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Asunto:NoticiasdelCeHu 287/12 - ¿Amansados o alienados?
Fecha:Sabado, 16 de Junio, 2012  17:55:50 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 287/12
 
 

 

 

¿Amansados o alienados? Cotidianidad o costumbre

                                                                          

Alfredo César Dachary

 

         Los nuevos lugares públicos son privados, por ello son lugares de consumo, son espacios para poder “integrarse”, cuando se puede consumir; allí todos somos iguales ante la caja, todos pagamos de igual manera con tarjeta, y todos asimilamos el gasto con estoicismo, porque discutir es pensar que no puedes pagar lo que el resto consume; será “mal visto”.

         El hotel, antes lugar de alojamiento, hoy es muy importante como zona de encuentros para desayunos, lugar de trabajo en reuniones y conferencias, entre otras cosas.

Allí se ven a los empleados, todos con sus nombres, otros con gafetes de identificación y la gran mayoría, con la marca que les deja la pulserita, ese artefacto que abre puertas o cierra salas a los las usan. Otros no huéspedes tienen gafetes que justifican que están allí por unos días aunque no se alojen, también consumen y son bienvenidos.

Todos estamos uniformados, primero con un distintivo, como en una gran fábrica, ya que éste habla por nosotros, dice que estamos haciendo y que podemos hacer por otros; nos dice el lugar en la escala jerárquica, el cual va asociado con los uniformes, expresión de niveles diferentes.

Todos uniformados, todos ordenados, todos amansados; con la tarjeta de la puerta accedemos al elevador, con la misma tenemos energía en la habitación, es una especie de llave que nos permite movernos en este espacio acotado y ordenado.

Todos contentos, los que trabajan porque tienen trabajo, los que están por otros motivos porque también tienen trabajo y el estar allí es una muestra de ello, todos ordenados, todos vigilados, una cámara nos graba en los espacios comunes, ya que son públicos operados por privados.

A su vez, la gente que no es de la planta también se uniforma de funcionario o profesional para lo cual es fundamental el traje, de turista o viajero de paso, donde la formalidad no es necesaria, los otros curiosos, como yo, no nos toca disfraz porque no tenemos puesto en la comparsa de la vida.

En el otro espacio común público pero privado, como es el aeropuerto, allí los uniformes y gafetes son la primera prioridad. La seguridad, el nuevo diablo del siglo XXI, que emergió con fuerza en Estados Unidos con el tristemente célebre 11-S, impuso una nueva conducta, la cual la acatamos como buenos borregos sin más duda que la de saber que es una forma de controlarnos y amansarnos.

Las largas filas a veces inhumanas, luego los filtros de revisión hechos por empresas privadas que asumen el rol de públicas; ejércitos de particulares o seguridad privada son la expresión del nuevo uniformado, que pretende ser lo que no es porque la función que hace es un derecho del Estado: revisar al ciudadano y decidir si viaja o no.

El aeropuerto parece un gran sambódromo, donde los uniformes nos hablan de un número indeterminado de empresas de seguridad, de policías, de diferentes órdenes y niveles, de distintas jurisdicciones, donde la diferencia de los uniformes le da junto al de las azafatas y pilotos un mar de colores y gustos distintos.

El aeropuerto público, pero manejado por privados, es un lugar de servicios pero ya diluido en servicios comerciales, ya que todo se vende, o sea, es consumo y todo cuesta casi el doble que en el exterior, incluido los taxis, es un ghetto al cual se accede sólo si uno viaja o acompaña a un viajero, algo complicado, porque como es privado no hay servicios públicos, por ejemplo: estacionamiento gratuito, aquí todos se vende, excepto el aire, hasta ahora.

El aeropuerto es el paraíso de la comida chatarra, aunque en una buena presentación y un precio elevado para hacernos pensar que son de diferente calidad, allí también existe el socialismo, la gente consume y los empleados también, o sea, no hay limitaciones en el momento, eso ocurre al final del día cuando hacen el recuento.

