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Asunto:NoticiasdelCeHu 79/13 - España, del milagro al abismo: Las desventuras de un país que cruje en la hoguera de la crisis
Fecha:Domingo, 17 de Febrero, 2013  05:51:05 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 79/13

España, del milagro al abismo: Las desventuras de un país que cruje en la hoguera de la crisis

Tras el boom socioeconómico del posfranquismo, los españoles padecen un triple azote: la economía se hunde, el Gobierno está bajo sospecha y el Rey perdió apoyo. La aguda mirada del escritor Juan Cruz.
 
Clarín
Buenos Aires, 17/2/13
 
Desconfianza. Como en la Argentina del 2001, el reclamo contagió a los “indignados” españoles. La reacción social en las calles contra las medidas de austeridad es permanente. /AP
Desconfianza. Como en la Argentina del 2001, el reclamo contagió a los “indignados” españoles. La reacción social en las calles contra las medidas de austeridad es permanente. /AP

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Cuando los socialistas de 1982 tocaban el poder con los dedos, después de cuarenta años de una posguerra que conoció todos los tonos de una dictadura, Alfonso Guerra (ahora el diputado más viejo de la democracia) dijo que un día a este país no lo iba a conocer ni la madre que lo parió.

Y eso fue lo que pasó. A este país no lo conoce ni la madre que lo parió. Guerra vislumbraba otro destino para la criatura que entonces se ponía en marcha. La criatura conoció su apogeo en 1992, cuando se celebró en Sevilla la Expo y cuando Barcelona vivió el gran esplendor de los Juegos Olímpicos. Luego empezó la debacle económica a enseñar sus colmillos.

Desde 1993, cuando se dieron a conocer los primeros grandes escándalos de la etapa socialista, de una u otra forma la criatura de la que hablaba el ex vicepresidente de Felipe González ya fue cuesta abajo en la rodada. La economía fue mal y el encanto que hasta entonces había desplegado Felipe para salvar las situaciones más infernales ya no sirvieron de nada.

En aquella época final de Felipe González, que desembocó en su pérdida del poder en 1996, hubo de todo: se dio a conocer el escándalo de la guerra sucia alentada por el Estado para derribar el terrorismo vasco, se reveló que el partido socialista había creado una organización ilegítima para financiarse, un director general de la Guardia Civil (el primer civil que desempeñaba el cargo) se escapó con el dinero de los huérfanos del Cuerpo, el hermano de Guerra, precisamente, se dedicó a hacer negocios desde un despacho oficial… Ni un día sin escándalo. Como ahora, pero entonces en el otro lado del tablero.

En 1996 vino José María Aznar al poder, y a mandar; esa derecha que él representaba llegó con el señuelo de la lucha contra la corrupción que había deteriorado al país arruinando su credibilidad exterior, y persiguió alianzas que luego fueron su soga al cuello. Aznar decidió acabar con sus adversarios, o con aquellos a los que atribuía animadversión, quiso eliminar poderes mediáticos que le fueran críticos, atenuó su aversión a los nacionalismos para arreglar su exigua mayoría, y cuando ya tuvo todo el poder (en 2000 obtuvo una mayoría aplastante) manejó como quiso la radiotelevisión pública y se empeñó en una aventura –apoyar a Bush en la segunda invasión de Irak– que al final constituyó el principio del fin de su ambición por prolongar el liberalismo en el pináculo de España. Rajoy, que era su sucesor designado, perdió sorprendentemente las elecciones del 14 de marzo de 2004, celebradas tres días después del terrible atentado de Atocha.

El fin de la ilusión
La etapa de José Luis Rodríguez Zapatero (ocho años de socialismo en el poder) quiso ser un barrido de las alianzas y las ambiciones del amigo de Bush. Se estrenó el joven líder socialista trayéndose las tropas de Irak, y eso le hizo tragar quina norteamericana durante los años de su mandato, incluso cuando empezó Obama a mandar en Estados Unidos.

El crédito de Zapatero se agotó poco a poco, y al final se agotó del todo. Levantó cabeza con leyes que marcaban la pauta de la legislación igualitaria europea –el matrimonio homosexual y la ley de paridad son logros suyos–, y con el final paulatino del terrorismo de ETA en Euskadi… Pero al final no supo leer que una crisis terrible iba a acabar con sus ilusiones de estar en la Champions League de los países del mundo y se hundió en lo más hondo de los abismos del infierno económico que se había estrenado en 2008, precisamente cuando él revalidaba su mandato.

