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Asunto:NoticiasdelCeHu 449/12 - El "nuevo" imperialismo: sobre reajustes espa cio-temporales y acumulación mediante desposesión (D avid Harvey) / Rumbo al XIV (11)
Fecha:Viernes, 10 de Agosto, 2012  13:16:32 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 449/12
Rumbo al XIV Encuentro Humboldt

Ref.: NCeHu 336 / La ideología del imperialismo

Ref.: NCeHu 365 / Una nueva etapa de la bancarrota capitalista

Ref.: NCeHu 382 / El fin del poder

Ref.: NCeHu 400 / La geografía del desarrollo desigual

Ref.: NCeHu 401 / La lucha de clases en Europa y las raíces de la crisis económica mundial

Ref.: NCeHu 416 / El fin de un ciclo. Alcance y rumbo de la crisis financiera

Ref.: NCeHu 422 / Una crisis sin fondo

Ref.: NCeHu 431 / A terceira onda da crise:   O capitalismo no olho do fura

Ref.: NCeHu 446 / Entrevista con Robert Brenner

Ref.: NCeHu 448 / Giovanni Arrighi, la larga duración del capitalismo geohistórico y la crisis actual
 

Reproducido de RGE 77/05

El “nuevo” imperialismo:

sobre reajustes espacio-temporales y acumulación mediante desposesión

David Harvey 
Viento Sur
Traducción: Enrique Rodríguez


 

“Puede que nos encontremos en un momento lleno de volatilidad e incertidumbre pero eso también implica que estamos en un momento lleno de inesperado potencial revolucionario”. David Harvey, autor de “Espacios de esperanza” (Ediciones Akal, 2003), uno de los libros políticos más interesantes de los últimos tiempos, concluye así el artículo que publicamos en el que analiza el “nuevo imperialismo” desde su metodología espacio-temporal.


La dilatada supervivencia del capitalismo, a pesar de las múltiples crisis y reorganizaciones, acompañadas siempre de agoreras predicciones, por parte tanto de la izquierda como de la derecha, de su inminente extinción, es un misterio que requiere ser estudiado. Lefebvre, por su parte, creyó haber encontrado la clave cuando pronunció su celebre frase de que el capitalismo sobrevive mediante la creación de espacio, aunque no acertó a explicar de qué forma se llevaría esto a cabo. Tanto Lenin como Luxemburgo, por motivos bastante distintos y utilizando argumentos también distintos, consideraron que el imperialismo –una determinada forma de producción de espacio- era el quid de la cuestión, aunque ambos argumentaron que dicha solución sería finita, dadas sus propias contradicciones.
En los años setenta intenté enfocar este problema a la luz de los “reajustes espaciales” y su papel en las contradicciones internas de la acumulación de capital (1). Argumentaba yo que un cuidadoso estudio de las formas por las que el capital produce espacio nos ayudaría a construir una teoría del desarrollo desigual más sofisticada y a integrar mejor los fenómenos de la expansión geográfica y el desarrollo en las reformulaciones y revisiones de la teoría de acumulación de capital de Marx, que por aquel entonces venían apareciendo y por tanto poder integrar esas teorías con las de imperialismo y dependencia que también eran objeto de un serio debate en aquel momento. Ahora que de nuevo se está produciendo una redefinición del discurso, tanto en la margen izquierda como en la derecha del espectro político, en lo referente a lo que algunos llaman “el nuevo imperialismo” (2) parece útil reexaminar estas ideas generales a la luz de los acontecimientos actuales.
La tesis de los reajustes espaciales solo tiene sentido si atribuimos al capitalismo una tendencia expansiva, entendida teóricamente mediante alguna versión de la teoría de Marx, según la cual la tasa descendente de beneficio produce crisis de sobreacumulación (3). Dichas crisis se manifiestan en unos excedente simultaneo de capital y mano de obra sin que aparentemente exista ninguna manera de coordinar a estos para realizar ninguna tarea socialmente productiva. Por tanto, si se quieren evitar devaluaciones (e incluso una destrucción) de capital que afecten a todo el sistema, se deberán encontrar formas de absorber estos excedentes. La expansión geográfica y la reorganización espacial son dos opciones posibles. Pero esto tampoco puede disociarse de los reajustes temporales, puesto que la expansión geográfica solía ir acompañada de inversiones en infraestructuras físicas y sociales a largo plazo (en redes de transporte y comunicaciones y educación e investigación, p.ej) que tardarían muchos años en reintegrar a la circulación su valor a través de la actividad productiva a la que apoyaban.
Puesto que para continuar esta argumentación será útil referirse a ejemplos reales, propongo aceptar la tesis de Brenner según la cual el capitalismo ha padecido un problema crónico de sobreacumulación desde los años setenta (4). Interpreto la volatilidad del capitalismo internacional durante estos años como una serie de ajustes espacio-temporales que fracasaron, incluso a medio plazo, en tratar los problemas de la sobreacumulación. Era sin embargo, y como argumenta Gowan, a través de la orquestación de dicha volatilidad que los Estados Unidos pretendían mantener su posición hegemónica dentro del capitalismo mundial (5). Por tanto, lo que parece un reciente viraje hacia un abierto imperialismo respaldado por la fuerza militar por parte de los EEUU puede interpretarse como una señal del debilitamiento de dicha hegemonía ante la seria amenaza de recesión y una amplia devaluación en su propia casa, diferenciada de los diversos ataques de devaluación anteriormente inflingidos a otras zonas (América Latina en los ochenta y principios de los noventa y aun más seriamente la crisis que consumió el este y sureste asiáticos en 1997 antes de arrastrar a Rusia y buena parte de Sudamérica). Pero también pretendo argumentar que la imposibilidad de acumular mediante la expansión continuada de la reproducción ha sido compensada con un alza de los intentos de acumular mediante la desposesión. Estas son, en definitiva, las que considero las características principales de las nuevas formas de imperialismo. Puesto que el debate sobre este tema quedaría grande a un artículo como este, voy a continuar la exposición de manera simplificada y esquemática. Dejando el análisis en detalle para una posterior publicación (6).

 

