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Asunto:NoticiasdelCeHu 239/13 - VIAJANDO: De Cuyo a Buenos Aires, última et apa de un largo y gratuito viaje
Fecha:Lunes, 6 de Mayo, 2013  04:41:59 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 239/13
 

 

 De Cuyo a Buenos Aires, última etapa de un largo y gratuito viaje

 

Después de haber visitado todas las provincias del noroeste argentino, emprendíamos un recorrido por la región de Cuyo. Y fue así que dejamos La Rioja Capital antes de las ocho de la mañana para poder avanzar por la ruta con el menor calor posible. Pero habiendo hecho solo unos cincuenta kilómetros, el coche comenzó a tener  problemas, y nos vimos obligados a volver y llevarlo al Automóvil Club. Eran aproximadamente las diez de la mañana, enseguida nos atendieron, llevaron el auto al sector cubierto donde estaba la fosa y comenzaron a desarmarlo. Después de un buen rato descubrieron lo que tenía, y cuando supusimos que iban a cambiar el repuesto, comenzaron a apagar las luces, a cerrar las puertas, y a despedirnos hasta las cuatro de la tarde. ¡Nosotros no entendíamos nada! Pero lo que pasaba era que ya eran las doce del mediodía, y en las provincias del norte parecería que fuera pecado trabajar un minuto más. Nosotros nos desesperamos porque queríamos salir a la ruta cuanto antes, ¡y no podíamos creer que el ACA también cerrara! Pero fue así. Los mecánicos se lavaron y se cambiaron con toda la parsimonia, y se fueron a sus casas. Y con la bronca a cuestas tuvimos que buscar un lugar donde almorzar, y después… Y después de las dos y media de la tarde, también cerraba... Nosotros ya habíamos dejado el hotel y no quedaba absolutamente nada abierto en toda la ciudad, por lo que resignadamente elegimos sendos bancos de la plaza, los que estuvieran un poco más a la sombra, ya que hacían 42ºC, y nos tiramos a dormir la siesta tal cual los lugareños.

A las cuatro en punto el Automóvil Club abrió sus puertas y en un rato el auto estuvo listo. Así que volvimos a la ruta número 38 en dirección al sur, que era paralela a la ladera oriental de la sierra de Velasco, y al llegar a Patquía, nos desviamos hacia el NNO por la ruta número 74, bordeando ese mismo sistema serrano pero por la ladera occidental. Hacia la izquierda teníamos primeramente la sierra de Paganso, y pasando Los Colorados, la sierra de Sañogasta. Los Colorados era una formación de areniscas rojas, erosionadas dando forma a enormes esculturas naturales. Durante las luchas montoneras del Chacho Peñaloza, que en veloces movimientos se desplazaba entre La Rioja, San José de Jáchal, Chilecito y su campamento en Olta, tuvieron valor táctico debido a que por sus elevadas formaciones, macizas y laberínticas, facilitaba el resguardo, la emboscada y el dominio visual a gran distancia.

Mientras tanto, a medida que avanzábamos en la ruta, aumentábamos también la altura sobre el nivel del mar, para llegar a superar los mil metros al arribar a la ciudad de Chilecito, la segunda de la provincia, que en ese momento contaba con treinta mil habitantes. Ya se estaba poniendo el sol, pero alcanzamos a ver algo del pueblo, que asemejaba una zona de trincheras, ya que estaban haciendo obras en la mayor parte de las calles céntricas. No obstante el entorno era muy bonito, y el Famatina nevado ofrecía una hermosa vista con el sol en contraluz.

