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Asunto:=?utf-8?Q?Re:_NoticiasdelCeHu_378/12_-_La_?= =?utf-8?Q?revoluci=C3=B3n_inminente_=28Miguel_Cas?= =?utf-8?Q?als_Roma=29?=
Fecha:Domingo, 22 de Julio, 2012  20:23:57 (-0300)
Autor:osvaldo ortemberg <o.ortemberg @....com>

ÔĽ¿

Estimado Profesor:
Estoy en un todo de acuerdo con la radiograf√≠a que hace del sistema democr√¡tico que nos rige. Ello sin perjuicio de pensar que el rol de los partidos es de mero intermediario entre el poder real, hoy con predominio financiero, cuyos titulares no tienen para nosotros nombres y apellido, pero, aventuro, corresponde a familias que herededan el trono de la riqueza acumulada.
Sin embargo no comparto, por considerarlo ingenuo, que puede haber una democrtacia diferente na la que conocemos. Por limpieza que hagamos. Una revoluci√≥n no surge de un libro ni de un programa. Una revoluci√≥n no necesariamente llega a crear un sistema que nos comprenda a todos. Una revoluci√≥n es un golpe feroz e impredecible que surge, eso s√≠, de la lucha que protagoniozan algunos sectores, guiados por un rechazo a lo dado, y por ciertas ideas que se ir√¡n templando a medida que la lucha se despliegue. Tampoco sabemos si es indispensable el uso de armas, porque las contradicciones del sistema que combatimos son un arma que ellos produjeron y que les apunta a sus propias entra√Īas. 
No sabemos ad√≥nde habr√¡ de conducirnos ese movimiento -si se da, porque no basta el rechazo que manifiestan millones de europeos y arabes- para crear algo diferente a lo que se combate. Menos omnipotencia, un poco de escepticismo y tambi√©n, porque es la gu√≠a indispensable, utop√≠a, una bandera s√≥lo visible para quienes desean un cambio, un cambio radical donde el humano pueda verse en el rostro de otro humano y no temerle.
Cordialmente.
Osvaldo Ortemberg
Abogado de familia
 
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NCeHu 378/12
www.centrohumboldt.org
La Revolución inminente





Todo movimiento ciudadano que se enfrente al poder, es un movimiento pol√≠tico. No tiene sentido acampar junto a Wall Street o frente a los ampulosos rascacielos de la aristocracia financiera. Ellos se encargan de acumular beneficios, especular sin control, sobornar a los pol√≠ticos, estafar a los ciudadanos, evadir capitales‚Ķ. Pero no mandan. No pueden hacerlo. El poder, entendido como la capacidad de influir y decidir sobre los resultados, reside en los Estados, porque ellos controlan la fuerza (ej√©rcito, fuerzas y cuerpos de seguridad), dictan las reglas del juego (leyes) y gozan de recursos humanos (empleados p√ļblicos) y econ√≥micos (bienes y hacienda p√ļblica).

Nos hemos pasado 70 a√Īos (tras la II Guerra Mundial), creyendo que el remedio a todos los males de la humanidad lo encontrar√≠amos en la Econom√≠a, la gran superestructura, la ciencia madre. Detr√¡s de cada acci√≥n humana s√≥lo hab√≠a motivos cremat√≠sticos. La Historia se explicaba como un encadenamiento de causas econ√≥micas que provocaban cambios sociales y pol√≠ticos. Intelectuales de todo el mundo se han dedicado a razonar y discutir sobre las bondades o maldades del capitalismo y sus variantes (liberal, Keynesiano, tercera v√≠a‚Ķ). Cegados por esta falsa opini√≥n, dispuestos a encerrar el mundo en ecuaciones macroecon√≥micas, hemos dejado de pensar, de criticar, de discernir sobre nuestro modelo pol√≠tico, la democracia representativa.

