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Asunto:NoticiasdelCeHu 208/13 - VIAJANDO: En silla de ruedas
Fecha:Jueves, 18 de Abril, 2013  15:54:42 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 208/13
 

 

 

 

 

En silla de ruedas

 

El 14 de agosto de 2012 a las 20,10 tomé el micro de la empresa Silvia rumbo a la ciudad de Gualeguay, al sur de la provincia de Entre Ríos. Al día siguiente debía dar una conferencia sobre “Agrotóxicos en la Cuenca del Plata”, en el marco del Séptimo Congreso Nacional del Pensamiento Argentino Interdisciplinario: Historia, Economía Política, Cartografía, Biología, Matemática, Física y Tratados Internacionales, invitada por la Asociación Mutual de Trabajadores del Arte, la Cultura y Actividades Afines (AMTAC).

Al salir de la terminal de ómnibus de Retiro la lluvia era torrencial y el viento muy intenso y arremolinado; y al llegar a la Panamericana prácticamente íbamos a paso de hombre. Pero el peor momento lo vivimos al cruzar el puente Zárate-Brazo Largo, en que parecía que el ómnibus era simplemente un papel en medio de semejante tormenta, ya que el viento y la lluvia le pegaban por todos lados. Pero pasado ese tramo, las condiciones meteorológicas mejoraron y pude dormir un buen rato.

A las doce de la noche, con media hora de atraso, llegamos a destino y mediante un remis, me dirigí al hotel Jardín, que los organizadores me habían indicado.

El conserje no se destacaba por su simpatía. En realidad, era un caracúlico y parecía fastidiado por tener que llevarme la valija por escalera hasta la habitación del primer piso que me había asignado. Le pedí que me llamaran a las siete de la mañana y sin perder tiempo me fui a dormir.

Siete menos cuarto me desperté sola, encendí el televisor para ver las noticias, y luego de asearme me vestí. Entre una cosa y otra se habían hecho casi las siete y media, y recién entonces sonó el teléfono con el fin de despertarme.

Y antes de partir hacia el lugar del evento, me dirigí al desayunador. Pero al bajar la escalera, en el preciso lugar donde ya no tenía baranda desde donde sostenerme, pisé con toda la fuerza un reborde del piso justo debajo del último escalón, que era de solo un centímetro, ¡y me caí!

 

 

Foto de la escalera del hotel Jardín, tomada de su página web

 

 

Se me dobló el tobillo de tal manera que no me podía levantar. Y ante mis quejidos, algunos de los que pasaban por el lobby vinieron a ayudarme. Y el conserje de la mañana, nada que ver con el de la noche, además de llamar a una ambulancia, rápidamente me trajo hielo.

El hospital estaba repleto, pero me atendieron de maravillas. Me tomaron varias radiografías y el traumatólogo diagnosticó “esguince de tobillo”. Me dio un antiinflamatorio y un calmante; me prohibió apoyar el pie, lo que en realidad me era totalmente imposible, y me dijo que debía hacer reposo absoluto durante un mes más la rehabilitación.

Yo llamé a DOSUBA (la obra social de la Universidad de Buenos Aires) para ver de qué manera podían ayudarme y me ofrecieron una ambulancia para trasladarme a Buenos Aires recién al día siguiente. ¡Nooooooo! Yo quería regresar ese mismo día, pero iba a ser muy difícil conseguir pasaje en la parte inferior del micro, ya que no podría subir las escaleras hacia el piso superior.

Con la ambulancia del hospital me llevaron nuevamente al hotel, pero como yo no podía subir las escaleras, las mucamas tuvieron que juntar todo el desparramo de cosas que había dejado pensando que volvería pronto; y me instalaron en una habitación en la planta baja.

Esas andanzas ocuparon toda la mañana. Los organizadores habían tratado de comunicarse a mi celular, al que yo no contestaba, porque como suele ser mi costumbre, lo había dejado olvidado en la habitación. Y cuando se enteraron de lo ocurrido, me fueron a buscar con una silla de ruedas y me llevaron a almorzar junto con la periodista e historiadora Elena González Bazán, quien también participaba de la actividad, presentándome además a otros miembros de la mutual.

