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Asunto:Re: NoticiasdelCeHu 509/13 - VIAJANDO: En Moscú por el X Congreso de la FIEALC
Fecha:Miercoles, 7 de Agosto, 2013  11:46:48 (-0500)
Autor:bertha olga balbin ordaya <balbinordaya @.....com>
En respuesta a:Mensaje 15695 (escrito por Noticias del CeHu)

Muy buena experiencia, pues era cierto todo lo que se hablà y se conoce de Rusia.
En mi pais como en America Latina somos libres y conscientes de que los seres humanos somos difeerentes cuando creemos en doctrinas enmascaradas.
Un abrazo
Bertha

El 6 de agosto de 2013 19:22, Noticias del CeHu <noticias@centrohumboldt.org> escribió:
NCeHu 509/13
 

 

En Moscú por el X Congreso de la FIEALC

 

Ese lunes 25 de junio de 2001 amaneció muy temprano, ya que en verano los días eran muy largos en esas latitudes. Nos despertamos por el ruido que los albañiles estaban haciendo en el pasillo del hotel, pero nos quedamos en la cama un ratito más. Y cuando salimos de la habitación con el fin de desayunar, vimos con sorpresa que quienes estaban llevando a cabo los arreglos eran mujeres. Sí, mujeres grandotas que cargaban tanto ladrillos como pesados baldes de arena y de cemento. Y, de hecho, esa igualdad de género no nos gustó en lo más mínimo.

Ingresamos al salón del desayunador, y como no había una mesa totalmente libre, otros latinoamericanos nos hicieron lugar en la suya. Pero los mozos no nos atendían porque pretendían que primeramente se levantaran los que ya estaban desayunando. Nuestros compañeros les insistieron para que nos sirvieran, y ellos contestaban en ruso no sabemos qué cosa, y de mal modo. Aparentemente correspondía que nos dieran té, pero yo estaba sintiendo un rico olorcito a café, por lo que pedí el cambio, a lo que me hicieron saber por señas que no había. Yo señalé mi nariz y les aseguré que sí había, pero el mozo seguía diciendo: -“¡Niet…!” Entonces alguien que había estado en la misma situación que yo me sugirió que le pusiera un dólar sobre la mesa. ¡Y todo cambió! El billete fue a parar en segundos al bolsillo del mesero, mientras con una sonrisa me decía: -“¡Da…, da…!” Y de inmediato tuve una taza de café doble sobre la mesa. ¡Y así todos los días!

Junto con otros participantes tomamos un ómnibus que nos llevaría hasta la estación de metro más próxima, y desde allí, tras varias conexiones, llegaríamos al Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Academia de Ciencias de Moscú, donde tendría lugar el X Congreso de la FIEALC (Federación Internacional de Estudios sobre América Latina y el Caribe).

 

Por las calles de Moscú en ómnibus

 

 

En el trayecto sobre tierra no hubo nada que me llamara la atención por lo agradable, sino todo lo contrario, los edificios me parecieron grandes mazacotes sin gracia, rectos y la mayoría sin ventanales ni balcones; y el tránsito bastante ágil a partir de las amplias avenidas por donde nos movíamos. Pero al ingresar al metro, toda mi impresión cambió sustancialmente. Primero de todo, la profundidad. ¡Nada comparable con todo lo conocido! Eran varios pisos de larguísimas escaleras mecánicas que parecían trasladarnos al centro de la Tierra. Allí se tenía la sensación de que aunque bombardearan Moscú, absolutamente nada nos iría a pasar. Y por otra parte, cada estación parecía un museo, dada la fina decoración y las obras de arte que allí se encontraban, además de la más pulcra limpieza, a pesar de la cantidad de gente que circulaba por ellas. Pero no nos podíamos distraer ante estos espacios de arte porque debíamos llegar a tiempo para las presentaciones.

 

La mayor parte de los edificios no tenían un diseño que me agradara

 

 

Edificios de un barrio de Moscú

 

 

En el Congreso se habían acreditado cerca de dos mil personas, de las cuales casi cuarenta éramos argentinos, procedentes de diferentes universidades e instituciones de diversas partes del país y de distintas disciplinas, ya que la temática abarcaba un amplio espectro que iba desde las ciencias políticas hasta expresiones artísticas. Y eso era lo interesante.