La democracia representativa, como las dem√¡s formas de gobierno (monarqu√≠a absoluta, dictadura, democracia participativa‚Ķ) tiene un principio, un desarrollo y un final. Todo sistema humano crece como un √¡rbol: germina a partir de la semilla de una ideolog√≠a, va extendiendo su tronco hasta ramificarse (en instituciones) y adquirir su forma definitiva. Cuando la copa se ha completado, ya no puede cambiar. A partir de entonces el √¡rbol (o sistema) no se adaptar√¡ a las transformaciones externas y, para protegerse, se ir√¡ encerrando en s√≠ mismo, desliz√¡ndose por la de la senda de la decadencia.

Hace m√¡s de un siglo que Occidente vive bajo la hegemon√≠a de democracia representativa. Naci√≥ como una exigencia de las sociedades europeas que tuvieron que rebelarse y demoler el sistema de clases sociales. Renovamos nuestros valores (con los derechos humanos) y surgieron nuevas instituciones pol√≠ticas: elecciones, partidos pol√≠ticos, constituciones, los tres poderes del Estado‚Ķ, que se consolidaron con el tiempo, hasta adquirir un perfil definitivo. Desde hace d√©cadas, los procesos electorales y las organizaciones pol√≠ticas se han enquistado, siguiendo un irreversible proceso de decadencia. Encerrados en sus propias reglas, no est√¡n dispuestos a adaptarse y su principal funci√≥n se ha convertido en resistir a toda costa.

Las Constituciones pol√≠ticas (como la espa√Īola de 1978) son un formidable blindaje para las democracias representativas. Sus art√≠culos son murallas que impiden el asedio de cualquier proposici√≥n innovadora. Pero el verdadero motor del sistema, el que hace funcionar sus r√≠gidos resortes, son estas estructuras monol√≠ticas que conocemos como partidos pol√≠ticos.

Los partidos pol√≠ticos, que se declaran como los depositarios de la libertad ideol√≥gica (cuando su objetivo es eliminarla), manejan a su antojo las piezas del ajedrez pol√≠tico, es decir, los pol√≠ticos. Seleccionan a los candidatos (eligiendo a los m√¡s corruptibles, que son aquellos dispuestos a vender su alma de servidores), los instruyen, los moldean a su antojo y los reparten en todas las parcelas del Estado (ejecutivo, legislativo y judicial).

Una vez controlado el poder, los partidos lo desvían hacia sus propios intereses. Movidos como títeres, los políticos ejecutan las órdenes de la organización y anteponen sus intereses a los del ciudadano, pese a que su deber y responsabilidad es servir a la sociedad.

Los partidos son mafias dedicadas a enriquecerse, administrar sus privilegios y, sobre todo, a cerrar el paso a nuevos intrusos. Desde hace d√©cadas no hay Estado ‚Äúdemocr√¡tico‚ÄĚ donde el poder se lo repartan dos opciones aparentemente distintas, pero que en el fondo representan lo mismo (estas opciones se llaman dem√≥cratas y republicanos en EEUU, PSOE y PP en Espa√Īa, conservadores y laboristas en GB‚Ķ) El sufragio universal ha perdido su valor y los ciudadanos nos limitamos a poner una cruz entre estas dos alternativas (y otras de minoritarias), en una tendencia cuyo horizonte futuro es infinito. ¬¿Cu√¡ntas d√©cadas, siglos si cabe, sobrevivir√¡ nuestra ingenua creencia en que dos alternativas id√©nticas garantizan la libertad ideol√≥gica? La situaci√≥n de cada votante puede compararse con la del cautivo del mito de la caverna que, atado de grilletes, s√≥lo contempla unas pocas sombras. Estas sombras son los logotipos de los partidos pol√≠ticos, que se turnan eternamente. ¬¿Qu√© reglas son las que permiten dicha perpetuaci√≥n? Las que fijan el reparto, entre los dos grandes, de las cuotas publicitarias, de la financiaci√≥n, las listas cerradas, la ley d‚ÄôHont y la psicolog√≠a del votante (que s√≥lo votar√¡ al que conozca, al que sea √ļtil y que se juzga, ingenuamente, responsable de esta situaci√≥n).