El reajuste espacio-temporal y sus contradicciones


La idea principal en que se basa el reajuste espacio-temporal es bastante sencilla. La sobreacumulación en un territorio dado implica un excedente de mano de obra (paro creciente) y excedentes de capital (que se manifiesta en un mercado inundado de bienes de consumo, a las que no se puede dar salida sin perdidas, en una alta improductividad, y/o en excedentes de capital líquido carente de posibilidades de inversión productiva). Dichos excedentes pueden ser absorbidos mediante (a) una reorientación temporal hacia proyectos de inversión de capital a largo plazo o gasto social (como la educación o la investigación) que aplazan la vuelta a la circulación del exceso de capital hasta un futuro distante , (b) reorientaciones espaciales mediante la apertura de nuevos mercados, nuevas capacidades de producción y nuevos posibilidades de recursos y mano de obra en otro lugar, o bien (c) una combinación de (a) y (b).
La combinación de (a) y (b) es especialmente importante cuando hablamos de un capital fijo, de naturaleza independiente, construido en un entorno dado. Este provee de las infraestructuras físicas necesarias para que la producción y el consumo se mantengan en el tiempo (todo desde parques industriales, puertos y aeropuertos, sistemas de comunicación y transporte, de aguas y desagüe, de almacenamiento, vivienda, hospitales y escuelas). Sencillamente, no se trata de un sector económico menor, sino que es capaz de absorber ingentes cantidades de capital y mano de obra, especialmente bajo condiciones de rápida expansión e intensificación geográficas.
La reubicación de los excedentes de capital y mano de obra hacia tales inversiones necesitan de la mediación y apoyo de instituciones financieras o estatales, que tienen la capacidad de generar y otorgar créditos. Se crea, por tanto, una cantidad de valor ficticio equivalente al capital excedente que resulta de, por ejemplo, la producción de camisas y zapatos. Este capital ficticio puede ser apartado de la corriente de consumo y reubicado en proyectos a largo plazo como por ejemplo, la construcción de carreteras o la educación, vigorizando así la economía (por ejemplo mediante una creciente demanda de camisas y zapatos por parte de profesores y obreros de la construcción) (7). Si los gastos en infraestructuras o mejoras sociales se revelan como productivos (facilitan la posterior acumulación de capital) entonces los valores ficticios son reembolsados (bien directamente mediante la amortización de la deuda, o indirectamente en la forma de, digamos, mayores devoluciones fiscales para pagar la deuda estatal). Si no es así, la sobreacumulación de valor en infraestructura o educación puede manifestarse en una devaluación de estos activos (vivienda, oficinas, parques industriales, aeropuertos, etc.) o en dificultades para pagar la deuda estatal sobre infraestructuras físicas y sociales (una crisis fiscal del estado).
El papel que han jugado tales inversiones ha sido importante en la estabilización y desestabilización del capitalismo. Señalaré, por ejemplo, que el origen de la crisis de 1973 fue un colapso mundial de los mercados inmobiliarios (empezando con el Hersatt Bank de Alemania que arrastró el Franklin National en los EEUU) seguido por la práctica bancarrota de la ciudad de Nueva York en 1975. A su vez, la década de estancamiento Japonés de los noventa comenzó con el estallido de la burbuja financiera existente en activos como el valor del suelo y otros bienes, que puso en peligro todo el sistema bancario. También señalaré que el colapso asiático de 1997 tuvo su origen en las burbujas de propiedad en Tailandia, Indonesia, y que el principal soporte a las economías estadounidense y británica , tras el inicio de recesión general en todos los demás sectores desde mediados del 2001 en adelante, ha sido el continuado vigor especulativo en los mercados inmobiliarios. Desde 1998 China ha continuado creciendo económicamente y ha buscado absorber sus inmensos excedentes de mano de obra (esquivando la amenaza de descontento social) mediante la financiación endeudada de inversiones en mega-proyectos que dejan pequeña la ya inmensa Presa de las Tres Gargantas (8500 millas de nuevos ferrocarriles, autopistas y proyectos urbanísticos, trabajos de ingeniería masivos para desviar agua del río Yangtzé al Amarillo, nuevos aeropuertos, etc.).
Me sorprende soberanamente que casi todos los análisis sobre la acumulación de capital (incluyendo el de Brenner), o bien ignoran totalmente estos asuntos o los tratan como epifenomenológicos.
El término “reajuste” tiene, en cualquier caso, un doble sentido. Cierta cantidad del capital queda literalmente fijado en alguna forma física por un periodo de tiempo relativamente largo (dependiendo en su tiempo de vida físico y económico). En cierto sentido el gasto social también se territorializa y rinde, permaneciendo geográficamente inmóvil, a través de compromisos estatales (en todo caso, en lo que sigue dejaré de prestar una atención explicita a las infraestructuras sociales, pues el tema es complejo y llevaría demasiado exponerlo). Cierto tipo de capital fijo es geográficamente móvil (como la maquinaria que puede ser fácilmente desplazada de un lugar a otro) pero el resto está tan fijado al suelo que no es susceptible de ser movido sin ser destruido (los aviones son móviles pero los aeropuertos a los que vuelan no lo son).
El reajuste espacio-temporal por otra parte, es una metáfora de las soluciones a las crisis capitalistas mediante aplazamientos temporales y expansiones geográficas. La creación de espacio, la organización de divisiones territoriales del trabajo totalmente nuevas, la apertura de nuevas y más baratas fuentes de recursos, de nuevos espacios dinámicos para la acumulación de capital, y la penetración de estructuras sociales preexistentes por parte de las relaciones sociales capitalistas y acuerdos institucionales (tales como reglamentos de contratación y acuerdos de propiedad privada) son formas de absorber excedentes de capital y mano de obra. Tales expansiones geográficas, reorganizaciones y reconstrucciones muchas veces amenazan, de hecho, los valores fijados pero aun no explotados. Grandes cantidades de capital fijado actúan como un lastre a la hora de buscar reajustes espaciales en otro lugar. El valor de los activos de la ciudad de Nueva York no era ni es una cantidad trivial y la amenaza de una devaluación masiva en 1975 (y ahora de nuevo en 2003) era (y es) visto por muchos como una amenaza de importancia al futuro del capitalismo. Si el capital finalmente huye, lo hace dejando atrás un rastro de devastación (la desindustrialización experimentada en el corazón mismo del capitalismo, como Pittsburg y Sheffield) así como en muchas otras partes del mundo (como Bombay) en los sesenta y setenta son ejemplos de esto). Por otra parte si el capital sobreacumulado no puede desplazarse, o sencillamente no lo hace, entonces está abocado a devaluarse directamente. La conclusión de este proceso suelo expresarla de la siguiente forma: El capital, por naturaleza, crea unos ambientes físicos a su imagen y semejanza únicamente para destruirlos más adelante, cuando busque expansiones geográficas y desubicaciones temporales, en un intento de solucionar las crisis de sobreacumulación que lo afectan cíclicamente. Esta es la historia de la destrucción creadora (con toda suerte de negativas consecuencias sociales y económicas) inscrita en la evolución del entorno social y físico del capitalismo.
Hay otra serie de contradicciones que generalmente surgen en el seno de las dinámicas de transformación espacio-temporal. Si los excedentes de capital y mano de obra existentes en un territorio dado (como una nación o estado) no pueden ser absorbidos internamente (mediante ajustes geográficos o gastos sociales) y no han de verse devaluados. Esto puede suceder de diversas maneras, entonces deben ser transferidos a otro lugar, a encontrar terreno fresco para desarrollar su productividad. Pero los espacios a los que son transferidos deben contar con medios de pago tales como oro, reservas monetarias (ej:dólar) o bienes intercambiables. Los bienes de consumo excedentes son enviados fuera y se reciben otros bienes o dinero liquido. El problema de la sobreacumulación se alivia así de forma tan solo temporal (pues meramente se cambia el excedente de bienes a forma monetaria o por otros bienes, aunque, de darse el último caso y materializarse en productos brutos más baratos, pueden aliviar la presión a la baja en la tasa de beneficios). Si el territorio no cuenta con reservas o mercancías para intercambiar, deberá buscarlas (tal como los británicos obligaron a hacer a la India en el siglo XIX, forzándola a abrir su comercio de opio hacia China y así extrayendo el oro chino por medio del comercio Indio) o bien aceptar crédito o asistencia. En este caso, se presta o dona dinero a un territorio para que este pueda pagar el excedente de bienes de consumo fabricadas domésticamente. Así lo hicieron los británicos con Argentina durante el siglo XIX y el excedente comercial japonés de la década de los noventa fue en buena medida absorbido mediante préstamos a EEUU para así mantener el consumismo adquisidor de productos japoneses. Sencillamente, las transacciones comerciales y crediticias de este tipo pueden aliviar problemas de sobreacumulación a corto plazo. Funcionan muy bien en las condiciones de un desigual desarrollo geográfico en el que los excedentes de un territorio están compensados por carencia de los mismos en otra parte. Pero recurrir al sistema de créditos hace a los territorios vulnerables ante los flujos de capital especulativo y ficticio, que pueden tanto estimular como minar el desarrollo capitalista e incluso, como ha sucedido recientemente, ser usados para imponer devaluaciones salvajes en territorios vulnerables.
La exportación de capital, particularmente cuando viene acompañado de la exportación de fuerza de trabajo, funciona de forma algo distinta y suele tener efectos a más largo plazo. En este caso, los excedentes de (normalmente dinero) capital y trabajo son enviados a algún nuevo lugar donde recomenzar la acumulación de capital. Los excedentes generados en la Gran Bretaña del siglo XIX se enviaron a los Estados Unidos, a las colonias de pobladores como Sudáfrica, Australia y Canadá, creando así nuevos y dinámicos centros de acumulación en estos territorios que demandaban bienes de Inglaterra. Puesto que pueden pasar muchos años hasta que el capitalismo madure en estos territorios (si es que alguna vez lo hace) hasta el punto que, ellos también, empiecen a producir sobreacumulaciones de capital, el país de origen puede esperar beneficiarse de este proceso por un periodo muy considerable de tiempo. Este es especialmente el caso cuando los bienes demandados en otra parte son del tipo inmobiliario. Las inversiones de porfolio pueden mantener la construcción del capital fijo (ferrocarril y presas) requeridos como base para una sólida acumulación en el futuro. Pero la tasa de devolución de estas inversiones a largo plazo depende de la evolución de una fuerte dinámica de acumulación en el país receptor. Gran Bretaña fue de esta forma, prestamista de Argentina en la última parte del siglo XIX. Los Estados Unidos, por medio del plan Marshall para Europa (Alemania en particular) y Japón, vieron claramente que su propia seguridad económica (dejando aparte el aspecto militar derivado de la Guerra Fría) dependía de la revitalización de la actividad capitalista en dichas zonas.
Las contradicciones surgen cuando los nuevos espacios de acumulación capitalista acaban generando excedentes que deben ser absorbidos mediante expansiones geográficas. Japón y Alemania se convirtieron en competidores del capital estadounidense desde finales de los sesenta en adelante, de manera parecida a como los EEUU sobrepasaron el capital británico (y colaboraron al ocaso del Imperio Británico) en el transcurso del siglo XX. Siempre resulta interesante delimitar el momento en que el sólido desarrollo interno se desborda en necesidad de un ajuste espacio-temporal. Japón lo llevó a cabo en los sesenta, primero a través del comercio, más tarde con la exportación de capital en la forma de inversiones directas, primero en Europa y EEUU, más recientemente en la forma de inversiones masivas (inmobiliarias y directas) en el este y sureste asiáticos, y por último mediante empréstitos (especialmente a los EEUU). Corea del Sur de repente se volcó al exterior en los ochenta seguida de cerca por Taiwán en los noventa. En ambos casos exportando no solo capital financiero sino también algunas de las prácticas laborales más infames que se puedan imaginar como subcontratas del capital multinacional por todo el mundo (en Centroamérica, en África, así como en el resto del sur y este de Asia). Por tanto, incluso adhesiones recientes al desarrollo capitalista se han encontrado rápidamente en la necesidad de ajustes espacio-temporales para sus excedentes de capital. La rapidez con la que ciertos territorios, como Corea del Sur, Singapur, Taiwán, y ahora incluso China, han pasado de ser territorios importadores a ser exportadores, ha sido sorprendente, en comparación con los ritmos más lentos característicos de periodos precedentes. Pero por esa misma razón, estos territorios exitosos tienen que enfrentarse a las contrapartidas de sus propios ajustes espacio-temporales. China, mediante la absorción de capitales excedentes de Japón, Corea y Taiwán, en la forma de inversiones directas, está rápidamente suplantando a dichos países en muchos sectores de producción y exportación (particularmente en aquellos con poco valor añadido y trabajo intensivo, pero está también moviéndose rápidamente hacia los bienes de consumo de gran valor añadido). La sobrecapacidad generalizada que Brenner identifica puede de esta forma ser fácilmente descomponerse en una cascada de ajustes espacio-temporales, primero en el sur y este de Asia pero con elementos adicionales en América-Latina (México, Brasil y Chile principalmente) a los que ahora se sumaría Europa del Este. Y en un giro de 180º, los EEUU, con su inmenso endeudamiento de los últimos años, han absorbido capitales excedentes principalmente del Este y sureste asiáticos.
En cualquier caso, el resultado final es una competencia internacional cada vez más intensa, dada la emergencia de múltiples y dinámicos centros de acumulación de capital, que compiten en la escena mundial en perspectiva de importantes corrientes de sobreacumulación. Puesto que, a largo plazo, no todos pueden ganar, o bien sucumbirán los más débiles, cayendo en serias crisis de devaluación, o bien las confrontaciones geopolíticas estallan en la forma de guerras comerciales, guerras monetarias o incluso confrontaciones militares (del mismo tipo que nos dieron dos guerras mundiales entre potencias capitalistas en el siglo XX). En este caso, lo que se exporta es la devaluación y la destrucción (del tipo que las instituciones financieras americanas indujeron en el este y sureste asiáticos en 1997-8) y los ajustes espacio-temporales toman, por tanto, formas mucho más siniestras. Existen, de todos modos, algunos puntos más que señalar para poder comprender este proceso.