Zapatero creyó en peces de colores y pensó que la crisis no lo iba a tocar, dijo que habría dinero para todo y para todos, y de pronto, cuando ya el crédito era igual a menos cero, se fue en medio de la más terrible de las derrotas. Pero no la sufrió él, la sufrió su sucesor, Alfredo Pérez Rubalcaba.

La elección de Mariano Rajoy era la de un hombre normal al frente de un país que buscaba salvarse de la crisis haciendo políticas de sentido común, “políticas como Dios manda”, como le gustaba decir al líder conservador. Él creyó, quizá como había creído Zapatero, que el sentido común tipo Mr Chance (el personaje que interpreta Peter Sellers en la película Desde el jardín ) iba a salvarle de las dentelladas del capitalismo europeo, presumió antes de tiempo de su buena conexión con Ángela Merkel y se encontró con que debía improvisar alianzas en la Comunidad. Terminó cayendo en brazos del premier italiano Mario Monti y del francés François Hollande, y viviendo la humillación de afrontar su peor crisis personal (la que pone en duda sus salarios) junto a la canciller alemana.

Hubo un momento en que ni Zapatero era verdaderamente el presidente de España, sino que era alentado, en sus decisiones más terribles (la bajada de los salarios, la subida de los impuestos, el empobrecimiento súbito de los ciudadanos) por los brujos oscuros de Bruselas. Entonces, como dice Antonio Muñoz Molina en su libro de inmediata aparición Lo que era sólido (Seix Barral) , se acabó la edad del delirio y España empezó a tiritar. La tiritona barrió también las vanas ilusiones de Rajoy, que creía que tan solo siendo un gobernante como Dios manda (ese era su mantra) podía convencer a Bruselas de que era un hombre para todas las estaciones, también para el peor invierno de nuestro descontento. A ello se sumó la más rocambolesca de las historias: el desmedido afán de enriquecimiento del yerno del Rey, Iñaki Urdangarin, y las andanzas cinegéticas de don Juan Carlos, que han puesto en el más bajo de sus índices de popularidad la antes intocable Monarquía. A España ya era difícil reconocerla como la heredera de aquel esplendor del 82.

La crisis no soltó su presa, y España ha ido a trancas y barrancas perdiendo empleos a manos llenas, y cubriéndose de la ceniza de la pobreza sin tregua ni piedad. Ahora en España hay un 26% de parados, el 50% de los jóvenes está sin empleo, vuelve a ser imprescindible viajar (a América, a Europa…) como en los tiempos del hambre bajo el franquismo y antes, y en efecto a este país ya no hay quien lo reconozca. Y el hambre existe, también existen los desahucios, y la política vive un descrédito apabullante.

Lo que pasa es que eso no es todo, ni mucho menos; lo peor estaba por venir y ha venido como una sorpresa… para Rajoy. Entronizado en su funesta manía de dudar y posponer, el presidente del Gobierno se encontró de pronto con una crisis descomunal que no le venía ni de los socialistas, ni de la herencia recibida de Zapatero, ni siquiera de Bruselas. Le venía de dentro, del propio Partido Popular que lo sustenta. Y no de los aledaños del PP, sino de la habitación de al lado en el partido que dirige desde 2004, cuando un congreso tormentoso, habido en Valencia, cuna de las corrupciones que han venido sucediéndose, lo eligió en medio de puñaladas traperas de las que él escapó con vida.

La sombra de la corrupción
Lo que sucedió es simple, pero a él, al líder del PP que es también presidente del Gobierno, lo agarró con el pie cambiado. El tesorero que durante al menos catorce años, en funciones gerenciales o estrictamente financieras, se había ocupado del dinero del partido, había amasado una tremenda fortuna en Suiza (que se sepa, 22 millones de euros). Probablemente, a partir del uso fraudulento del dinero asimismo fraudulento obtenido por la red Gürtel, que se dedicó a extorsionar a empresarios afines al PP. Después de ese hallazgo surgió (en el diario El Mundo ) la especie de que ese tesorero (que fue senador y que se llama Luis Bárcenas) había librado sobresueldos supuestamente en dinero negro a destacados miembros del partido. Entonces el PP se llevó las manos a la cabeza, dio orden general de transparencia, organizó una auditoría interna y se aprestó a dejar que se diluyera el chaparrón. Pero la basura es tozuda y súbitamente el diario El País sustanció esa sospecha con una documentación contundente: esa contabilidad que había llevado Bárcenas tenía nombres, apellidos, cifras, fechas y nombres propios, y entre los nombres propios estaba el del propio presidente, Mariano Rajoy.

El País tenía los datos, publicó las páginas manuscritas por Bárcenas, la contabilidad de esos años del supuesto oprobio salían a la luz.

