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Asunto:NoticiasdelCeHu =?utf-8?B?MjYvMTMgLSBMYSDigJxUZW9yw61hIGRlIGxhIGpvdmVuY2l0YeKAnTogwr91?= =?utf-8?B?biBsbGFtYWRvIGFsIGFtb3I/?=
Fecha:Martes, 15 de Enero, 2013  14:19:58 (-0800)
Autor:Alexander von Humboldt <cehumboldt @.........ar>

NCeHu 26/13
 

La “Teoría de la jovencita”: ¿un llamado al amor?

    “Un régimen que no proporciona a los seres humanos ninguna razón profunda para cuidarse entre sí, no puede preservar por mucho tiempo su legitimidad” Richard Sennett.

                                                                 Alfredo César Dachary

 

No aspiran al Premio Nobel, es más les es indiferente; no creen que la crisis es algo cíclico que luego de un tiempo regresa la calma y todo sigue igual; ellos piensan en una situación más compleja en un problema más profundo en que el sistema dominante -el capitalismo- ha creado condiciones para hacer casi imposible el amor.

¿Quiénes son estos “insatisfechos”, que de golpe nos rompen las grandes vitrinas donde el glamour está en exhibición como una prenda de cambio para el que pueda pagarlo? ¿Quiénes son estos anarquistas, que no nos dejan disfrutar del buen vino y la mejor mesa, sólo por el hecho de que la mayoría de la población no tiene acceso a eso y a veces ni a la comida? ¿Pero esto no es natural?

¡Qué amargados!, piensan en todos y no en ellos, serán de otro planeta o solamente enloquecieron porque la sociedad individualista, asimétrica, anti solidaria e insensible en que vivimos “no les hace caso”, no aceptan entrar a la fiesta de los que creen que todo anda bien y lo festejan diario, por si se acaba.

La firma es difícil de entender, Tiqqun ¿será griego, árabe o qué? Son tan “extraños” estos “incomprendidos” que ni siquiera pretenden hacerse famosos encabezando un libro. Tiqqun es un colectivo de trabajo y como tal el único autor, es el medio donde se dan a conocer, por lo que su función es socializar ideas y consolidar una posición de una perspectiva de la izquierda real y no la tradicional adosada al sistema como la socialdemocracia.

Este texto está hermanado con otros análisis y reflexiones desde una perspectiva no tradicional, como son “La Insurrección que viene”, que fue escrito por otro colectivo “anónimo”, el Comité Invisible, y “Llamamientos y otros fogonazos”, también anónimo, pero no menos valiente y más claros que los que tradicionalmente plantean los grupos intelectuales cooptados por el sistema.

La audaz y vigente Teoría de la jovencita analiza en forma clara y sin medias palabras el biopoder actual donde reina “la reducción de la vida humana a simple carne que vigilar y gestionar, según parámetros estandarizados de belleza, salud o placer”. El poder del “gran hermano” operado desde el mundo mediático asume el control y competencia sobre lo más íntimo que tenemos, nuestros deseos y nuestros sufrimientos, que son clasificados en un nuevo lenguaje universal que los describe y que nos quita la capacidad de expresión y así pasamos de “sujetos a pacientes, de cuerpos apasionados a autómatas emocionales”.

La democracia y la libertad, bases para la paz, son el manto que oculta a una realidad que logra abarcar todos los elementos de la vida y del mundo y que es una guerra sin límites. Los heridos o muertos de esta guerra se retiran a lugares aislados, diagnosticados como depresivos, neuróticos, fóbicos y son muchos…

Esta guerra difusa se da en la realidad y por ello hoy el ciudadano opera mediante un autocontrol, que se da luego de largos períodos de una sociedad controlada policialmente; ya aprendimos a “adecuarnos”, ya estamos “amansados”, ya nos logran controlar por otras vías diferentes a las tradicionales.

Se ha tratado y logrado perfilar a los ciudadanos, cambiando las formas de vida y así tenemos que hay “un dominio del espectáculo sobre el estado de explicitación pública de los deseos y el monopolio biopolítico de todos los saberes-poderes médicos, la contención de toda desviación está a cargo de un ejército de psiquiatras y otros benévolos facilitadores y con el fichaje estético-político según determinaciones biológicas, en un marco de una incesante vigilancia sobre los comportamientos”.

Este proyecto de control y manejo del ciudadano implica un bloqueo a las formas de vida, que el ciudadano no cuestiona porque el poder del imperio se disfraza a través de la distracción, de la difuminación, de la polarización de los cuerpos en torno a ciertas ausencias e imposibilidades.

