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Asunto:NoticiasdelCeHu 414/12 - VIAJANDO: De Berlin a Rotterdam
Fecha:Viernes, 3 de Agosto, 2012  12:06:53 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 414/12
 

 

 

De Berlin a Rotterdam

 

Desayunamos en el hotel un vaso de jugo de naranja, un café con leche con tostadas, manteca, mermelada, nos tentamos con una porción de torta… ¡Y nada más! En Alemania la repostería es realmente exquisita, y no solamente desde el punto de vista de la combinación de sabores con frutas, cremas y chocolates, sino también de la decoración, que suele ser muy original y delicada. Habíamos visto en las vidrieras de varias confiterías, tortas con formas de pianos de cola, duendes y flores hechos en chocolate blanco u otros productos totalmente comestibles.

La mañana estaba fresca y el cielo despejado. Cruzamos hasta la estación Berlin Zoo y tomamos el tren que nos llevaría hasta Rotterdam. Frente a nosotros se sentó un matrimonio de alemanes de avanzada edad. Cargaban una enorme canasta tal como si fueran a un picnic, y en cuanto el tren arrancó comenzaron a sacar los víveres que allí llevaban. ¡Era insólita la cantidad de cerveza que traían con ellos! Y ese fue su desayuno. Bebieron más de dos latas cada uno, a temperatura ambiente, y solo acompañadas por una porción de strudel de manzana que se veía muy apetitoso. Un rato más tarde, otros pasajeros los imitaron. Tomaban la cerveza tal cual en Uruguay se estila con el mate, a cualquier hora del día y en cualquier parte.

El paisaje no era de mis preferidos. Una vasta llanura en la Baja Sajonia demasiado monótona, y la primera parada importante fue la ciudad de Hannover. Nada cambió demasiado al ingresar a Holanda. Y tras otra parada en Utrecht, bien entrada la tarde llegamos a Rotterdam.

Caminamos unas cuadras, plano en mano, hasta el hotel que teníamos reservado a la vera de un canal arbolado en Westersingel. No era aun de noche pero ya nadie circulaba por la calle. El hospedaje era, sin duda, una casa antigua reconvertida. La habitación estaba en la planta baja, y como hago siempre que llego a un hotel, corrí el cortinado para mirar por la ventana. ¡Y, oh…, sorpresa! El vidrio cubría absolutamente toda la pared, llegando desde el techo hasta el piso, y no contaba ni con persianas, ni reja, ni nada… Rápidamente fui a decirle al conserje que me daba temor dormir con la idea de encontrarme casi en la vereda, frente a un parquecito oscuro entre la estación Central del ferrocarril y el puerto… Y haciendo caso omiso a mis palabras, mientras continuaba mirando televisión, me contestó: -“Nothing happens…” (No pasa nada).

Reconozco que la primera noche dormí con cierta intranquilidad, pero a la mañana temprano, solo había en las inmediaciones un hombre pescando… Y más tarde llegaron algunas familias o simplemente parejas, que aun en día de semana se tiraban en el pasto, tomaban sol y comían junto al curso de agua. Tal cual lo había visto en algunas ciudades alemanas, se trataba de desocupados que cobraban el subsidio y lo pasaban lo mejor posible.

Al día siguiente fuimos a recorrer el puerto, el más importante de Europa. Sin embargo, todo era sumamente tranquilo, mecanizado, ordenado, limpio… Parecía increíble que se moviera tal cantidad de mercancías y de tanto valor en ese lugar.

Pero todo era igual. En muchos momentos hasta parecía una ciudad fantasma. Muy poca gente en las calles a pesar de estar en verano. Los comercios abrían en horarios muy restringidos y no contaban con demasiados atractivos. Y desde ya, muy aburrido para nosotros.

Una de las pocas cosas que disfrutábamos eran las tablas de quesos que eran uno de los platos más económicos del lugar. También las pizzas eran bastante buenas, que consumíamos en las mesas al aire libre, donde muchas veces, los pájaros se acercaban a comer las migas, y si nos descuidábamos, seguían por nuestra comida.

Y en una oportunidad, después de un opíparo almuerzo, cuando fuimos a pagar, nos encontramos con que algunos de los florines que nos habían vendido en Casa Piano en Buenos Aires, ya estaban fuera de circulación. ¡Claro! Comprensible. ¡¿Cuántos eran los argentinos que anualmente visitaban Holanda?! Y que además, pretendieran pagar en efectivo…

 

 

Ana María Liberali