 

Contradicciones Internas


En su “Filosofía del Derecho”, Hegel muestra como la dialéctica interna de la sociedad burguesa, mediante la producción de una sobreacumulación de riqueza en un extremo y una chusma de pobres en la otra, conduce a la búsqueda de soluciones en el comercio exterior y las prácticas colonial-imperialistas. Hegel rechaza la posibilidad de que puedan existir formas de resolver los problemas de desigualdad social e inestabilidad mediante mecanismos internos de redistribución de la riqueza (8). Lenin cita a Cecil Rhodes al decir que el colonialismo y el imperialismo eran la única manera de evitar la Guerra Civil (9). Las relaciones y luchas de clase en una formación social ligada a un territorio causan impulsos de buscar ajustes espacio-temporales en algún otro lugar.
Un ejemplo de fines del siglo XIX nos resultará ilustrativo al respecto. Joseph Chamberlain (“Joe el radical”, como también se le conocía) estaba vinculado a los intereses liberal-manufactureros de Birmingham y se oponía, en principio, al imperialismo (durante las guerras afganas de la década de 1850, por ejemplo). Se consagró a la reforma educativa y a las mejoras físicas y sociales en la infraestructura de producción y consumo de su ciudad natal de Birmingham. Esto constituía , creía, una salida productiva para los excedentes, que devolverían su valor a largo plazo. Como figura importante del liberalismo conservador, fue testigo de primera mano del resurgir de la lucha de clases en Gran Bretaña y en 1885 llevó a cabo un discurso en el que instaba a las clases propietarias a asumir sus responsabilidades hacia la sociedad (mejorando las condiciones de vida de los más pobres e invirtiendo en infraestructuras sociales y físicas en beneficio de la nación), en lugar de preocuparse exclusivamente de sus derechos como propietarios. El alboroto que esto originó entre las clases propietarias le obligó a retractarse y desde entonces se convirtió en el más ardiente defensor del imperialismo (en última instancia como Secretario Colonial, conduciendo a Gran Bretaña al desastre de la Guerra Boer). Esta trayectoria profesional es bastante común al periodo. Jules Ferry, un ardiente defensor de las reformas en Francia (especialmente la educación) de la década de 1860, tomó parte por la expansión colonial tras la Comuna de 1871 (conduciendo a Francia a su aventura asiática, que culminó en su derrota en Dien-Bien-Phu en 1954). Crispi buscaba resolver el problema de la tierra en el sur de Italia mediante la expansión imperialista en África. E incluso Theodore Roosvelt en los EEUU prefirió apoyar las prácticas coloniales en lugar de las reformas internas (10), incluso después de que Frederick Jackson Turner declarara (erróneamente, al menos en lo que a oportunidades de inversión se refiere) que la Frontera Americana estaba cerrada.
En todos estos casos, el giro hacia una forma liberal de imperialismo (uno que incluyera una ideología de progreso y una misión civilizadora) fue el resultado, no de imperativos económicos absolutos, sino de la falta de voluntad política, por parte de la burguesía, de renunciar a ninguno de sus privilegios de clase, bloqueando así cualquier posibilidad de absorber la sobreacumulación mediante reformas sociales domésticas. La fiera oposición que actualmente existe en EEUU hacia cualquier política de redistribución o mejoras sociales, no les deja otra opción que mirar al exterior en busca de soluciones a sus dificultades económicas. Las políticas internas de clase de este tipo obligaron a muchos poderes europeos a mirar al exterior para resolver sus problemas desde 1884 hasta 1945, y esto dio una tonalidad especial a las formas que adoptó el imperialismo europeo. Muchas figuras del liberalismo e incluso del radicalismo se convirtieron en orgullosos imperialistas durante esta época, y buena parte del movimiento obrero fue persuadido para apoyar el proyecto imperial como un factor esencial de su propio bienestar. Esto requería, en cualquier caso, que los intereses de la burguesía se colocaran al frente del estado, el aparato ideológico y el poder militar. Arendt, por tanto, interpreta correctamente este imperialismo euro-céntrico como “la primera etapa del dominio de la burguesía y no la última fase del capitalismo” como fue descrita por Lenin (11). Volveré sobre esta idea en la conclusión.

Medidas institucionales de mediación para la proyección de poder sobre espacio


En un artículo reciente, Henderson reconoce la importancia de los ajustes espacio-temporales como soluciones a la sobreacumulación, pero señala que la diferencia entre Taiwán y Singapur (que salieron relativamente ilesos de la crisis con excepción de una devaluación monetaria) en 1997-8 y Tailandia e Indonesia (que estuvieron al borde del colapso económico y político) estribó en políticas estatales y financieras (12). Los primeros tenían sus mercados de propiedades protegidos de los flujos especulativos mediante fuertes controles estatales y mercados financieros protegidos, mientras que los últimos no. Este tipo de diferencias son importantes. Las formas que toman las instituciones mediadoras son productos de, a la vez que generadoras de las dinámicas de acumulación de capital.
Claramente, el conjunto de turbulencias en las relaciones entre estado, supraestado y poderes financieros por una parte y por otra las dinámicas generales de acumulación de capital (a través de la producción y devaluaciones selectivas) han sido una de las más característicos y más complejos elementos en la dinámica del desarrollo geográfico desigual y de las políticas imperialistas desde 1973 (13). Creo que Gowan está en lo correcto al analizar la reestructuración radical del capitalismo internacional post 1973, como una serie de apuestas desesperadas por parte de EEUU para intentar mantener su posición hegemónica en la escena internacional frente a Europa, Japón y finalmente el este y sureste asiáticos (14). Todo ello comenzó en 1973 con la doble estrategia de Nixon consistente en desregulación financiera y un elevado precio del crudo. Entonces se dio a los bancos estadounidenses la exclusiva del reciclaje de la ingente cantidad de petrodólares que eran acumulados en la región del golfo. Esta actuación volvió a centrar la actividad financiera global en los EEUU y de paso recató a Nueva York de su propia crisis económica local. Se creó un poderoso régimen financiero Wall Street/ Reserva Federal (15), con poderes sobre instituciones financieras globales (como el FMI) y capaz de hacer y deshacer en numerosas economías más débiles, mediante prácticas de manipulación del crédito y gestión de la deuda. Según Gowan, este régimen monetario y financiero fue usado por sucesivas administraciones estadounidenses “como una formidable herramienta de estado para impulsar tanto el proceso de globalización como las transformaciones neoliberales domésticas asociadas a él”. El sistema se desarrolló a través de las crisis. “El FMI cubre los riesgos y asegura que los bancos americanos no pierden (los países pagan a través de ajustes estructurales, etc.) y la huida de capitales de una crisis localizada acaba reforzando el poder de Wall Street…”(16). La consecuencia fue la proyección exterior del capital estadounidense (en alianza conjunta con otros, cuando esto era posible) para forzar la apertura de mercados, especialmente a los flujos de capital y financieros (un requisito ahora imprescindible para adherirse al FMI), e imponer otra políticas neoliberales (culminando en la OMC) en una gran parte del mundo.