Al día siguiente salimos a conocer la ciudad y sus alrededores. Chilecito fue fundada a principios del siglo XVIII por el colonizador español Domingo Castro y Bazán. Y como testigo de la febril actividad minera, especialmente aurífera, de fines del siglo XIX, la ciudad conservaba el cablecarril de la mina La Mejicana ubicada en el cerro General Belgrano. Estaba rodeada por un oasis de regadío donde se había logrado aumentar la superficie bajo riego con el aporte suplementario de aguas subterráneas, donde la mayor superficie agraria se destinaba al cultivo de la vid, que constituía la base de las bodegas; pero también pudimos ver plantaciones de nogales y frutales que se procesaban en la zona. Respecto de su nombre existían discusiones acerca de si se basaba en la lengua aborigen de la región “Chileoito” o “Chiloe” que significan “tierra roja”, o bien por la cantidad de mineros de esa nacionalidad que arribaron a la zona para trabajar el oro del cerro de Famatina. Sin embargo, en el Archivo General de la Nación, se encontraron escritos del año 1700 donde se mencionaba la región con el nombre de “Puerta de Chile”.

Dejamos Chilecito y tomamos la ruta nacional número 40. Pasamos por Nonogasta, pueblo donde naciera Joaquín V. González y continuamos con sentido hacia el oeste. A los costados del camino veíamos jarillas, retamas, chañares y algarrobos que se diseminaban por los campos circundantes, hasta que más adelante comenzaron a aparecer cardones. Y en determinado momento comenzamos a ascender vertiginosamente en un hermoso camino serpenteado, con precipicios que superaban los trescientos metros. Estábamos circulando por la cuesta de Miranda, denominada así por el adelantado español don Juan de Miranda, quien fuera el antiguo dueños de esas tierras. Era muy intenso el color rojo carmesí de las escarpadas barrancas, debido al predominio del óxido de hierro que contrarrestaba con un cielo azul intenso. Desde el mirador, a 2.020 m.s.n.m. tomamos una serie de fotografías, donde el viento aunque suave, se hacía sentir permanentemente. Y al descender, nos encontramos con la localidad de Villa Unión, donde nos detuvimos a almorzar.

Por la ruta número 76 y vía Pagancillo nos dirigimos hacia Talampaya, nombre que significa “río seco del tala”. No había nada ni preservado ni organizado, así que llegamos con el auto hasta el pie de los paredones que nos parecieron impactantes. Se trataba de formaciones naturales causadas por los procesos erosivos pluviales y eólicos, que guardaban tesoros arqueológicos y paleontológicos. La importancia de Talampaya consistía en que entre sus sedimentos podía descubrirse  gran parte de la historia de los cambios geológicos que se sucedieron en la corteza terrestre. En los períodos Pérmico y Triásico, los aluviones depositaron considerables acumulaciones de óxido y cenizas; luego su estructura de areniscas sedimentarias se fue resquebrajando, marcando visibles niveles de estratos que, en las partes superiores se distinguían por su coloración, producto de las erupciones del Terciario. También existían las denominadas “huayquerías”, amplios sectores desprovistos de vegetación, donde sólo se encontraban unas pocas hierbas carnosas como la verdolaga. La tierra yerma presentaba una vegetación arbustiva, rala y achaparrada, como el retamo, que prácticamente no posee hojas y la fotosíntesis la realiza en sus tallos verdes; las jarillas de follaje brillante y resinoso; y la brea, cubierta de flores amarillas en primavera. También vimos cactáceas como los puquis y varios cardones, además de la chica, un arbolito de los faldeos serranos que es endémico de La Rioja, San Juan y San Luis. En cambio, en los cauces temporarios se desplegaban bosques abiertos de majestuosos algarrobos, y en los cajones, molles de beber. La mayoría de las plantas de la región tenían aplicación en medicina naturista. Y si bien la fauna era bastante variada, la mayoría de las especies tenía hábitos nocturnos, por lo que solo pudimos ver algunas lagartijas, y cóndores que nos sobrevolaban permanentemente.

Desde allí cruzamos hacia la provincia de San Juan ingresando por Los Baldecitos, dirigiéndonos hacia el oeste, concretamente a Ischigualasto, conocido también como Valle de la Luna, denominación que lo hizo famoso a partir de una nota periodística de la década del ’60, que llevara ese título.

