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Asunto:NoticiasdelCeHu 260/13 - VIAJANDO: Vacaciones de invierno en las sierras de Córdoba
Fecha:Domingo, 12 de Mayo, 2013  16:01:02 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 260/13
 

 

Vacaciones de invierno en las sierras de Córdoba

 

En julio de 1999, fui a pasar las vacaciones de invierno a Córdoba con mis hijos Joaquín (15) y Martín (8); y en esa ocasión nos acompañó Anita (83), la abuela paterna de los chicos.

Elegimos las sierras cordobesas porque además de tener infraestructura y atractivos variados, el invierno se presentaba como una estación seca, que nos iba a permitir disfrutar de los paseos en días soleados, a pesar de las bajas temperaturas predominantes. De hecho esa zona ha sido considerada como ideal para quienes padecieran enfermedades respiratorias.  Y por razones de comodidad decidimos parar en Villa Carlos Paz, ya que además de ser mucho más tranquila que Córdoba Capital y contar con todos los servicios que necesitábamos, desde allí también se podían hacer excursiones hacia los valles más bonitos de la provincia.

 

 

 

Apenas llegamos nos hospedamos en el hotel Brisas, frente a la terminal de ómnibus, y dedicamos el resto del día a descansar, haciendo breves caminatas por la ciudad.

Pero al día siguiente ya estábamos dispuestos a hacer alguna excursión y salimos rumbo al norte, por la ruta nacional número 38, visitando los principales puntos turísticos del valle de Punilla, que se extiende desde la Villa Carlos Paz hasta Capilla del Monte, formando parte del extremo sur de las Sierras Pampeanas.

A lo largo del recorrido, veíamos hacia el este la Sierra Chica, cuya altura máxima era el cerro Uritorco, de 1.950 m.s.n.m., y al oeste la denominada Sierra Grande, que consistía en un sistema orográfico con altitudes medias de 2.000 m.s.n.m.

A poco de la fundación de la Córdoba de la Nueva Andalucía por parte del adelantado Jerónimo Luis de Cabrera, las tierras del valle de Punilla fueron repartidas en mercedes y en estancias donde los españoles rápidamente plantaron viñas, olivares e hicieron proliferar ganados europeos. La lucha contra los nativos prehispánicos fue dura aunque relativamente breve, ya que la victoria española se había visto facilitada en gran medida por las guerras entre las diversas naciones indígenas, la desestructuración originada por los agentes patógenos para los cuales las poblaciones autóctonas carecían de inmunidad natural y el rápido mestizaje (mixogénesis), que diera origen a la población gaucha. Y justamente esa población gaucha fue una de las que prestara mayor apoyo a la causa federal en la Argentina, en especial al caudillo y gobernador cordobés nacido en ese valle: Juan Bautista Bustos. Posteriormente, a fines del siglo XIX el valle de Punilla fue uno de los principales asentamientos de la inmigración de origen italiano, español y alemán, que produjeran grandes modificaciones en el paisaje, tanto desde el punto de vista rural, ya que introdujeron variedades de árboles como los cipreses, álamos, pinos, cedros, eucaliptos, y frutales; y desde lo urbano le dieron origen a localidades como Villa Carlos Paz, Cosquín, La Falda, Villa Giardino, Capilla del Monte…

En Cosquín, localidad cuya actividad principal era el turismo, pasamos por el anfiteatro Próspero Molina donde cada año se llevaba a cabo durante el mes de enero el famoso festival del folklore, pero, aunque la mañana estaba soleada, no pudimos disfrutar del río debido a las bajas temperaturas.

Luego pasamos por La Falda, Huerta Grande, Villa Giardino, La Cumbre, solo parando para tomar fotografías y comprar algún recuerdito. Pero al llegar a Capilla del Monte, ciudad ubicada al pie del Uritorco, el guía se entusiasmó contando anécdotas sobre la aparición de OVNIS, y de la carga energética que tenía el cerro, ambas cosas en las que soy absolutamente escéptica. Almorzamos allí y en el viaje de vuelta, paramos en una fábrica de alfajores cercana a La Cumbre, la estancia El Rosario que databa de 1922. El nombre se ha debido a que durante el siglo XIX, los habitantes del lugar se reunían en la zona al atardecer para rezar el rosario. Y allí hicimos una visita guiada donde nos mostraron todos los pasos seguidos para la elaboración de diferentes confituras. Luego hicimos una degustación y nos vimos en la tentación de comprar varias cajas.