Hay dos puntos a destacar sobre este sistema. En primer lugar, muchas veces se presenta el mercado libre de bienes de consumo como una apertura hacia la libre competencia. Pero este argumento falla, tal y como hace tiempo señalara Lenin, ante los poderes monopolistas y oligopolistas (bien en la producción, bien en el consumo). Los EEUU, por ejemplo, han usado repetidamente el arma de denegar el acceso al inmenso mercado americano para forzar a otros países a aceptar sus deseos. El ejemplo más reciente (y craso) de esta línea de actuación nos viene dado por el Representante de Comercio de EEUU, Robert Zoellick al anunciar que si Lula, el recién elegido Presidente de Brasil al frente del Partido de los Trabajadores, no sigue los planes de EEUU de liberalización en las Américas, se encontrará en la situación de “tener que exportar a la Antártida”. Taiwán y Singapur fueron forzados a sumarse a la OMC, abriendo así sus mercados financieros al capital especulativo, ante la perspectiva de que EEUU les denegara acceso al mercado estadounidense. Corea del Sur tuvo, a instancia de la Reserva Federal, que hacer lo mismo como condición para que el FMI le fiara en 1998. EEUU planea ahora incluir una cláusula de libre acceso a los mercados, según el modelo estadounidense, en las “ayudas de desafío” que ofrece como ayuda a los países pobres. En cuanto a la producción, los oligopolios, establecidos principalmente en las regiones capitalistas del centro, controlan efectivamente la producción de semillas, fertilizantes, electrónica, software informático, productos farmacéuticos, productos petrolíferos y mucho más.
Bajo estas condiciones la apertura de los mercados no conlleva una apertura a la competencia sino que simplemente ofrece nuevas oportunidades de expansión a los poderes monopolistas con toda suerte de consecuencias sociales, ecológicas, económicas y políticas. El hecho de que aproximadamente dos tercios del comercio exterior se realice entre las corporaciones transnacionales más importantes es indicativo de la situación actual. Incluso algo tan aparentemente benigno como la Revolución Verde ha, según coinciden la mayoría de los observadores, conllevado, junto al incremento de la productividad agrícola, una mayor concentración de riqueza en este sector y un mayor nivel de dependencia de los monopolios a través de todo el sur y este de Asia. La penetración en el mercado chino por parte de las tabaqueras compensa sus pérdidas en el mercado estadounidense y de seguro creará una crisis de salud pública durante las décadas venideras. En todos estos aspectos, los acostumbrados argumentos que presentan al neoliberalismo como garante de la competencia y no ávido de monopolio, se revelan fraudulentos, camuflado como de costumbre, por el fetichismo de la libertad de los mercados. Un mercado libre no es un mercado justo.
Existe también, como reconocen incluso los defensores del mercado libre, una inmensa diferencia entre el librecambio de bienes de consumo y la libertad de movimiento del capital financiero (17). Esto nos lleva a plantearnos de qué tipo de libre mercado se está hablando. Algunos, como Baghwati, son ardientes defensores del librecambio de bienes, al tiempo que se resisten a aceptar que esto mismo sea positivo para los flujos financieros. En este sentido la dificultad es la siguiente. Por un lado los flujos de capital son vitales para las inversiones productivas y las recolocaciones de capital de una línea de producción o localización a otra. También juegan un papal importante en equilibrar las necesidades de consumo (de vivienda por ejemplo) con las actividades productivas, en un mundo espacialmente desintegrado, con excedentes en un área y déficit en otra. En todos estos aspectos, el sistema financiero (con o sin participación del estado) es vital para coordinar las dinámicas de acumulación de capital en un contexto de desarrollo geográfico desigual. Pero el capital financiero también engloba una gran cantidad de actividad improductiva, en la que el dinero sólo se usa para hacer más dinero, a través de la especulación con bienes futuros, valores monetarios, deuda y cosas por el estilo. Cuando se destinan enormes cantidades de capital para tales fines, sucede que los mercados de capital abiertos se convierten en vehículos para la actividad especulativa que, tal y como vimos durante los noventa con las “punto.com” y las burbujas de la bolsa, pueden convertirse en profecías autorrealizadas, como cuando los “hedge funds”, reforzados con billones de dólares de dinero apalancado, podrían llevar a Indonesia y Corea a la bancarrota, independientemente de la fortaleza real de sus economías. Una gran parte de lo que ocurre en Wall Street no tiene nada que ver con facilitar la inversión en actividades productivas. Es pura especulación (de aquí los calificativos como “de casino”, “depredador” o incluso “de rapiña” que se aplican al capitalismo, con la debacle de la Gestión de Capital a Largo Plazo (LTMC) necesitando de una balón de oxígeno de 2.3 millares de dólares, para recordar a los EEUU que la especulación puede, de hecho, torcerse. Esta actividad tiene, en cualquier caso, un profundo impacto sobre el conjunto de las dinámicas de acumulación de capital. Sobre todo, ayudó a re-centrar el poder político-económico, principalmente en EEUU, pero también en los mercados financieros de otros países del centro (Londres, Frankfurt y Tokio).
La forma en la que esto se lleve a cabo depende del sistema de alianzas de clase dominante existente en los países del centro, el balance de poder entre ellos a la hora de negociar acuerdos internacionales (como la nueva arquitectura financiera internacional aplicada a partir de 1997-8 para sustituir el Consenso de Washington de mediados de los noventa) y de las estrategias político-económicas puestas en marcha por los agentes dominantes con respecto al excedente de capital. La aparición en los EEUU de un complejo “Wall Street-Reserva-FMI”, capaz de controlar las instituciones globales y de orquestar un vasto poder financiero a lo largo y ancho del mundo a través de otras instituciones estatales y financieras, ha venido jugado un importante y problemático papel en las dinámicas del capitalismo global durante los últimos años. Pero este centro de poder solo puede operar de dicha manera mientras el resto del mundo esté interconectado y enganchado a un marco estructural de instituciones financieras y gubernamentales (incluyendo las supra-nacionales). He aquí la importancia de la colaboración entre, por ejemplo, los bancos centrales de los países del G7 y los varios acuerdos internacionales (de forma temporal en el caso de las estrategias monetarias y de forma más permanente con respecto a la OMC) diseñados para lidiar con dificultades específicas (18). Y si el poder de los mercados no se basta por si solo para cumplir objetivos determinados y poner límites a los elementos recalcitrantes o a los “estados gamberros”, entonces el inigualable poder militar de EEUU (abierto o encubierto) está preparado para intervenir y resolver la situación.
Este complejo de acuerdos institucionales debería, en el mejor de los capitalismos posibles, ser usado para mantener y apoyar la expansión reproductiva (crecimiento). Pero, de la misma manera en que la guerra es la continuación de la diplomacia por otros medios, la intervención del capital financiero respaldado por los poderes estatales equivale a la acumulación por otros medios. Una alianza contra-natura entre los poderes estatales y los aspectos depredadores del capital financiero forman la punta de lanza del “capitalismo de rapiña” tan dedicado a apropiarse activos de otros lugares como de lograr un desarrollo global armonioso. Bajo las condiciones de sobreacumulación, estos “otros medios” pueden ser dirigidos a devaluaciones forzadas y prácticas caníbales, preferentemente practicadas en áreas ajenas y sobre aquellos que tienen menos capacidad de reacción. ¿Pero cómo hemos de interpretar estos “otros medios” de acumulación o devaluación?.

