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Asunto:NoticiasdelCeHu 833/12 - Navidad
Fecha:Miercoles, 26 de Diciembre, 2012  00:18:58 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 833/12
 
 

 Navidad

         “Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto, cambiaron todas las preguntas”. Mario Benedetti.

                                                                          

Alfredo César Dachary

 

 

La Navidad, como todas las fiestas familiares, tiene historia. Están impregnadas de nuestra historia, de allí que haya gente que las desee y otros que no o les es indiferente, y es más, hay algunos que hasta preferirían saltar esos días fijos de un calendario.

La historia personal de la Navidad está asociada a la familia, generalmente a la familia ampliada, la de los primos, cuñados, tíos y una larga lista, que en la primera parte de esa historia la presidían los abuelos.

Luego la historia se reduce en número de actores, es que la muerte, ese personaje no invitado, se encarga de reducir el grupo y las nuevas familias que nacen de éste empiezan a buscar nuevos parientes en un proceso que genera nuevos grupos en ese largo camino que se llama la vida.

La Navidad era una fiesta familiar, luego se fue ampliando a los amigos, ya que la familia empezó el lento pero constante proceso de transformación, de la tradicional, hoy una pieza de museo, a otra más compleja que une a los tuyos con los míos y de ambos.

Pero siguió siendo un tiempo más una fiesta familiar, hasta que el consumo, esa nueva idea que empezó a llenar los vacíos de sentimientos y metas en la gente, empezó a crecer hasta asfixiar la última sonrisa en un nuevo producto que era símbolo de poder y “felicidad”: el regalo.

La Navidad como intercambio de regalos es la primera etapa, luego viene la de la competencia de regalos, al final quedan los regalos como único motivo, dejando a un costado el sentido familiar y religioso que tienen estas fechas, y la fiesta es remplazada por otra más costosa y lujosa en un restaurante, un hotel o algún lugar donde se pueda presidir, desde las alturas de la demostración un valor diferente a los sentimientos, el del poder económico.

La gran masa de la población recibe un sobresueldo para estas fiestas que se denomina aguinaldo, el cual sumado al ingreso de esos días se transforma en una suma importante que el ciudadano decide invertir en cosas para la gran fiesta, un ritual de sacrificio, que el ciudadano considera como necesario para ratificar el amor y la amistad en el primer círculo además de la familia.

Pero en la medida en que el consumo haga de todos los fines de semana una nueva Navidad, esto empieza a diluirse y a transformarse, como la familia donde se origina también cambia radicalmente.

Los cambios son tan grandes que el actual Papa Benedicto XVI, en su último libro “La infancia de Jesús”, cuestiona en parte, aunque no en su esencia el acto del nacimiento, que sigue siendo un hecho sagrado pero con un entorno más humano y más normal.

Así logra reducir el ritual de los reyes magos, la estrella, y el largo número de animales que aparentemente rodeaban o daban calor al pesebre en Belén, son nuevos tiempos, pero algo se mantiene: la pobreza, esa tragedia que ha acompañado a la humanidad muchos siglos y cada día se hace más violenta y profunda, en medio de un discurso de redención, que es tan hueco como los que lo hacen.

La Navidad en su representación, antes tradición y hoy escenografía, reproduce un escenario que sólo es posible en la parte norte del planeta, en los países con nieve, por lo que en el sur, coincidente la parte más pobre del globo, la nieve es de algodón y los pinos son artificiales como para poder soportar los grandes calores del verano.

El Papá Noel, otro invento del norte, coincidentemente la zona más rica del mundo, anda en un trineo que sólo es posible de usar en las zonas más frías del globo, por lo que en el resto del mundo el elegido debe sacrificarse en medio de un traje de invierno que lo hace reducir de talla luego de unas horas de uso, y que como puede entrar por la chimenea inexistente, menos por el aire acondicionado prendido y puesto a full.

