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Asunto:NoticiasdelCeHu =?utf-8?B?Mzc4LzEyIC0gTGEgcmV2b2x1Y2nDs24gaW5taW5lbnRlIChNaWd1ZWwgQ2Fz?= =?utf-8?B?YWxzIFJvbWEp?=
Fecha:Sabado, 21 de Julio, 2012  07:51:14 (-0700)
Autor:Alexander von Humboldt <cehumboldt @.........ar>

NCeHu 378/12
www.centrohumboldt.org
La Revolución inminente





Todo movimiento ciudadano que se enfrente al poder, es un movimiento pol√≠tico. No tiene sentido acampar junto a Wall Street o frente a los ampulosos rascacielos de la aristocracia financiera. Ellos se encargan de acumular beneficios, especular sin control, sobornar a los pol√≠ticos, estafar a los ciudadanos, evadir capitales‚Ķ. Pero no mandan. No pueden hacerlo. El poder, entendido como la capacidad de influir y decidir sobre los resultados, reside en los Estados, porque ellos controlan la fuerza (ej√©rcito, fuerzas y cuerpos de seguridad), dictan las reglas del juego (leyes) y gozan de recursos humanos (empleados p√ļblicos) y econ√≥micos (bienes y hacienda p√ļblica).

Nos hemos pasado 70 a√Īos (tras la II Guerra Mundial), creyendo que el remedio a todos los males de la humanidad lo encontrar√≠amos en la Econom√≠a, la gran superestructura, la ciencia madre. Detr√¡s de cada acci√≥n humana s√≥lo hab√≠a motivos cremat√≠sticos. La Historia se explicaba como un encadenamiento de causas econ√≥micas que provocaban cambios sociales y pol√≠ticos. Intelectuales de todo el mundo se han dedicado a razonar y discutir sobre las bondades o maldades del capitalismo y sus variantes (liberal, Keynesiano, tercera v√≠a‚Ķ). Cegados por esta falsa opini√≥n, dispuestos a encerrar el mundo en ecuaciones macroecon√≥micas, hemos dejado de pensar, de criticar, de discernir sobre nuestro modelo pol√≠tico, la democracia representativa.

La democracia representativa, como las dem√¡s formas de gobierno (monarqu√≠a absoluta, dictadura, democracia participativa‚Ķ) tiene un principio, un desarrollo y un final. Todo sistema humano crece como un √¡rbol: germina a partir de la semilla de una ideolog√≠a, va extendiendo su tronco hasta ramificarse (en instituciones) y adquirir su forma definitiva. Cuando la copa se ha completado, ya no puede cambiar. A partir de entonces el √¡rbol (o sistema) no se adaptar√¡ a las transformaciones externas y, para protegerse, se ir√¡ encerrando en s√≠ mismo, desliz√¡ndose por la de la senda de la decadencia.

Hace m√¡s de un siglo que Occidente vive bajo la hegemon√≠a de democracia representativa. Naci√≥ como una exigencia de las sociedades europeas que tuvieron que rebelarse y demoler el sistema de clases sociales. Renovamos nuestros valores (con los derechos humanos) y surgieron nuevas instituciones pol√≠ticas: elecciones, partidos pol√≠ticos, constituciones, los tres poderes del Estado‚Ķ, que se consolidaron con el tiempo, hasta adquirir un perfil definitivo. Desde hace d√©cadas, los procesos electorales y las organizaciones pol√≠ticas se han enquistado, siguiendo un irreversible proceso de decadencia. Encerrados en sus propias reglas, no est√¡n dispuestos a adaptarse y su principal funci√≥n se ha convertido en resistir a toda costa.

Las Constituciones pol√≠ticas (como la espa√Īola de 1978) son un formidable blindaje para las democracias representativas. Sus art√≠culos son murallas que impiden el asedio de cualquier proposici√≥n innovadora. Pero el verdadero motor del sistema, el que hace funcionar sus r√≠gidos resortes, son estas estructuras monol√≠ticas que conocemos como partidos pol√≠ticos.

Los partidos pol√≠ticos, que se declaran como los depositarios de la libertad ideol√≥gica (cuando su objetivo es eliminarla), manejan a su antojo las piezas del ajedrez pol√≠tico, es decir, los pol√≠ticos. Seleccionan a los candidatos (eligiendo a los m√¡s corruptibles, que son aquellos dispuestos a vender su alma de servidores), los instruyen, los moldean a su antojo y los reparten en todas las parcelas del Estado (ejecutivo, legislativo y judicial).

Una vez controlado el poder, los partidos lo desvían hacia sus propios intereses. Movidos como títeres, los políticos ejecutan las órdenes de la organización y anteponen sus intereses a los del ciudadano, pese a que su deber y responsabilidad es servir a la sociedad.