Acumulación mediante desposesión


En “La acumulación de capital”, Luxemburgo centra su atención en los aspectos duales de la acumulación capitalista:
“Uno está relacionado con el mercado de bienes y el lugar donde se produce la plusvalía- la fábrica, la mina, el terreno agrícola. Entendida así la acumulación es simplemente un proceso económico, siendo su fase más importante la transacción entre el capitalista y el trabajador asalariado... En este caso la paz, la propiedad y la igualdad prevalecen y se requiere de la aguda dialéctica del análisis científico para desvelar cómo el derecho de propiedad pasa a ser, en el curso de la acumulación, una apropiación de la propiedad ajena, cómo el intercambio de bienes deviene en explotación y la igualdad se revela como dominio de clase. El otro aspecto de la acumulación es el de la relación entre el capitalismo y formas no capitalistas de producción que empiezan a hacer su aparición en la escena internacional. Sus métodos predominantes son la política colonial, un sistema de préstamo internacional –una política de esferas de interés- y la guerra. La fuerza, el fraude, la opresión y el saqueo se despliegan abiertamente sin ningún intento de ocultarlo, y se requiere un esfuerzo para descubrir, de entre esa maraña de violencia política y demostraciones de fuerza, las inalterables leyes del proceso económico”.
Estos dos aspectos de la acumulación, según Luxemburgo, están “vinculados orgánicamente” y “ la evolución histórica del capitalismo solo puede ser comprendida si los estudiamos conjuntamente” (19).
La teoría general de la acumulación de capital de Marx está construida a partir de ciertas premisas iniciales, que en gran medida son las de la política económica clásica y que excluyen el proceso de acumulación primitivo. Estas premisas son: mercados de libre competencia con garantías institucionales de propiedad privada, individualismo jurídico, libertad de contratación y estructuras apropiadas de ley y gobierno, por parte de un estado “providencia” que a su vez asegura la integridad de la moneda como medio de circulación y reserva de valor. El papel del capitalista como productor e intercambiador de bienes está ya bien establecido y la fuerza del trabajo se ha convertido en un bien intercambiable, generalmente, por su valor.
La acumulación “primitiva” u “original” ya ha tenido lugar y la acumulación que ocurre ahora existe bajo la forma de una reproducción expandida (aunque a través de la explotación del trabajo vivo en la producción) dentro de una economía cerrada y bajo condiciones de “paz, propiedad e igualdad”. Estas premisas nos permiten ver lo que ocurrirá si el proyecto liberal de los economistas políticos clásicos, o en nuestros tiempos el neoliberalismo de los economistas, termina por llevarse a cabo.
La brillantez del método dialéctico de Marx está en cómo nos enseña que la liberalización de los mercados –el credo de los liberales y neoliberales- no llevará a un estado armonioso en el que a todo el mundo le vaya mejor. Si no que en vez de eso producirá niveles cada vez mayores de desigualdad social (como de hecho ha sido la tendencia mundial en los últimos treinta años de neoliberalismo, especialmente en aquellos países, como EEUU o Gran Bretaña, que más se han ceñido a dicha línea política). Esto también conducirá, predice Marx, a crecientes inestabilidades que culminaran en crisis crónicas de sobreacumulación (del tipo que estamos viviendo actualmente).
La desventaja de estas premisas es que relegan la acumulación basada en la predación, el fraude y la violencia, a un “estado original” considerado como ya no vigente, o, según Luxemburgo, como algo “exterior” al sistema capitalista. Una reevaluación general del papel continuo y persistente de las practicas depredadoras de la acumulación “primitiva” u “original” a lo largo de la geografía histórica del capitalismo, está por tanto, más que justificada, como varios comentaristas han señalado últimamente (20). Puesto que parece desacertado referirse a un proceso vigente como “primitivo” u “original”, en lo que sigue sustituirá estos términos por el concepto de “acumulación mediante desposesión”.
Una lectura más minuciosa de la descripción de la acumulación primitiva de Marx revela una amplia gama de procesos. Estos incluyen la mercantilización y privatización de la tierra y la expulsión por la fuerza de las poblaciones campesinas; la conversión de varias formas de derechos de la propiedad (común, colectivo, estatal) en propiedad privada exclusivamente; la supresión del derecho a usar los bienes comunes; la mercantilización de la fuerza de trabajo y la eliminación de formas alternativas (indígenas) de producción y consumo; formas coloniales, neo-coloniales e imperialistas de apropiación de activos (incluyendo recursos naturales); la monetarización de los intercambios y de la fiscalización (especialmente de la tierra); comercio esclavista; usura, la deuda nacional y por último el sistema crediticio como formas radicales de acumulación primitiva. El estado, con su monopolio sobre la violencia y las definiciones de legalidad, juega un papel crucial al apoyar y promover este proceso y existen evidencias considerables (como sugiere Marx y confirma Braudel) de que la transición al capitalismo está ampliamente supeditada al apoyo del estado, que lo apoyó decididamente en Inglaterra, débilmente en Francia y negativamente, hasta hace poco tiempo, en China (21). Este último giro del caso Chino indica que se trata de un proceso continuo y existen evidencias de que, especialmente en el sur y este de Asia, las políticas estatales (consideremos el caso de Singapur) han jugado un importante papel a la hora de definir tanto las vías como la intensidad de las nuevas formas de acumulación de capital. El papel del “estado desarrollista” en las fases recientes de la acumulación de capital ha estado, por tanto, sujeto a un intensivo escrutinio (22). Uno sólo tiene que volver la vista sobre la Alemania de Bismarck o el Japón de los Meiji para comprobar que esto ha venido siendo el caso desde hace tiempo.
Todas las características mencionadas por Marx se han mantenido ampliamente presentes en la geografía histórica del capitalismo. Y, como ya ocurriera antes, estos procesos de desposesión estas provocando vastas oleadas de resistencia, que en buena medida constituyen el corazón de lo que es el movimiento anti-globalización (23). Algunos de estos procesos han sido adaptados para jugar un papel aún más importante en el día de hoy que en el pasado. El sistema crediticio y el capital financiero han sido, como ya señalaron Lenin, Hilferding y Luxemburgo, importantes herramientas de depredación, fraude y robo. Las promociones bursátiles, los “esquemas Ponzi”, la destrucción premeditada de bienes mediante la inflación, el vaciamiento de activos mediante fusiones y adquisiciones, la promoción de unos niveles de endeudamiento que reducen poblaciones enteras, incluso en los países capitalistas avanzados, a un peonaje por endeudamiento, sin mencionar el fraude corporativo, la desposesión de bienes (el pillaje de los fondos de pensiones y el diezmado de los mismos por los colapsos corporativos) por la manipulación de créditos y acciones, los cuales constituyen pilares fundamentales del capitalismo contemporáneo. El colapso de Enron privó (desposeyó) a muchos de su medio de vida y de sus pensiones. Pero sobre todo hemos de tomar el pillaje especulativo llevado a cabo por los “hedge funds” y otras instituciones principales del capital especulativo como la punta de lanza de la acumulación mediante desposesión en los últimos tiempos.
También han aparecido mecanismos totalmente nuevos de acumulación mediante desposesión. El énfasis puesto en las negociaciones de la OMC sobre los derechos de la propiedad intelectual (el llamado acuerdo TRIPS) apunta a vías por las que, mediante la patente y registro, el material genético, plasma de semillas y toda suerte de productos, pueden ahora ser usados contra conjuntos enteros de poblaciones cuyas prácticas han jugado un papel crucial en el desarrollo de dichos materiales. La biopiratería está rampante y el stock mundial de recursos genéticos está en vía de beneficiar únicamente a un puñado de multinacionales. El acusado agotamiento de los recursos naturales comunes (tierra, agua, aire) y la creciente degradación del hábitat que excluyen cualquier cosa excepto formas intensivas de producción agrícola, son consecuencias de la mercantilización de la naturaleza en todas sus formas. La mercantilización de las formaciones culturales, las historias y la creatividad intelectual conlleva desposesiones al por mayor (la industria de la música es un claro ejemplo de explotación de la cultura y creatividad popular). La corporativización y privatización de activos, hasta ahora públicos (como universidades) sin mencionar la ola privatizadora (del agua y servicios públicos de todo tipo) que ha barrido el mundo, son indicativos de esta nueva ola de “cercamiento de los espacios comunes”. Como ya sucediera en el pasado, el poder del estado se ha usado para forzar este proceso incluso contra la voluntad popular. Y esto nos trae de vuelta al tema de la lucha de clases. La reprivatización de derechos comunes ganados en luchas pasadas (el derecho a una pensión publica, a la sanidad, al bienestar) ha sido uno de las más flagrantes políticas de desposesión aplicadas en nombre de la ortodoxia neoliberal. No debe sorprendernos que la reclamación los bienes comunes y la denuncia de la acción conjunta del estado y el capital en su apropiación, hayan venido siendo vectores principales de los movimientos anti-globalización.
El capitalismo conlleva practicas caníbales así como depredadoras y fraudulentas. Pero es, como Luxemburgo señaló acertadamente, “difícil descubrir, de entre esa maraña de violencia política y demostraciones de fuerza, las inalterables leyes del proceso económico”. La acumulación mediante desposesión puede darse en una variedad de formas y hay mucho que es tanto contingente como fortuito en su modus operandi. Aún así es omnipresente en todas las etapas históricas y se agudiza en contextos de crisis de sobreacumulación y expansión de la producción, cuando parece que no hay salidas posibles excepto la devaluación. Arendt sugiere, por ejemplo, que las depresiones de los sesenta y setenta del siglo XIX en Gran Bretaña, iniciaron el impulso hacia una nueva forma de imperialismo al darse cuenta por primera vez la burguesía “de que el pecado original del simple robo, que siglos antes había hecho posible la acumulación original de capital” (Marx) y que había posibilitado toda acumulación posterior, tenía que repetirse una y otra vez, so pena de que el motor de la acumulación se detuviera (24). Esto nos trae de vuelta a las relaciones entre la búsqueda de ajustes espacio-temporales, los poderes estatales, la acumulación mediante desposesión y las formas de imperialismo contemporáneo.


El “nuevo imperialismo”


