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Asunto:NoticiasdelCeHu 296/12 - VIAJANDO: De Barcelona a Lyon
Fecha:Martes, 19 de Junio, 2012  01:34:32 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 296/12
 
 

De Barcelona a Lyon

 

Nunca me gustó mentir en mis lugares de trabajo respecto a la causa de mis ausencias, y mucho menos cuando se trataba de asistir a algún congreso u otra actividad académica, que además de implicar mucho esfuerzo, no solo me generaba beneficios a mí, sino también a las instituciones en las que me desempeñaba. Pero en el ámbito educativo en general, y mucho más en el privado, que uno se perfeccione y que mejore la calidad de de lo que trasmite a los estudiantes, parece no tener importancia. Generalmente porque gran parte de las autoridades no pueden evaluar los conocimientos de su plantel docente, y se tienen que conformar con considerar solamente la asistencia y el cumplimiento del horario, algo tan sencillo de medir, que en muchos casos lo hacen mediante métodos mecánicos.

Esa había sido la principal causa, entre varias otras, por las cuales había abandonado la docencia en las escuelas secundarias en 1991. No me habían cansado los pibes sino la burocracia, el papelerío, los funcionarios obtusos y las restricciones para hacer trabajos de campo. Pero en la UADE (Universidad Argentina de la Empresa) las cosas no parecían ser muy diferentes, con el agravante de que se me exigía la asistencia a diferentes eventos sin ofrecerme las facilidades económicas, como tampoco los permisos correspondientes. ¡Una enorme contradicción! Por lo que en muchas oportunidades había tenido que mentir. Inventar una enfermedad o un inconveniente de último momento, que no evitaba el descuento por la inasistencia, pero que preservaba mi puesto de trabajo.

Y en julio del ’96, el viaje que iba a realizar a Holanda con el fin de presentar una ponencia en el Congreso de la Unión Geográfica Internacional, y que aprovecharía para recorrer otros países europeos presentando Meridiano – Revista de Geografía, era coincidente con el período de exámenes, por lo cual las faltas se computarían doblemente. Entonces pensé en buscar algún otro pretexto o hacerme de algún certificado médico. Pero iba a estar casi un mes fuera del país y era demasiado sospechoso. Por lo tanto, me la jugué y hablé con mi jefe directo, el Lic. Carlos Sicurello, quien años atrás había sido mi alumno. Le expliqué la situación y pidiéndome que buscara reemplazante para que las actividades no se interrumpieran, se comprometió a defenderme ante algún problema con los de arriba. Así que mi viaje no tuvo la necesidad de hacerse a escondidas.

Habíamos comprado en Buenos Aires el Eurail Pass con los principales tramos a realizar, así que ya teníamos de antemano, asignados los asientos. Y al subir al tren en Barcelona con destino a Lyon, fuimos a sentarnos justo enfrente de uno de los principales jefes de la UADE que había ido con su mujer al casamiento de un familiar y continuaba viaje para conocer Francia. ¡Menos mal que no mentí!

El paisaje de Cataluña era muy bonito pero mucho más lo era el área entre Perpignan y Montpellier, en el sur de Francia. Luego nos desviamos hacia el noreste, siguiendo el curso del río Ródano, teniendo los Alpes hacia el este y el Macizo Central Francés hacia el oeste, valle vitivinícola por excelencia. Y a medida que avanzábamos, hacia el oeste vimos cultivos de trigo, entre otros cereales. Los campos prolijamente sembrados, pero eso sí, hasta casi la vías del tren. Ese recorrido nos resultó totalmente placentero.

Y ya avanzada la tarde llegamos a la estación Lyon-Part-Dieu, la principal de la  ciudad. Tomamos un taxi y le pedimos que nos indicara un hotel económico en el barrio universitario. Y si bien sabíamos que se trataba de una ciudad cuyo patrimonio histórico y arquitectónico era muy extendido, nos sorprendimos muchísimo al transitar por sus calles sintiendo que estábamos viviendo en el Renacimiento.

Llegamos al hotel. En realidad era un alojamiento para estudiantes, pero lo único que podíamos pagar. En la puerta había un cartel que aclaraba que no se aceptaban ni perros ni cualquier otra mascota. A mí me pareció obvio, pero después comprobé que no lo era tanto.

Después de la experiencia parisina en que la ducha estaba en un baño compartido, me preocupé en explicarle al conserje que pretendía que estuviera dentro de la habitación: -“Avec douche dans la chambre á coucher”, insistí varias veces por temor a que no me entendiera. A lo que el hombre me explicó que era bastante más caro, y que solo le quedaba esa comodidad en el tercer piso, que desde ya era por escalera y con pisos muy altos por tratarse de un edificio antiguo. Pero al llegar al cuarto, no solo que no vi la ducha, ¡sino que tampoco encontré el baño! Bajé furiosa y le pregunté:-“¡¿Où est la salle de bains?!” A lo que con gran sorpresa oí que en perfecto español le decía a su mujer que me acompañara y me indicara dónde estaba el baño. ¡Yo preocupándome por pronunciar correctamente el francés y resultó ser que los dueños eran españoles!

