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Asunto:NoticiasdelCeHu 377/13 - Históricas movilizaciones en Egipto (Julian S alingue)
Fecha:Viernes, 5 de Julio, 2013  11:16:26 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 377/13

Las luchas que precedieron el 30J

Históricas movilizaciones en Egipto

Julien Salingue

Viento Sur

Viernes 5 de julio de 2013

[El ejército egipcio ha depuesto al presidente Morsi creando una situación nueva y contradictoria. Pero justo antes y después de este acontecimiento se han desarrollado unas movilizaciones populares sin precedentes. El 30 de junio fue una jornada de movilización histórica en Egipto. Según los medios de comunicación egipcios no fueron menos de 17 millones de personas las que se manifestaron para pedir la destitución del Presidente Mohammad Morsi. Estas manifestaciones se inscriben en la estela de una campaña bautizada como “Tamarod” (rebelión) cuyos organizadores afirman haber recogido 22 millones de firmas pidiendo la salida de Mohammad Morsi y la convacatoria de nuevas elecciones. El 3 y el 4 de julio se estima que de 30 a 40 millones de personas han tomado las calles (en un país de 85 millones de habitantes). Estas manifestaciones multitudinarias solo puede entenderse como una prolongación política de las luchas sociales de los meses precedentes. El artículo que sigue analiza precisamente estas luchas. Redacción Viento Sur.]

Huelgas históricas

Según un informe reciente publicado por el International Development Center (IDC), 5.544 manifestaciones se celebraron en Egipto durante los primeros cinco meses de 2013. Las cifras de marzo, abril y mayo (1.354, 1.642 y 1.300, respectivamente) convierten a Egipto en el país del mundo que registra mayor número de movilizaciones. Nuevo indicador, si aún fuera necesario, del carácter inacabado (y siempre pendiente) del proceso revolucionario egipcio.

Dos tercios de las manifestaciones se relacionaban con cuestiones económicas y sociales: protestas contra el aumento del coste de la vida, los cortes de la electricidad o la mala calidad de los servicios sociales; numerosas huelgas y manifestaciones de empleados tanto del sector público como privado, que reivindicaban, sobre todo, aumento de salarios, mejores condiciones laborales, el cese de jefes, de administradores autoritarios y /o próximos al antiguo régimen.

Estas huelgas y manifestaciones, poco destacadas por la prensa internacional, muestran que el Egipto post-Mubarak está lejos de haber sido doblegado y que el manto de silencio levantado en enero de 2011 no ha vuelto a caer. El año 2013 ya se anuncia como un año récord en términos de movilizaciones: las 3.400 movilizaciones por cuestiones económicas y sociales registradas en 2012 ya han sido superadas, lo que constituye un máximo histórico.

Las huelgas a menudo son masivas y contribuyen a paralizar ampliamente el aparato productivo egipcio, obligando a las autoridades y a los representantes del sector privado a reaccionar, a veces por la fuerza, a menudo, por la negociación. Se suceden en el conjunto de las grandes ciudades de Egipto, en primer lugar en El Cairo y Alejandría, pero también en Suez, Port Saïd, Mansourah o al-Mahallah al-Koubra, que albergan decenas de millares de empleos del sector industrial.

Se podría también citar a título de ejemplo, la histórica movilización de los estibadores de Port de Sokhna, en el Canal de Suez, en febrero pasado: 1.200 obreros pararon completamente el trabajo durante 16 días, ocupando el puerto y paralizando totalmente las entrada y salida de mercancías. Reivindicaban especialmente, la obtención de contratos de trabajo reales, el fin del periodo de prueba de 3 meses durante el que podían ser despedidos sin motivo o indemnizaciones para quienes sufren accidentes en el trabajo. Obtuvieron buena parte de sus reivindicaciones tras una mediación gubernamental , y unas pérdidas estimadas de 192 millones de libras egipcias (más de 20 millones de euros).

Otro ejemplo significativo, fue la huelga de los maquinistas del Egypt National Railway (ENR), llevada a cabo en abril pasado especialmente para obtener aumentos de salarios y bajas remuneradas. Esta huelga masiva y desarrollada a escala nacional por primera vez desde 1986, duró dos días y acabó en medio de la confusión con promesas hechas por las autoridades después de haber intentado obligar a los maquinistas a volver al trabajo militarizándolos y desencadenando la indignación de los sindicatos.

El gobierno ya no puede controlar a los trabajadores

Como sucedía bajo el régimen de Moubarak, el gobierno se implica directamente en la resolución de los conflictos sociales, incluido en el sector privado, dándoles inmediatamente un alcance político. Pero la integración de los dirigentes sindicales en el aparato del estado, vía el sindicato oficial, el Egyptian Trade Unions Federation (ETUF), herencia del nasserismo, fracasó con la creación de más de 1000 sindicatos independientes a lo largo de los dos últimos años, agrupados especialmente en la Egyptian Federation of Independent Trade Unions (EFITU) y la Egyptian Democratic Labor Conference (EDLC), que dicen contar con más de 2 millones de miembros.

Para Mohammad Abdeen, cuadro de l’EFITU en El Cairo, entrevistado durante la huelga de los estibadores de Sokhna, “la capacidad del gobierno para controlar a los trabajadores acabó con la caída de Moubarak. Ya no existe. Ya no se pueden controlar”. Los conflictos dentro de ETUF se multiplican al intentar el nuevo poder asentar su control, y cada vez se oyen mas voces discrepantes en el “sindicato del estado”. Reivindican la autonomía respecto a las autoridades, con más fuerza después de la “declaración constitucional” de noviembre pasado, que ampliaba considerablemente los poderes del presidente Morsi y fue ampliamente contestada por el movimiento sindical antes de ser retirada.