Los partidos son mafias dedicadas a enriquecerse, administrar sus privilegios y, sobre todo, a cerrar el paso a nuevos intrusos. Desde hace d√©cadas no hay Estado ‚Äúdemocr√¡tico‚ÄĚ donde el poder se lo repartan dos opciones aparentemente distintas, pero que en el fondo representan lo mismo (estas opciones se llaman dem√≥cratas y republicanos en EEUU, PSOE y PP en Espa√Īa, conservadores y laboristas en GB‚Ķ) El sufragio universal ha perdido su valor y los ciudadanos nos limitamos a poner una cruz entre estas dos alternativas (y otras de minoritarias), en una tendencia cuyo horizonte futuro es infinito. ¬¿Cu√¡ntas d√©cadas, siglos si cabe, sobrevivir√¡ nuestra ingenua creencia en que dos alternativas id√©nticas garantizan la libertad ideol√≥gica? La situaci√≥n de cada votante puede compararse con la del cautivo del mito de la caverna que, atado de grilletes, s√≥lo contempla unas pocas sombras. Estas sombras son los logotipos de los partidos pol√≠ticos, que se turnan eternamente. ¬¿Qu√© reglas son las que permiten dicha perpetuaci√≥n? Las que fijan el reparto, entre los dos grandes, de las cuotas publicitarias, de la financiaci√≥n, las listas cerradas, la ley d‚ÄôHont y la psicolog√≠a del votante (que s√≥lo votar√¡ al que conozca, al que sea √ļtil y que se juzga, ingenuamente, responsable de esta situaci√≥n).

Para enriquecerse mutuamente, partidos pol√≠ticos y aristocracia financiera han llegado a una secreta y demon√≠aca connivencia. Un acuerdo que ha dado carta blanca al mundo de la especulaci√≥n y ha convertido a los pol√≠ticos en clase privilegiada. A cambio de su mutuo enriquecimiento, la sociedad y la econom√≠a productiva ha entrado en la una crisis econ√≥mica profunda, sin precedentes. Para cubrir sus agujeros, han recurrido al dinero p√ļblico y a los recortes, sin ning√ļn tipo de escr√ļpulos. Han socavado el Estado del Bienestar, porque a los poderes financieros no les conviene un sector p√ļblico amplio, sino una sociedad de cotizaciones y pensiones privadas.

Las relaciones econ√≥micas se dividen en dos mundos antag√≥nicos: uno superior y parasitario, el especulativo, que se dedica a acumular riqueza impunemente con el benepl√¡cito del poder, y otro inferior, el productivo, que aporta las plusval√≠as del trabajo y del capital y se encarga de soportar las cargas p√ļblicas.

¬¿Qu√© me ha hecho pensar, ingenuamente, que el pasado no volver√≠a a repetirse, que no incurrir√≠amos en el mismo error? Como en los m√¡s retr√≥grados a√Īos del Antiguo R√©gimen, el poder ya no necesita justificarse, se justifica por s√≠ mismo. Los pol√≠ticos afirman que no pueden hacer nada, que est√¡n atados de manos y pies. Y es cierto. Pero el compromiso que les inmoviliza no es con el ciudadano al que simulan representar, sino con las entidades financieras que les han prometido una feliz jubilaci√≥n pol√≠tica en un consejo de administraci√≥n, o en una fundaci√≥n privada.

No nos queda otra salida que la revoluci√≥n: demoler el sistema y fundar otro de nuevo, donde quepan viejos (derechos humanos) y nuevos valores (transparencia, independencia de los tres poderes, meritocracia). No hay revoluci√≥n sin un proyecto y un camino claro, o con pretensiones de ello. Pero, ¬¿qu√© nuevo modelo pol√≠tico debe alumbrarnos? La respuesta sigue estando en la democracia. Una democracia con f√≥rmulas de transparencia, que prescinda de los partidos pol√≠ticos, donde el voto y el m√©rito seleccionen a los mejores, que impida al ejecutivo acceder a los cargos parlamentarios, que convierta al ejecutivo en un poder gestor, que agrupe a los ciudadanos en plataformas pol√≠ticas‚Ķ A este nuevo modelo, a√ļn sin nombre, me atrevo a fijar sus l√≠neas maestras en El fin de la democracia.

¬¿C√≥mo hacerlo? Pocas son las alternativas cuando los partidos pol√≠ticos controlan la mayor√≠a de la prensa y de los poderes coercitivos. Una acci√≥n r√¡pida y contundente ser√≠a la de recuperar los centros de poder: parlamentos (estatales y auton√≥micos) y gobiernos, desvalijar las sedes de los partidos pol√≠ticos y los sindicatos y, con el brazo de la justicia, limpiar esta atm√≥sfera irrespirable de pol√≠ticos ineptos y corruptos. Las revoluciones √¡rabes nos han abierto el camino. Sin olvidar que la acci√≥n revolucionaria (el movimiento) debe ir paralela a la acci√≥n constituyente (plataforma). Como en el pacto de San Sebasti√¡n (1930) hay que preparar una asamblea de expertos, que redacte una carta magna abierta al futuro.

Miquel Casals Roma. Profesor de geografía y historia, licenciado en derecho, escritor

Blog del autor: www.elfindelademocracia. blogspot.com