 

San Marcos SierrasCapilla del Monte
San Esteban
Los Cocos
La Cumbre
Villa Giardino
Huerta Grande
La Falda
Valle Hermoso
Cosquín
Bialet Massé
Tanti
Villa Carlos Paz

 

 

Al otro día dormimos gran parte de la mañana, y a la tarde, inmediatamente después de almorzar, hicimos un paseo en catamarán por el lago San Roque. El lago San Roque es un espejo de agua artificial, construido a fines del siglo XIX, siendo el primero de Sudamérica, con el fin de dotar de agua a la ciudad de Córdoba y para regar más de cuarenta mil hectáreas durante los meses de abril a setiembre en que prácticamente no se producen precipitaciones. Pero posteriormente se le agregaron turbinas generadoras de energía eléctrica, con el fin de abastecer a los centros urbanos de los alrededores, que para ese entonces apenas superaban los sesenta mil habitantes.

Al salir del embarcadero, teníamos a babor el barrio Villa del Lago, uno de los más exclusivos y cuidados de la ciudad, donde se encontraba la primera construcción de la zona, el castillo del doctor Enrique Zárate; y hacia adelante observamos dos puentes, uno pequeño, llamado puente Negro, con más de cien años de antigüedad y otro más grande y ancho que suplantara al anterior. Se trataba de una de las obras más importantes del lugar ya que unía a Villa Carlos Paz por medio de la ruta nacional número 20 con la ruta provincial número 38 y con todo el valle de Punilla.

La embarcación continuó su plácido desplazamiento, conduciéndonos frente a la costa de Santa Rita, donde se encontraban los clubes náuticos de la ciudad. Y desde el centro del lago llegamos a ver el cerro de la Cruz, el más alto de esa zona serrana con sus 1000 m.s.n.m., denominado así en virtud de la cruz de quince metros de altura que se encontraba en su cima.