Estos opuestos que combinan la tradición con la ridiculez, nos hacen recordar al genio del suspenso Alfred Hitchcock, que sostenía con mucha sabiduría una frase que se ajusta a esta realidad: “…existe algo más importante que la lógica, la imaginación”.

Y esa imaginación construyó un nuevo camino para una sociedad donde la familia tradicional y la vida privada, dos instituciones en retroceso, sean remplazadas por nuevas, donde el eje ya no sea la felicidad familiar sino el ocio sin límites que genera una felicidad de corta duración, pero que nos permite mostrarnos como queremos que nos vean y sentirnos como pensamos que debemos sentir.

Las Navidades actuales son el escenario de una gran guerra en nuestros países por incrementar el consumo hasta el infinito; por un lado, las grandes plazas comerciales y sus negocios más representativos que ofrecen el mundo en cuotas para que el hombre crea haber logrado comprarlo aunque la felicidad sea tan corta como la idea de lograrla.

En el otro extremo están los grandes ejércitos de desocupados que tratan de sacar en la Navidad algo para poder compartir, la alegría de consumir en esas fiestas en su medida, gracias al comercio informal, y así las calles se transforman en ferias y las ferias en cotidianidad, todos vendemos, todos compramos todos consumimos, y con ello vamos logrando esa felicidad de corta duración que como la droga terminan en un largo dolor de cabeza y el resto del cuerpo.

Todo este escenario de felicidad de anhelo de poder festejar, resaltar y ser un día el “rey”, nos vuelca a un mundo falso del consumo, luego viene lo que en México se conoce como la cuesta de enero, donde mucho de lo comprado pasa al empeño, para lograr unos pesos para poder sobrevivir enero y febrero.

La publicad, ese engañoso canto de sirena, aprovecha estas fiestas, como el resto del año, para explotar los sentimientos que afloran en la gente, logrando transformar la fiesta de la gente en la feria del consumo y luego viene la tragedia de asumirlo como un error.

Con el consumo ocurre lo mismo que con el alcohol, se pasa de la tranquilidad a la euforia y luego el despertar en la realidad, y es que el alcohol y el consumo en exceso son parte fundamental en el sobre consumo navideño, porque sólo así demostramos que tenemos, que podemos y que lo hacemos porque queremos “festejar a los que queremos”, un buen deseo en medio del consumismo individualista.

El hombre y la mujer de la calle, los que tienen por filosofía lo que le enseña la escuela de vida, no pueden evitar que los hijos, la familia o sus amores les exijan regalos como muestras de cariño, siguiendo los preceptos de la dictadura del consumo, que tiene como agente a la publicidad y todos los mecanismos para imponer el consumo.

Hablamos de consumo responsable, de evitar el uso irracional de los recursos finitos del planeta, hablamos de igualdad, de derechos humanos, y de muchas cosas muy bonitas, pero el consumo aparece como circulando en otro carril, donde la felicidad efímera es la única que lo dirige.

Hoy la Navidad coinciden con un falso mensaje del fin del mundo, una estrategia que nos llevará a consumir por encima de lo pensado de lo que podemos, pero es el último consumo, esta nueva imagen es una muestra del estado de la sociedad actual, donde el individualismo reina y la solidaridad y el cariño, son revoques que se caen rápido frente a la competencia del hombre con el hombre.

Pero esto no es en todo el mundo, donde más del 60% de la población vive en la pobreza en diferentes grados y esto llega a los países ricos pero no tanto como a los países con menor desarrollo, ¿esa gran mayoría podrá aún en medio de su situación tener una Navidad más natural y menos artificial que la que nos exige el mundo urbano?

La Navidad hoy es una copia borrosa del pasado de nuestra historia, pero a nosotros nos toca vivirla, por ello debemos adecuarnos a esta nueva situación, donde el consumo se transforma en un sentimiento y éste a su vez en una ilusión.

 

 

alfredocesar7@yahoo.com.mx