Ellos dijeron que quedaba a mi criterio dar o no la conferencia, pero a mí me parecía una falta de respeto no hacerlo. Habían hecho muchos esfuerzos para llevarme hasta Gualeguay y habían convocado público de toda la provincia. Pero para que no se me fuera el efecto de los calmantes, Elena me cedió su espacio para que yo expusiera lo antes posible.

Fui conducida hasta el local de los bomberos, lugar donde se llevaba a cabo el Congreso. El salón de actos estaba en el primer piso y no había ascensor por lo que me subieron con la silla de ruedas al montacargas que usaban para subir mangueras y otros elementos, ¡pero no tenía paredes! Menos mal que no sufro de vértigo.

Cuando llegamos al pie del escenario, que era bastante alto, entre dos bomberos grandotes me levantaron con silla y todo. Y ahí sí que me asusté al verme en el aire. Pero ellos muy seguros me dijeron: -“Tranquila señora, sabemos lo que hacemos”.

Di la charla bajo los efectos del ibuprofeno 600 y tuvo muy buena recepción, por lo que después me hicieron varias preguntas.

Luego expuso Elena, quien se refirió a la historia de las mujeres obreras, y finalizó con una frase de las anarquistas: “Ni dios, ni patrón, ni marido…” ¡Excelente! Esa es la receta. Pero el público quedó mudo, en especial el sector masculino.

Antes de partir, muchos se nos acercaron a hacernos comentarios y preguntas, pero nos habían conseguido pasajes, y debimos irnos apresuradamente.

Primeramente pasamos por el hotel y les quisieron cobrar medio día por la habitación que me habían dado para que me recostara un rato mientras me venían a buscar, porque no querían que me quedara en el lobby para que los otros pasajeros no se enteraran de lo que había ocurrido. No fue más que media hora y ni siquiera había desarmado la cama. Pero estaba el conserje de la noche anterior, y de muy mala manera les dijo que si no pagaban no podrían retirar las cosas. ¡Justamente ellos que tenían algo en malas condiciones ni siquiera tuvieron esa mínima atención! Pero pareció ser una característica de la ciudad, donde la demanda superaba a la oferta, ya que quienes se habían alojado en otro lugar, también habían recibido un trato fuera de lugar.

Al llegar a la terminal nos informaron que el ómnibus estaba retrasado en más de dos horas porque se había roto en el camino. Y esto causaba dos grandes problemas en las personas de las cuales yo dependía. Por un lado Eduardo Espiro y un muchacho de la organización se tenían que quedar con nosotras para poder devolverles a los bomberos la silla de ruedas; y por el otro, uno de mis familiares debería ir a buscarme pasada la medianoche de un día de semana. ¡Qué garrón!

Pero no estábamos dispuestos a llorar sobre la leche derramada, así que pese a lo molesto de la situación, tratamos de tomarlo lo mejor posible e hicimos tiempo comiendo algo al paso y conversando amigablemente.

 

Con mi amiga Elena en la terminal de ómnibus de Gualeguay

 

 

En la terminal de ómnibus de Retiro estaba esperándome mi hijo Joaquín quien consiguió allí mismo una silla de ruedas con la cual transportarme hasta un taxi. Por suerte nos hizo reír bastante mientras llevamos a Elena hasta su casa, para luego continuar hasta el sanatorio Dupuytren, que se especializaba en traumatología. El diagnóstico fue exactamente el mismo que el del hospital de Gualeguay, así que me tuve que quedar una semana con el pie en alto, hielo y medicamentos que me producían sueño y me destruían el estómago. Y para movilizarme dentro de mi departamento usaba la silla con rueditas del escritorio.

Nunca es oportuno tener un accidente o enfermedad de cualquier tipo, pero mucho menos cuando estaba comenzando el segundo cuatrimestre en todas las universidades, y debido a esto tendría que sobrecargar de trabajo a mis ayudantes. Al principio me desesperé. Pero no tenía opción y todos ellos me cubrieron espectacularmente. Así que como nunca ha sido mi estilo ver la mitad del vaso vacío, me puse a pensar en todo lo que podía hacer, y no en lo que no podía.

Siete días después, en una silla de ruedas alquilada, Joaquín me llevó a la peluquería y después al especialista en pie. Pero después del encierro y con el efecto de los calmantes, me parecía que se me venía todo el mundo encima. Sentía terror cuando mi hijo me llevaba por calles angostas como Montevideo y Tte. Gral. Perón porque el pésimo estado de las veredas lo obligaban a esquivar permanentemente desniveles que hubiesen trabado las ruedas, y en consecuencia autos y motos nos pasaban demasiado cerca.