En un rato más de recorrido ingresamos a la “garganta” del lago, la zona más profunda; y al frente se nos presentaba el paredón del dique San Roque y el embudo que servía para mantener el nivel del lago. Y fue entonces que el guía nos relató la historia del famoso murallón que permitió el embalse del lago. En el año 1887 se dio comienzo a la obra que fuera adjudicada a la empresa de cales y cementos del doctor Juan Bialet Massé, bajo la dirección del ingeniero Carlos Cassafousth. La participación de Bialet Massé tuvo una especial importancia porque era propietario de una estancia ubicada al noreste del valle de San Roque, y dentro de su propiedad existía una vasta cantera de piedra caliza, que resultaron ser cales hidráulicas, es decir, que se endurecían al contacto con el agua, material que fue utilizado para la construcción del dique, para lo cual fundó la primera fábrica argentina de cales y cementos. Esas cales cordobesas ya habían sido empleadas por los jesuitas en las construcciones de Alta Gracia, Santa Catalina y San Isidro (Jesús María). Y ya en 1990 fue inaugurada por el presidente de la nación, que en ese momento era Miguel Juárez Celman, nacido y criado en Córdoba, que fuera alumno del prestigioso colegio Monserrat, para luego estudiar Derecho en la Universidad de Córdoba, la primera del país. Y esos detalles sin duda, habían tenido gran importancia, ya que fue un gran impulsor de la construcción del dique. Por aquella época el dique San Roque era el mayor embalse del mundo, y era admirado inclusive por Gustavo Eiffel. Pero en 1892, ante una creciente, se dio la alarma de que corría peligro de quebrarse por tener graves fallas de construcción y que los materiales eran de mala calidad. Se corría la voz de “El dique se viene…” “El dique se viene…” Hasta que las autoridades judiciales ordenaron la prisión preventiva de Bialet Massé y Cassafousth, acusados de ser responsables de las presuntas fallas y defectos de la obra del dique. De hecho prácticamente no se embalsaba casi agua por no haber recibido mantenimiento, y con la construcción del ferrocarril a Cosquín, se habían arrojado materiales de los cerros para nivelar y colocar las vías, y ese material obstruía los desarenadores del dique. Manuel Pizarro, gobernador de Córdoba, pidió al presidente, que ya en ese momento era Carlos Pellegrini, que gestionara la reparación del dique, y éste envió al falso ingeniero Federico Stavelius, vicepresidente del departamento de ingenieros de la Nación, quien encontró fisuras que no pudieron ser comprobadas por los ingenieros de la Universidad Nacional de Córdoba, para lo cual aconsejó la erección de otro muro aguas arriba levantado con ladrillos y cemento portland (inglés), rellenando la separación del ruinoso dique levantado con cal de Córdoba, también con cemento portland. El gobernador Pizarro procesó a Bialet Massé y a Casaffousth por defraudación en la calidad y en el precio, y los mandó a la cárcel, recuperando la libertad alrededor de un año después, tras lo cual Pizarro se viera obligado a renunciar. Pero tanto Bialet Massé y Casaffousth, a pesar de haber continuado colaborando en las reparaciones de mantenimiento del dique, durante el inicio del juicio y encarcelamiento, fueron perjudicados en sus bienes materiales y en su honor. Finalmente la Justicia reconoció la inocencia de ambos procesados y fueron puestos en libertad, tras lo cual Pizarro se viera obligado a renunciar. Sobrevino más tarde la muerte de Cassafousth en el año 1900. Hubo nuevas crecidas del río Primero o del Suquía, pero la presa resistió perfectamente, a lo cual Bialet Massé manifestó: “La tempestad de la pasión pasará y el dique perdurará por los siglos para gloria de Cassafousth, de la ciencia nacional y para el provecho de Córdoba.“ Por las exigencias de crecimiento de los centros urbanos entre 1939 y 1944, durante el gobierno del doctor Amadeo Sabattini, se construyó un nuevo dique de mayor altura, aguas abajo del primero, pero el viejo paredón se mantuvo firme, inamovible, a pesar de haber intentado derribarlo con dinamita. Y en el momento de nuestra presencia seguía allí, cubierto por las aguas que embalsaba el nuevo muro. Era más que evidente que el gobierno estaba protegiendo la importación de cemento portland, a la que le había otorgado la exención de aranceles, como toda otra actividad desarrollada por el capital británico.

Otro día nos levantamos muy muy temprano y no pudimos desayunar porque nos pasaban a buscar a eso de las seis de la mañana para hacer la excursión a las Altas Cumbres. El camino de montaña, de unos cien kilómetros de extensión, constituía el puente de unión entre los valles de Punilla y Traslasierra, atravesando las Sierras Grandes, Ayala y Comechingones. En su tramo más alto se llegaba a 2.200 m.s.n.m. donde hicimos paradas en diferentes miradores para tomar fotografías y observar el paisaje. Las paredes eran muy abruptas, de rocas graníticas, y quebradas por donde corrían pequeños arroyitos formando cascadas, pampas de altura, vertientes, majadas de cabras, ranchos cercanos a los arroyos… Las temperaturas eran muy bajas tanto por la estación del año como por la altura, y era por eso que a esa horas de la mañana, gran parte de las banquinas estaban escarchadas. También había tramos donde la niebla cubría todo sorpresivamente y hacía que todo fuera mucho más atractivo, pero peligroso a la vez. Y cada tanto podíamos divisar a algún poblador, que continuando con sus antiguas costumbres, arriaban animales para llevarlos a pastar de un campo a otro; mientras otros se ganaban la diaria juntando piedritas o haciendo artesanías que vendían a los turistas en su paso por la zona. Pero nuestro contingente prefirió hacerles honor a los quesos y salamines que también se vendían en diferentes puestos del camino, y que eran realmente deliciosos.

Al bajar de la sierra, continuamos viaje hasta la Villa de Merlo, en la provincia de San Luis, donde además de almorzar, aprovechamos para comprar diferentes objetos de ónix verde y blanco en los comercios que se situaban en los alrededores de la plaza principal. Luego regresamos a la provincia de Córdoba, pasamos por Mina Clavero donde varios artesanos nos ofrecieron sus producciones, y después hicimos una corta parada en la Villa Cura Brochero, donde nos hablaron de las obras terrenales y “sobrenaturales” del llamado “cura gaucho” por los paisanos del lugar.

