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Asunto:NoticiasdelCeHu 42/14 - VIAJANDO: Soñar con Istanbul
Fecha:Viernes, 14 de Febrero, 2014  14:04:55 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 42/14
 
 

  Soñar con Istanbul

 

Siempre he dicho que mis viajes comienzan cuando cierro la puerta de mi casa, pero en realidad, comienzan mucho antes. Podría decirse que cuando compro los pasajes, o más bien cuando tomo la decisión de partir, es más, cuando comienzo a soñar con ellos. Y soñar con Istanbul me estaba llevando casi medio siglo.

 Cuando en los primeros años de la escuela secundaria la profesora de Geografía delimitó los continentes europeo y asiático, nos habló de los montes Urales, pero también del río Ural, del mar Caspio, del Cáucaso, del mar Negro, del estrecho de Bósforo, del mar de Mármara y del estrecho de los Dardanelos; y desde entonces surgió mi curiosidad. ¿Cómo serían esos lugares, qué habría en ellos, qué particularidades tendrían como para que oficiaran de límites entre semejantes continentes? Y ante mis preguntas sobrevino la aclaración de que en realidad se trataba de una sola masa continental, Eurasia, pero que las montañas habían constituido una gran barrera humana, y por lo tanto cultural; mientras que los pequeños mares y estrechos eran sólo límites convencionales, es decir, determinados arbitrariamente. Ella hizo una somera descripción, pero sumado a la escasa ilustración de los libros y a la falta de materiales de la época, no me quedó una idea clara sobre el paisaje de la región. Poco tiempo después, la profesora de Historia nos habló de Constantinopla, no sólo como sitio en sí mismo, sino sobre su importancia geopolítica, tanto a nivel regional como mundial, ya que la toma de la ciudad en manos de los turcos en 1453, no sólo había determinado la caída del Imperio Romano de Oriente y el comienzo del Imperio Otomano, siendo fundamentalmente, el descubrimiento de América.

Fue entonces cuando comencé a soñar con conocerla. Y cuando digo soñar, no me refiero solamente a imaginar despierta un viaje, sino que desde niña cuando leo o veo imágenes sobre un lugar que me interesa, mientras duermo sueño con él, por lo que oníricamente, he visitado gran parte del mundo e incluso vivido grandes hechos históricos. Así que cuando Hernán Mazza, mi compañero de cátedra de Geografía Turística en la Universidad de Belgrano me ofreció pasajes a Istanbul por mil cien dólares en Turkish Airways, inmediatamente acepté.

Pasaron nueve meses desde la adquisición de los pasajes, y Hernán, enamorado de esa ciudad, con todo su entusiasmo me fue dando más motivos para visitarla, por lo que mi sueño iba acrecentándose día a día… Hasta que llegó el jueves 9 de enero del 2014, en que además de la ansiedad por vivir algo tan soñado, se le agregó la desesperación por irme de Buenos Aires ante la persistente ola de calor que la venía azotando desde veinte días atrás. Porque como dijera el periodista vasco y viajero incansable Manu Leguineche: “Viajo para pasear un sueño y escapar de rutinas y agobios.”

Salí de casa con Omar en un taxi Onda Verde rumbo a Ezeiza. El tránsito estaba difícil por los cortes de calles a causa de los cortes de luz. Y en la Ricchieri había habido un accidente por lo que también todo estaba lento, pero asimismo, en una hora estuvimos en Ezeiza. Allí rápidamente hicimos los trámites de migraciones y equipaje y nos quedamos en el AEROBAR comiendo unos sándwiches con sendos cafés, mientras comenzaba a caer una lluvia torrencial.

El vuelo 016 de Turkish Airways debía salir a las 23,55 pero anunciaron que se atrasaría debido a que por la tormenta no podían cargar combustible. Así que decolamos casi a las dos de la madrugada. El Airbus rápidamente tomó altura, pero a pesar de eso, no podía evitar los nimbos, que lo sacudían permanentemente. No obstante, tal vez por el cansancio acumulado durante los días previos o bien por el propio movimiento que me hacía de mecedora, me dormí tan profundamente que no percibí la escala en Sao Paulo. Cuando me desperté estábamos sobrevolando el continente africano, era de día y no llovía. Pero como avanzábamos hacia el este, muy pronto de hizo nuevamente de noche, y nos dieron de cenar pasta con tomate y brócoli, y como postre, mousse de chocolate.

El mapa del avión nos indicaba que ya estábamos cerca, pero había nubes bajas y por la ventanilla no se veía absolutamente nada. ¡Hasta que…, el cielo se despejó!

 

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Primera imagen aérea de la ciudad de Istanbul

 

 

Iluminada a pleno y partida en dos por el estrecho de Bósforo, ¡allí estaba Istanbul!