Las formaciones sociales capitalistas, normalmente constituidas sobre una configuración territorial o regional y dominadas por un centro hegemónico, se han involucrado en practicas quasi-imperialistas en busca de ajustes espacio-temporales que solucionen sus problemas de sobreacumulación. De todas formas es posible periodizar la geografía histórica de estos procesos si tomamos seriamente a Arednt cuando afirma que el imperialismo de base europea del periodo 1884-1945 fue el primer asalto al poder político global por parte de la burguesía. Los estados-nación individuales desarrollaron sus propios proyectos imperiales para resolver los problemas de sobreacumulación y conflictos de clase originados en su área de influencia. Estabilizado en primer lugar alrededor de la hegemonía inglesa y construido en torno al libre flujo de bienes y capital en el mercado mundial, este sistema inicial se vino abajo con el cambio de siglo, dando lugar a conflictos geopolíticos entre las grandes potencias que buscaban la autarquía dentro de unos sistemas cada vez más cerrados. Estallando dos guerras mundiales que se ajustaron bastante bien a la predicción de Lenin. Los recursos de una gran parte del resto del mundo fue sometido a pillaje durante esta época (no hay mas que mirar lo que Japón hizo con Taiwán o Inglaterra hizo con el Rand sudafricano) en la esperanza de que la acumulación mediante desposesión compensara la incapacidad crónica, que se manifestaría en los años treinta, de mantener el capitalismo mediante la expansión de la reproducción.
Este sistema fue sustituido en 1945 por un sistema, dirigido por EEUU, que buscaba establecer una alianza entre los principales poderes capitalistas para impedir guerras intestinas y encontrar una forma racional de manejar, conjuntamente, la sobreacumulación que había asolado los años treinta. Para que esto fuera realizable tendrían que compartir los beneficios de una intensificación del capitalismo integrado en las regiones del centro (de aquí el apoyo de EEUU a los pasos en dirección a una Unión Europea), e implicarse en una sistemática expansión geográfica del sistema (de aquí la insistencia de EEUU en la descolonización y el desarrollismo como meta generalizada para el resto del mundo). Esta segunda fase del dominio global de la burguesía estuvo en buena medida posibilitada por la contingencia de la Guerra Fría. Esto conllevaba el liderazgo militar y económico de los EEUU como única superpotencia capitalista (el efecto fue la creación de una hegemonía “supraimperialista” estadounidense”). Pero los EEUU podían también absorber excedentes mediante ajustes espacio-temporales internos(como la red de autopistas interestatales, la suburbanización y el desarrollo de sus zonas Sur y Este). Los EEUU no eran dependientes de las exportaciones ni de las importaciones. Podía incluso permitirse el abrir sus mercados a otro y así absorber por un tiempo los excedentes que empezaban a generarse en Japón y Alemania durante los sesenta. Se dio así un sólido crecimiento, mediante la expansión de la reproducción, a lo ancho de todo el mundo capitalista y la acumulación mediante desposesión quedó relativamente silenciada (25). Se mantuvieron fuertes controles sobre el movimiento de capitales (no así sobre el de mercancías) y las luchas de clases dentro de estados-nación individuales sobre la expansión de la reproducción (cómo tendría lugar y a quién beneficiaría) era la tónica dominante. Las principales luchas geopolíticas que surgieron fueron las de la Guerra Fría (con aquel otro imperio construido por los soviéticos) o luchas residuales (frecuentemente relacionadas con la Guerra Fría, lo que llevó a EEUU a apoyar a numerosos regímenes poscoloniales reaccionarios) que resultaron de la poca disposición por parte de los poderes europeos a deshacerse de sus posesiones coloniales (la invasión de Suez por los británicos y franceses en 1956, con nulo apoyo de EEUU es un caso emblemático). El creciente resentimiento por verse atrapados en una situación espacio-temporal de subsidiaridad perpetua con respecto al centro terminó por originar movimientos de liberación nacional e independentistas (respaldados en buena medida por los análisis de la izquierda en cuanto a desarrollo y dependencia se refiere).
Este sistema se vino abajo alrededor de 1970 cuando la hegemonía económica de EEUU se hizo insostenible. Se hizo difícil mantener los controles sobre el capital al inundarse los mercados con los dólares americanos excedentes. Los EEUU buscaron entonces crear un nuevo sistema, que descansaría sobre una combinación de nuevos acuerdos institucionales y financieros que hiciesen frente a la amenaza económica de Alemania y Japón y que recentraría el poder económico en la forma de un capital financiero que operaría desde Wall Street. La alianza entre la administración Nixon y los Saudíes para poner el precio del crudo por las nubes en 1973, dañó mucho más a las economías europea y japonesa que a la de EEUU (que por aquel entonces no era demasiado dependiente de los suministros de Medio Oriente). Los bancos estadounidenses obtuvieron el privilegio de reciclar los petrodólares y reinyectarlos a la economía mundial (26). Amenazados en el terreno de la producción, los EEUU contraatacaron asentando su hegemonía sobre las finanzas. Pero para que este sistema funcionara correctamente, los mercados y especialmente los mercados financieros tenían que ser abiertos al comercio mundial (un lento proceso que requirió una fiera presión por parte de EEUU respaldado por herramientas internacionales como el FMI y una igualmente fiera adopción del neoliberalismo como nueva ortodoxia económica). También implicaba el reajuste de poder dentro de la burguesía, del sector productivo a las instituciones financieras. Esto podía ser usado para combatir el poder de las organizaciones de la clase trabajadora, dentro de la reproducción expandida, bien directamente (ejerciendo una vigilancia disciplinaria sobre la producción) o indirectamente, facilitando una mayor movilidad geográfica para todas las formas de capital. El capital financiero jugaba por tanto un papel central en esta tercera etapa de dominio burgués sobre la economía mundial.
Este sistema era mucho más volátil y depredador y conoció varios impulsos de acumulación mediante desposesión (normalmente en la forma de ajustes estructurales recetados por el FMI) como antídoto a la incapacidad de mantener la expansión de la reproducción sin caer en las crisis de sobreacumulación. En algunos casos, como en América Latina en los ochenta, se saquearon economías enteras y sus activos fueron recuperados por el capital financiero estadounidense. En otros fue mas bien un caso de exportación de la devaluación.
El ataque de los “hedge funds” sobre las monedas tailandesa e Indonesia, respaldado por las salvajes políticas devaluadoras exigidas por el FMI, condujo a la bancarrota incluso a sectores viables y revirtió los notables adelantos económicos y sociales que se habían producido en el este y sureste asiáticos. El resultado fue el paro y la pauperización para millones de personas. La crisis también realzó el dólar, confirmando el dominio de Wall Street y generando un asombroso boom en el valor de los activos para los estadounidenses acaudalados. Se empezaron a vertebrar luchas en torno a temas como los ajustes estructurales impuestos por el FMI, las actividades depredadoras del capital financiero y la pérdida de derechos ante las privatizaciones.
Las crisis de la deuda podrían usarse en cada país para reorganizar las relaciones sociales de producción, caso a caso, de forma que se favoreciera la penetración de capitales externos. Así, los regímenes financieros domésticos, los mercados domésticos de bienes y las incipientes firmas domésticas, quedaron desprotegidas para su posterior conquista por parte de compañías americanas, japonesas y europeas. Los bajas tasas de beneficio en las regiones del centro podían por tanto ser compensadas por las mayores tasas obtenidas en el extranjero. La acumulación mediante desposesión adquirió un papel cada vez más importante en el capitalismo global (con la privatización como uno de sus mantras principales). La resistencia en esta área, más que en el de la reproducción expandida, pasó a ser un elemento central del movimiento anticapitalista y antiimperialista (27). Pero el sistema, aunque centrado en el complejo Wall Street-Reserva Federal, presentaba muchos aspectos multilaterales con sus centros de Tokio, Londres-Frankfurt y otros muchos lugares que tomaban parte en la acción. Estaba asociado con la emergencia de corporaciones capitalistas transnacionales que, aunque puedan tener una base en tal o cual estado-nación, se extienden a lo largo y ancho del globo de maneras que serían impensables en las primeras etapas del imperialismo (los trusts y cárteles que describiera Lenin estaban todos firmemente ligados a estados-nación determinados). Esto era el mundo que el gobierno de Clinton, con su todopoderoso Secretario del Tesoro, Robert Rubin, proveniente del sector especulador de Wall Street, pretendía dirigir mediante un multilateralismo centralizado (con su epítome en el llamado “Consenso de Washington” a mediados de los noventa). Pareció por un momento que Lenin podía estar equivocado y Kautsky en lo cierto y sería posible un ultraimperialismo basado en una colaboración “pacífica” entre los principales poderes capitalistas (que ahora se plasmaría en el G7 y la llamada “nueva arquitectura económica”), bajo la égida del dominio estadounidense (28).
Pero este sistema ha terminado desembocando en serias dificultades. La total volatilidad y la caótica fragmentación de los conflictos de poder hacen que sea difícil, tal como decía Luxemburgo, discernir, entre el humo y los espejos (especialmente aquellos del sector financiero), cómo funcionan las leyes económicas.
Pero, en la medida en la que la crisis de 1997-98 ha desvelado que el principal centro productor de plusvalía está localizado en el este y sureste asiáticos, la rápida recuperación capitalista en esta zona ha vuelto a colocar el problema de la sobreacumulación en la escena internacional (29). Esto plantea la cuestión de cómo podría organizarse una nueva forma de ajuste espacio-temporal (¿en China?) O quién llevará la peor parte de una ronda devaluadora. La anunciada recesión en EEUU, tras una década o más de espectacular (incluso irracional) exhuberancia indica que EEUU bien podría no ser inmune. Existe una línea de inestabilidad bajo el rápido deterioro de la balanza de pagos estadounidense. Según Brener “la misma explosión de las importaciones que impulsaron la economía internacional” durante la década de 1990 “llevó a los EEUU a un déficit comercial record con las consiguientes e imprecedentes responsabilidades para con los propietarios de ultramar” y “la vulnerabilidad sin precedentes de la economía americana, ante una huida de capitales y un colapso del dólar” (30). Pero esta vulnerabilidad afecta a ambas partes, Si el mercado estadounidense colapsa, entonces las economías que lo tienen como destino de sus excedentes se vendrán abajo con él. La facilidad con la que los bancos centrales de países como Japón y Taiwán otorgan prestamos para cubrir el déficit estadounidense, es en buena medida una medida autoprotectora. De esta forma financian el consumismo americano que constituye el mercado para sus productos. Puede que ahora incluso financien el esfuerzo de guerra estadounidense.