La señora vino conmigo a la habitación, abrió uno de los dos placares, ¡y ahí estaba el baño!, que tenía diminutas dimensiones. Pero yo solo veía lavatorio e inodoro. Y cuando pregunté otra vez por la ducha, ella sacó la canilla del lavabo que contaba con una especie de manguera y me explicó que eso servía como ducha, bidet o para regar las plantas. Creo que para una mujer embarazada hubiese sido  imposible entrar a ese baño. Pero, era lo que había, y no quedó más remedio que aceptar la realidad.

Nos recomendaron ir a cenar a un muy buen restorán en “La Croix-Rousse”. Por lo que fuimos a la estación del metro, compramos los boletos y no encontramos ni molinetes ni ningún otro control, todo quedaba en la honestidad de cada uno.

Desde la colina se podían ver las últimas luces de la tarde y luego cómo se iban encendiendo lentamente los focos de la ciudad. Lo único que desentonaba era el edificio del Canary Wharf, que era un verdadero elefante blanco.  

Nos servimos platos típicos y bebimos buen vino francés, cuyo precio era muy moderado por encontrarnos en la principal área de producción. Y ya de noche, las calles estaban desiertas pero muy iluminadas y volvimos caminando por la costanera del Ródano, cruzando por el puente de l’Université hasta llegar a nuestro hotel.

A la mañana siguiente fuimos a conocer el centro universitario, que aunque estuviera en receso de verano, nos permitió tener una idea de su importancia ya que es el segundo de Francia. Visitamos las bibliotecas y dejamos allí nuestra revista Meridiano.

Lyon es la tercera ciudad del país en cantidad de población, después de París y de Marsella. Conocida históricamente como la capital mundial de la seda y como capital culinaria de Francia, se caracteriza actualmente como centro financiero e industrial especializado en el sector químico. Pero también es la ciudad natal de Antoine de Saint-Exupéry, el autor de El Principito; y lugar de crianza de los hermanos Lumière, inventores del cinematógrafo.

La ciudad se encuentra en la confluencia del Ródano con el Saona, que convergen en una península o Presqu’île, donde se forman dos colinas. Al oeste está la llamada “colina que reza”, coronada con la Basílica Notre-Dame de Fourvière; y al norte, se encuentra la Croix-Rousse, “la colina que trabaja”, lugar en el que se encontraban muchos talleres de confección de telas de seda. Y entre la colina Fourvière y el río Saona se sitúa un barrio largo y estrecho, el Vieux Lyon, que forma la parte medieval y renacentista de la ciudad.

Volvimos de día a La Croix-Rousse, para ver desde lo alto la unión de los ríos. Previo a la Revolución el área pertenecía a la Iglesia, habiéndose establecido una gran cantidad de conventos y otros edificios de carácter religioso de los que solo queda la iglesia de San Bruno de los Cartujos, una verdadera muestra del barroco francés. El marcado desnivel influyó decisivamente en el trazado de las calles que siguen las curvas de nivel, o bien trepan por las cuestas mediante escalinatas. Las zonas más antiguas están atravesadas por “traboules”, que son calles muy estrechas que separaban los edificios de los Canuts, obreros de la seda, facilitando así la circulación. Ellos tenían allí sus telares manuales que luego fueron reemplazándolos por los mecánicos. En el sector oriental del Ródano se extiende una amplia llanura donde el plano se convierte en ortogonal predominando la edificación más moderna.

Nos quedamos con ganas de permanecer en Lyon unos días más, pero debíamos continuar viaje. A la mañana siguiente partimos rumbo a Münich, en Alemania, pero con conexión en Estrasburgo (Strasbourg), todavía en el lado francés.

En la primera clase, como era nuestro pasaje, viajaba muy poca gente y tenía poco sabor porque predominaban los turistas. Así que en esta oportunidad quedamos enfrentados con una norteamericana que era profesora de francés y pretendía practicar el idioma en el país de origen. No había tenido suerte en todo el recorrido, y si bien yo traté de hablarle en francés, terminamos conversando en inglés porque podíamos hacerlo con mayor fluidez.

Desde Estrasburgo ella continuó viaje hacia Paris y nosotros fuimos hacia el lado contrario. El tren paró muy poco tiempo, pero en el horario previsto; y con doce minutos de diferencia salía el otro rumbo a Munich a tres plataformas de distancia. Así que casi corriendo atravesamos ese espacio y lo alcanzamos.

Si bien no pudimos conocer la ciudad, ya todo era muy distinto, olía de otra manera. Dos culturas diferentes hermanadas en una frontera con una historia muy particular. Y nosotros dispuestos a conocerla.

 

 

Ana María Liberali