Los rusos conocían más de América Latina que cualquiera de nosotros. Hablaban perfectamente el español, la mayoría de ellos con acento cubano o mexicano, y los especialistas en Letras recitaban de memoria tanto el Martín Fierro, como los versos de José Martí, y comentaban con detalles las obras de Carlos Fuentes o de Jorge Amado. Pero la organización fue muy deficiente. No solamente que las actividades se desarrollaban en diferentes edificios, bastante alejados unos de otros, sino que no había ni infraestructura ni los servicios suficientes para la magnitud de los acontecimientos. Sólo un ejemplo fue el aula donde me tocó exponer, en que durante la presentación, entraban y salían para mudar algunos objetos pasando entre los ponentes y el público… ¡Nunca visto!

Prontamente me encontré con amigos y conocidos tanto de Argentina como de otros países, siendo especialmente importante saludar a Ludmila Okuneva, quien con su hija Olga, me prestaran todo tipo de atenciones y me dieran consejos sumamente útiles para moverme en esa complicada ciudad.

Esa misma noche, los argentinos fuimos invitados a nuestra embajada donde nos ofrecerían un cóctel de bienvenida. Pero esa amable reunión contó con un plus. Nada menos que el embajador, nos dio una charla informal advirtiéndonos que si caíamos presos, diéramos el teléfono de la embajada para que él nos pudiera sacar.

Nosotros, casi a coro, preguntamos sorprendidos: -“¡¿Pero por qué vamos a ir presos?!”

-“Porque es una estrategia de la policía rusa para sacar dinero a los turistas. Los detienen, les hablan en ruso a los gritos, y piden dinero. Y como están acostumbrados a hacérselos a los europeos o norteamericanos, les van a pedir una suma demasiado elevada para ustedes, por lo que nosotros la tendremos que oblar.”

Y luego agregó: -“Nosotros no tenemos más dinero aquí, porque grupos fuertemente armados ya nos asaltaron varias veces. Esta semana le tocó a otra embajada latinoamericana. Así están las cosas en este país.”

Para regresar al hotel, mi compañera y yo pedimos un taxi que nos cobró unos sesenta rublos, que si bien los podíamos pagar, nos parecía una barbaridad. Cuando Ludmila se enteró, nos dijo que no debíamos tomar taxis sino parar a cualquier auto, en lo posible no muy nuevo, y arreglar una tarifa para ir adonde quisiéramos. Nosotras le dijimos que no podríamos hacer semejante cosa porque entraríamos en una situación de riesgo. Pero ella insistió en que allí eso era costumbre corriente, y para llevarnos de paseo, ensayó junto con nosotras la experiencia. Paró un coche y le preguntó cuánto nos cobraría para ir hasta determinado lugar. El hombre pidió treinta rublos, a lo que ella le dijo que no pagaría más de quince; y así regateando, pagamos veinte. Varias veces ejercitamos ese método con ella, hasta que llegué a animarme a hacerlo sola. Así que de ida iba al Congreso con el metro, pero a la vuelta, paraba a los autos y como no sabía ruso, anotaba en un papel el nombre del hotel, el barrio y se lo mostraba al conductor. Me contestaban en ruso, pero yo les hacía señas de que me lo anotaran en el papel. Entonces generalmente desde el Centro me pedían 40 rublos, pero yo, muy segura de lo que estaba haciendo, les contestaba enérgicamente: -“¡Niet!”, y les escribía el número “20”. A lo que ellos escribían “35”, y finalmente me llevaban por 30.

 

Los autos particulares cobraban mucho menos que los taxis

 

 

Pasados unos días tuve que viajar sola en metro por la mañana para ir a la Academia de Ciencias, y debido a que en oportunidades anteriores había ido en grupo, no había reparado sobre ciertos detalles, así que como algunas letras del ruso son diferentes, y otras parecieran estar al revés, confundí el nombre de una estación, y me pasé. Entonces, como podría hacerse en otras partes, pretendí tomar el tren en el sentido inverso, no percatándome de que el recorrido era circular, ¡y me perdí! Lo que ocurría era que varias estaciones tenían nombres parecidos y no quedaban demasiado cerca una de otra, y cuando estaba tratando de descifrar los carteles indicadores para ver dónde me tenía que bajar, ¡subió un grupo de personas hablando en español! ¡Fue como encontrar agua en el desierto! Me acerqué desesperadamente para preguntarles si sabían dónde me tenía que bajar para llegar al Centro, y resultaron ser profesores mexicanos que iban al mismo lugar que yo. ¡Cómo me salvaron!

 

Mapa del metro de Moscú

 

 

Finalmente llegamos juntos a la Academia de Ciencias. Y con estos circunstanciales amigos, los días posteriores salí a recorrer Moscú ya que la conocían a la perfección, dominando además el idioma ruso, por haber hecho sus postgrados allí durante la etapa de la Unión Soviética.

 

 

 Ana María Liberali

 

 

 





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