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Asunto:NoticiasdelCeHu 675/12 - VIAJANDO: De Viena a Milán en tren
Fecha:Sabado, 3 de Noviembre, 2012  20:49:43 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 675/12
 

 

De Viena a Milán en tren

 

Durante mi estada en Viena permanentemente me expresé en inglés, pero cuando estaba dejando el hotel, el conserje viendo que mi remera tenía una inscripción en francés, me preguntó si hablaba ese idioma. Le dije que sí, y entonces me pidió que le indicara algo a una pareja mayor que estaba en la puerta. Yo me esforcé por recordar vocabulario olvidado, y una vez que finalizó mi explicación, me lo agradecieron muy cortésmente. Acto seguido, la mujer le habló en español al marido. Largué la carcajada, y cuando les pregunté en su lengua de dónde venían, dijeron que de Andalucía. Pero al comentarles que yo venía de Argentina, mirándome con desprecio, se alejaron rápidamente.

Me dirigí a la estación de ferrocarril y me puse en la fila de una de las boleterías para sacar un pasaje hasta Milán (Milano). Había muchos italianos que no se decidían, gritaban, discutían y por lo tanto, atrasaban las cosas. Y de pronto, un empleado austríaco gritó en italiano:

-“¿Alguien puede ayudar a esta ecuatoriana, que la pobre no sabe otro idioma que el español?”

Yo me ofrecí y de esa manera pudo comprar su pasaje. Y luego, yo saqué el mío. Ella me lo agradeció muchísimo, y por una cuestión de compatibilidad, nos ubicamos en el mismo compartimento.

El tren arrancó y mientras bordeó la región alpina yo me dediqué a tomar fotografías. Hasta que al hacerse de noche, como es lógico habiendo dos mujeres juntas, nos pusimos a conversar. Y entre otras cosas, ella me contó que solía preparar sopa con los cangrejos que sus hijos juntaban en la playa a la vuelta del colegio. Y no podía creer que en la Argentina, con la extensión de costas que teníamos, ni siquiera conociéramos ese plato.

Nos dormimos, pero habiendo pasado ya la medianoche, nos despertaron porque estábamos en la frontera y debíamos mostrar nuestros documentos. Primeramente subió un gendarme austríaco, que cuando vio mi pasaporte argentino, lo primero que dijo fue: -“¡Argentina! ¡Piazzola!” Eso, sin duda, fue una caricia para mis oídos. No imagino que un gendarme argentino, en la frontera cordillerana, al ver un pasaporte austríaco, dijera: -“¡Schubert!” También me agradó que mi país fuera conocido por alguien más que Maradona, aunque sienta especial admiración por el Diego.

Acto seguido subieron los gendarmes italianos, pero el trato fue muy diferente. Al ver nuestros pasaportes latinoamericanos, nos pidieron tarjetas de crédito. La ecuatoriana dijo no tener, y a partir de eso comenzó un interrogatorio que ella no sabía contestar por no entender demasiado el italiano. Yo les mostré la VISA del banco Río, y eso los puso en guardia, por lo que preguntaron enérgicamente:

-“¡¿Qué hacen aquí una ecuatoriana y una argentina con tarjeta de un banco de Brasil?!”

Yo entendía italiano, pero no tenía la fluidez suficiente como para enfrentarlos. Por lo tanto, hacía como que no comprendía y me comunicaba a través del guarda austríaco en inglés, quien era el interlocutor y trataba de poner paños fríos a la situación. Expliqué que el banco se llamaba Río por el río de la Plata y no por Río de Janeiro, pero no hicieron caso a mis palabras.

Los gendarmes pidieron que les mostráramos todo el equipaje que llevábamos, y en mi caso, no me creyeron que viajara con un bolsito tan pequeño, que además, prácticamente tenía solo libros. Entonces insistieron en que fuéramos a buscar a algún otro sector del tren todos nuestros bártulos, y de lo contrario nos dejarían detenidas allí.

Yo desesperadamente comencé a pedir que viniera el cónsul argentino, pero el guarda traducía diciendo que yo pedía por el cónsul austríaco.

Mientras tanto, a la ecuatoriana la apartaron y comenzaron a hacerme preguntas sobre ella. Pero yo no conocía siquiera su nombre de pila, por lo que trajeron perros y me los tiraron encima. Entonces el guarda se impuso y dijo que el tren era austríaco y ellos no podían ejercer sus leyes sobre él. Que al llegar a Venecia, donde subiríamos a un tren italiano hasta Milán, si tuviéramos equipaje que hubiésemos ocultado, ellos mismos se encargarían de entregarnos a la justicia.

Y de esa manera el convoy pudo continuar, pero cuando la ecuatoriana volvió al compartimento, tenía algunas pulseras de oro menos que las que su esposo le había regalado en sus aniversarios de casados. Fue la exigencia que el corrupto gendarme le había puesto para permitirle seguir viaje. Sus labios pintados de rojo y el exceso de maquillaje en sus ojos, también le habían jugado en contra. Pero, según el guarda, tanto Carlos Menem, quien en ese momento gobernaba la Argentina, como el corto paso de Abdalá Bucaram como presidente de Ecuador, habían contribuido a dar muy mal crédito de nuestros países en toda Europa, incluso en Italia, que no se destacaba por ser un buen ejemplo de nada.

Llegamos a Venecia e hicimos la conexión a Milán, donde en el hotel me cobraron anticipadamente por el solo hecho de ser argentina.

 

 

Ana María Liberali