Pero el dominio y la hegemonía de los EEUU están, una vez más, en peligro, y esta vez la amenaza parece ser más acentuada. Si, por ejemplo, Braudel y con él Arrighi, está en lo cierto, y una poderosa oleada de financiación es el preludio a la transferencia de poderes dominantes de un hegemón a otro (como históricamente ha sido el caso), entonces el giro de los EEUU en 1970 hacia la financiación aparecería como una jugada especialmente autodestructiva (31). Los déficit (tanto internos como externos) no pueden continuar indefinidamente en una espiral descontrolada y la habilidad y disposición de otros (especialmente en Asia) a la hora de financiarles (al ritmo de 2.3 millares según la cifra actual) no es inagotable. Cualquier otro país del mundo que presentara un cuadro macroeconómico semejante al de EEUU, ya habría sido sometido a un despiadado plan de austeridad y ajuste estructural por parte del FMI. Pero, como señala Gowan: “La capacidad de Washington para manipular el valor del dólar y de explotar el dominio internacional de Wall Street ha permitido a las autoridades de EEUU evitar lo que otros estados han tenido que llevar a cabo; vigilar la balanza de pagos; ajustar la economía doméstica para asegurar altos niveles ahorro e inversión domésticos; vigilar el endeudamiento público y privado; asegurar un sistema efectivo de intermediación financiero doméstico que garantice el desarrollo del sector productivo doméstico”. La economía de EEUU ha tenido “una vía de escape de todas estas tareas” y “bajo cualquier baremo capitalista de contabilidad nacional” y, como resultado, ha llegado a un estado “profundamente distorsionado e inestable” (32). Y lo que es más, las sucesivas oleadas de acumulación mediante desposesión, emblema del nuevo imperialismo estadounidense, están dando lugar a distintas formas de resistencia y resentimiento dondequiera que se efectúen, lo que ha generado no sólo el movimiento anti-globalización mundial (fenómeno distinto a las luchas de clases que se dan en un contexto de reproducción extendida) sino también resistencias activas frente a la hegemonía de EEUU, por parte de antiguos poderes subordinados, especialmente en Asia (Corea del Sur sería un ejemplo de esto).
Los EEUU cuentan con opciones limitadas. Podrían dar marcha atrás a su trayectoria imperialista implicándose en una redistribución masiva de la riqueza dentro de sus propias fronteras, buscando así solución a la sobreacumulación mediante ajustes temporales internos (unas considerable serie de mejoras en la educación publica sería un buen comienzo). También sería de utilidad una estrategia industrial de revitalización de su, por nada del mundo extinto, sector manufacturero. Pero esto implicaría bien una financiación aún más deficitaria, bien unos mayores impuestos, acompañados de un mayor control estatal y esto es precisamente lo que la burguesía se niega siquiera a considerar (al igual que en tiempos de Chamberlain); cualquier político que propusiera un paquete de medidas semejantes sería sin duda aplastado por la prensa capitalista y sus ideólogos y de la misma manera perdería cualquier elección ante el abrumador poder del dinero. Y la ironía está en que, aún así, un contraataque masivo en el interior de EEUU y de otros países del centro capitalista (especialmente Europa) contra las políticas neoliberales y el recorte del gasto estatal podría ser una de las únicas maneras de proteger internamente al capitalismo de sus propias tendencias autodestructivas.
Una acción aún más suicida sería la de intentar imponer en los EEUU el tipo de autodisciplina que el FMI suele aplicar a los demás. Cualquier intento por parte de un poder exterior (mediante una huida de capitales y un desplome del dólar, por ejemplo) desencadenaría sin duda una salvaje respuesta política, económica e incluso militar por parte de EEUU. Es difícil de imaginar a los EEUU aceptando tranquilamente, tal y como afirma Arrighi que deberían hacer, el hecho de que nos encontramos en una gran reubicación hacia Asia como nuevo centro de poder global (33). No es muy realista pensar que los EEUU pasarán a un segundo plano en paz y tranquilidad. Conllevaría, en todo caso, una reorientación radical –de la que tenemos ya algunas señales- por parte del capitalismo de extremo oriente, de una dependencia del mercado estadounidense al cultivo de un mercado interno asiático. Es aquí donde el gigantesco programa de modernización Chino –una versión interna de ajuste espacio-temporal que equivaldría al que se llevó a cabo en EEUU en las décadas de los cincuenta y sesenta- puede jugar un papel crítico, gradualmente absorbiendo los excedentes de Japón, Taiwán y Corea, disminuyendo así el flujo dirigido a EEUU. La consiguiente hambruna de fondos tendría consecuencias calamitosas para EEUU.
Y es en este contexto que nos encontramos con elementos del establishment político estadounidense abogando por una puesta en marcha de la maquinaria militar, único poder absoluto que les queda, hablando abiertamente de imperio como opción política (posiblemente para extraer tributo del resto del mudo) y buscando controlar los suministros de petróleo como medio para contrarrestar los vuelcos de poder que acechan en la economía global. Cobran así sentido los actuales intentos por parte de EEUU de asegurarse un mejor control de los suministros petrolíferos de Irak y Venezuela (alegando la restauración de la democracia en el primer caso y derrocándola en la segunda). Buscan una repetición de lo acontecido en 1973, puesto que Europa y Japón, así como el este y sureste asiáticos (ahora incluyendo destacadamente a China) son aún más dependientes del crudo del Golfo de lo que lo son los EEUU. Si los EEUU se las ingenian finalmente para derrocar a Saddam y Chávez, si consiguen estabilizar o reformar un régimen saudita armado hasta los dientes, que se encuentra actualmente en las arenas movedizas de un régimen autoritario (y en peligro de caer en manos del Islam radicalizado, lo que constituía, al fin y al cabo, el objetivo principal de Osama bin Laden), si pueden pasar (y parece que si podrán) de Irak a Irán y consolidar sus posiciones en Turquía y Uzbekistán como presencia estratégica con relación a las reservas petrolíferas de la cuenca del Caspio, entonces los EEUU, con el control de la espita petrolífera mundial, pueden albergar esperanzas de mantener su control sobre la economía global y asegurar su propia posición hegemónica para los próximos cincuenta años (34).
Dicha estrategia plantea inmensos peligros. Habrá inmensas resistencias por parte de Europa y Asia, con Rusia siguiéndoles de cerca. La resistencia por parte de Francia y Rusia, que ya tienen vínculos con el petróleo Iraquí, a sancionar la invasión estadounidense de Irak es un ejemplo ilustrativo. Y los europeos se encontrarían mucho más cómodos en un modelo Kautskyano de ultraimperialismo en el que los principales poderes capitalistas colaborarían en igualdad de condiciones. La perspectiva de una hegemonía estadounidense (súper-imperialismo) basada en una militarización y aventurerismo permanentes, del tipo que podría amenazar seriamente la paz global, no es nada atractiva. Esto no implica que el modelo europeo sea mucho más progresista. Si se ha de creer a Robert Cooper, un consejero de Blair, éste resucita las distinciones decimonónicas entre estados civilizados, bárbaros y salvajes transmutados en estados postmodernos, modernos y pre-modernos, con los postmodernos en la obligación de inculcar, por medios directos o indirectos, la obediencia a normas universales (léase “de la burguesía occidental”) y las prácticas humanistas (léase “capitalistas”) a lo largo y ancho del globo (35). Este es exactamente el modo en el que los liberales decimonónicos como John Stuart Mill, justificaban mantener el tutelaje sobre la India y la exacción de tributos del extranjero, al tiempo que abogaban por principios de gobierno representativo en la metrópolis. En ausencia de cualquier revitalización, fuerte y sostenida, de la acumulación por expansión de la reproducción, seremos testigos de la profundización en políticas de acumulación mediante desposesión para que el motor de la acumulación no se pare del todo.
Esta forma alternativa de imperialismo será difícilmente soportable para amplias capas de la población mundial que han soportado y en algunos casos combatido las formas de acumulación mediante desposesión y las formas de capitalismo depredador que se han dado en las últimas décadas. El ardid liberal que proponen personajes como Cooper le resulta demasiado familiar a los autores postcoloniales como para ejercer ningún atractivo (36). Y el flagrante militarismo que vienen proponiendo los EEUU, con la excusa de que es la única forma de combatir el terrorismo no sólo está cargado de peligros (incluyendo peligrosos precedentes de “ataques preventivos”); sino que se le va desenmascarando como un intento de mantener una amenazada, si es que no pasada, hegemonía sobre el sistema global.
Pero es posible que la cuestión más interesante se encuentre en la repercusión dentro de los propios EEUU.
Sobre esto, Hannah Arendt hace una reveladora afirmación: el imperialismo en el exterior no puede sostenerse sin la represión, e incluso la tiranía, en el interior (37). El daño infringido a las instituciones democráticas domésticas puede (como aprendieron los franceses durante la guerra de Argelia) puede ser considerable. La tradición popular en los EEUU es anticolonial y antiimperialista y ha costado muchos trucos (cuando no decepciones) el enmascarar, o por lo menos recubrir de tinte humanitario, el papel imperial de los EEUU en los asuntos mundiales durante las últimas décadas. No está claro que la población estadounidense vaya a apoyar un giro hacia algún tipo de Imperio militarizado permanentemente (no más de lo que apoyo la guerra de Vietnam). Ni es probable que acepte pagar por mucho el precio (en libertades civiles y derechos), ya considerable, de las cláusulas represivas incluidas en las actas Patriótica y de Seguridad Interna. Si el Imperio conlleva rasgar la Carta de Derechos, entonces no está claro que este trato vaya a ser aceptado fácilmente. Pero por otra parte, la dificultad estiba en que, en ausencia de algún tipo de dinámica revitalización de la acumulación mediante expansión de la reproducción y con posibilidades limitadas de acumular por desposesión, es factible que la economía de EEUU se hunda en una depresión deflacionista que haría palidecer la de la última década japonesa. Y si se produce una seria huida del dólar, entonces la austeridad tendrá que ser intensa, a no ser que emerjan políticas de redistribución de la riqueza y los activos (perspectiva que sería contemplada con extremo horror por la burguesía) que se centraría en la completa reorganización de las infraestructuras sociales y físicas de la nación, absorbiendo el capital y trabajo excedentes en una forma socialmente útil, opuesta a las funciones puramente especulativas.
Por tanto, la forma que pueda tomar cualquier tipo de nuevo imperialismo está aún en el aire. La única certeza de la que disponemos es que nos encontramos en el momento crucial de una gran transición del funcionamiento del sistema global y que existe una variedad de fuerzas en movimiento, capaces de inclinar la balanza de un lado o del otro. El equilibrio entre acumulación mediante desposesión y acumulación por expansión de la reproducción ya se ha roto a favor de la primera y es improbable que esta tendencia haga sino acentuarse, constituyéndose en emblema del nuevo imperialismo. También sabemos que la trayectoria económica que adopte Asia es fundamental, pero el dominio militar todavía reside en los EEUU. Esto, como señala Arrighi, representa una configuración inédita y puede que Irak sea testigo de cómo funcionaría, a escala global, en un contexto de recesión generalizada. La hegemonía que los EEUU mantenían en los sectores militar financiero y productivo en el periodo de posguerra se vino abajo en el sector productivo tras 1970 y bien podría volver a hacerlo ahora en el financiero, dejándole únicamente el poderío militar. Lo que ocurra en el interior de EEUU es por tanto de una importancia vital para determinar en que forma puede articularse el nuevo imperialismo. Y existe, para empezar, una acumulación opositora a la profundización de la acumulación mediante desposesión. Pero las formas de lucha de clases que de aquí se desprenden son de una naturaleza muy distinta a las clásicas luchas proletarias de la reproducción expandida (las cuales continúan aunque con sordina) sobre las que teóricamente descansaba el futuro del socialismo. Es importante impulsar los emergentes vectores de unificación de las luchas, pues en ellos podemos distinguir las líneas generales de una forma de globalización, no imperialista, totalmente distinta, centrada en objetivos humanitarios y de bienestar social, además de en formas creativas de desarrollo geográfico desigual, en vez de en la simple glorificación del poder del dinero, las acciones y la incesante acumulación, por cualquier medio, de capital sobre el vasto escenario de la economía global, pero acabando siempre con la concentración de inmensas riquezas en espacios reducidos. Puede que nos encontremos en un momento lleno de volatilidad e incertidumbre pero eso también implica que estamos en un momento lleno de inesperado potencial revolucionario.



