva de clase explotada se vuelve fuerza objetiva, material, mediante la lucha revolucionaria contra el capitalismo. Este y no otro es el momento en que la definición de clase obrera adquiere su pleno contenido histórico.

Volviendo a la pequeña burguesía, R. Feito Alonso ha resumido en tres los principales componentes de la visión del mundo pequeño-burguesa:

«1. Una intensa fe en las ventajas de la independencia. Esto significa la valoración del trabajo por sí mismo, de tener éxito gracias a los propios esfuerzos, lo que refleja una valoración moral más que económica.

«2. Rechazo de los elementos racional-legales de la sociedad. Se trata de la desconfianza hacia las grandes organizaciones burocráticas, desde el Estado hasta los sindicatos.

«3. Rechazo del cambio. Lo que importa es la estabilidad y la continuidad en las maneras tradicionales de hacer las cosas» [291].

Este autor introduce a la péqueña burguesía dentro de las «clases medias» por lo que, al margen ahora de otras consideraciones críticas al respecto, podríamos decir que la concepción del mundo pequeño-burguesa también sería total o parcialmente la concepción del mundo de las «clases medias». Más adelante volveremos a esta discusión tan estudiada por el marxismo, en especial desde el ascenso del nazifascismo al poder.

Y otra definición muy acertada de pequeña burguesía la encontramos en D. Torres: «La pequeña burguesía es una capa de la población cuya fortuna, vida y muerte, depende en muchos casos de sus esfuerzos individuales, de un pequeño aspecto del mundo que no les lleva a considerar la realidad social como una totalidad. En el plano organizativo se trata no de conformar potentes organizaciones que puedan derrocar a su enemigo, sino de un movimiento con lazos informales y débiles entre sus miembros, las organizaciones grandes son “monstruos” que “ahogan la personalidad”. En el plano discursivo no se rigen por orientaciones basadas en las leyes del movimiento de la formación económico-social capitalista, sino en modas como el altermundismo, la globalifobia, el poscapitalismo, “los indignados”, etc.» [292].

7.- Las llamadas clases medias

La Sociología, como la forma menos tosca de la «ciencia social» burguesa [293], no llega a una definición unitaria sobre la clase media. U no de los mejores diccionarios de esta disciplina, el de L. Gallino, tiene que reconocer que sigue habiendo «muchas ambigüedades» [294] en el momento de definir las clases medias. En realidad, esta confusión irresoluble se arrastra desde los primeros estudios oficiales británicos sobre dónde introducir a las franjas obreras con altos salarios si entre el proletariado o entre la «clase media baja», como indica E. Hobsbawm [295]. A. Recio también sostiene de entrada que: « El concepto de clase media es bastante confuso y cada cual lo interpreta como quiere» [296] , pero luego ofrece una definición que reproduciremos en su momento. R. Feito realiza un recorrido bastante completo de la variedad de opiniones sobre «la nueva clase media» desde que Bakunin utilizase este término hasta mediados los ’90 del siglo XX [297]. D. Bensaïd habla sin tapujos de «el rompecabezas de las clases medias» [298]. Como ejemplo «de la arbitrariedad de las categorías sociológicas que emplean las instituciones internacionales» [299], tenemos la denuncia crítica de la definición de «clases medias» que utiliza la OIT, en la que la entrada o salida de esa «clase media» depende de si se cobran más o menos dólares según la coyuntura económica.

Según A. Ortega: « No hay pleno acuerdo entre los especialistas sobre la definición de clase media, cuyos límites son, por definición, ambiguos y relativos. Algunos sociólogos la circunscriben a satisfacer las necesidades básicas más algunos extras: desempeñar una ocupación cualificada en el sector industrial o de cualificación media en el sector servicios y/o tener alguna propiedad. Otros, para comparaciones internacionales, utilizan la medida de un gasto diario entre 10 y 100 dólares al día (62 euros, en paridad de poder de compra)» [300]. Un ejemplo de la superficialidad de los «análisis sociológicos» sobre las clases sociales lo tenemos en esa «investigación» según la cual el 0,7% de la población del Estado español reconoce que ha descendido de la «clase alta» a la «clase media»; el 7% dice haber descendido de la «clase media-alta» a la «clase media»; el 51% de la «clase media» a la «clase media-baja», mientras que el 42% afirma mantener la misma posición de clase [301]. El mismo criterio definitorio cuantitativo basado en el salario y no en la propiedad de los medios de producción, lo encontramos en M. Queiroz al analizar el «riesgo de extinción» de la «clase media portuguesa»:

« Miles de familias, desesperadas por no tener medios para pagar su alimentación y sus cuentas fijas, han debido recurrir a instituciones de caridad. Muchas veces lo hacen a escondidas ante el fenómeno cada vez más frecuente de la "pobreza avergonzada" (…) una quinta parte de los portugueses vivía en 2012 con menos de 478 dólares por mes, en un país donde el salario mínimo legal es de 14 sueldos por año, de 644 dólares mensuales (…) En muchas escuelas del país, los maestros relatan casos dramáticos, de mareos y desmayos de niñas y niños de clase media, porque no tenían nada para desayunar en sus hogares y escondían el hecho para evitar ser confundidos con los más pobres (…) Inmersa en una montaña de deudas que no logra pagar, la clase media está cada vez más cerca de la más baja, que ya constituye 24,4 por ciento de los 10,6 millones de portugueses, más de dos puntos por encima de 2009. El Instituto Nacional de Estadísticas sitúa en la clase media a aquellos cuyos ingresos oscilan entre 768 y 2.660 dólares, en un país donde la mitad de la población no gana más de 932 dólares. Oficialmente, a esa clase pertenece en torno a 60 por ciento de los portugueses» [302].

La denominada «teoría de la estratificación social» --clase alta, media y baja, con sus estratos intermedios-- que constituye el núcleo duro de Sociología [303], sólo puede dar cuenta de los cambios externos provocados por las previas subidas o bajadas de los salarios, pero en modo alguno puede, primero, establecer la dependencia de los salarios con respecto a las contradicciones socioeconómicas y a incidencia determinante de la lucha de clases, y segundo y dependiendo de ello, relacionar los comportamientos sociopolíticos de las «clases medias», o sea, los cambios en su conciencia política, elemento este vital en la teoría marxista de las clases sociales. Por ejemplo, Engels realizó durante nada menos que veintiún meses un estudio muy riguroso y extenso sobre la clase obrera inglesa, publicado en marzo de 1845. En la Introducción el autor hace una directa referencia al egoísmo de «la clase media inglesa» [304], que pretende hacer pasar sus intereses particulares como los verdaderos intereses nacionales, aunque no lo consiga. Como veremos al final de este capítulo, la manipulación por el Estado burgués del «egoísmo» de las «clases medias», de sus ansiedades, angustias y temores [305], es uno de los instrumentos más efectivos para el mantenimiento del poder capitalista.

Aquí debemos recordar al lector lo arriba dicho sobre la teoría marxista del conocimiento, sobre la dialéctica de los conceptos móviles que se solapan e interpenetran según las diferentes relaciones de los procesos que se estudian. Partiendo de ella, Marx fue el primero en estudiar a las «clases medias» con el rigor que lo permitían las condiciones de la época. Criticó a D. Ricardo en este sentido diciendo que: «Lo que él se olvida de destacar es el incremento constante de las clases intermedias, situadas entre los obreros, de una parte, y, de otra, los capitalistas y terratenientes, que viven en gran parte de las rentas, que gravitan como una carga sobre la clase obrera situada por debajo de ellas y refuerzan la seguridad y el poder sociales del puñado de los de arriba» [306].

Pero Marx no se limita a constatar una realidad nueva, sino que en su crítica a T. Hodgskin estudia su génesis desde el interior del capitalismo bajo las presiones del aumento de la producción en masa con su correspondiente aumento de la división del trabajo que: «tiene, pues, como base la división y especialización de los oficios y profesiones dentro de la sociedad. La extensión del mercado implica dos cosas: una es la masa y el número de los consumidores, otra el número de los oficios y profesiones independientes. Puede darse, además, el caso de que el número de estos oficios y profesiones aumente sin que aumente aquél» [307], es decir el número de consumidores.

