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Asunto:NoticiasdelCeHu 57/13 - VIAJANDO: Jujuy en tren
Fecha:Jueves, 31 de Enero, 2013  08:41:11 (-0800)
Autor:Alexander von Humboldt <cehumboldt @.........ar>

NCeHu 57/13
 

 

 

Jujuy en tren

 

Febrero de 1987. Mucho calor en Buenos Aires. Tomamos el tren en la estación Retiro. Tanto las comodidades como el servicio en general dejaban mucho que desear, pero de todos modos, nos resultaba muy placentero viajar en ferrocarril. Los asientos estaban enfrentados, lo que nos permitía conversar; podíamos desplazarnos a lo largo del vagón o ir al salón comedor; los baños eran amplios, aunque no demasiado limpios; y las nenas podían acomodarse mejor para dormir. Y el costo de los pasajes muy bajo, además del medio boleto para los menores de doce años.

Después de casi dos días de viaje llegamos a San Salvador de Jujuy, donde nos encontramos con nuestros amigos quienes ya venían recorriendo la región desde varios días atrás. Y así el grupo quedó compuesto por Osvaldo Morina, Silvia Cordero, Omar, Roberto, Alicia, Fernanda y yo.

 Recorrimos la ciudad, que se presentaba muy atractiva, rodeada de cerros y con una temperatura por demás agradable. Y casi todos aprovecharon para comer los típicos picantes de pollo, mientras mis hijas y yo, hicimos lo propio con los choclos con queso, que se cosechaban precisamente en el verano.

Y a poco de estar, rumbeamos hacia el norte, nuevamente en el tren, en la línea Gral. Belgrano, de trocha angosta, que atravesaba la quebrada de Humahuaca y la Puna, hasta llegar al límite con Bolivia; pero en esta primera etapa, solo iríamos hasta Tilcara.

El mayor atractivo era para nosotros el Pucará, construido sobre un lugar desde donde se podía ver totalmente la quebrada con el angosto de Perchel, pero que desde abajo no era posible divisar la fortaleza.

El resto del pueblo era una verdadera preciosura a pesar de estar invadido por turistas de todas partes, que de hecho impactaban fuertemente en la cultura local, donde aun predominaban los collas. Y justamente, una de las características era ver a las mujeres cargando grandes bultos y a sus hijos en sus espaldas, mientras los hombres se juntaban a beber en el bar. Y cuando nos pusimos a conversar con una de las cholas y cuestionamos ese comportamiento, su respuesta fue: -“Nosotras hemos nacido para servir a los hombres. Las mujeres de los médicos y los antropólogos pretenden que eso no sea así. ¡Están locos!” Eso nos produjo escalofrío ya que era una de las poblaciones en que la esperanza de vida femenina era muy baja, además de la frecuente mortalidad por parto, algo inaudito en otros sectores del país.

Desde Tilcara subimos nuevamente al tren. Estaba repleto de collas y apenas pudimos conseguir un asiento para mis hijas que no entendían nada. Íbamos parados y apretados, y en medio de todo eso, pasaron vendiendo guisos de cabra o tal vez de carnero, tamales y otras comidas por el estilo que servían en papel de estraza. La mayoría de la gente lo comía placenteramente, pero para nosotros era increíble, amén de los olores de todo tipo que nos resultaban insoportables.

Por fin llegamos a Humahuaca, una ciudad apacible si las hay. Nos hospedamos en un hotelito muy simple en habitaciones con baño compartido que daban al patio. Compartido entre nosotros, porque éramos los únicos pasajeros. Lo que ocurre es que la gente cree que en ese sector del norte hace mucho calor en verano, lo que no es así, debido a los casi tres mil metros de altura a los que se encuentra. Sí es cierto, que es la temporada de lluvias, pero tiene la ventaja de poder participar de las fiestas que se desarrollan entre los meses de enero y febrero.

Y justamente disfrutamos de los Tantanakuys, que como lo indica su nombre en quichua, significa “encuentro”. Y dicho encuentro es de unos con otros, por mutua citación, una reunión de fiesta, con alegría y música, sin fines comerciales ni competitivos, que se desarrollan en las ciudades jujeñas de manera previa a los carnavales. Desde ya que en los hechos, todo termina con muchas copas encima y muchos hombres durmiendo en las calles, pero en términos generales, todo resultaba muy positivo.

También asistimos al Festival de la Chica y la Copla y Topamiento de Comadres. La chicha es una bebida andina, bastante espesa, realizada en base a maíz o maní, que tradicionalmente la realizaban las ancianas mascando maíz o maní y con cuya saliva se lograba la alcoholización. Desde ya que todos nos la ofrecían, pero para que no se ofendieran y poder tomar alguna gaseosa, decíamos que ya habíamos bebido demasiado.

Luego aparecían las comadres, y con caja en mano, decían sus coplas plañideras en contrapunto, bastante incomprensibles para quienes éramos ajenos a su cultura.