La extrema politización de los problemas económicos y sociales, producto de una forma de gestión neopatrimonial y estatalizada del capitalismo egipcio, se había constatado ya en 2011, con el papel decisivo de las huelgas y manifestaciones obreras en la caída de Moubarak. El régimen tenía una clara conciencia de ello y había intentado salvarse anunciando el 7 de febrero (es decir 4 días antes de la salida de Moubarak) un aumento del 15% de los salarios y las pensiones de los empleados del sector público. El lugar ocupado por los sindicatos independientes y por los diversos colectivos de trabajadores en las movilizaciones de finales de 2012 contra la ampliación de los poderes de Mohammad Morsi (como en al-Mahallah al-Koubra) muestran que la dimensión económica y social del proceso revolucionario egipcio sigue siendo esencial. El régimen no se equivocó en esto e intentó por diversos medios reprimir las manifestaciones y a sus dirigentes.

La campaña Tamarod se inscribe en la continuidad de estas movilizaciones sociales: el llamamiento que fue firmado por millones de egipcios no hace ninguna referencia a cuestiones religiosas y no denuncia, al contrario de lo que dejan entrever los medios de comunicación occidentales, ninguna “islamización de la sociedad egipcia”. El texto afirma lo siguiente: “Os rechazamos porque la seguridad no ha sido restablecida, porque los pobres siguen siendo ignorados, porque seguimos siempre mendigando préstamos en el exterior, porque no se ha hecho ninguna justicia con los mártires, porque nuestra dignidad y la de nuestro país no han sido restablecidas, porque la economía se ha hundido y descansa sobre la mendicidad, porque Egipto sigue marchando tras los pasos de estados Unidos”

Así se comprende porque el ejército egipcio, que el año pasado había aceptado compartir una parte del poder con los hermanos Musulmanes a pesar de los conflictos recurrentes, hoy se posiciona claramente contra Mohammad Morsi. El presidente y su gobierno han sido incapaces de meter en cintura la contestación durante estos últimos meses, profundizando una situación de inestabilidad política y, sobre todo, económica que no conviene nada al ejército que, recordémoslo, controla un tercio de la riqueza egipcia. El ejército considera que los Hermanos Musulmanes han demostrado que eran incapaces de estabilizar el país y que debe ser él mismo el que se implique para restaurar la calma y dar un frenazo a este proceso revolucionario que podría hacerle perder una parte significativa de su influencia política y económica.

Un proceso revolucionario que continúa

En Egipto, como en Túnez, la situación está lejos de estar estabilizada. El acceso al poder de corrientes políticas que se adhieren a las tesis neoliberales y priorizan el acercamiento a Estados Unidos, con quienes comparten especialmente las opciones económicas, no ha hecho retroceder las movilizaciones. Y es justamente porque estas corrientes son incapaces de responder a los retos de la crisis socioeconómica que generó los levantamientos, por lo que su legitimidad, apenas un año después de su acceso al poder, está erosionada. Producto de una crisis que no pueden resolver, los “nuevos regímenes” se enfrentan a amplias luchas sociales que demuestran una efervescencia típica de procesos revolucionarios lejos de estar finalizados a pesar de la ausencia de una continuidad visible.

En efecto, los procesos revolucionarios plantean la cuestión de los ritmos del cambio e invitan a desembarazarse de cualquier concepción gradual o lineal, del tiempo político. “No es posible representar la revolución bajo la forma de un acto único: la revolución será una sucesión rápida de explosiones más o menos violentas, alternando con fases de calma más o menos profundas” /1. La revolución no puede reducirse a un derrocamiento durante el cual lo antiguo se derrumbaría de repente y lo nuevo lo reemplazaría: es un proceso que se inscribe en el tiempo, en cuyo seno se suceden, a veces de manera muy próxima, el flujo y el reflujo, los avances y los retrocesos, la calma y la tempestad. “Las revoluciones tienen su propio ritmo, salpicado de aceleraciones y desaceleraciones. También tienen su propia geometría, en la que la línea recta se quiebra en las bifurcaciones y en los bruscos giros”. /2

Nadie puede pronosticar qué va a suceder en Egipto, y en general, en el mundo árabe, pero es obligado reconocer, y la jornada del 30 de junio lo confirmó, que estamos en el inicio de un largo proceso cuyas causas son profundas y cuyos problemas no pueden ser resueltos por un simple cambio de la élite en el poder. La irrupción en la escena política de millones de jóvenes, de mujeres, de trabajadores, que rechazan la fatalidad y se ven como los primeros sujetos de su historia, representó un salto cualitativo mayor. Como lo resume Maha Abdelrahman, de la Universidad de Cambridge, citado por Gilbert Achcar en la conclusión de su reciente obras consagrada al levantamiento árabe /3: “Sin medidas para resolver sus injusticias vividas, sus reivindicaciones largamente ignoradas y sus condiciones de vida en permanente deterioro, es difícil imaginar cómo estos millones de personas podrían ser convencidas para volver a sus casas y abandonar su lucha por la justicia, tanto política como económica”.

03/07/2013

Notas

/1 Lenin, Que Faire ?V°, c)

/2 Daniel Bensaïd, « Les sauts ! Les sauts ! Les sauts ! Lénine et la politique », en Daniel Bensaïd, La politique comme art stratégique, Paris, Syllepse, 2011.

/3 Gilbert Achcar, Le peuple veut. Une exploration radicale du soulèvement arabe, Sindbad Actes Sud, février 2013.






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