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Asunto:NoticiasdelCeHu 82/14 - Demasiadas finanzas (Dani Rodrik) / Rumbo al XVI EnHu (12)
Fecha:Lunes, 24 de Febrero, 2014  22:10:56 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 82/14
 Rumbo al XVI EnHu
América Latina como geografía
 
Bariloche, 6 al 10 de octubre

Demasiadas finanzas

Dani Rodrik
Project-Syndicate.org
10/2/14

 
PRINCETON – Qué rápido se dio vuelta la suerte de los mercados emergentes. No hace tanto, eran la salvación de la economía mundial: los dinámicos motores de crecimiento que mantendrían la economía andando cuando los de Estados Unidos y Europa comenzaran a fallar. Los economistas de Citigroup, McKinsey, PricewaterhouseCoopers y otras agencias predecían una era de amplio y sostenido crecimiento económico desde Asia hasta África.
Pero ahora los mercados emergentes están otra vez en la mala. La paliza que recibieron sus monedas cuando la Reserva Federal de los Estados Unidos comenzó a ajustar su política monetaria es sólo el principio; parece que hay problemas profundos dondequiera que uno mire.
Argentina y Venezuela agotaron su reserva de trucos heterodoxos. En Brasil y la India ya no sirven los modelos de crecimiento actuales. Turquía y Tailandia están sumidas en crisis políticas derivadas de viejos conflictos internos latentes. En África, crece la inquietud por la falta de cambios estructurales e industrialización. Y en cuanto a China, todos se preguntan si su desaceleración económica será un aterrizaje suave o de emergencia.
No es la primera vez que los países en desarrollo padecen los cambios de humor abruptos de los mercados financieros internacionales. La sorpresa es que sea una sorpresa. Sobre todo para los economistas, que hace mucho deberían aprendido ciertas lecciones básicas.
En primer lugar, la moda de los mercados emergentes es precisamente eso. Los milagros económicos son infrecuentes, y esto tiene sus motivos. Los gobiernos capaces de intervenir masivamente para reestructurar y diversificar la economía, sin que al mismo tiempo el Estado se convierta en un mecanismo de corrupción y clientelismo, son la excepción, no la regla. China y (en sus mejores días) Corea del Sur, Taiwán, Japón y algunos otros países tuvieron esa clase de gobiernos y lograron industrializarse en poco tiempo, pero en la mayor parte de América Latina, Medio Oriente, África y el sur de Asia, la industrialización pasó de largo.
El crecimiento de los mercados emergentes durante las últimas dos décadas se basó en un conjunto fortuito (y transitorio) de circunstancias externas: alto precio de los commodities, bajos tipos de interés y una provisión aparentemente inagotable de financiación extranjera. La mejora de las políticas macroeconómicas y de la gobernanza general también ayudó, pero estos son factores habilitadores del crecimiento, no disparadores del crecimiento.
En segundo lugar, la globalización financiera se presentó como una panacea que no fue tal. Se suponía que la apertura a los flujos de capital impulsaría la inversión interna y reduciría la volatilidad macroeconómica, pero produjo casi lo contrario.
Hace mucho que se sabe que las inversiones de cartera y el ingreso de capitales a corto plazo impulsan fiestas de consumo y burbujas inmobiliarias que luego se transforman en desastre, cuando tarde o temprano el humor de los mercados cambia y se acaba la financiación. De modo que los gobiernos que disfrutaron durante la subida en la montaña rusa no deberían declararse sorprendidos por la bajada brusca que inevitablemente viene después.
En tercer lugar, el tipo de cambio flotante no es la solución perfecta para protegerse de estos vaivenes. En teoría, se supone que librar el valor de la moneda a las fuerzas del mercado permitirá aislar la economía interna de los caprichos de las finanzas internacionales, ya que la moneda se apreciará cuando entren capitales y se depreciará cuando salgan. Pero en realidad, pocas economías toleran bien los inevitables reajustes cambiarios.
La apreciación abrupta de la moneda local destruye la competitividad internacional del país. Y la depreciación abrupta provoca consecuencias inflacionarias que la convierten en la pesadilla de los bancos centrales. El tipo de cambio flotante puede hacer más fácil el ajuste, pero las dificultades no desaparecerán.
En cuarto lugar, es un error confiar en la coordinación global de las políticas económicas. Por ejemplo, las políticas fiscales y monetarias de Estados Unidos se fijarán siempre teniendo en cuenta los intereses de Estados Unidos como prioridad número uno (y puede que como prioridad número dos y número tres). Y si los países europeos apenas pueden cuidar sus propios intereses comunes, menos aún podrán hacerse cargo de los del mundo. Que los gobiernos de los países emergentes esperen que los grandes centros financieros ajusten sus políticas en respuesta a las condiciones económicas del resto del mundo es pecar de ingenuidad.
Lo antedicho no supone necesariamente un problema. El generoso programa de compras de activos a largo plazo por parte de la Reserva Federal (la “flexibilización cuantitativa”) benefició a todo el mundo al sostener la demanda y la actividad económica en Estados Unidos. Sin esta política (que ahora la Reserva Federal ha comenzado a retirar) el comercio internacional hubiera sufrido un golpe mucho peor. Asimismo, el día en que los europeos logren acertar con sus políticas y dar nuevo impulso a sus economías, el resto del mundo también saldrá beneficiado.
Pero el resto es tarea de los funcionarios del mundo en desarrollo. Estos deben resistir la tentación de abusar de la financiación externa cuando es barata y abundante; en una bonanza de capital extranjero, cualquier estancamiento de la inversión privada en bienes transables es una señal de peligro elocuente, que ninguna dosis de relato oficial debería ser capaz de ocultar. Para los funcionarios, la elección es sencilla: o aplican severos controles prudenciales a los flujos de capitales o aceptan invertir una importante cuota de recursos en protegerse acumulando reservas extranjeras.
Pero hay un problema más profundo, y tiene que ver con el exceso de financiarización de la economía mundial que se ha producido desde los noventa del siglo pasado, y que ha generado problemas políticos (aumento de la desigualdad, mayor volatilidad, menos espacio de maniobra para manejar la economía real) que tendrán ocupados a los responsables políticos en las décadas que vendrán.
Decir que los gobiernos no pueden culpar a nadie más que a ellos mismos por haberse subido a esta carrera alocada sin pensárselo dos veces es correcto, pero no sirve de nada. Es tiempo de pensar cómo puede hacer el mundo para crear un equilibrio más sano entre el sector financiero y la economía real.
Traducción: Esteban Flamini

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