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Asunto:NoticiasdelCeHu 403/12 - VIAJANDO: Munich, Ciudad Petisa
Fecha:Miercoles, 1 de Agosto, 2012  22:02:33 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 403/12
 

 

 

Munich, Ciudad Petisa

 

Entre fines de agosto y principios de setiembre de 1972 se realizaban en Alemania los XX Juegos Olímpicos de Verano, y mi padre había sido enviado por radio El Mundo para trasmitirlos. Mientras tanto, yo permanecía en Buenos Aires estudiando para los exámenes parciales que tendría próximamente. Y fue por eso que esa mañana del 5 de setiembre, me levanté a primera hora y al encender la radio, escuché que un comando de terroristas palestinos denominado Septiembre Negro, había cometido un atentado en la Villa Olímpica de Munich.

Mi mamá y mi tía aun dormían. Entonces, sigilosamente tomé el teléfono y llamé a la radio para tener noticias sobre mi padre. Me atendieron sus compañeros del informativo y me dijeron que no me preocupara, que había habido un tiroteo y toma de rehenes en el sector de los atletas de Israel; y que mi padre estaba bien ya era quien les estaba pasando la información mientras tomaba fotografías desde una terraza cercana. Conociéndolo cómo era, me asusté mucho más, y desde ese momento no despegué la oreja de la radio ni un segundo.

Lamentablemente todo terminó muy mal. El rescate falló y el ataque condujo a la muerte a once atletas israelíes, cinco de los ocho terroristas y un oficial de la policía alemana.

Cuando mi padre regresó, tal como lo había hecho con los materiales obtenidos en los Juegos Olímpicos de Tokyo en 1964 y con los de México en 1968, armó un audiovisual al que denominó “Munich, Ciudad Petisa”. En esa serie de diapositivas mostraba las principales actividades deportivas desarrolladas, hacía un homenaje a los atletas asesinados, y mostraba diferentes aspectos de la ciudad, destacando la inexistencia de edificios de altura. Como en años anteriores yo lo acompañaba por gran parte de la Argentina, pasando las fotos en el proyector mientras la cinta grabada corría con las explicaciones y la música del lugar. Todo esto me permitía aprender una serie de cuestiones de orden deportivo, pero también geográfico, histórico, político y económico de los lugares que él visitaba, ya que posteriormente a la exposición de esos audiovisuales se hacían rondas de preguntas que enriquecían aun más mis conocimientos. Y si bien esto había ocurrido también con sus demás exhibiciones, el tema de Munich me había impactado mucho más, tal vez por la cuestión de la masacre, o porque ya tenía casi veinte años, y muchas cosas las comprendía con mayor profundidad.

Y en julio de 1996, veinticuatro años después, yo estaba allí, en Munich. Y en pocos minutos volvieron a pasar por mi mente absolutamente todas las imágenes que tenía grabadas a partir de las fotos que había tomado mi padre. Y quise ir a cada uno de los lugares por los que él había pasado, y de esa manera, siguiendo mis recuerdos, fui recorriendo la capital de la Baviera.

Primer lugar obligado, Marienplatz, la Plaza de María, centro neurálgico de la ciudad, flanqueada por el Nuevo Ayuntamiento (Neues Rathaus) al norte y el Viejo Ayuntamiento (Altes Rathaus) al este. En ese amplio espacio antiguamente había un enorme mercado que contaba con una fuente donde los pescaderos mantenían fresca su mercadería y que quedó convertida en punto de citas.

Y allí mismo, al aire libre, alguien interpretando a Beethoven en un piano de cola de color rosado. Yo pensé que se trataba de un músico que tocaba a la gorra o que estaría contratado por alguna entidad. Pero no… Cuando finalizó su participación, nos preguntaron a quienes estábamos escuchándolo si deseábamos tocar algo, y más de uno de los presentes continuó con el concierto. Es que para los alemanes es muy común estudiar música y lo hacen sumamente bien. Estuvimos un largo rato escuchando temas clásicos hasta que una suave garúa obligó a entrar el instrumento a una confitería donde quien quisiera podía continuar… Y esto fue la novedad, porque después en muchos otros lugares públicos, abiertos o cerrados, se presentaba la misma situación.

Caminé y caminé viendo casitas bajas, estilos barrocos y modernos, cúpulas verdes de iglesias góticas, la cervecería del fallido golpe de estado de Hitler, otras al aire libre, flores por todas partes… Todo me parecía atractivo y novedoso. Pero me faltaba conocer lo más importante para mí, el estadio olímpico…

Tomé el metro y llegué a la famosa Villa Olímpica, ya convertida en un complejo habitacional. Y desde allí pude ver el estadio con su criticado parasol con forma de alas de murciélago. Quise entrar pero no me dejaron. Lo estaban preparando para un festival musical que comenzaba pocas horas después. ¡No podía ser que estuviera tan cerca y no poder verlo por dentro! No sé qué cara debo haber puesto y cuál ha sido mi tono de súplica a quienes estaban a cargo de la seguridad, pero el hecho fue que de pronto me dijeron: “¡OK…, go!” Entré y rápidamente corrí hacia la platea y me senté a contemplar ese panorama imaginándolo con los atletas compitiendo y el público alentándolos. Y debido a toda la carga emocional que había acumulado, se me llenaron los ojos de lágrimas. ¡Los que estaban allí trabajando no entendían nada! Me miraban extrañados y seguían su camino, pero a mí nada me importaba.

Cuando salí agradecí la gentileza y enseguida llamé por teléfono a mi padre a Buenos Aires, para así compartir el momento.

 

 

Ana María Liberali