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Asunto:NoticiasdelCeHu 356/12 - VIAJANDO: Barcelona en verano
Fecha:Viernes, 6 de Julio, 2012  12:14:01 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 356/12
 

 

 

Barcelona en verano

 

Siendo ya 28 de julio partimos rumbo a Barcelona. Lo hicimos en un micro, bastante limitado por cierto, pero era lo que había.

El chofer comenzó a cargar el equipaje pero no daba comprobantes. Eso me pareció muy interesante. Significaba que nadie iba a reclamar lo que no le pertenecía. Pero las comodidades distaban mucho de lo que ya estábamos acostumbrados en la Argentina. No contaba con baño a bordo, los asientos no se reclinaban, no había apoyapiés, y lo peor de todo, en la parte de atrás, que era justamente donde estábamos nosotros, ¡se permitía fumar! Por lo tanto, lejos de disfrutar los más de seiscientos kilómetros de recorrido, realmente los sufrimos.

La primera parada fue muy cerca de Madrid, precisamente en Alcalá de Henares. Una ciudad típica del urbanismo hispánico, con perfil parroquial. Pero al margen de las cúpulas de iglesias que se podían ver, las superaba la cantidad de bancos, especialmente el Citibank, que como en otras localidades, ocupaba el lugar principal.

La aridez del centro de la península Ibérica fue dándole paso lentamente a un clima más benévolo, que era el mediterráneo, con veranos secos e inviernos lluviosos, y  una temperatura mucho más homogénea entre el día y la noche, que no superaba los 27ºC en las horas de mayor exposición del sol.

En cuanto entramos a Barcelona me encantó el paisaje y su localización, entre la montaña y el mar. Buscamos un hotel en un edificio céntrico, muy viejo, pero cerca de todos los servicios que pudiéramos necesitar. Y…,¡a pasear!

Aprovechando que era domingo subimos en funicular al Tibidabo, que con sus 512 metros era el cerro más alto de la Sierra de Collserola, en la Cordillera Litoral Catalana. En su cima había  varios edificios distinguiéndose en especial el Temple Expiatori del Sagrat Cor (Templo Expiatorio del Sagrado Corazón), que pertenecía a la congregación salesiana, de estilo modernista catalán. Pero lo que más atraía al ascenso de la población estable era el parque de diversiones donde se destacaba una gran rueda “vuelta al mundo” desde la cual se hacía aun más impactante la vista de la ciudad.

Al día siguiente salimos a caminar por la Rambla (Les Rambles, en catalán), el paseo más característico y bonito de la ciudad. Todo y todos confluían en él. Flores, pájaros, protestas, expresiones artísticas, pintores callejeros, estatuas vivientes, ¡y hasta parejas bailando tango! Nativos y extranjeros, todos deambulando sin rumbo...

Llegamos hasta el puerto. Una zona cargada de servicios y turistas de todas partes. Nos contaban que se trataba de un área que había sido reformada para los Juegos Olímpicos del ’92, solo cuatro años antes de nuestra visita. Todo muy moderno, pero sin historia, y eso no es de mi preferencia.

Otro de los atractivos que se habían incorporado para la misma época eran las playas, teniendo la particularidad de ser muy céntricas. Gozaban de una serie de servicios muy completos y se las mantenía muy limpias, lo que sumado a la escasez de lluvias en el verano, las hacía sumamente agradables. Un sector de ellas estaba reservado para nudistas, pero en las demás, el top less era habitual. A los foráneos nos sorprendía pero a los europeos no les llamaba la atención. De todos modos, en muchos casos no se trataba de una cuestión de carácter moralista sino de un insulto a la estética.

Frente al puerto, en la plaza del Portal de la Pau (Portal de la Paz), se erigía a sesenta metros de altura la estatua de Cristóbal Colón. Fue inaugurada para la Exposición Universal de Barcelona de 1888, y contaba con un ascensor que permitía llegar a cierto nivel desde donde se podía obtener una vista panorámica de la ciudad. Desde ya que después de hacer una larga fila subimos para tomar fotografías y disfrutar de un paisaje natural y urbano muy particular.

Hacia el mediodía fuimos a comer a un restorán cercano donde si bien la especialidad consistía en frutos del mar, ofrecían también una gran variedad de platos en base a cerdo y diversidad de hortalizas. Y dada la gran disparidad en nuestros gustos alimenticios, cada uno pidió algo distinto. Pero tanto allí como en otros sitios a los que concurriéramos en diferentes ocasiones, la cantidad de comida era tan excesiva, que podría decirse que con una porción podrían alimentarse tres personas de buen apetito. Y también era abusiva la cantidad de alcohol que consumían muchos comensales, a pesar del calor.

Después nos dedicamos a recorrer la verdadera ciudad, la de edificios viejos. Algunos, bien, y otros no tan bien mantenidos, donde era común colgar la ropa en los balcones, cosa que tal vez nos llamara la atención porque en Buenos Aires está absolutamente prohibido. Y al margen de que fuera o no agradable a la vista, de hecho, le daba un sabor muy especial de autenticidad.

Fuimos y vinimos por diversas arterias, todas especiales, todas con algo particular, una verdadera fiesta para los sentidos. Todo muy lleno de vida, de alegría y de esplendor.

Y en una de esas tantas calles se concentraban innumerables negocios de venta de camisetas y otros accesorios de equipos de fútbol. No solo los había de España, sino del resto del mundo. Y por lo tanto, mucho sobre Argentina. Esos comercios estaban en su mayoría en manos de árabes. Yo, conociendo sus costumbres, regateo de por medio, compré para uno de mis hijos el equipo completo del Fútbol Club Barcelona, el de las rayas azules y rojas. Y, desde entonces, julio del ’96, me hice hincha del Barça.

Sin duda había pasado a ser, junto con Rio de Janeiro, la ciudad que más me había gustado paisajísticamente hablando. Aclaro esto porque lo que realmente le imprimía un tinte negativo era justamente la xenofobia que estaba presente en la mayoría de sus habitantes. Y si bien a mi compañero, por su apariencia árabe, le gritaron despectivamente “¡Mushlim!”, más otros vocablos en catalán que no pudimos entender, ese desprecio se lo hacían sentir a todos quienes no fueran de allí, incluso a los de otras regiones de España. Y ese aspecto, a mi entender, desmerecía todo lo maravilloso que ofrecía esta atractiva ciudad.

 

 

Ana María Liberali