Entramos a Ischigualasto con el auto, al que se subió un guía, quien nos haría indicaciones precisas durante el recorrido. Ischigualasto significa en lengua diaguita “sitio donde no existe vida”, y evidentemente ese nombre estaba referido a las características desérticas del lugar, uno de los de menores precipitaciones de todo el país. Y aunque no se producían todos los años, cuando sucedían, lo hacían durante los meses de verano, y en forma torrencial. Y justamente el día anterior a que nosotros llegáramos, habían caído unas cuantas gotas que generaron una serie de charcos en el terreno. Y si bien la lluvia ya había cesado, el cielo permanecía nublado, lo que nos permitía recorrerlo con mejor temperatura, debido a que cuando calentaba el sol en el mes de febrero, solía calcinar a todo el que se desplazara por allí, por superar muchas veces los 35ºC, a pesar de encontrarse a casi 1400 m.s.n.m. La consiguiente escasez de vegetación producto de un clima desértico, permitía observar los diferentes estratos con total nitidez. Ese era el único lugar donde podía verse totalmente al descubierto y perfectamente diferenciado todo el período Triásico en forma completa y ordenada. El Triásico es el primer período de la era Mesozoica, que va desde los doscientos cincuenta a los doscientos millones de años. En ese entonces todos los continentes estaban unidos en un solo megacontinente llamado Pangea. En el Triásico, en el borde occidental del Pangea, se desarrollaron valles en los que se acumularon sedimentos mezclados con los restos de animales y plantas que allí vivieron. Lo que actualmente es un desierto, con escasísimas lluvias, elevada amplitud térmica y fuertes vientos, eran un inmenso lago rodeado de frondosa vegetación, donde crecía una gran variedad de especies y se reproducían cualquier cantidad de animales. Ischigualasto es la continuidad de Talampaya, de ahí la importancia de haber podido visitar a ambos. Al recorrer el lugar pudimos ver las consecuencias de la erosión mecánica y de la eólica. La erosión mecánica consiste en el resquebrajamiento de las rocas a partir de los cambios permanentes de temperatura, característicos de las áreas carentes de humedad; ante la gran amplitud térmica, las rocas se dilatan durante el día debido a las elevadas temperaturas, mientras que a la noche, las pequeñas gotitas de rocío que penetran se congelan, aumentando así su tamaño y provocando derrumbes desde las montañas, además de ocurrir lo mismo en las rocas desperdigadas sobre el valle. Es el caso de las rocas redondeadas, con forma de esferas perfectas, conocidas como la “Cancha de Bochas”. Y por otra parte, la erosión eólica tenía una alta participación en las geoformas debido a que el viento no encontraba impedimentos de ningún tipo en su tarea escultórica. Y esto se manifestaba de diferentes maneras. Por una parte, el viento por sí mismo desgasta las superficies, pero por otra parte, levanta partículas que contribuyen al pulido de las rocas. Y como las partículas más gruesas vuelan a menor altura que las más pequeñas, el desgaste es mayor en la parte inferior que en la superior. Y este sería el caso de la formación denominada “El Hongo”. Vimos muchas formas más, además de las que popularmente eran conocidas popularmente por asemejarse a otros elementos conocidos, como por ejemplo “El Submarino”. Pero además de lo que se podía observar superficialmente, el lugar era de suma importancia para estudiar restos fosilizados de vertebrados y de flora del pasado, como dinosaurios y amplia variedad de reptiles, árboles petrificados, lo que lo convertía en uno de los yacimientos paleontológicos más importantes del mundo.

Volvimos hacia Los Baldecitos, y desde allí, continuamos por el desierto, como no podía ser de otra manera, ya que la palabra Cuyo, en huarpe significa justamente eso: “país de los desiertos”. Y en pocos kilómetros arribamos a la localidad de San Agustín del Valle Fértil, que constituía un verdadero oasis, debido a que bajo riego se cultivaban a su alrededor vides, olivos, algunos cereales, forrajeras, hortalizas y frutales. Pasamos allí la noche y a la mañana siguiente continuamos camino rumbo a San Juan, la capital provincial.

