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Asunto:NoticiasdelCeHu 73/13 - VIAJANDO: Semana Santa en New York
Fecha:Sabado, 16 de Febrero, 2013  19:50:43 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 73/13
 

 

Semana Santa en New York

 

Desde Puerto Rico decidí ir a pasar la Semana Santa a New York. Pero si bien tenía el pasaje reservado y pagado con bastante anticipación, al llegar al aeropuerto de San Juan, me encontré con que había habido sobreventa y pedían a los pasajeros que cambiaran sus vuelos para otros horarios o para otros días. Y a cambio daban dinero en efectivo o pasajes gratis para diferentes lugares de los Estados Unidos. La oferta era tentadora, pero yo no contaba con disponibilidad de días, y además, no quería llegar de noche a una ciudad que no conocía, y de la que todos consideraban peligrosa a ciertas horas. Por lo que me mantuve firme con la necesidad de volar a la brevedad.

Afortunadamente varias familias aceptaron la propuesta negociando paquetes a Disneyworld, y prontamente, quedaron asientos en disponibilidad. Así que me acomodé junto a una ventanilla lejos del ala, como a mí me gusta, y me dispuse a disfrutar de unas mini-vacaciones.

El vuelo fue bastante tranquilo a pesar de la terrible turbulencia al pasar por el famoso Triángulo de las Bermudas, arribando al aeropuerto de Newark, en el estado de New Jersey, a poco más de veinticinco kilómetros al sudoeste de New York, a eso de las cinco de la tarde.

Me hospedé en un hotel de tres estrellas y muy moderno, con sistema de llaves por tarjeta en las habitaciones y otros chiches prácticamente desconocidos en Argentina en esa época.

En cuanto me acomodé me puse a leer la información sobre los servicios y horarios, y con absoluta sorpresa encontré que el bar-restorán que se encontraba allí cerraba a las ocho de la noche, porque la cena se servía a partir de las dieciocho. Rápidamente bajé y menú en mano, pedí algo sencillo, pero el mozo decía no entenderme. Le señalé lo que estaba escrito en la carta y asintió con la cabeza, pero cuando quería darle detalles de mis preferencias de cocción o tamaño de las porciones, tampoco me comprendía. Me acerqué a la barra y tampoco logré mis objetivos. Entonces llamaron a una chica que estaba en conserjería para que me auxiliara. Y ella me dijo:

-“Ellos no le entienden porque usted habla un inglés muy británico y seguramente aprendido en una academia. Pero ellos llegaron no hace tanto de África y absorbieron el idioma de la calle. Y en esta ciudad, cada uno habla como puede, con su propio acento y expresiones”. Después de cenar me fui a dormir, porque pretendía a primera hora de la mañana estar en New York.

Como es mi costumbre, llevaba poco equipaje, por lo que al día siguiente estaba en la estación de trenes que conectaba con el metro de New York. Después de un corto recorrido me baje en Penn Station, en la Octava Avenida, y lo primero que vi al salir a la superficie fue nada menos que el Madison Square Garden, lugar del cual yo había oído hablar desde chica, debido a los importantes torneos de boxeo que allí se realizaban. Y si bien nunca me gustó ese mal llamado deporte, me resultó impactante tener como primera impresión una referencia tan conocida.

Caminé algunas cuadras y me alojé en un hotel de buen nivel en una de las calles perpendiculares a las famosas avenidas de la isla de Manhattan. Y en seguida salí a recorrerlas y así poder ver sus notables diferencias. Mientras la Quinta era la más famosa, la Séptima era la más elegante y las Primeras mostraban condiciones más populares. Pero me decepcionó el pavimento de sus veredas. Sí, el pavimento, porque las veredas de Manhattan no contaban con baldosas y los edificios no tenían zócalos o una buena terminación, como ocurría en Buenos Aires o en muchas ciudades europeas.

Era Semana Santa, y mucha gente se dirigía a la Catedral de San Patricio, la más grande de América del Norte. Una iglesia increíble, de estilo neogótico, cuyas torres de más de cien metros continuaban dominando la ciudad, a pesar de que el muy cercano Rockefeller Center las superara considerablemente en altura.

