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Asunto:NoticiasdelCeHu 185/02
Fecha:Sabado, 13 de Abril, 2002  00:12:14 (-0300)
Autor:Humboldt <humboldt @............ar>

NCeHu 185/02
Brzezinski
 
Deber moral e interés nacional
 
Por Zbigniew Brzezinski
 De The New York Times

WASHINGTON.- Por más de medio siglo, Medio Oriente ha sido una de las tres zonas estratégicamente vitales para los intereses nacionales de Estados Unidos; las otras son Europa y Asia. La dominación por una potencia hostil o el estallido de un conflicto importante en cualquiera de ellas constituiría un enérgico desafío a la capacidad norteamericana de mantener el equilibrio global del que depende la estabilidad internacional.

Estados Unidos entró en Medio Oriente con la desaparición gradual del dominio colonial franco-británico. Poco a poco, pasó a ser el principal garante de la paz en la región y de un acceso estable a su petróleo. En años recientes, sus acciones militares contra Irak en la guerra del Golfo Pérsico subrayaron la centralidad de ese papel.

Al mismo tiempo, su compromiso de asegurar la supervivencia de Israel, motivado por un sentimiento de obligación moral hacia un pueblo que había sufrido lo indecible, trabó una relación cada vez más íntima entre los dos países, basada en la colaboración política y militar. Empero, el intenso antagonismo árabe-israelí hizo que esa relación chocara inevitablemente con el interés norteamericano de preservar su influencia sobre los Estados árabes.

Desde luego, lo mejor sería un acuerdo de paz definitivo entre Israel y los palestinos. Pero desde el punto de vista norteamericano, hasta la ausencia de una guerra sería tolerable, siempre y cuando la situación fuese estable.

La crisis actual plantea una grave amenaza a los intereses norteamericanos. Podemos discutir eternamente si la mayor responsabilidad por su estallido recae en Yasser Arafat o en Ariel Sharon. Lo obvio es que ambos no pueden alcanzar la paz de común acuerdo.

En última instancia, los 4,8 millones de israelíes judíos no pueden sojuzgar permanentemente a 4,5 millones de palestinos (de los cuales 1,2 millón son ciudadanos israelíes de segunda clase). Persistir en ello haría peligrar la democracia de Israel y su sentido de dignidad moral. Los palestinos carecen del poder o el apoyo internacional suficientes para arrojar al mar a los israelíes, en tanto que sus tácticas terroristas son indefendibles desde el punto de vista moral.

Es comprensible que Israel sienta como un ultraje los atentados suicidas. Cualquier gobierno israelí habría tenido que reaccionar ante semejante provocación. Pero importa señalar que, en este último año, las represalias de Sharon apuntaron principalmente a socavar la actual Autoridad Palestina. Una actitud bastante acorde con su década de oposición al proceso de paz de Oslo y su promoción de los asentamientos coloniales en Cisjordania y Gaza.

Con su gobierno deshecho, los palestinos probablemente se deslicen hacia la anarquía; su liderazgo tenderá a recaer en elementos clandestinos más extremistas. En Israel, y en especial entre los miembros del Likud, probablemente se oirán más voces pidiendo que se expulse a los palestinos de los territorios. El resentimiento árabe por la aparente parcialidad de Estados Unidos aumentará, poniendo en mayor riesgo a aquellos regímenes que son considerados sus amigos.

En estas circunstancias, Estados Unidos no puede desoír la opinión pública mundial. Hay un consenso casi unánime en el sentido de que la política norteamericana se ha vuelto parcial y moralmente hipócrita, con claras muestras de simpatía hacia las víctimas israelíes de la violencia terrorista y una relativa indiferencia hacia las bajas civiles palestinas (mucho más numerosas). Peligra su capacidad de mantener el apoyo internacional a la guerra contra el terrorismo y, en particular, a los planes respecto de Saddam Hussein.

Por consiguiente, Estados Unidos debe responder guiándose por una conciencia estratégica de todos los intereses en juego, y no por los reclamos de una de las partes, sea cual fuere.

Hoy es dolorosamente obvio que, de quedar librados a sí mismos, israelíes y palestinos sólo pueden hacerse la guerra. Su odio mutuo, su recelo de los motivos del otro, son demasiado grandes para permitir la avenencia necesaria. Además, en cada bando hay facciones poderosas aún más extremistas que los líderes actuales.

La declaración del presidente Bush del jueves pasado fue un paso importante hacia el abandono de la postura ambigua de su gobierno. Pero falla en tres puntos.

Primero: al señalar que el bombardeo del 27 de marzo abortó un acuerdo inminente de cese del fuego, Bush se arriesga a convertir, una vez más, el proceso de paz en rehén de cualquier acto terrorista futuro. Las represalias israelíes contra nuevos actos terroristas palestinos se justificarían, pero deberían apuntar a los verdaderos perpetradores.

Segundo: su condena de Arafat, tan personal, implica que los palestinos deberían elegir su líder ateniéndose a las preferencias norteamericanas.

Tercero: en su declaración, Bush debería haber dicho abiertamente que la misión del secretario de Estado, Colin Powell, no es reabrir un proceso centrado en el procedimiento, más que en lo sustancial. Powell debería procurar una declaración árabe que condene en forma categórica los atentados suicidas, aun cuando reconozca el derecho de los palestinos a resistir la ocupación y los asentamientos. Luego, Arafat podría emitir una declaración similar.

Ahora, Estados Unidos también debe llevar adelante un plan de paz específico. Ya hay un punto de partida, basado en las resoluciones de la ONU, las negociaciones efectuadas en Egipto, en enero de 2001, y la propuesta saudita para normalizar las relaciones entre Israel y las naciones árabes. Estados Unidos también debería indicar que está dispuesto a desplegar una fuerza para el mantenimiento de la paz que proporcione mayor seguridad a ambas partes.

No deberíamos hacernos ilusiones en el sentido de que cualquiera de estas iniciativas sea aprobada de inmediato. Pero tampoco deberíamos subestimar la influencia de Estados Unidos o hasta qué punto ambos pueblos ansían encontrar una salida. Debemos hacer esto, como mínimo, porque nuestros propios intereses nacionales y obligaciones morales así lo exigen.

El autor fue asesor de seguridad nacional (1977-1981) y colaboró con el presidente Jimmy Carter en la negociación del acuerdo de Camp David entre Israel y Egipto.

Traducción de Zoraida J. Valcárcel


Extraído del diario La Nación, Buenos Aires, Argentina, del lunes 8 de abril de 2002.