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Asunto:NoticiasdelCeHu 645/12 - VIAJANDO: Despedida de Polonia
Fecha:Viernes, 12 de Octubre, 2012  09:54:27 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 645/12
 

 

Despedida de Polonia

 

Nuevamente en Sandomierz, se hizo un acto de clausura del Congreso de las Religiones, donde se dijeron emotivas palabras y nos regalaron a todas las mujeres, sendos ramos de girasoles. Yo puse las flores en un jarrón que había en mi habitación, pero estaba claro que no podría llevarlas conmigo en el viaje de regreso.

Todo el congreso, incluyendo alojamiento y comidas por una semana, desplazamientos e inscripción, había costado solo cien dólares, que en ese momento, eran equivalentes a cien pesos argentinos. Y en parte eso había sido así porque Polonia era un país de por sí muy barato dentro de Europa, pero además, porque Pepsi Cola había financiado el evento. Y fue por eso, que como obsequio de despedida, también nos regalaron dos botellas de Pepsi de un litro y medio a cada uno. Tampoco era lógico cargar con esas botellas, pero lo tomarían como un desprecio.

A la noche se hizo una reunión informal en la casa de uno de los profesores, donde todo era semejante en lo social a los asados argentinos, pero con exquisiteces de la gastronomía polaca, donde abundaban las remolachas, las papas y las coles en casi todos los platos. Y además, de la infaltable Pepsi Cola, había cerveza y desde ya, vodka como aperitivo y como copas posteriores a la cena. Se armó una guitarreada con viejos y jóvenes donde además de su propio folklore, cantamos tangos, siendo el preferido de los mayores “Adiós muchachos”.

A la mañana siguiente nos despedimos, ya que todos tomaríamos rumbos diferentes. La camioneta de los organizadores nos alcanzó a Teresa y a mí hasta la ruta, donde pararía el ómnibus que nos llevaría hasta Varsovia. Las dos teníamos nuestro equipaje más las dos botellas de Pepsi, que cada vez nos parecían más grandes y pesadas. No íbamos a tomar seis litros de gaseosa en ese viaje, pero no podíamos abandonarlas hasta que no se fueran nuestros anfitriones, cosa que no hicieron hasta que llegara el micro, porque había comenzado a llover.

Por haber estado una semana aislados en una zona de colinas, relativamente altas respecto del llano territorio polaco, y debido a que no habíamos escuchado noticia alguna del resto del mundo, no nos habíamos enterado de que casi toda Europa estaba absolutamente inundada. Pero a poco de andar, cuando arribamos al valle, no solo que la lluvia se intensificó, sino que comenzamos a ver áreas cubiertas de agua a los costados de la ruta, que era angosta y poceada. Cuanto más al norte íbamos, las condiciones empeoraban, y hubo tramos en que las aguas cubrían absolutamente el camino.

Al llegar a Varsovia se produjo un verdadero diluvio, por lo que muy gentilmente le regalamos las botellas al conductor, quien no podía creer que nos desprendiéramos de algo tan delicioso. Le dijimos que lo lamentábamos pero que nos iba a ser imposible trasladarnos bajo la lluvia con ese peso, y le resultó comprensible. Con Teresa comenzamos a reírnos imaginando nuestra situación si hubiéramos llevado también los girasoles.

Mi intención era tomar un tren para recorrer Alemania Oriental y desde allí bajar en varios días hasta Italia, pero las vías estaban cubiertas de agua y se había roto un puente ferroviario en dirección a Leipzig por lo cual los servicios estaban suspendidos. Por lo tanto, la única forma de salir de Varsovia era vía aérea.

En un taxi y sorteando charcos y calles intransitables fui con Teresa hasta el aeropuerto. Ella tomó su vuelo, y yo pedí pasaje para alguna ciudad italiana. Me dijeron que la mayoría de los aeropuertos ya estaban cerrados, y que para los pocos que operaban ya no había lugar en ningún avión. Me ofrecieron ir hasta Praga, pero necesitaba una visa para ingresar a la República Checa y no la tenía. Comencé a ver qué otro destino me acercaría a Ancona, donde iría a visitar a mis familiares; y mientras pensaba, la persona que estaba en el mostrador me dijo:

- “Le aconsejo que se vaya a cualquier parte porque en un rato, también se cierra este aeropuerto”.

Imaginé quedarme varada en Varsovia, sin poder hacer absolutamente nada con semejantes condiciones meteorológicas y correr el riesgo de perder el vuelo a Buenos Aires que saldría desde Roma varios días después, por lo que le pregunté:

-“¿Y cuál es el próximo vuelo hacia el sur?”

-“Uno de LOT hacia Viena”, me contestó.

Pagué 250 U$S, y entre nubes de tormenta, me despedí de Polonia.

 

 

Ana María Liberali