El aeropuerto es un gran centro comercial, que además de ello sirve para abordar o arribar de un vuelo, es el comercio perfecto, los clientes están cautivos, mucho más cuando, mayoritariamente hay demoras en los vuelos y el pasajero aburrido se pone a gastar, el único deporte que no tiene bandera ni país, es universal y ahora es casi genético.

Allí lo público operado por privados se hace sentir a cada momento, el Wifi, que debería ser masivo es restrictivo y en muchos aeropuertos se abre a través de una tarjeta; la tarjeta mágica de un hotel como llave de servicios es casi como llave de consumo.

Los lugares de consumo operan como franquicias, que asociadas a una arquitectura moderna global, nos hacen pensar que estamos donde queremos, es todo un ejercicio de imaginarios, consumo de alimentos en franquicias mayoritariamente de comida poco saludable, por ser amable, espacios similares, carteles comunes, a veces ni siquiera diferenciados por el idioma porque están en ambos el local y el global; es un espacio público acotado para el consumo privado.

El tercer lugar común o “no lugares” es el mall, esa isla paradisíaca donde todo es diferente, ya no es la gran tienda sola, la idea es un día de campo pero de consumo, total se camina y uno presume que está haciendo gimnasia, a veces hay también centros de esta actividad.

Allí los espacios públicos, que son privados actúan como tal, vasos comunicantes ya que no están previstos para parar, porque se corta la aventura de comprar, el deporte de consumir, por eso se rellenan con “islas” de ventas de cosas más pequeñas o cafeterías u otros lugar de consumo.

Allí hay cines, un atractivo más del centro comercial, que tuvo su gran desarrollo y función en las grandes ciudades de Estados Unidos, que durante los largos y fríos inviernos permitían al cliente hacer muchas actividades, siempre y cuando las pueda pagar, sin salir de éste y enfrentar el clima.

En los centros turísticos de sol y playa es al revés, se entra para evitar el gran calor de la calle pública, que no le han puesto aún aire acondicionado, aunque en muchos casos si cámaras para filmar al peatón, por “seguridad”.

Los cines y los bancos, los aeropuertos y los hoteles son para todos los que pueden consumir, pero aunque algunos dicen que ya todos somos iguales con la tarjeta, hay otras tarjetas que hacen la diferencia. Por ejemplo, en los bancos, las tarjetas de cliente distinguido permiten hacer una reducida fila y realizar fácilmente los trámites con un tratamiento más amigable.

Las tarjetas de las aerolíneas también generan diferentes formas de trato y servicio, y las mismas de los grandes bancos más éstas generan una división en el espacio público privatizado de la sala de espera al separar a los clientes “distinguidos” en las salas VIP´s.

Estas diferencias que siempre han existido, a veces más violentas otras menos agresivas, pasan a los cines de los grandes centros comerciales, nuevos lugares de consumo, donde los que van a ver una película no quieren perder el tiempo sin consumir también además de papitas y otros alimentos basura, café sándwiches, etc; el bar y el cine un solo negocio, falta nos vendan productos por los pasillos de la sala en los ratos en que no hay film.

Consumir es la única meta del hombre moderno, comenzando por su tiempo, cada día la gente tiene menos tiempo porque quiere tener participación en su mundo para lograr mejor posicionamiento en esa escalera que sube y baja que es la vida.

Entre el celular, los auriculares, la computadora o la tableta y algún otro artilugio, al homo consumidor, no se deja un espacio libre para pensar, “antigua costumbre”, necesita ocupar todos los tiempos posibles y crear nuevos para no perder nada de esta gran feria.

Por ello, lo privado y lo público se terminan diluyendo; ya hoy todo es público incluido nuestra vida privada expuesta en una red social y, si se es conocido, seguida por fans; todo es un gran espectáculo, montado con un fin: el de consumir, pero con una meta: el de alienar, con una dirección: la de amansar a este hombre que inicialmente fue el homo sapiens, luego el homo faber, hasta llegar al homo ludens; la vida en juego.