Marx sigue explicando luego las fuerzas internas que determinan el aumento de las clases medias, debido a la creciente rapidez de la circulación de las mercancías desde su producción hasta su venta de modo que: «la coordinación de distintas ramas industriales, la creación de centros destinados a determinadas industrias especiales, los progresos de los medios de comunicación, etc., ahorran tiempo en el paso de las mercancías de una fase a otra y reducen considerablemente el tiempo muerto» [308]. Pero además de estas razones, Marx añade otra fundamental consistente en la sabiduría de la clase dominante para reforzar su poder integrando a sectores de las clases explotadas para volverlas contra su propia clase: «una clase dominante es tanto más fuerte y más peligrosa en su dominación cuanto más capaz es de asimilar a los hombres más importantes de las clases dominadas» [309].

La presión de la ideología burguesa y del reformismo logra muchas veces anular la vital importancia de estas dos citas, imprescindibles para entender la teoría marxista de las clases. En realidad, una clase viva que asimila a los sectores mejor formados de las clases que explota tiene asegurada su perpetuidad, especialmente cuando desarrolla mecanismos de división y segregación dentro de las clases trabajadoras: un ejemplo lo tenemos en las medidas sociales de Bismarck tras la Comuna de París de 1871, destinadas, entre otras cosas, a romper la unidad entre los «trabajadores manuales industriales», los «trabajadores de cuello blanco» y los «trabajadores agrícolas y domésticos» imponiendo diferentes sistemas de seguridad social en beneficio de los segundos [310], de lo que ya eran las «capas intermedias».

Y también cuando estas capas intermedias son vitales para las técnicas de control social insertos en el mismo proceso productivo destinados a vencer las resistencias de los trabajadores y aumentar la productividad de su trabajo. Ahora bien, el crecimiento innegable de estas fracciones no anula la objetividad de una de las características genéticas del capitalismo: «la mayoría de la población se convierte en una masa de asalariados que comprende a los que antes consumían en especie una determinada cantidad de productos» [311]. Como en todo lo esencial del capitalismo, Marx descubrió el por qué del crecimiento de las clases medias y, a la vez y contradictoriamente, el crecimiento de la asalarización social, dinámicas enfrentadas que se explican por el desarrollo periódico de nuevas fracciones de las clases medias que suplantan a las viejas proletarizadas y que, a la inversa de estas, son cada vez más asalariadas.

Poco después de estos descubrimientos, Marx redactó a finales de 1880 La encuesta obrera [312] con 101 preguntas sobre la composición de clases en el capitalismo de la época y que posee una sorprendente actualidad para conocer el capitalismo neoliberal, desregulado y precarizado actual. La tendencia creciente a la asalarización ha sido confirmada por todos los estudios algo serios, como también la tendencia a la asalarización de las nuevas franjas de las clases medias, ya que: «numerosas profesiones liberales se convierten cada vez más en profesiones asalariadas; médicos, abogados, artistas, firman verdaderos contratos de trabajo con las instituciones que les emplean» [313]. La asalarización privada de muchas profesiones liberales se incrementa con la desregulación del funcionariado estatal y público, especialmente en sanidad, un mito cuidadosamente protegido por la burguesía, que descienden del funcionariado a simples trabajadores especializados de las empresas de la salud [314].

M. Nicolaus explica que es a partir de las consecuencias de la ley la tendencia decreciente de la tasa de plusvalía, que es parte de la ley de tendencia decreciente de la tasa de ganancia, cuando Marx elabora la demostración de la necesidad de la existencia de la «clase media» ya que:

«Por una parte, el aumento de la productividad requiere un aumento en maquinaria, de modo que la tasa de ganancia aumentará, y deben aumentar tanto la tasa como el volumen de plusvalía. ¿Qué ocurre con este excedente que crece? Permite a la clase capitalista crear una clase de personas que no son trabajadores productivos, pero que rinden servicios a los capitalistas individuales o, lo que es más importante, a toda la clase capitalista; y, al mismo tiempo, el aumento de la productividad requiere una clase de ese género de trabajadores no productivos que desempeñen las funciones de distribuir, comercializar, investigar, financiar, administrar, seguir la pista y glorificar el producto excedente en aumento. Esta clase de trabajadores no productivos, de trabajadores de servicios o de sirvientes en una palabra, es la clase media» [315].