Para enriquecerse mutuamente, partidos pol√≠ticos y aristocracia financiera han llegado a una secreta y demon√≠aca connivencia. Un acuerdo que ha dado carta blanca al mundo de la especulaci√≥n y ha convertido a los pol√≠ticos en clase privilegiada. A cambio de su mutuo enriquecimiento, la sociedad y la econom√≠a productiva ha entrado en la una crisis econ√≥mica profunda, sin precedentes. Para cubrir sus agujeros, han recurrido al dinero p√ļblico y a los recortes, sin ning√ļn tipo de escr√ļpulos. Han socavado el Estado del Bienestar, porque a los poderes financieros no les conviene un sector p√ļblico amplio, sino una sociedad de cotizaciones y pensiones privadas.

Las relaciones econ√≥micas se dividen en dos mundos antag√≥nicos: uno superior y parasitario, el especulativo, que se dedica a acumular riqueza impunemente con el benepl√¡cito del poder, y otro inferior, el productivo, que aporta las plusval√≠as del trabajo y del capital y se encarga de soportar las cargas p√ļblicas.

¬¿Qu√© me ha hecho pensar, ingenuamente, que el pasado no volver√≠a a repetirse, que no incurrir√≠amos en el mismo error? Como en los m√¡s retr√≥grados a√Īos del Antiguo R√©gimen, el poder ya no necesita justificarse, se justifica por s√≠ mismo. Los pol√≠ticos afirman que no pueden hacer nada, que est√¡n atados de manos y pies. Y es cierto. Pero el compromiso que les inmoviliza no es con el ciudadano al que simulan representar, sino con las entidades financieras que les han prometido una feliz jubilaci√≥n pol√≠tica en un consejo de administraci√≥n, o en una fundaci√≥n privada.

No nos queda otra salida que la revoluci√≥n: demoler el sistema y fundar otro de nuevo, donde quepan viejos (derechos humanos) y nuevos valores (transparencia, independencia de los tres poderes, meritocracia). No hay revoluci√≥n sin un proyecto y un camino claro, o con pretensiones de ello. Pero, ¬¿qu√© nuevo modelo pol√≠tico debe alumbrarnos? La respuesta sigue estando en la democracia. Una democracia con f√≥rmulas de transparencia, que prescinda de los partidos pol√≠ticos, donde el voto y el m√©rito seleccionen a los mejores, que impida al ejecutivo acceder a los cargos parlamentarios, que convierta al ejecutivo en un poder gestor, que agrupe a los ciudadanos en plataformas pol√≠ticas‚Ķ A este nuevo modelo, a√ļn sin nombre, me atrevo a fijar sus l√≠neas maestras en El fin de la democracia.

¬¿C√≥mo hacerlo? Pocas son las alternativas cuando los partidos pol√≠ticos controlan la mayor√≠a de la prensa y de los poderes coercitivos. Una acci√≥n r√¡pida y contundente ser√≠a la de recuperar los centros de poder: parlamentos (estatales y auton√≥micos) y gobiernos, desvalijar las sedes de los partidos pol√≠ticos y los sindicatos y, con el brazo de la justicia, limpiar esta atm√≥sfera irrespirable de pol√≠ticos ineptos y corruptos. Las revoluciones √¡rabes nos han abierto el camino. Sin olvidar que la acci√≥n revolucionaria (el movimiento) debe ir paralela a la acci√≥n constituyente (plataforma). Como en el pacto de San Sebasti√¡n (1930) hay que preparar una asamblea de expertos, que redacte una carta magna abierta al futuro.

Miquel Casals Roma. Profesor de geografía y historia, licenciado en derecho, escritor

Blog del autor: www.elfindelademocracia. blogspot.com





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