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Asunto:NoticiasdelCeHu 410/12 - VIAJANDO: Me fui a Berlin
Fecha:Jueves, 2 de Agosto, 2012  14:34:49 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 410/12
 

 

Me fui a Berlin

 

Mi primera alusión a Berlín data de cuando era chica porque en muchos juegos, el que se equivocaba tenía una “prenda”, y a las tres prendas se iba a Berlín, que era equivalente a alejarse del lugar para que cada uno de los demás participantes propusiera un “castigo”. Luego se llamaba al que estaba en Berlín y se le pedía que adivinara quién había ideado cada prenda o castigo, que generalmente consistía en realizar alguna actividad ridícula delante de los demás. Si no adivinaba debía llevarla a cabo y si adivinaba, la debía hacer quien la había propuesto. Sin duda, para la mayoría de los chicos el sentido de Berlín era el de irse a un sitio alejado, aislado de los demás; sin embargo la palabra no tenía nada que ver con la ciudad, sino con el término “berlina” en italiano,  que justamente significaba “picota”, es decir, poner a alguien en ridículo.  

De todos modos, durante mucho tiempo, tras el Muro, Berlín pareció representar esa situación de algo mucho más lejano que el mero kilometraje que la separaba del resto del mundo.

Y en julio del ’96, por motu propio y sin prendas de por medio, me fui a Berlin.

El tren ingresó por el sector de la ciudad que había pertenecido a la República Federal Alemana. La apariencia era agradable y tranquila con una gran cantidad de casas bajas muy bien construidas y ordenaditas, como lo es todo en Alemania. Pero insulsa, sin gracia.

Y al llegar a la estación terminal, Berlin Zoo, la primera impresión fue muy dura. La iglesia evangélica luterana Kaiser-Wilhelm-Gedächtniskirche (iglesia en recuerdo del emperador Guillermo) mostraba sus torres partidas a causa de los bombardeos por parte de los aliados en la Batalla de Berlín, en 1945, durante cuyos combates se suicidara Adolf Hitler.

Más tarde ingresamos a las ruinas y pudimos ver al Cristo con un solo brazo, murales y otros símbolos destruidos. Al lado se construyó un nuevo templo, hecho totalmente de cristal pero se conservaba el antiguo como memorial para que se tuvieran presentes los horrores de la guerra.

A solo siete años de la Caída del Muro, al margen de los tramos que perduraban como testigos, un amplio sector del lugar que ocupaba permanecía vacío o con obras en construcción. Y había vendedores de sus restos, originales o no, por todas partes. Pero el gran motivo representativo de la unión de las dos Alemanias era la Puerta de Brandeburgo, lugar donde nos concentramos la mayor parte de los turistas. Y desde allí nos dirigimos a Alexanderplatz, en el Centro antiguo de Berlin, perteneciente a lo que fuera el gobierno comunista de la República Democrática Alemana.

En las inmediaciones de esa enorme plaza se encontraban los edificios y monumentos más imponentes, construidos en estilo clásico. Uno de los que más nos impactó fue el Altes Museum (Museo Antiguo), con columnas griegas, y aunque reconstruido en parte, guardaba como todos los demás, las improntas de la Segunda Guerra Mundial. Pero este era solo uno de la gran cantidad y diversidad de las muestras culturales de Berlín, muy en especial en su sector oriental.

A nosotros nos interesaba conocer la Humboldt Universität, que fuera creada en 1810 por el literato Wilhelm Humboldt, hermano de Alexander, el destacado geógrafo y naturalista; pero como estábamos en pleno período de vacaciones del hemisferio norte, nos tuvimos que conformar con solo verla desde afuera.

En Mitte, el centro histórico donde se encuentra el Rotes Rathaus o Ayuntamiento, había un grupo de hombres de alrededor de ochenta años sentados en los bancos de una plaza, en perfecto silencio, con la mirada perdida... Yo me quedé observándolos un buen rato pensando acerca de lo que les había tocado vivir a lo largo del siglo XX. Seguramente habían nacido durante la Primera Guerra Mundial, eran muy jóvenes durante la Segunda Guerra, luego habían sufrido el aislamiento producido por el Muro, y ahora veían pasar turistas de todo el mundo con costumbres tan diferentes y que iban a conocer su ciudad como si se tratase de un enorme museo… ¡Cuánto para preguntarles! ¡Cuánto para aprender de ellos! ¡Y cuánto lamenté lo limitado de mis conocimientos de alemán para poder comunicarme!

Cuando comenté mi inquietud a quienes estaban al frente del hotel donde nos alojábamos, en la peatonal del sector occidental, me dijeron que ellos tampoco podían conversar con los viejos pobladores del este, no solo porque no comprendían antiguos modismos ya perdidos en el oeste, sino porque la introspección pasó a ser la principal característica de esa gente.

Muchos inmigrantes, en especial turcos e italianos, nos atendieron en restoranes y comercios. Parecían muy entusiasmados en especial respecto de los salarios. Sin embargo, gran parte de ellos manifestaron que Berlin era una ciudad donde imperaba la tristeza, y que el clima acompañaba ese sentimiento. Pareceres que compartí absolutamente.

 

 

Ana María Liberali