B. Coriat presenta tres razones que explican, desde los esquemas de Marx, la aparición de «capas parciales de trabajadores bajo el dominio de las relaciones capitalistas de producción»: la división entre trabajo manual y trabajo intelectual; las necesidades de vigilar el proceso de producción, y de aumentar las tareas de gestión y comercialización; y, último, la necesidad de desarrollar la investigación científico-técnica [316]. Para no extendernos, y para volver a la línea argumental, diremos sólo que a mediados de los años 80 del siglo XX el grueso de la nueva clase media, compuesta por trabajadores cualificados intelectualmente se había masificado, asalarizado, degradado en su trabajo, concentrado en su trabajo, reducidas sus posibilidades de «ascenso» corporativo, insertado en el mercado de trabajo como cualquier otro asalariado y rota su anterior homogeneidad social [317]. No hace falta decir que estas tendencias se han agudizado de entonces a ahora.

Es aquí donde volvemos a la definición de «clases medias» que ofrece A. Recio, en el texto arriba citado:

«Las capas medias no asalariadas han tendido a desaparecer a medida que la concentración de capital, la industrialización de la agricultura y la transformación del comercio han reducido el peso de los no asalariados en la estructura social. La inmensa mayoría de la población es hoy asalariada, pero dentro de ésta se ha desarrollado una enorme segmentación y diferenciación social, asociada a los cambios en la organización empresarial, al sector público y al desarrollo tecnológico. Un desarrollo que ha generado un amplio segmento de empleos en los que se requiere un nivel elevado de educación formal y que suelen estar asociados a niveles salariales relativamente altos, cierto prestigio social, una idea de carrera profesional y mayor estabilidad en el empleo, en relación a los empleos comunes, “manuales” (todos los empleos suelen requerir implicación mental y física), de la industria y los servicios. El primer grupo es el que forma lo que podríamos llamar el bloque de las capas medias asalariadas, diferenciado en muchos aspectos de la clase obrera tradicional. Aunque en muchos casos se confunde clase media no sólo con este segmento de asalariados sino con el conjunto de los que han podido alcanzar ciertas cotas de consumismo gracias a un cierto nivel de ingresos y de estabilidad. En los años buenos, esto también estaba al alcance de una parte de la clase obrera tradicional, especialmente la de las grandes industrias o la élite de la construcción» [318].

Hemos comenzado este capítulo viendo lo que pensaban Marx y Engels sobre las contradicciones y los límites de la pequeña burguesía, sus miedos y sus dudas. El tiempo transcurrido desde entonces ha confirmado esta crítica marxista, y ha mostrado, además, que también las «clases medias» se caracterizan por las mismas indecisiones, por eso que un autor ha definido como la «estructura mental egoísta» de estas «clases medias» en países como Venezuela: «En este momento en la Venezuela revolucionaria la clase media es beneficiada de mil formas, repito, pero vemos perplejos como, amplios sectores de los mismos se adhieren sin vergüenza a sus verdugos y denigran del comandante Chávez y de la revolución que los salvó de estafas financieras e inmobiliarias y los incluye en todos los sectores socioproductivos que el Gobierno inventa y reinventa para todo el Pueblo» [319].

I. Brunet y M. L. Schilman han estudiado con rigor el comportamiento de la «clase media» argentina, los «ahorristas», inmediatamente después de la crisis del corralito en 2001, insistiendo en lo que denominan como «la volatilidad del derecho de propiedad de las clases medias», derecho sagrado para este sector social que quiere creerse burgués, y que al ver y sentir cómo la crisis destroza ese «derecho» cae en el miedo y en la ira, en la protesta espontánea carente de perspectiva histórico-política [320]. Aunque las especiales condiciones argentinas nos exigen ubicar y contextualizar esta investigación tan rigurosa, no es menos cierto que confirma la crítica general de las llamadas «clases medias» como franjas sociales oscilantes, dudosas, «egoístas» como decía el «joven» Engels.