Algunos días antes, cuando había surgido lo que todavía era suposición, el PP se puso a trabajar para limpiar los residuos, decían, de la gestión de Bárcenas, el multimillonario de Suiza. Pero cuando los datos emergieron con una claridad vergonzante la decisión de los altos mandos, y del propio presidente Rajoy, fue negar la mayor. No hubo sobresueldos, esa contabilidad es falsa, nos vamos a querellar contra todos. Curiosamente, después de cinco días de mantenimiento en el mutismo, el protagonista de esta película, Luis Bárcenas, cuya letra ya era universalmente conocida a raíz de las publicaciones de sus contabilidades en El País , declaró enfáticamente que, como el propio PP advertía, esa letra no era la suya, y que jamás hubo una contabilidad de naturaleza oculta en los libros del principal partido del país. Muchos de los citados en la documentación dijeron que sí, que ellos recibieron esos dineros. Los grafólogos sustentaron la teoría de que esa letra era de Bárcenas; y además, no se había escrito de una sentada, era el fruto de muchos años de labor. Constante, firme.

Una letra de tesorero.

Tras la declaración multilateral de desgarro (¡cómo vamos a hacer nosotros eso!), apareció ante la prensa, junto a Angela Merkel, el presidente Rajoy. Todo lo publicado es falso “salvo alguna cosa”. Esa expresión, dicha en el momento más delicado de su vida pública internacional, lo ha perseguido hasta ahora, porque ha dejado abiertas más incógnitas que las que quiso cerrar. ¿Qué es lo que es cierto de todo lo publicado? ¿Que recibió sobresueldos, trajes, corbatas, de una contabilidad que jamás ha sido aclarada? En la huida hacia delante, lejos del ruido razonable que produjo la exposición de los datos que contenía el cuaderno de Bárcenas, se ha dicho de todo: dijeron, desde el PP, que la letra no era de Bárcenas, que probablemente escribió “de una sentada” alguien muy dedicado a ello cada uno de los folios del documentos, que el Partido Popular es prístino como una patena… En el momento culminante de la descalificación de los datos surgió un ingrediente aún más difícil de digerir: Bárcenas, a quien oficialmente dieron por eliminado del PP en 2009, no sólo seguía usando las oficinas del partido en la calle Génova del barrio de Chamberí de Madrid, sino que tenía vía libre para utilizar secretaria, chófer, coche, abogado defensor… Y, además, aunque ya había percibido un suculento finiquito (cuatrocientos mil euros prorrateados), el PP le pagaba la seguridad social como si siguiera perteneciendo a su plantilla.

Uf, demasiado para este país, pero no parece que suficiente para la capacidad de encaje de su presidente. El presidente quiso detener la marea oscura haciendo pública su declaración de Hacienda. Pero ya había demasiadas preguntas como para que ese papel oficial las respondiera todas. Y la gente no cesa de interrogarse, y de interrogar. En la cresta de esa ola, Mariano Rajoy, en la metáfora más cumplida de su carácter, convocó a los suyos en el Parlamento, después de que el líder de la oposición, Alfredo Pérez Rubalcaba, le pidiera que dejara el Gobierno, y les dijo que la manera de dejar que durmiera el escándalo era dejándose de “enredos”. “A veces la mejor decisión”, dicen los suyos que les dijo, “es no tomar ninguna decisión, y esa es también una decisión”. Nadie lo contradijo. Años atrás, Zapatero negó la crisis (económica); ahora Rajoy niega su crisis más personal. Aquel atajó el río revuelto buscando metáforas con las que dejar a un lado la temible palabra que se lo llevó por delante. En medio de la crisis económica, su sucesor corre el riesgo de enredarse en las palabras que no quiere decir. No quiere decir Bárcenas, y Bárcenas le aparece por todas partes. En medio de su silencio, huyendo del enredo, lo cierto es que ha ido metiendo a este país en su propio infierno habiendo dicho, cuando quería gobernarlo, que el milagro era él.

Esto es lo que decía Cioran: “La vida puede ser un infierno, pero cada instante es un milagro”. A veces hay milagros, pero hay días en que la única noticia que aparece en España para distraer a la gente de una realidad que marea es todo lo que se refiere a los últimos días del último Papa. Por cierto, cuando el Papa fue a Valencia, la red Gürtel se benefició de los contratos que esa visita generó, y ahí se volvieron a enredar los responsables del Partido Popular… Y es que ahora España es un ovillo: cualquier asunto que surja, aunque no tenga que ver con este sudoku inmenso que se puede rellenar con la letra de Bárcenas, termina teniendo relación con esa madeja de la que se quiere desenredar Mariano Rajoy.