Cuando entramos al consultorio el médico preguntó qué me había pasado. Y antes de que yo pudiera decir algo, Joaco con su permanente sentido del humor, le dijo que me había accidentado jugando al ajedrez.

¡¿Jugando al ajedrez?! – preguntó el galeno.

Sí, - él contestó muy serio: -¡La pateó un caballo!

La otra excursión en silla de ruedas fue a la Facultad de Ciencias Económicas para exponer una ponencia en las Jornadas de Economía Crítica.

Omar me llevó haciendo zigzag por la ancha vereda de la avenida Córdoba, en parte para esquivar gente y en parte para quitarle dramatismo. Todo fue muy bien porque tomó la rampa de ingreso, pero al llegar a uno de los pasillos de la planta baja,  nos encontramos con que antes de llegar al ascensor, había diez escalones imposibles de evitar. Así que me bajé de la silla, y entre él y un agente de seguridad, me ayudaron a subirlos a los saltitos en un solo pie. Volví a la silla, y con el ascensor hasta el primer piso, donde para pasar al aula que tenía asignada, debía subir un escalón muy alto, circular por una pasarela colgante donde no habría lugar para otra persona que viniera de frente, y antes de salir de allí, bajar otro terrible escalón. Para lo cual me había tenido que bajar de la silla y volver a subir en cada caso. Y para poder entrar al aula, tuvieron que correr varios bancos de iglesia, y acomodarme en el frente aunque no fuera mi turno en ese momento.

Después de semejante viaje, presenté el trabajo que había elaborado con Omar y Solange, participé con preguntas en las demás exposiciones, ¡y me fui! Mi intención era almorzar y quedarme en las jornadas de la tarde, pero de solo pensar en volver a hacer dos veces más semejante periplo, desistí y una vez en mi casa dormí una merecida siesta.

Casi al mes comenzaron mis salidas en taxi y con bastón con el único fin de asistir a las sesiones de kinesiología. Y de a poco, comencé a caminar muy lentamente por la calle. ¡Todo un suplicio! Los automovilistas me tiraban el coche encima a pesar de las sendas peatonales, y los peatones me empujaban para poder adelantarse debido a mi paso lento.

Y allí tomé real conciencia de que a pesar de que a la ciudad de Buenos Aires se la considere como bastante amigable para quienes sufren limitaciones físicas, evidentemente no era tan así. Comenzando por el propio edificio donde vivía, en cuya entrada había cuatro escalones sin rampa paralela, que me obligaban a salir siempre con alguien quien tuviera la suficiente fuerza para ayudarme a sortearlos. La Facultad de Ciencias Económicas, donde había sido construida una rampa desde la calle hasta uno de los pasillos para cumplir con la formalidad exigida a nivel municipal, no contaba con dispositivos de desplazamiento adecuados hasta las aulas u oficinas. Los pocitos y baldosas rotas o levantadas en las veredas, sumados a las raíces salientes de algunos árboles hacían imposible circular con sillas de ruedas o muletas. Los bares y restoranes, que en su mayoría tenían los baños en el primer piso, no ofrecían opciones en la planta baja. La mayoría de las líneas de colectivos no contaban con unidades de piso bajo y sistema de accesibilidad para discapacitados. Gran parte de las estaciones de subte que tenían ascensores, o como era muy habitual, no funcionaban. Y las bajadas de las veredas, supuestamente especialmente diseñadas eran mi gran terror, ya que por la pendiente demasiado pronunciada de muchas de ellas, la silla rodaba rápidamente hacia la calle sin tener la posibilidad de sostenerme desde ningún lado, amén de las motos y bicicletas que subían a las veredas por esa vía.

Todo esto me sirvió para tomar conciencia en carne propia de todas las trabas que tenía una persona con movilidad reducida, tema no suficientemente estudiado, y que ameritaba realizar alguna investigación sobre la geografía urbana de la discapacidad, incluyendo a no videntes, hipoacúsicos y otras limitaciones que las personas pueden sufrir, incluso simplemente por su edad.

 

 

Ana María Liberali