Cuanto más duras sean las crisis socioeconómicas, más se empobrecen y desorientan las «clases medias». Las medidas antisociales impuestas por las burguesías no perdonan a ninguna fracción de estas llamadas «clases». Un caso paradigmático por lo que significa de destrucción del mito del ascenso integrador vertical entre las clases, mito básico de buena parte de la sociología, es el de la privatización de la enseñanza pública. No podemos extendernos en detalle en este muy importante aspecto de las capacidades del capitalismo, y de su voluntad, para integrar y acercar, disminuyendo las distancias entre las clases, o para aumentarlas aún más, para separarlas más, pero sí debemos decir que la privatización de la enseñanza no sólo responde a la necesidad ciega del capital por encontrar nuevas áreas en las que invertir sus excedentes dinerarios improductivos, sino lo que es más peligroso y significativo, que la irracionalidad egoísta y ciega del capital le lleva a que sea el capital-riesgo [321] el que cada vez busque con más desesperación nuevos espacios sociales que destrozar, en este caso el educativo.

Naturalmente, en estas condiciones se producen dos fenómenos que actúan a la vez contra la reproducción de las «clases medias»: por un lado, la privatización de la enseñanza y la irrupción del capital-riesgo en ella, además de otras causas, hace que disminuya el número de educadores. Según la UNESCO ahora mismo hacen falta dos mil millones de maestros más [322], para cubrir la actual demanda educativa en el mundo; y por otro lado, se está generalizando lo que V. Cantor define como «proletarización docente» [323], es decir, desaparece una de las fuerzas decisivas para el éxito del mito de las «clases medias», la de los maestros como funcionarios o como «trabajadores liberales», no explotados en su inmensa mayoría, que realizan la decisiva tarea de acelerar el ascenso vertical de la juventud trabajadora y su integración de parte de ella en las «clases medias» y tal vez en la pequeña burguesía.

La alarmante disminución de profesores en el mundo y su proletarización docente destroza el mito de la enseñanza como medio de integración social y ascenso interclasista. Esta proletarización ayuda a entender que l os «nuevos pobres» provengan en su gran mayoría de las «clases medias», como se confirma en Grecia [324], y en toda Europa según lo demuestra el estremecedor informe de Cáritas-Europa [325]. En el Estado español, en donde casi el 36% de las familias no tienen capacidad de afrontar gastos imprevistos, el empobrecimiento de la llamada «clase media-media» empieza ya a afectar a la «clase media alta» [326] Desde esta perspectiva realista se comprende a la perfección lo que ha escrito Beatriz Gimeno:

«Durante años nos hicieron creer que todos éramos clase media. Es cierto que vivíamos mucho mejor que nuestros padres y no digamos que nuestros abuelos, es cierto que vivíamos instalados en cierta prosperidad (aunque jamás alcanzo a todos), pero el aumento del consumo funcionó como un cebo que hizo creer a prácticamente todo el mundo que tenían control sobre sus vidas, característica de la clase media. Casi parecía no existir la clase trabajadora. Convencer a la gente que pertenece a la deseada clase media tiene el objetivo de enmascarar sus verdaderos intereses para que así puedan apoyar políticas que, en realidad, les perjudican; al perder la conciencia del lugar social al que se pertenece se reduce o se hace desaparecer el antagonismo de clase y así, los trabajadores más acomodados, en lugar de sentirse explotados por los poderosos se sienten amenazados por los que aun son más pobres que ellos. Se trata de enmascarar en lo posible las diferencias sociales, la desigualdad, sus causas y consecuencias. Si uno no sabe dónde está mal puede entender nada (…) Ya sabemos que no somos clase media. Nunca lo fuimos. Pertenecen a la clase media aquellas personas que pueden mantenerse con sus propias rentas, aunque sean pequeñas; aquellas que no dependen absolutamente de un único salario para poder vivir, aquellas que en caso de quedarse sin trabajo pueden razonablemente esperar encontrar otro sin que su nivel de vida se vea alterado. Es decir, sí, pertenecen a la clase medias aquellas personas que tienen control sobre sus vidas. Todas aquellas otras personas, la inmensa mayoría, cuya única fuente de ingresos es el salario, sea este bajo, muy bajo o normal, están vendidas» [327].