La ciudad de San Juan, en ese momento, albergaba al 80% de la población total de la provincia, siendo la mayor macrocefalía de todo el país. A la mañana siguiente fuimos hasta el Rincón de los Poetas y el autódromo, que era realmente espectacular, ya que sus tribunas eran precisamente las laderas de las montañas que lo rodeaban. Pero a la tarde, la temperatura ascendió a casi 40ºC y el sol nos partía la cabeza como si fuera un hacha; y tal como había ocurrido en La Rioja, todo estaba cerrado y nadie andaba por la calle, así que nos fuimos al hotel a dormir hasta tanto bajara el sol.

Al otro día partimos rumbo a la provincia de San Luis por la ruta número 20, ingresando por el noroeste. Y al llegar a la localidad de Luján nos desviamos hacia el sur. La intención era llegar hasta la localidad de El Tala, paraje donde naciera la madre de Roberto. Pero el mal estado del camino nos impidió hacerlo, así que nos conformamos con conocer San Francisco de Monte de Oro, donde ella había concurrido al colegio. Y se trataba justamente de la primera escuela fundada por Domingo Faustino Sarmiento en 1826, cuando solo tenía quince años, a instancias de su tío, el fraile José de Oro. Era un verdadero monumento histórico, un pequeño ranchito de adobe con techo de paja, protegido por una cubierta especial para poder mantenerlo por más tiempo.

Y continuando por la ruta número 146 llegamos hasta San Luis Capital, ciudad sosa si las había. Allí no nos atrajo absolutamente nada, por lo que al día siguiente, apenas pasado el mediodía, nos desplazamos hacia la Villa de Merlo, en el extremo noreste de la Provincia. El camino estaba en pésimo estado, lo que significó que en ciertos tramos tuviéramos que avanzar a paso de hombre, pero el paisaje realmente lo valía. Pasamos por localidades como Volcán, La Toma y Concarán, donde la pasividad y los reflejos que se producían a medida que avanzaba la tarde, lo hacían todo mucho más bonito. Y así, ya al ponerse el sol llegamos a la Villa de Merlo, donde hubiese valido la pena permanecer varios días, pero debido a que nuestras vacaciones ya estaban llegando a su fin, nos alojamos allí esa noche y a la mañana siguiente después de dar algunas vueltas por el pueblo, decidimos cruzar a la provincia de Córdoba.  Pasamos por la ciudad de Villa Dolores y nos detuvimos en Mina Clavero, el centro turístico más importante de Traslasierra.

Después de almorzar tomamos sol y nos dimos un chapuzón en el río para luego transitar el camino de las Altas Cumbres bordeando la famosa Pampa de Achala. Justamente esa es la principal característica de gran parte de las Sierras Pampeanas, por las que habíamos andado desde Tucumán, que a pesar de ser muy antiguas, habían vuelto a ser ascendidas al producirse el plegamiento andino, por lo cual se fracturaron formando cuestas hacia el oeste y grandes extensiones planas denominadas llanos o pampas.  

Y así, tras otra noche de pernocte en Córdoba llegamos a Buenos Aires después de tres semanas de andar por todo el NOA y Cuyo. Habíamos salido los primeros días del mes, visitado Tucumán, Salta, Jujuy, Catamarca, La Rioja, San Juan, San Luis y Córdoba. Y si bien todo había sido a vuelo de pájaro, transitamos unos cuantos kilómetros en auto, con los consecuentes gastos de combustible, mantenimiento y algún desperfecto mecánico. Paramos siempre en hoteles, que aunque no fueran de categoría, implicaron comer todos los días en restoranes; y además, compramos algunos recuerdos y obsequios para nuestras familias. Es decir, que vivimos unas muy buenas vacaciones. Pero lo más insólito fue que en todo ese periplo, ¡no gastamos un solo peso! Lo que ocurrió fue que los dólares que habíamos comprado al cobrar nuestros sueldos, los fuimos cambiando solo en la medida de las necesidades; y al dispararse el tipo de cambio tan velozmente, al llegar a Buenos Aires y vender los pocos verdes que nos quedaban, ¡habíamos recuperado en pesos el total del valor de nuestros salarios! Por lo tanto este largo viaje nos salió absolutamente gratis. Esto ocurrió en febrero de 1989, vísperas de una debacle.

 

 

Ana María Liberali