Y hablando de alturas, es muy difícil circular por New York sin tener que mirar permanentemente hacia arriba. Sin embargo, no ha sido lo que más me ha atraído ya que no soy amiga de los edificios tan altos, y mucho menos, cuando son tan rectos y sin gracia. Y justamente eso es lo que tampoco me gusta de Buenos Aires, o de Sao Paulo o de muchas otras ciudades que hacen un culto al cemento. Pero lo que sí me atrajo fue ver pasar gentes de las más diversas culturas de todos los países del mundo. Muchos vestidos con sus atuendos tradicionales, sin que a nadie le importara, sin ser vistos como bichos raros…

Después de caminar bastante decidí tomar uno de esos ómnibus de dos pisos, con techo descubierto, que permiten tener una visión general de la ciudad, subiendo y bajando cuantas veces se desee, en diferentes puntos de interés de la isla de Manhattan, durante dos días consecutivos. Y lo hice en uno de los que llevaban guía hispanoparlante.

Subí en Broadway y desde lo alto pude admirar el movimiento de la ciudad, que por el fin de semana largo, eran más los turistas que los neoyorquinos. Íbamos rumbo al sur o Lower Manhattan, y una de las paradas era la de las Torres Gemelas, que mis padres me habían recomendado especialmente, ya que ellos habían almorzado en el  restorán del piso ciento siete y habían sacado fotos panorámicas desde allí, pero la fila para ingresar era demasiado larga, ya que además del turismo internacional, había turismo nacional. Así que decidí dejarlas para otra oportunidad, y continué la excursión por el circuito financiero. Y al llegar a Wall Street 11, una pequeña calle en sombras, donde se encontraba el edificio de la Bolsa, no había actividad.

Cerca de allí hice mi primera bajada, y en el muelle del sur de Manhattan abordé el ferry que me llevó hasta la famosa estatua de la Libertad, el monumento más famoso de New York, donado por los franceses en 1886, en conmemoración del centenario de la Independencia de los Estados Unidos. En su diseño participó Gustavo Eiffel, y fue declarada Patrimonio de la Humanidad en 1984.

La siguiente parada de la embarcación fue en Ellis Island, que entre 1892 y 1954 fuera la puerta de entrada al país para más de doce millones de inmigrantes. La isla, además del puerto, contaba con un edificio administrativo, un hospital donde se recibía a quienes llegaban enfermos, otros espacios destinados a quienes padecían enfermedades contagiosas, y un edificio dormitorio. En 1990 se inauguró allí el Museo de la Inmigración, donde permanecí gran parte del día.

Volví a subir al micro, y desde allí cruzamos por el puente a Brooklyn, un barrio popular, con fuerte tradición de inmigrantes africanos y latinoamericanos. El más poblado de New York y con bolsones de pobreza. También conocido por el movimiento hip hop, surgido a fines de los años 60, que podía visualizarse a través de abundantes graffiti.

Luego retomamos Manhattan, pasamos por el barrio Chino, por la sede de las Naciones Unidas, y me bajé en la intersección de la Quinta Avenida con West 34th, donde se encontraba el Empire State, que fuera desde 1931 hasta 1972, el edificio más alto de New York, con trescientos ochenta y dos metros hasta el nivel del piso ciento dos, y sesenta y dos metros más, si se cuenta el pináculo.  Y mientras estaba ingresando, también entraron los bomberos porque se estaba produciendo un incendio en uno de sus pisos, pero todo lo demás funcionaba normalmente. Para poder tomar fotografías subí hasta el piso ochenta y seis por un ascensor que le puso menos de un minuto. Allí había una plataforma al aire libre desde donde tenía una vista de trescientos sesenta grados. ¡Espectacular!

Antes de que anocheciera volví a subir al bus de turismo rumbo a Midtown, con el cual rodeamos el Central Park, un espacio verde enorme, de cuatro mil metros por ochocientos, que es sin duda, un excelente pulmón. En sus alrededores se encontraban los museos y edificios más emblemáticos de la ciudad, como el Dakota, en cuya puerta asesinaron a John Lennon.