Continuamos por la ruta número 15 hasta llegar a la pampa de Pocho, donde nos desviamos hacia el noroeste por un camino de tierra y ripio, dirigiéndonos hacia los túneles de Taninga. Allí la vegetación era absolutamente xerófila, y por momentos, todo se presentaba absolutamente monótono. Era la tarde temprano y la mayoría de nuestros compañeros de viaje se quedaron profundamente dormidos, hasta que el guía los despertó porque estábamos por llegar al trayecto donde había cinco túneles abiertos en el cordón serrano y algunos puentes colgantes, una maravillosa obra de ingeniería vial. Nos bajamos en el mirador desde donde pudimos divisar los llanos de La Rioja. Mientras tanto, los cóndores sobrevolaban por las quebradas. Estábamos a casi ciento veinte kilómetros de Córdoba Capital. El espectáculo era impresionante.

Prontamente retomamos el camino de ida y aumentando la velocidad, antes de que se pusiera el sol llegamos al Parque Nacional Quebrada del Condorito, creado poco más de dos años y medio atrás. La quebrada que le daba el nombre era un profundo cañón de ochocientos metros por donde planeaban suavemente los cóndores andinos. La denominación tuvo su origen en el antiguo nombre “Río de los Condoritos”, dado por la presencia de una alta proporción de juveniles de cóndores en los apostaderos. No se trataba de un sitio de cría, sino que los adultos llevaban allí a sus jóvenes cuando ya tenían la capacidad de volar, como una forma de aprendizaje y entrenamiento. Además de los cóndores, se decía que había pumas y zorros, pero nosotros no pudimos verlos debido a la corta estada y al bullicio de los pasajeros. Y luego de un breve avistaje ingresamos a un edificio, mitad centro de interpretación, mitad centro de alimentación. Allí había una gran cantidad de información sobre las particularidades de los cóndores y de otra fauna característica del lugar. Y a partir de las fotografías expuestas, pudimos conocer hábitos y particularidades de las aves que allí se concentraban.  El hombre que nos atendió dio muestras de un gran compromiso con la conservación del lugar, y se mostró como un ecologista extremo, manifestando una relación simbiótica con los cóndores, que según él, lo reconocían y por lo tanto, se le acercaban casi a comer de su mano. Sin embargo, cuando volvimos al vehículo que nos transportaba, el guía nos contó que esa persona, tiempo atrás, brindaba apoyo a los cazadores o traficantes de fauna en extinción. Como el cóndor es básicamente carroñero, tiraban el cadáver de algún animal al que expresamente se lo salaba abundantemente. Ya de por sí, los cóndores comen por atracón, y sumado a esto, la sed les hacía llenar los estómagos de tanta agua, que no les permitiera volar, siendo presa fácil de los captores. Y por esto, ese personaje cobraba en moneda extranjera unos cuantos morlacos. Pero que cuando tanto los investigadores de la Universidad Nacional de Córdoba como otros ambientalistas propusieron la creación del parque nacional con el fin de resguardar la zona dada la importancia que tenía para la cadena alimentaria, vio que su negocio se terminaba y cambió de bando. Y como todo converso, su fanatismo era extremo.

 

Camino Traslasierras

 

 

Durante algunos días paseamos por Villa Carlos Paz, y cuando nos repusimos del largo periplo por las Altas Cumbres, tomamos una nueva excursión hacia el sur, a los valles de Paravachasca y Calamuchita.

El valle de Paravachasca, vocablo de origen comechingón que significa “lugar de vegetación enmarañada”, se encuentra entre el valle de Punilla al norte y el de Calamuchita al sur. Es una región rodeada de sierras bajas cuya flora original ha sido un bosque de algarrobos, talas y palmares de caranday, pero ya en ese momento había forestas de coníferas, en especial pino, y álamos.

