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Asunto:NoticiasdelCeHu 261/13 - "La planificación en la Argentina se limita a dibujar mapas y cuadros (Carlos Reboratti)
Fecha:Domingo, 12 de Mayo, 2013  16:46:06 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 261/13

Entrevista a Carlos Reboratti

“La planificación en la Argentina se limita a dibujar mapas y cuadros”

Fabián Bosoer

CLarín
Buenos Aires

12/05/13

 
Las inundaciones muestran que los mapas político-territoriales ya no se corresponden con las realidades físicas y humanas de los lugares en los que vivimos, explica este geógrafo.
Los mapas de nuestro territorio ya no se corresponden con las realidades físicas y humanas del lugar en el que vivimos -el barrio, la ciudad, el vasto país- y debido a eso se pierden vidas, bienes y oportunidades de construir, “con los pies sobre la tierra”, un hábitat más sustentable. Es uno de los indicadores más notorios, según este prestigioso geógrafo, de que la conciencia ambiental apenas aparece en el registro de lo que pomposamente se esgrime como “modelo de desarrollo sustentable”. Lo que dejan en estos últimos diez años las gestiones en materia de planificación federal, obras públicas y medio ambiente y recursos naturales, sostiene, resulta penoso y las últimas inundaciones fueron una prueba de ello. Carlos Reboratti es profesor de la UBA, donde dirigió el Centro de Estudios de Población, el Departamento de Geografía y la Maestría en Políticas Territoriales y Ambientales. Investigador principal del CONICET, enseñó también en numerosas universidades del interior y el exterior y sus trabajos fueron publicados en numerosos países.

Las últimas inundaciones mostraron la distancia que parece existir entre el modo que habitamos y concebimos nuestro territorio y los desafíos ambientales y climáticos que enfrentamos. ¿Por qué se produce esa distancia?


Es curioso, pero para los habitantes urbanos, la naturaleza o el ambiente es algo que pareciera estar “allí afuera”: la plaza, los árboles, los pajaritos que vuelan, el aire puro, etc. La naturaleza “se nos aparece”, sobre todo cuando hace mucho calor, mucho frío, o dramáticamente cuando hay una tormenta fuerte y se produce una inundación. En el caso de Buenos Aires la inundación es la mayor manifestación de la naturaleza y el ambiente. Vivimos en ciudades que no tienen capacidad de absorción porque se han pavimentado hasta las plazas para que la gente no camine sobre la tierra y no se han hecho las obras correspondientes para canalizar las aguas. Ninguna ciudad puede aguantar una lluvia de 400 milímetros –como pasó en La Plata–, pero se puede amortiguar. Pero hay otra cuestión de fondo: lo que explicamos los geógrafos es que padecemos un choque de escalas y eso agrava el impacto.

¿Cómo es eso?


Vivimos en una cierta escala de tiempo y de espacio geográfico que tiene que ver con nuestra memoria; conocemos a nuestros padres, abuelos, hasta tatarabuelos, digamos hasta 100 años hacia atrás. Para la naturaleza esa escala de tiempo es insignificante. Uno podría decir que en muy pocas manifestaciones de la naturaleza 100 años significan algo importante. Un bosque chaqueño, por ejemplo, con todas las maderas duras, tarda entre 100 y 120 años en recuperarse, y esa es la más rápida de las manifestaciones de la naturaleza. Un río cambia de curso lentamente, a lo largo de 300 o 400 años.

¿Y pretendemos que la naturaleza se adapte a nuestra escala de tiempo en lugar de hacerlo a la inversa?


Claro. Pero también hay una escala geográfica o espacial, una escala que tiene que ver con nuestra movilidad, con nuestra capacidad de desplazarnos o caminar 6 o 7 kilómetros por hora. ¿Qué área conoce uno realmente además de los alrededores de nuestras casas y los trayectos que recorremos habitualmente? Uno conoce la ciudad por analogía: vivimos en Buenos Aires durante 40 o 50 años y sin embargo, si nos proponemos dibujar un mapa mental de cómo es nuestra Ciudad y qué camino tomar para ir a un sitio, seguramente no sabremos hacerlo -ahora tenemos el GPS que nos resuelve el problema-, pero no sabemos hacerlo porque vivimos en una escala pequeña. Y tendemos a fragmentar nuestro espacio.

¿Cómo relaciona esto, entonces, con las inundaciones?


Es simple. La primera evidencia de lo ocurrido fue que llovió mucho y se inundó la Ciudad de Buenos Aires: aparecieron los barrios más afectados, luego el foco de atención se desplazó a la provincia y terminó centrado en el desastre en La Plata. Si tomábamos en ese momento una imagen satelital veíamos al Gran Buenos Aires y la Ciudad como una unidad absolutamente indiferenciada. Tenemos en nuestro país 23 o 24 unidades políticas que son diferentes, a las cuales les damos cierta capacidad de administrar la naturaleza en un espacio que no conoce de tales divisiones. Ahí tenemos el problema del choque de escalas, en que los mapas no necesariamente coinciden con las realidades territoriales, y eso se ve especialmente en materia ambiental. Nosotros estamos viviendo una inundación del Paraná que comienza en Brasil y sufrimos en el Delta. Pero el municipio de Tigre, ¿qué puede hacer?