Desde Humahuaca recorrimos a pie varias quebraditas transversales, muchas de las veces con la compañía o las indicaciones de algún baquiano. Pero un día preguntamos cómo podíamos acceder a Coctaca, lugar que se caracterizaba por sus antiguas terrazas de cultivo a doce kilómetros al noroeste de Humahuaca. Entonces nos dijeron que quien podría llevarnos era el peluquero del pueblo. Fuimos entonces una mañana hasta la peluquería, para ver en qué momento podría alcanzarnos. Y para nuestra sorpresa, nos encontramos con que de inmediato cerró el negocio, nos cargó en su camioneta y partimos.

Silvia y yo íbamos junto a él en la cabina, por lo que durante el viaje le hicimos muchísimas preguntas. Él nos iba indicando las características de cada una de las plantas que veíamos y su utilización en la vida diaria, incluso en medicina. Y además, nos comentó diferentes costumbres relativas a su madre, que indiscutiblemente, tal como los rasgos de su rostro, eran de origen indígena. Pero cuando le preguntamos cuál era su etnia, muy severamente nos contestó:

-“¡Yo no soy indio! ¡Soy de origen español! Me llamo Fernández! Aquí no hay más indios. Todos murieron durante el diluvio universal.” Nos quedamos sin palabras, y nos pellizcábamos para evitar la risa, por una cuestión de respeto. Pero nos resultaba insólito que negara una evidente realidad y que trasladara ese pasaje bíblico a esa geografía.

Aunque mucho más grave que negara la realidad fuera el gobernador, el Ing. Carlos Snopek, quien en un discurso ante la comunidad colla, afirmara que en la provincia ya no había indígenas, sin tener en cuenta que habían sido justamente ellos quienes lo habían votado. Y luego, en un concurso sobre productos agrícolas, tanto él como el titular del Banco de Jujuy, en lugar de distribuir créditos o maquinarias, como todos esperaban, repartieron a los ganadores solo picos y palas. Fue una falta de respeto absoluta, pero los pobres campesinos, sumisos como siempre, aunque decepcionados, agradecieron los obsequios y regresaron a sus predios.

En Humahuaca volvimos a tomar el tren. Nos bajamos en la estación Hipólito Yrigoyen, de la localidad de Iturbe. La primera impresión fue desmoralizante. La estación estaba desierta y gran parte de las viviendas se encontraban cerradas con candado. Tampoco fuimos muy bien vistas por usar pantalones y short, ya que en ese lugar el turismo no existía, y sus habitantes eran muy conservadores.

Nos alojamos en un lugar que parecía del lejano oeste. Las habitaciones estaban en la planta superior y las rodeaba una galería que parecía muy endeble. Pero era lo que había.

Una vez dejados los bultos, nos dirigimos al único lugar que había para comer. Una especie de almacén de ramos generales con varias mesas. Nos ubicamos en una de ellas, y pedimos que nos trajeran el menú del día. El primer plato era sopa, y como éramos muchos, no podían traer todo al mismo tiempo. Así que para nuestra sorpresa, primero servían a los hombres, y luego, ya casi con la sopa fría, a nosotras. Y en una reunión de lugareños, a medida que llegaban más hombres, al no alcanzar las sillas, las mujeres se ponían de pie y les cedían los asientos. ¡Insólito!

Y en ese mismo lugar se reclutaba mano de obra barata para trabajar en la mina Aguilar, que no quedaba a demasiada distancia de allí. Los trasladaban en camiones y las familias de los mineros consumían en ese comercio, lo que les era descontado del magro sueldo del trabajador. Y desde ya, que los precios eran abusivos, en especial para quienes no podían siquiera leer lo que se apuntaba en las libretas de compras. Había muchachos de no más de veinticinco años que dijeron haber trabajado en la mina desde la mayoría de edad, y por su aspecto físico aparentaban diez años más. Tal era el desgaste por el tipo de actividad, las condiciones de trabajo, el ambiente y la mala alimentación. En esos lugares el coqueo es uno de los factores que permite mayor rendimiento con deficiente nutrición.

El pueblo apenas tendría en ese momento alrededor de trescientos habitantes, de los cuales la mayor parte eran personas muy mayores cuidando a sus nietos, o mujeres solas con muchos niños, quienes trabajaban arduamente y en condiciones muy rudimentarias. Y allí recibimos una importante lección sobre la maternidad y la pobreza. Las mujeres se lamentaban de que una de las jóvenes que allí se encontraban, además de ser soltera, tenía la desgracia de no tener hijos. Ellas decían: -“¡Quién la mantendrá cuando sea vieja y no pueda trabajar!” Lo que ocurre es que en las clases sociales con mayores recursos económicos, consideramos mantener a nuestros hijos hasta los dieciocho, o tal vez, hasta los veinticinco años. Pero en las clases bajas, el hijo es un factor de producción a los pocos años de vida, y el principal seguro de vejez, al no contar siquiera con una jubilación u otros sistemas de manutención alternativos.

 

 

Ana María Liberali