La ciudad más importante de este valle era Alta Gracia, que en el siglo XVII fuera una gran estancia administrada por los jesuitas; y junto con otras dotó de los recursos necesarios para que funcionara el “Colegio Máximo”, que posteriormente se convertiría en la Universidad de Córdoba, una de las primeras universidades americanas y la primera de la Argentina. Las principales actividades económicas de Alta Gracia durante la etapa colonial fueron la agricultura y la ganadería, así como la producción de vinos, harinas, cueros y tejidos de lana. Los obreros eran mayormente esclavos de origen africano, quienes vivían en la ranchería, aunque también había obreros contratados e indígenas encomendados. El casco de la estancia fue declarado en 1941, monumento histórico nacional y la residencia de los jesuitas fue restaurada y funcionaba como Museo Nacional Casa del Virrey Liniers, que desde ya visitamos.

Continuamos viaje hacia el sudoeste avanzando por el valle de Calamuchita hasta llegar a La Cumbrecita, por un camino de tierra, donde la vegetación lentamente iba pasando de una zona de plantas espinosas achaparradas a un bosque. Además estábamos ascendiendo hasta alcanzar los 1.450 m.s.n.m. La Cumbrecita era pueblo peatonal que vivía exclusivamente del turismo. Allí todas las construcciones, de estilo alpino, estaban concentradas a la vera de los senderos que atravesaban el bosque, con arroyos de aguas cristalinas. Un verdadero paraíso, tanto a nivel natural como arquitectónico. Y a pesar del frío, salimos a caminar y disfrutar del aire puro. Después almorzamos unas salchichas alemanas con papas, que mis hijos y yo acompañamos con gaseosas, mientras Anita optó por un chop de cerveza elaborada en la zona.

 Desde allí volvimos a tomar un camino de tierra y arribamos a la tarde a Villa General Belgrano. Su entorno era serrano, rodeado de un bosque de coníferas, hayas, robles, y varios arroyitos. La región había estado habitada por los Comechingones, los cuales fueron sometidos y reducidos por la invasión española de los siglos XVI y XVII; y durante el siglo XVIII hubo una fuerte presencia de los jesuitas en la zona. Luego se instalaron familias criollas que se dedicaban a la agricultura y la ganadería, en el paraje conocido como Los Sauces, en relación con el nombre de uno de los arroyos. Pero en la década del ’30 del siglo XX, se radicaron más de doscientas familias de origen europeo, predominando las alemanas, quienes cambiaron totalmente la fisonomía del lugar, dando un gran impulso al poblado y bautizándolo con el nombre de Villa Calamuchita. Y fue entonces que el lugar adquirió una impronta típicamente centroeuropea, con arquitectura de estilo bávaro, y negocios dedicados a la venta de artículos referentes a esa región del mundo. Pero en 1940, un grupo de marineros del acorazado Graf Spee, internados bajo control judicial federal argentino, fue a parar a la Villa. El gobierno alemán reclamó que fueran entregados a ese país con el fin de ser juzgados, pero el gobierno argentino no accedió a tal pedido. Y en 1943, mientras la Argentina seguía manteniéndose como neutral respecto de la Segunda Guerra Mundial, lo que le permitiera continuar comerciando con los Aliados y al mismo tiempo que los buques mercantes no fueran atacados por los submarinos alemanes, una bandera argentina era quemada en el pueblo. Tres marineros internos fueron acusados de ese hecho, y como forma de desagravio la Legislatura de la Provincia de Córdoba decidió cambiar el nombre a Villa General Belgrano, en homenaje al creador de la bandera. También en ese momento se estableció como día de la fundación el 11 de octubre de 1932. En 1957 se realizó una gran fiesta con motivo del asfaltado de la calle principal, lo que dio origen a la Oktoberfest o Fiesta de la Cerveza, siendo la segunda en importancia a nivel mundial después de la de Munich en Alemania. Pero en el momento en que nosotros nos encontrábamos allí, las vacaciones de invierno, coincidimos con la celebración del “Chocolate y la Repostería Alpina”, por lo que había gran cantidad de exquisiteces que se ofrecían como degustación y luego, se vendían por todas partes. ¡Una gran alegría para el paladar!

 

 

 

 Y así pusimos fin a nuestras vacaciones de invierno, después de haber pasado unos días espectaculares en las tranquilas y atractivas sierras de Córdoba.

 

 

Ana María Liberali