S obre las clases medias es oportuno recurrir a un texto escrito finales de la década de 1960, en modo alguno superado por la evolución posterior, sino al contrario. V. Fay estudió a las clases medias en el Estado francés haciendo insistencia en una constante que ha ido en aumento desde la época de Marx y Engels a la que ambos prestaron atención, y que también fue estudiada por Lenin en su momento: la de las llamadas ganancias o «beneficios diferenciales realizados en el mercado mundial» [328] por el imperialismo que permiten a éste sobornar con mejores salarios a una parte de la clase trabajadora lo que, unido a otros factores, impulsa la creación de una aristocracia obrera que es parte de las nuevas clases medias asalariadas. Fay también afirma que las clases medias se constituyen, además, para solucionar las necesidades de administración, control, dirección a medio nivel, del proceso productivo por trabajadores cualificados:

«Existen demasiados vínculos entre las clases medias asalariadas y la patronal. Se les confieren demasiadas funciones directivas. Gozan de excesivas ventajas. Sin hablar de la similitud del modo y del nivel de vida. Pero basta que intervenga una mutación brusca para que una parte de los cuadros superfluos o de edad más avanzada se vean brutalmente arrojados a la calle, como simples peones de albañil. Entonces, y sólo entonces, los cuadros se dan cuenta de todos los inconvenientes de su condición de asalariados, de los riesgos y del azar que eso implica.

«Se puede decir que en período de coyuntura favorable, las clases medias asalariadas se comportan como si fueran diferentes del proletariado propiamente dicho; y que en coyunturas desfavorables toman conciencia de su suerte de asalariados, sintiéndose solidarios con los intereses y con las luchas del proletariado.

«De todas maneras, es difícil precisar los límites exactos de una clase, porque en la realidad las formas de transición atenúan diferencias sociales. También en el caso de estas nuevas clases medias asalariadas que, tanto por sus funciones, como por la delegación de poderes que les concede la burguesía, como por el carácter mixto de sus ingresos y por su nivel de vida pueden emparentarse con ciertas categorías de las viejas clases medias y especialmente con las profesionales liberales.

«Ciertamente, no poseen medios de producción y, debido a ello, se acercan al proletariado. Pero ejerciendo funciones dirigentes, sustituyendo parcialmente a los capitalistas, chocan con la masa de los trabajadores que defienden intereses opuestos a los de los capitalistas» [329].

Como hemos dicho, esto está escrito hace casi medio siglo, pero cambiando algunos aspectos secundarios impresiona su actualidad. En efecto, desde la década de 1990 la liberalización financiera ha supuesto entre otros cambios el de la pérdida de peso del trabajador industrial clásico, el «grasiento de mono azul» y la aparición de cuadros técnicos especializados para acelerar la llamada «economía inmaterial», una verdadera «nueva clase media asalariada» que llegó a disfrutar de grandes prebendas. Pues bien, la crisis desatada oficialmente en 2007 está destrozado la «nueva clase media» que trabaja en el sector financiero de la famosa «Milla Cuadrada» de la City londinense que ha perdido ya un tercio de sus componentes [330], retrocediendo a los niveles de 1993.

Según recientes investigaciones, todo indica que la tradicional «clase media» formada por ejecutivos del sector industrial está empezando a desplazar en sueldos e importancia socioeconómica, política e ideológica a la «clase media» formada por ejecutivos del sector financiero [331], que retrocede social y salarialmente, como hemos visto arriba. Ciertas tesis sostienen que estos cambios son debidos a que el capitalismo vuelve a dar importancia al sector industrial, el que produce valor, mientras que tiende a reducir el peso del sector financiero, lo que explicaría en aumento de la «clase media» formada por altos técnicos y ejecutivos industriales, pero no es este el sitio y el momento para analizar si el capitalismo se encuentra ante un «cambio de paradigma» como sostiene el informe de ICSA la evolución de las retribuciones entre 2007 y 2012.

