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Asunto:NoticiasdelCeHu 782/12 - VIAJANDO: Bolonia, ciudad roja, docta y gorda
Fecha:Jueves, 6 de Diciembre, 2012  13:36:49 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 782/12
 
 

 Bolonia, ciudad roja, docta y gorda

 

Partí desde la estación Venezia Santa Lucía y en poco más de dos horas y media llegué a Bolonia. El camino fue bonito pero nada que me entusiasmara demasiado. La ciudad, menos. Tal vez, viniendo de Venecia, todo lo que viera me parecía poco, o porque tal vez, tuviera demasiadas expectativas sobre todo lo que Bolonia tenía aparejada.

Bolonia era conocida como Ciudad Roja tanto por el color de sus tejados y fachadas, como por ser uno de los centros más importantes del Partido Comunista Italiano, y de la resistencia de los partisanos contra los fascistas en la Segunda Guerra Mundial. Además, allí se firmó en el siglo XIII, La Carta o Estatutos de Bolonia, el documento masónico original más antiguo conocido. Pero también se la denomina La Docta por tener la universidad más antigua de todo Occidente, que data del año 1088; y La Gorda, por su exquisita gastronomía.

Sin embargo, a pesar de todos sus atractivos, la soberbia de su gente, las motos que destrozaron mi cabeza con su ruido y el descontrol del tránsito que se me venía encima a cada paso, sumado a las altas temperaturas ambiente que me pusieron de mal humor, hicieron que quisiera abandonar la ciudad lo más pronto posible; pero no sin antes, dirigirme hacia las célebres Dos Torres medievales que caracterizan a la ciudad, que es una de las que mejor conserva el casco antiguo. Y cuando les estaba por tomar una fotografía, se me acercó una joven mujer sonriéndome. Yo pensé que vendría a pedirme la hora o alguna información sobre la ciudad, ¡pero no! Su pregunta fue: -“¿Faciamo l’amore?”

Fui hasta la estación de trenes y en italiano, pedí en la ventanilla los horarios y precios hacia Ancona. El empleado me los leyó muy rápido. Le pedí que por favor me los diera por escrito porque eran muchos datos y no los podría recordar. Me dijo que no los tenía en papel, me los repitió con fastidio, e hizo pasar al que seguía detrás, quien le habló en inglés y obtuvo una tabla de horarios impresa. ¡Uhhhh! ¡Se me subió la tanada a la cabeza! Pero respiré hondo y salí a caminar sin rumbo por la ciudad para sacarme la bronca, protegiéndome del sol debajo de las recovas.

Cuando me tranquilicé un poco, volví a la estación para ver si habían cambiado de empleado. ¡Pero no…! Estaba el mismo. Me puse anteojos negros, y al llegar a la ventanilla, le pedí la información en inglés, y muy solícito, me la imprimió. Esperó que buscara el servicio de mi preferencia y me vendió el pasaje. Entonces, una vez que había resuelto todo, me quité las lentes y en el más puro italiano le dije: -“¡Andate a la meretrice madre che ti ha partorito! ¡Figlio di puttana!” A lo que él me respondió de la misma manera. ¡Típico del lugar!

Tomé el tren y dije para mis adentros: -“¡Addio, Bologna!”

 

 

Ana María Liberali