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Asunto:NoticiasdelCeHu 265/13 - VIAJANDO: Unas cortas vacaciones en San Marcos Sierras
Fecha:Martes, 14 de Mayo, 2013  05:46:39 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 265/13
 

 

 

Unas cortas vacaciones en San Marcos Sierras

 

El año 99 había sido muy pesado para mí, tanto desde el punto de vista profesional como del personal, al punto que todo se había extendido de tal manera que no había podido irme de vacaciones en el primer mes de 2000. Por lo tanto, a comienzos de febrero pretendía tomarme unas vacaciones, aunque cortas, en un lugar extremadamente tranquilo, y para eso nada mejor que San Marcos Sierras.

Y así fue que una noche de mucho calor en Buenos Aires junto con Omar y mis hijos Joaquín y Martín subimos al micro de la empresa Ablo-General Urquiza, que nos conduciría a la ciudad de Cruz del Eje, en el noroeste de la provincia de Córdoba. Ya ubicarme en el mullido asiento y contar con aire acondicionado dieron lugar a mi primer momento de relax. Y luego, las atenciones de la azafata y el excelente servicio de comidas permitieron que prontamente me durmiera profundamente hasta llegar a destino. Pero desde Cruz del Eje, tuvimos que tomar un colectivo local que en un recorrido de veinticuatro kilómetros, nos dejó en la plaza de San Marcos Sierras.

 

Cómo Llegar

 

 

Desde la plaza caminamos, bajo el crudo sol del mediodía, las cuatro cuadras que nos separaban del complejo turístico “El Paraíso”, que quedaba en la intersección de las calles Mariano Moreno y Vélez Sarsfield, donde ocupamos una cabaña. Rápidamente fuimos a comprar los ingredientes imprescindibles para armar una comida, y después del almuerzo, una siesta reparadora.

Cuando el sol ya no estuvo tan fuerte, permanecimos un largo rato en la pileta de los jardines del complejo, donde Martín se divertía tirándose desde un tobogán.

A la noche salimos a caminar por el minúsculo pueblo, que en ese momento contaba con solo novecientos habitantes permanentes, pero con un importante número de turistas, la mayoría de ellos bastante jóvenes. Dimos la vuelta a la plaza, recorrimos los puestos de los artesanos, tomamos una bebida fresca en uno de los barcitos, y cuando el aroma a marihuana aumentaba sobremanera, regresamos a nuestro hospedaje y nos fuimos a dormir.

A la mañana siguiente, esquivando perros, volvimos a la plaza. Martín estaba feliz porque tenía las hamacas para él solo. El lugar estaba vacío, solo algún anciano se había levantado para ir a comprar el pan, máximo desgaste diario. Decididamente, si alguien busca tranquilidad en todos los sentidos en que se piense, ese es el lugar perfecto, donde las casas permanecían con las puertas abiertas de par en par.

 

Plano San Marcos Sierras

Plano de San Marcos Sierras

 

 

Frente a la plaza estaba la iglesia de San Marcos, construida entre 1691 y 1734, a la cual en posteriores reformas se le agregara una torre. Por su antigüedad, este templo guardaba rastros del trabajo realizado por los indígenas.

Por un camino serpenteado hasta el diquecito y pasando por una surgente de agua mineral, llegamos a la Quebrada del río San Marcos. Allí había playitas, un bosque natural y lugares para acampar. Otro atractivo del lugar era el cerro de la Cruz, al cual se accedía a solo una cuadra de la plaza del pueblo.

Otro día Omar, Martín y yo en una especie de sulky recorrimos los seis kilómetros que nos separaban de las hoyas del río Quilpo, pero Joaquín alquiló un caballo y se adelantó a nuestro lento andar. El lugar era excelente para bañarse por sus aguas cristalinas, que permitían ver la fauna del lugar; y además desde allí, a lo lejos, se divisaban gran cantidad de parapentes, lo que a Martín le llamaba la atención y lo divertía mucho. La vegetación estaba compuesta por algarrobos, quebrachos, espinillos y hierbas medicinales, y había senderitos por donde caminar y descubrir hermosos rinconcitos. Y lo más importante, era que casi no había gente a pesar de estar en plena temporada.

Todos los días llevábamos la misma rutina. A la mañana íbamos a hacer las compras, luego yo cocinaba, almorzábamos, dormíamos la siesta, y después nos quedábamos bastante tiempo en la pileta. Pero Joaquín andaba todo el día a caballo; y eso fue posible debido a que el alquiler por el día entero costaba lo mismo que en la costa bonaerense por solo media hora. A la noche íbamos a comer a algún restorán, y dábamos alguna vuelta mirando los trabajos de los muchos artesanos. Después tomábamos algo alrededor de la plaza, ¡y a dormir! Eso era todo.

Y así hasta que un día se nubló y comenzó a caer una llovizna muy finita. Entonces, después de la siesta fuimos hasta un bolichón que quedaba a tres cuadras del complejo, pero hacia las afueras del pueblo, donde había una mesa de pool. Y tal cual lo que ocurría con la mayoría de las cosas, el precio de la ficha costaba muchísimo menos de lo que cobraban en Buenos Aires. Como la llovizna se transformó en una terrible tormenta con truenos, relámpagos y hasta rayos, nos quedamos allí hasta tarde en que amainó un poco la lluvia y pudimos, aunque en medio de un barrial, regresar a nuestra cabaña.

Permanecimos en ese diminuto pueblo, sin casi servicios, hasta el momento en que yo comencé a extrañar el ruido y el smog, que para mí ya constituían los combustibles con los que funcionaba. Todo muy lindo y nos hizo muy bien, en especial porque no necesitamos del reloj en ningún momento, pero mi tiempo de tolerancia fuera de una ciudad había sido de tan solo una semana.

 

 

Ana María Liberali