NOTAS
(1) La mayoría de estos ensayos datan de los sesenta y setenta y han vuelto a ser publicados en Harvey, D. Spaces of capital: towards a critical geography (Routledge, Nueva York, 2001. Los argumentos principales pueden encontrarse también en Harvey, D. The Limits to Capital, Basil Blackwell, Oxford, (versión reimpresa, Verso Press, London, 1999).
(2) El tema del “Nuevo" imperialismo ha sido tratado en la izquierda por Panitch, L. "The new imperial state," New Left Review, 11, 1 (2000), 5-20; ver también Gowan, P., Panitch, L. y Shaw, M., "The state, globalization and the new imperialism: a round table discussion." Historical Materialism, 9, (2001), 3-38. Otros comentarios de interés son Petras, J. y Veltmeyer, Globalization unmasked: imperialism in the 21st century, Zed Books, Londres, 2001; Went, R. "Globalization in the perspective of imperialism," Science and Society, 66, No.4 (2002-3), pp.473-97; Amin, S. "Imperialism and globalization," Monthly Review, Junio 2001, 1-10; los puntos de vista liberal y conservador se exponen en Ignatieff, M., "The burden," New York Times Magazine, Enero 5th, 2003 y Cooper, R. "The new liberal imperialism," The Observer, April 7, 2002.
(3) Mi propia versión de este argumento puede encontrarse en Harvey, D. Limits....op.cit.
(4) Brenner, R. The boom and the bubble: the U.S. in the world economy, Verso, Londres, 2002.
(5) Gowan, P. The global gamble: Washington's bid for world dominance, Verso, London, 1999.
(6) Harvey, D. The new imperialism, Oxford, Oxford University Press, próximamente.
(7) Los conceptos de Marx de “capital fijo de tipo independiente” y “capital ficticio” se encuentran desarrollados en Harvey, D., Limits..., op.cit. capítulos 8 y 10 respectivamente y su importancia geopolítica es considerada en Harvey, D., Spaces.... op.cit, chapter 15, "The geopolitics of capitalism."
(8) Hegel, G.W. The philosophy of right, Oxford University Press, New York, edición de 1967.
(9) Lenin, V.I. “Imperialism: the highest stage of capitalism,” en Selected Works, volumen 1, Progress Publishers, Moscú.
(10) Toda esta historia de cambios radicales, de las soluciones internas hacia las externas para los problemas socio-políticos derivados de la lucha de clases en muchos países capitalistas están explicados en una poco conocida pero fascinante colección de Julien, C-A., Bruhat, J., Bourgin, C. Crouzet, M. y Renouvin P. Les politiques d'expansion imperialiste, Presses Universitaires de France, París, 1949, en los que se tratan en detalle y por comparación los casos de Ferry, Chamberlain, Roosevelt, Crispi y otros.
(11) Arendt, H., Imperialism, Harcourt Brace, Nueva York, 1968, p.18. Hay muchos inquietantes paralelismos entre el análisis de Arendt del siglo XIX y nuestra situación actual. Consideremos, por ejemplo, el siguiente extracto “La expansión imperialista ha sido impulsada por un curioso tipo de crisis económica, la sobreproducción de capital y la creación de dinero “superfluo”, producto del sobreahorro que no podía volcarse en inversiones productivas dentro de las propias fronteras. Por primera vez, la inversión del poder no allanaba el camino a la inversión del dinero, sino que la exportación del poder se limitaba a seguir, tímidamente, a la exportación del dinero, puesto que las inversiones incontroladas en países lejanos amenazaban con convertir a amplias capas de la sociedad en jugadores de ruleta, con cambiar el conjunto del sistema capitalista de ser un sistema de producción a uno de especulación financiera e intercambiar el beneficio de la producción por los beneficios de las comisiones. La década inmediatamente anterior a la era imperialista, los setenta del siglo XIX fue testigo de una escalada sin precedentes de los escándalos financieros y la especulación bursátil” (p.15).
(12) Henderson, J. "Uneven crises: institutional foundations of East Asian economic turmoil, Economy and Society, 28, 3 (1999), 327-68.
(13) Brenner, op.cit. intenta sintetizar loa sucesos generales de esta turbulencia. Se pueden encontrar detalles de la debacle en el este de Asia en Wade, R. y Veneroso, F. "The Asian crisis: the high debt model versus the Wall Street-Treasury-IMF complex," New Left Review, 228, 1998, pp.3-23; Henderson, op.cit.; Johnson, C. Blowback: the costs and consequences of American empire, Henry Holt, Nueva York, 2000 capítulo 9, el número especial de Historical Materialism, No. 8 (2001) "Focus on East Asia after the Crisis," (especialmente Burkett, P. y Hart-Landsberg, "Crisis and recovery in East Asia: the limits of capitalist development, pp.3-48).
(14) Gowan, op.cit.
(15) Se han propuesto varias terminologías para esto. Gowan prefiere El Régimen dolarístico de Wall Street pero yo me inclino por el complejo Wall Street-Reserva Federal-FMI que sugieren Wade y Veneroso.
(16) Gowan, op.cit., pp.23;35.
(17) Bahgwati, J. “The capital myth: the difference between trade in widgets and dollars,” Foreign Affairs, 77.3. 1998. pp7-12.
(18) Gowan, op.cit. y Brenner, op.cit. ofrecen un paralelo interesante sin, en cualqier caso, citarse mutuamente .
(19) Luxemburg, R. The Accumulation of Capital, Monthly Review Press, 1968, 452-3, trad A Schwarzschild , pp. 452-3.
(20) Perelman, M. The invention of capitalism:classical political economy and the secret history of primitive accumulation, Duke University Press, Durham, 2000. También hay un extenso debate en The Commoner (www.thecommoner.org) sobre los nuevos cercados y sobre si la acumulación primitiva debe entenderse como un un caso puramente histórico o como un proceso continuo. DeAngelis (http://homepages.uel.ac.uk/M.DeAngelis/ PRIMACCA.htm) ofrece un buen sumario.
(21) Marx, K Capital volumen 1, International Publishers, Nueva York, 1967, Part 8; Braudel, F. Afterthoughts on material civilization and capitalism, Johns Hopkins University Press, Baltimore, 1977.
(22) Wade y Veneroso, op.cit. p.7 proponen la siguiente definición : "un alto nivel de ahorro familiar añadido a una equilibrada deuda empresarial y a una colaboración bancos-estado-empresas sumado a una estrategia de industrialización nacional, a los incentivos a la inversión depediendo de la competitividad internacional nos da el estado desarrollista.” El estudio clásico es el Johnson, C. MITI and the Japanese miracle: the growth of industrial policy, 1925-75, Stanford University Press, Stanford, 1982; mientras que el impacto empírico de las políticas estatales sobre los niveles relativos de crecimiento económico ha sido bien documentado por Webber, M y Rigby D. The golden age illusion; rethinking post-war capitalism, Guilford Press, Nueva York, 1996.
(23) El grado de resistencia ha sido analizado en, B (ed.) Globalization and the politics of resistance, Palgrave, Nueva York, 2000; ver también Breecher, J. y Costello, T. Global village or global pillage? economic reconstruction from the bottom up, South End Press, Boston, 1994. Una interesante y reciente guía de la resistencia nos viene dada por Bello, W. en Deglobalization: ideas for a new world economy, Zed Books, Londres, 2002. La idea de una globalización desde abajo aparece en Falk, R. Predatory globalization: a critique, Polity Press, Cambridge, 2000.
(24) Arendt, op.cit. p.28.
(25) La mejor descripción, con diferencia, es la de Armstrong, P., Glyn, A. and Harrison, Capitalism since World War II: the making and break up of the great boom, Basil Blackwell, Oxford,
(26) Gowan op.cit. pp.21-22 cita las evidencias de una alianza entre Nixon y los sauditas.
(27) La izquierda, atascada como estaba (y en buena medida sigue estando) en las políticas de expansión de la producción tardó en reconocer el significado de las algaradas anti-FMI y de los otros movimientos contra la desposesión. En retrospectiva, destaca el estudio pionero de Walton sobre el patrón de las algaradas anti-FMI. Ver Walton, J. Reluctant rebels: comparative studies on revolution and underdevelopment, Columbia University Press, Nueva York, 1984. Pero también sería acertado que hiciéramos un análisis más sofisticado para determinar cuáles, de entre la miríada de movimientos son regresivos y anti-modernizadores, en un sentido socialista, y cuáles pueden ser progresistas, o ser atraidos hacia posiciones progresistas mediante la construcción de alianzas. Hoy como nunca, la forma en la que Gramsci analizó la Cuestión del Sur nos aparece como un estudio pionero en este terreno. Petras ha hecho hincapié recientemente sobre esto en su crítica de Hardt y Negri: ver Petras, J. “A rose by any other name? the fragrance of imperialism,” The Journal of Peasant Studies, 29. 2, pp.135-60. Los campesinos acaudalados luchando contra la reforma agraria no son lo mismo que los campesinos sin tierra luchando por la supervivencia.
(28)Anderson, P. “Internationalism: a breviary,” New Left Review, 14, Marzo 2002, p.20, señala como “algo parecido a la vision de Kautsky” llegó a ocurrir y que los teóricos liberals, como Robert Keohane, también advirtieron la relación. Sobre la nueva arquitectura financiera, ver Soederberg, S. “The new international financial architecture: imposed leadership and ‘emerging markets’.” Socialist Register, 2002, pp.175-92.
(29) Ver Burkett and Hart-Landsberg, op.cit.
(30) Brenner, op.cit. p.3.
(31) Arrighi, G. y Silver, B. Chaos and governance in the modern world system, University of Minnesota Press, Minneapolois, 1999. pp. 31-33.
(32) Gowan, op.cit. p.123.
(33) Arrighi no prevé ningún desafío exterior importante pero él y sus colegas sí admiten que los EEUU “tienen más capacidad incluso que la Gran Bretaña de hace un siglo, para convertir su hegemonía declinante en una dominación explotadora. Si el sistema termina por venirse abajo, será principalmente por la resistencia de EEUU a aceptar y acomodarse a la situación. Y es precisamente, una adaptación Americana al creciente poder del este asiático, la condición para una transición no catastrófica al nuevo orden mundial.." Ver Arrighi, G. y Silver, B. Chaos and governance in the modern world system, University of Minnesota Press, Minneapolis, 1999, pp.288-9.
(34) Klare, M. Resource wars: the new landscape of global conflict, Henry Holt, Nueva York, 2002.
(35) Cooper, op.cit.
(36) La crítica construida por Mehta, U., Liberalism and empire, Chicago University Press, Chicago, 1999, es sencillamente devastadora cuando se compara con las formulaciones de Cooper.
(37) Arendt, op.cit. pp. 6-9; Esto ha venido siendo, curiosamente, una fuente de preocupación interna contra las aventuras imperiales por parte de EEUU como señala William Applemen en su Empire as a way of life, Oxford, New York, 1980.


Fuente: Panorama Internacional. Teoria, Género y Cultura ( www.ft.org ).