Muy recientemente se ha publicado una esclarecedora y necesaria investigación realizada por Saïd Bouamama sobre las revueltas de 2005 de parte de la juventud trabajadora francesa, estudio que nos viene muy bien para conectar nuestras reflexiones sobre las llamadas «clases medias» con todo lo relacionado con los conceptos de «revuelta popular», «clases populares», «movimiento popular», «barrios populares», «mundo popular», etc. El autor muestra cómo estas luchas han sido utilizadas por el poder para producir una «mentalidad de blancos de clase media» [332] racista y colonialista, reaccionaria, cuando en realidad es un amplio movimiento popular en el que han intervenido estratos explotados diferentes pero unidos por una misma crítica radical al orden burgués, crítica que se muestra en la destrucción de cuatro grandes símbolos materiales de la explotación que sufren desde la primera infancia: los medios de transporte públicos o privados; la escuelas, las empresas y las infraestructuras públicas [333].

Y por último, también es gran importancia para nuestro tema, la constatación del fracaso, de la incapacidad intelectual, teórica, organizativa y mental de las «izquierdas», de las ciencias sociales, del mundo de la cultura supuestamente crítica [334], para comprender qué estaba sucediendo con la irrupción de lo popular en la vida sociopolítica francesa y por extensión a toda Europa. Es cierto que Saïd Bouamama no emplea en concepto de «pueblo trabajador» en su excelente texto, pero en todo su escrito late internamente el poder científico-crítico que le caracteriza.

La brecha salarial en aumento refleja «la disolución de la clase media» [335] en el Estado español, basado en un estudio de nada menos que 80.000 encuestas sobre las variaciones salariales en 2013. V. Casas sostiene con razón que las «clases medias» son una falacia [336], viene a decir, para entendernos, que en realidad lo que ocurre es la interacción de dos dinámicas: una, la propia evolución del capitalismo en cuanto a sus necesidades estrictamente económicas, endógenas, y otra la dinámica sociopolítica de ataque deliberado de la burguesía para destruir la fuerza del movimiento obrero. Pone el ejemplo del ataque políticamente dirigido por el gobierno de M. Tatcher.

En estas condiciones extremas de empobrecimiento de fracciones trabajadoras que gozaban de relativamente altos salarios comparados con la media, hacen falta conceptos amplios, abarcadores e incluyentes que expresasen la dialéctica entre lo esencial de la explotación capitalista como las múltiples formas salariales diferentes en las que esa explotación se expresaba en las luchas diversas pero todas ellas todas ellas insertas en el único proceso de explotación de la fuerza de trabajo social. Ahora, salvando todas las distancias espacio-temporales pero no de sistema económico explotador, el capitalismo de entonces y de ahora, disponemos de esta tesis que sostiene que los cada vez más millones de personas empobrecidas, expulsadas del mercado de trabajo y sometidas a brutales condiciones de vida y de explotación, se insertan objetivamente en el pueblo trabajador en su conjunto:

«Esos hombres y mujeres no forman parte de la clase obrera en el sentido clásico del término, pero tampoco se sitúan completamente fuera del proceso productivo. Tienden más bien a entrar y salir ocasionalmente de él, a la deriva de las circunstancias, realizando por lo general servicios informales mal pagados, poco cualificados y muy escasamente protegidos, sin contratos, derechos, regulaciones ni poder negociador. Están ocupados en actividades como la venta ambulante, los pequeños timos y estafas, los talleres textiles, la venta de comidas y bebidas, la prostitución, el trabajo infantil, la conducción de rickshaws o bicitaxis, el servicio doméstico y la actividad emprendedora autónoma de poca monta. El propio Marx distingue entre diferentes capas de empleados, y lo que dice acerca del parado “flotante” o trabajador ocasional de su propia época -que para él contaba como un miembro más de la clase obrera- se parece mucho a la situación que viven hoy muchos de los habitantes de los barrios marginales» [337].

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