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Asunto:NoticiasdelCeHu 62/13 - VIAJANDO: De paso por Miami
Fecha:Domingo, 3 de Febrero, 2013  18:22:40 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 62/13
 
 

De paso por Miami

 

Marzo de 1999. En esa época los argentinos no necesitábamos visa para ingresar a los Estados Unidos, por lo que, con solo novecientos dólares en la mano, equivalentes a novecientos pesos argentinos, pagué mi pasaje y previa escala en Santiago de Chile, para cambiar de avión, partí rumbo a Miami. Todavía, en general, las líneas aéreas permitían fumar en los asientos de atrás, y LAN no era la excepción; sin embargo, prohibía hacerlo mientras se sobrevolaba territorio chileno.

El viaje fue muy tranquilo debido a que volábamos sobre el Pacífico, más concretamente sobre la corriente de Humboldt, donde prácticamente no había turbulencia. Y bordeando la costa sudamericana pudimos observar los principales picos de la cordillera andina. Recién ingresamos al continente cuando llegamos a territorio colombiano. Desde allí al Caribe, que se presentaba muy soleado y, como siempre, con nubes de tamaño y formas increíbles. Y nueve horas después de haber despegado del aeropuerto Merino Benítez, aterrizamos en Miami.

En el avión predominaban los argentinos que debido al “uno a uno”, paridad peso – dólar iban a Estados Unidos a pasar sus vacaciones, a festejar cumpleaños o a hacer compras. Pero al llegar a los controles, se juntaron varios vuelos, donde otros latinoamericanos, muchos de ellos negros, eran retenidos por causas para mí  desconocidas. Y allí pude ver cómo los latinos y negros quienes ya estaban insertos y tenían puestos de vigilancia trataban de la peor manera a quienes tenían su mismo origen y pretendían lo mismo que ellos tiempos ha, simplemente mejorar su calidad de vida.

En cuanto terminamos con los trámites de ingreso, las familias argentinas  rápidamente se dirigieron a alquilar autos para recorrer la Florida y llevar a sus hijos a Disneyworld. Yo me dirigí a los baños, que se presentaban con sistemas de higiene muy modernos. Y seguidamente, pretendí hacer una consulta en español a unas cubanas que estaban barriendo el aeropuerto, pero en cuanto me acerqué, me hicieron saber que no hablaban esa lengua, a pesar de haberlas escuchado previamente. Supuse que la empresa contratante se los impedía y entonces en inglés les pregunté por el mostrador de informes, a lo que respondieron amablemente. 

Y luego de obtener un plano de la ciudad, localicé el hospedaje de playa que había reservado y tomé un taxi. La conductora era extremadamente rubia, y a partir de nuestra conversación, me confirmó que era rusa. Pero, de hecho, debería ser de la mafia, porque justamente para cobrarme de más, rumbeó para el lado contrario de mi destino. Quiso justificarse con el tema de las manos y contramanos y de los accesos, pero los desvíos eran demasiado largos, y tuve que hacerle creer que ya conocía el lugar y obligarla a que ingresara por los caminos cuya señalización coincidía con mi mapa; y de esa manera arribar a mi hotel sin pagar fortunas.

Yo no soy muy amante de los baños de mar, pero sí de caminar descalza por la orilla, así que dejé mi equipaje y salí a disfrutar de la playa. Caminé y caminé bajo el sol sin sentirlo demasiado por la suave brisa y mi entusiasmo por observar cosas y tomar fotografías. Pero a medida que avanzaba no encontraba nada que me significara admiración o sorpresa. Es más, las playas no me parecían tan buenas como algunas argentinas, y ni qué hablar comparadas con las brasileras. La arena sí, era agradable y la temperatura del agua también, pero la arquitectura muy inferior a la de Punta del Este, e incluso a la de Mar del Plata; y el ambiente social me resultaba realmente repulsivo.

La chabacanería no es exclusiva de ciertos países, de hecho, existe en todos. Y Miami es una perfecta muestra del mal gusto internacional. Es como que allí se juntan los más cholulos del mundo, que pretenden mostrarse y mostrar lo que tienen, a otros tan vacíos como ellos. En la playa había un grupo de italianos cuya mayor diversión era quitarle el corpiño de la bikini a las chicas que tomaban sol, por lo que luego ellas los corrían para poder recuperarlo. Un mexicano, con sombrero, botas texanas y pies apoyados sobre una silla, lucía sobre la mesa donde apoyaba su vaso de cerveza, una lagartija que no entendía nada de lo que se trataba. Y así todo y todos.

Me senté a tomar algo en el bar que me pareció menos desagradable y me quedé un largo rato viendo pasar personajes de todo tipo. Entonces comprendí el porqué de que Susana Giménez, animadora y prototipo del mal gusto argentino, había elegido ese lugar como segundo hogar.

Antes de retirarme pedí pasar al baño y me encontré con la sorpresa de que no lo había para el público. De todos modos, el que atendía, con muy buena voluntad me permitió pasar al de su casa, que estaba en el fondo del local.

Al día siguiente continué recorriendo la ciudad. Nada me parecía impactante, ni siquiera el centro financiero. Y en algunos lugares hasta había algunos callejones que parecían temibles.

Volví a tener un desencuentro con algunos vendedores a quienes oí hablar en español, y al solicitarles la mercadería me dijeron que solo hablaban en inglés, por lo que los mandé a la mierda en perfecto castellano y no les compré nada.

Pero yo debía cumplir con un recado para una amiga de mi hija Fernanda, por lo que debía realizar una comunicación telefónica. ¡Increíble! Si había algo sinceramente complicado era hablar por teléfono. Diferentes compañías, diferentes tarjetas, nada coincidía entre sí, difícil identificar las formas de pago… La operadora que hablaba en inglés lo hacía de manera cerrada y a toda velocidad, y la que hablaba en español, daba explicaciones inentendibles. Pero, a pesar de todo eso, después de varias peripecias, me contacté con la persona indicada, quien me explicó cómo llegar a nuestro punto de encuentro. Para tal cometido tomé un ómnibus local conducido por un latino. Le pedí que por favor me avisara al llegar a la parada donde debía bajarme, pero en un tosco inglés me contestó que no me entendía. Entonces me dirigí a los pasajeros en voz alta y pregunté: -“¿Alguien habla español?” Y todos levantaron la mano. Era lógico, los únicos que no contaban con vehículo propio. Me dijeron que no me preocupara porque muchos bajaban donde yo iba, así que me acomodé junto a una ventanilla y continué observando a mis alrededores, pero cada vez todo me parecía menos atractivo.

Y una vez que concluí con la diligencia, me indicaron cómo debía tomar el metro para regresar. Eran ya las cinco de la tarde y no había nadie en las estaciones, parecía que la tierra se había tragado a las personas. Cuando me bajé llovía torrencialmente y pretendí tomar algún taxi u ómnibus en su defecto, pero la calle también estaba desierta. Así que esperé que la tormenta amainara, y esquivando charcos fui pacientemente caminando las cuadras que me separaban de mi hotel.

Siendo casi las siete de la tarde me vi obligada a cenar, y luego a dormir porque al día siguiente debía estar temprano en el aeropuerto. Miami era para mí solo un lugar de paso rumbo a la isla de Puerto Rico.

 

 

Ana María Liberali