¿Eso implicaría que las unidades políticas resultan desbordadas por el fenómeno y no están en condiciones de responder con eficacia?


Frente a un fenómeno climático o ambiental fuerte tenemos cuatro posibilidades. Primero, la neutralización del problema, hacer que el problema no exista. Hay pocos ejemplos. Uno es la plaga de langosta. Era un problema –si uno lee a los viajeros y los informes del ministerio de Agricultura de principios del siglo XX– hasta que se inventó el DDT y se eliminaron las langostas. Es uno de los pocos casos donde un problema de origen natural es solucionado mediante la eliminación de ese problema. El resto de los problemas no se pueden solucionar así; entonces se pasa al segundo nivel, que uno puede llamar la amortiguación.

¿Sería atenuar los efectos del problema?


Exactamente, ahí podemos cambiar la escala. No podemos hacer que no llueva en Brasil para que no suba el Paraná, pero podemos hacer obras de contención de la inundación. La tercera posibilidad, la más barata diría yo, es la adaptación; por ejemplo, no hacemos más casas con sótano, las hacemos en palafitos. Y la cuarta, que es la que muchas veces tomamos los argentinos, es no hacer nada y utilizar implícitamente un fatalismo ambientalista.

¿Cómo definiría ese fatalismo ambientalista?


El fatalismo está implícito al no hacer obras y tiene que ver también con nuestra memoria corta. Cuando pasa la tormenta el tema va desapareciendo; al mes ya empezaba a decaer en las preocupaciones públicas salvo para los damnificados. O sea que todos, los funcionarios, gobernadores, la Presidenta, que vieron con terror lo que pasaba, toman la cuarta posibilidad: se atribuye a la fatalidad o al cambio climático sin asumir las propias responsabilidades por lo que se hizo y se dejó de hacer.

¿Qué es lo que se dejó de hacer?


Aquí llegamos al punto más importante: el modo más adecuado de resolver ese choque de escalas al que me estaba refiriendo es la planificación. Y la planificación debe tener por lo menos dos patas. Una es la buena información, la otra es la acción consistente. La planificación tiene una larga historia en la Argentina, pero por lo general se la entendió de un modo deformado.

Grandes diseños, proyectos inalcanzables, obras faraónicas …
Vivimos en ciudades con infraestructuras desbordadas y obsoletas. Las edificaciones que se fueron levantando lo hicieron caóticamente. Un ejemplo clásico es la dificultad para compatibilizar la planificación urbana que se precisaría con la estrategia inmobiliaria. Es un problema que hace que la mayor parte de los planes urbanos de la Argentina no se cumplan y haya planes sobre planes. En las décadas del ‘50 y ‘60, se conocían los planes urbanos y cada una de las localidades definía el suyo. Pero hasta el día de hoy la planificación en la Argentina es simplemente mostrar mapas y cuadros, dibujos de una realidad que no existe y normas que no se cumplen.

Sin embargo, se aprobaron y anunciaron muchas veces “planes estratégicos” ...


Sí, hay un Plan Urbano Ambiental de la Ciudad que tardó muchísimo en aprobarse, pero vemos que no se aplica. Tenemos un Ministerio de Planificación e Infraestructura, que tiene el mismo ministro desde hace diez años. Si uno mira los resultados de la planificación en la Argentina, es un verdadero desastre. ¿Cuántos kilómetros de autopista se han hecho en diez años y dónde? A lo mejor hay 500 kilómetros. De esos 500, no sé por qué, más de la mitad se hicieron en la provincia de San Luis. El ministro de Planificación tiene una secretaría de Planificación Territorial con un ambicioso plan de desarrollo territorial. Son unos preciosos libros que pocos miran. Ningún ministro de Economía se fija cuál es el resultado de las medidas que van a implementar mirando ese mapa. La planificación es absolutamente retórica en la Argentina. Otro ejemplo, vinculado con las inundaciones: el secretario de Medio Ambiente –uno de los funcionarios menos conocidos del Gobierno, que además preside el organismo encargado de la limpieza del Matanza-Riachuelo– ¿no tenía nada que decir sobre el tema? ¿No es esa el área que debería coordinar las obras provinciales, municipales y metropolitanas, además de controlar la contaminación hídrica, entre otras cosas?

Area metropolitana, provincias vinculadas en regiones, otro federalismo ... ¿Habría que reordenar el mapa político-territorial de nuestro país?


La visión territorial de un país es como un palimpsesto. En la Edad Media, como no había papel, se escribía, dibujaba y pintaba sobre cueros de animales curtidos. Pero claro, era un bien escaso. Entonces, cuando se borraba, se lo lijaba y se pintaba o escribía arriba, pero no se podía lijar totalmente porque se agujereaba. Quedaba una especie de fantasma de la vieja escritura que se iba superponiendo con el tiempo. Los territorios son como palimpsestos: cambian gradualmente, pero van quedando detrás marcas de lo anterior. La planificación también consiste en definir cuáles son las marcas anteriores, que a veces son indelebles, que vale la pena conservar, y cuáles las obras de infraestructura y cambios territoriales que se requieren.