Sabía que Héctor Fernández Camacho, un periodista de Naciones Unidas, muy amigo de mi padre, vivía cerca de allí. Y si bien había intentado comunicarme telefónicamente con él sin buenos resultados desde mi llegada a New Jersey, intenté hacerlo nuevamente y pese a las dificultades que se presentaban para hablar desde un teléfono público en Estados Unidos, ¡lo logré! Él me invitó a cenar y me mostró con orgullo una serie de fotografías y objetos obtenidos en diversas partes del mundo, a los que su familia no les daba ninguna importancia. Luego su mujer nos llamó a la mesa, y con espanto vi que había servido como plato principal filetes de salmón crudos. No me animé a decirles que no me agradaba nada que surgiera del mar, porque seguramente habían preparado esa comida como un gran agasajo, pero sinceramente me costó horrores tragarlos. ¡Qué cosa desagradable! Y después de una larga sobremesa, a eso de las once, me acompañó hasta el ómnibus que me dejaría a pocos pasos de mi hotel, desmintiendo así la imposibilidad de circular de noche por la ciudad.

Al día siguiente salí a recorrer librerías. Una más interesante que la otra. Las había de muchos pisos con volúmenes en varios idiomas, y de todos los temas que a uno se les ocurriera. Allí pude conseguir un libro de literatura de autor portoriqueño que  mi hija Fernanda me había encargado, pero que estaba agotado en las librerías de San Juan. Y luego hice lo propio con la visita a las disquerías para adquirir la música que mis hijos Enrique y Joaquín solían escuchar.

Caminando llegué hasta Little Italy, un barrio llamado así por el alto grado de inmigrantes procedentes, en su mayoría, de Sicilia y de otros lugares del sur de Italia. Allí había a cada paso una pizzería con sendos carteles que decían “Se parla italiano”, lo que me motivó a almorzar en un ristorante de pastas. Y esa es otra de las atracciones de New York. Uno puede decidir la comida de qué país quiere probar, y ahí la tiene, hasta con quienes atienden en el idioma del lugar.

Mi intención era ir al Bronx, pero las cosas estaban muy complicadas con los blancos porque la policía había matado “por error” a un negro, con diecisiete tiros. Así que decidí conformarme con una visita a Harlem, por lo que volví a subirme al bus turístico con sentido sur-norte.

Repasé nuevamente edificios ya vistos, pero observando más detalles. Y con sorpresa vi muchos carteles en diferentes tamaños que decían “NAILS”. Porque en New York tanto el arreglo de uñas de manos y pies, como salones de belleza en general, están por todas partes, y en algunos casos constituyen verdaderas expresiones de arte.

Pasamos otra vez por el Central Park y nos dirigimos hacia Harlem, lugar destacado por el jazz como expresión artística y por ser lugar de discursos de Martin Luther King. Pero antes de llegar, el guía, que era argentino, nos aclaró que no nos íbamos a bajar porque era muy peligroso, ya que la población afro alcanzaba al setenta por ciento. Que solamente tomáramos fotografías desde el bus y que lo hiciéramos con cautela. Pero justamente cuando nos encontrábamos en el corazón del barrio, comenzamos a sentir olor a quemado. El guía primeramente culpó a los negros de estar quemando gomas para asustarnos, ¡pero no! Lo que se estaba quemando era nuestro micro. El conductor paró repentinamente y en un segundo todos estábamos en la vereda. Pero contrariamente a lo que el prejuicioso argentino había indicado, enseguida los vecinos nos rodearon, apagaron el fuego y nos ofrecieron ayuda. Esperamos otro ómnibus y continuamos viaje hasta el Central Park donde nos bajamos todos, pero en ese último trecho nadie pronunció una sola palabra.

Al bajar quise ver algún espectáculo pero las entradas estaban agotadas desde varios días atrás. Así que cuando salieron las estrellas y se encendieron todas las luces hice el tour nocturno. El guía era negro y hablaba solo en inglés, y mientras paseábamos por Broadway ponía música, bailaba contorneándose con un ritmo que ningún blanco puede igualar.

El sábado deambulé por toda la ciudad conversando con uno y con otro. Y sentí que New York es un sitio hacia donde todo el mundo mira permanentemente, pero donde no se es mirado por quienes están al lado de uno.

A la noche tomé un vuelo que arribó a Santiago de Chile a mitad de la mañana siguiente, pero no tenía conexión a Buenos Aires hasta muy entrada la tarde, así que pasé el mediodía del domingo de Pascuas sola en el aeropuerto. Y me puse a pensar que en un futuro no lejano me agradaría regresar a la fascinante New York. Pero no por su arquitectura o por sus parques, ni por sus obras de arte o sus tiendas comerciales, sino por el anonimato que tanto me gusta, y el sentir que todos los habitantes del mundo están allí representados. ¡Y que eso había sido lo que realmente más me había impactado!

 

 

Ana María Liberali