Esta situación ha llevado a que el ciudadano termina negando su realidad, o sea, se rinde y todo lo que le queda de margen de maniobra es la posibilidad de hacer de su vida que sea más compatible con los gustos que ha impuesto la nueva sociedad.

Esta crítica descarnada es a un sistema que a través del mercado ha logrado colonizar lo más íntimo del ser humano, la subjetividad, las emociones, la misma capacidad de amar, por el ciudadano que se autocontrola a fin de poder adaptarse al deseo expropiado que nos dice a través de la publicidad que hacer y, por ello, que consumir.

La jovencita no es más que el “ciudadano modelo”, definido a partir de la primera guerra mundial, ante la amenaza de los revolucionarios. Y es que al final de la segunda década del siglo XX, el poder capitalista sabía que no podía sobrevivir sino colonizaba la periferia del proceso productivo y para ello crea su cultura, su ocio, su medicina, su urbanismo, la educación sentimental y sus propias costumbres, lo que derivará en el estado del bienestar y el capitalismo socialdemócrata, hoy en bancarrota, agobiados por la realidad.

Así el trabajo se integra en forma conformista mediante el consumo el cual se amplía a otros actores de la sociedad más periféricos, primero la mitad del mundo, las mujeres, y luego otros grupos que también hacen del consumo una nueva “religión”. La juventud y la feminidad son recodificadas y así elevadas a rango de ideales reguladores, de la unidad espontánea y deseable de éstos emerge la figura de la jovencita.

La jovencita surge como un punto culminante de esta antropomorfosis del capital, donde el proceso de valorización no es sólo económico sino que coincide con lo social, por ello es que la sociedad de este imperio no reposa sobre una base objetiva, sino que exige que cada ciudadano se autovalore, o sea, se limite y reprima permanentemente, según las normas del mercado.

El momento crucial de este proceso es cuando se llama a todo el mundo a relacionarse consigo mismo  “como valor”, siguiendo la mediación del biopoder a través de abstracciones controladas. Así la “jovencita”  se transforma en un ser sin intimidad propia más que un valor, siempre y cuando ésta concluya su autovaloración.

La jovencita comienza a gastar su modelo y no generar la satisfacción esperada, eso la lleva a transformaciones; así nace la nueva jovencita organizada que remplaza a la primera, la jovencita de era industrial, y ésta ya no hace alarde de emancipación sino de algo más modesto: de conservación, en la medida en que la hegemonía del imperio empieza a caer.

 

La jovencita ama lo auténtico porque es una mentira.

“La jovencita es vieja por el hecho de saberse joven”, la jovencita masculina es diferente ya que se da por contagio. La jovencita femenina emerge como la encarnación de un imaginario masculino alienado. Pero al final hay un irónico epílogo ya que el sexo masculino es víctima y objeto de su propio deseo alienado. La jovencita es la figura del consumidor total y soberano, y se comporta como tal en todos los ámbitos de la existencia. Ésta sólo sirve para consumir ocio o trabajo, ambos dan igual, ya que la jovencita nunca crea nada en todo se recrea.

Al lograr que los jóvenes de ambos sexos estén investidos de un absurdo valor simbólico y, por ello, portadores de valores esotéricos propios de esta nueva organización de la sociedad global, que es del consumo y la seducción, éstos son liberados por el espectáculo como lo planteaba Dubois, pero es una libertad, en cuanto que son esclavos, limitada y vigilada.

Pero la “jovencita” no es necesariamente un cuerpo de mujer aunque sus rasgos se asocien a la feminidad, en un mundo donde todos somos consumidores de formas de vida atractiva generadas por el marketing y nos obsesionamos por la juventud y la salud y así pretendemos adecuarnos a estos cánones de belleza y los usos amorosos de esta época; en síntesis, nos desvelamos por “nuestra apariencia”.

La jovencita es una mercancía que exige ser consumida a cada instante, pues a cada instante caduca. Uno la compra porque tiene valor y tiene valor porque uno la compra. Por ello este grupo la ha definido, entre otras tantas concepciones, como “la jovencita es aquel que ha preferido convertirse en mercancía antes de sufrir la tiranía de ésta”.

Tanto en el amor como en el resto de esta sociedad, ya nadie está exento de ignorar su propio valor, ya que la jovencita es el lugar en que la mercancía y lo humano coexisten en forma aparentemente no contradictoria. 

A estos primeros materiales que plantea el grupo Tiqqun, se le debe sumar otro fundamental: “Los hombres-máquina: modo de empleo”, la otra cara del tema, y unidos constituyen un ensayo crítico de estas formas de vida sometida y mecanizada.

 

 alfredocesar7@yahoo.com.mx