 

 

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Al oeste la Istanbul europea y al este, la asiática

 

 

Bósforo proviene de la mitología griega “Bous” (becerro) y “poros” (lugar de paso). La leyenda cuenta que el dios Zeus había seducido y embarazado a Ío, una doncella de su esposa Hera. Y que al ser descubierto, para proteger a la muchacha de los celos de su mujer, la convirtió en una ternera blanca. Pero Hera, para vengarse, la hizo picar por una avispa, por lo que el animal cruzó desesperadamente el Estrecho.

 

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Estrecho del Bósforo

 

 

El Bósforo contaba con dos puentes colgantes permitiendo la comunicación entre la Istanbul europea y la asiática. El puente Bogazici o puente del Bósforo, también conocido como “El Primero”, inaugurado en 1973, tenía algo más de mil metros de longitud entre pilares y casi cuarenta metros de ancho con tres carriles de cada mano, y se encontraba suspendido a sesenta y cuatro metros sobre el mar. Estaba iluminado con ledes, consiguiendo así un importante ahorro energético, de allí su coloración roja. Y a sólo cinco kilómetros de él, en 1988, se había construido el puente Fatih Sultan Mehmet, con características similares. Pero la necesidad de asidua comunicación databa de la antigüedad. Según Herodoto, en tiempos de Darío I (522 a.C. – 485 a.C.), ya existía un puente de barcazas que permitía el paso del Estrecho.

 

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Durante el descenso, aunque movido, así se veía iluminado en rojo el puente Bogazici

 

 

Ya con dieciséis horas y media sobre el avión, y siendo las once y veinte de la noche del viernes 10 de enero, tras algunas vueltas sobre el mar Negro por no tener disponibilidad de pista, aterrizamos en el Aeropuerto Internacional Atatürk.

El aeropuerto lleva el nombre de Mustafa Kemal Atatürk, quien en 1922 aboliera el sultanato para proclamar la República de Turquía al año siguiente, de la cual se erigiera en máximo dirigente. Y su principal objetivo fue construir una nación turca a imagen y semejanza de los países occidentales, a partir de la laicización de la legislación, del sistema educativo, la implantación de la monogamia, del calendario gregoriano y del alfabeto latino.

 

 

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Aterrizando en el Aeropuerto Internacional Atatürk

 

 

Casi sin mirarlos sellaron nuestros pasaportes argentinos y no nos revisaron los equipajes ya que en la aduana no había absolutamente nadie. Así que Omar se dirigió a una casa de cambio para comprar liras turcas mientras yo averiguaba el costo del traslado en remis hasta el hotel Diva’s, en el antiguo distrito de Sultanameth.

Me acerqué al mostrador de la empresa EUROLIMOUSINE, donde un hombre me mostró una lista de precios donde figuraba que hasta ese sector de la ciudad el viaje costaba 40 euros, pero cuando lo rechacé, en perfecto español me lo ofreció a 30. Y si bien igualmente nos pareció muy caro, siendo casi la una de la mañana, no teníamos otra opción.

Subimos a una shuttle en la que iban sólo dos hombres más que se bajaron pronto en un hotel barato. El chofer nos preguntó, en un inglés muy mal pronunciado, de dónde veníamos y cuánto tiempo nos había demandado volar hasta allí, a lo que comentó que, sin duda, se trataba de un lugar muy lejano. Al llegar al hotel, estacionó el vehículo en un terreno contiguo y después de bajar el equipaje, comenzó a decir: -“¡Tip! ¡Tip!”

Omar le dio dos dólares, pero él pretendía diez euros. Como le dijimos que eso era mucho, pidió diez dólares. Y ante nuestra negativa, pidió “diez de cualquier moneda”. Yo estuve a punto de darle diez pesos argentinos, pero me pareció demasiada maldad a pesar de su osadía, así que le dije que en nuestro país no se estilaba dar tanta propina. Y cuando él respondió que allí sí, Omar le dijo que nadie nos lo había avisado, levantó los bultos, entramos al hotel y lo dejamos con toda la bronca.

Nos dieron una habitación en el cuarto piso que se llamaba Istanbul (la 403), que si bien estaba muy bien decorada, su principal atractivo era la vista que desde allí se obtenía. Así que lo primero que hicimos fue asomarnos al balcón, ver la silueta de la Mezquita otomana de Sokollu Mehmet Pasa, construida en el siglo XVI y contemplar las luces de los barcos sobre el mar de Mármara…

El sueño se estaba convirtiendo en realidad. Y esa noche ya no iba a soñar con Istanbul sino en Istanbul.

 

 

Ana María Liberali

 

 





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