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Asunto:NoticiasdelCeHu 401/03 - Nigeria: estado fallido al borde del caos
Fecha:Jueves, 8 de Mayo, 2003  21:06:31 (-0300)
Autor:Humboldt <humboldt @............ar>

Bebida de limón

NCeHu 401/03

NIGERIA


 
Por: Juan Carlos Galindo (AGENCIA DE INFORMACION SOLIDARIA)
(Fecha publicación:04/05/2003)

 
 
Nigeria es un país clave en el equilibrio de fuerzas africano, una potencia regional, un gigante demográfico y militar con una ingente cantidad de recursos por explotar que garantizan al general de turno la complacencia de las potencias occidentales.

Sin embargo, el Estado nigeriano se encuentra al borde de la descomposición y la guerra civil, sobreexplotado y extasiado, infinitamente corrompido. A partir de ahora, el fracaso de las elecciones democráticas abre todo un abanico de nefastas posibilidades. El general nigeriano Olusegun Obasango renovó su mandato presidencial hasta 2007 al obtener un 61,9 por ciento de los votos en las elecciones celebradas el 19 de abril en Nigeria. Su principal rival y líder de la oposición islamista, el también general Muhammadu Buhari, habría obtenido un 32,1 por ciento de los votos en unos comicios marcados por las evidencias de fraude y manipulación. Terminó así un mes caracterizado por la inestabilidad, la incertidumbre y la violencia étnica, política y religiosa que asolan Nigeria, tras el cual se inicia una nueva etapa marcada en todo caso por la amenaza de enfrentamiento civil y la quiebra definitiva del Estado.

Nigeria es un país con 120 millones de habitantes cuya esperanza de vida apenas sobrepasa los 50 años, en el que uno de cada cuatro niños padece malnutrición y donde sólo el 40 por ciento de la población tiene acceso al agua potable.

Pero Nigeria es sobre todo un país que se devora a sí mismo. En la actualidad su producción de petróleo supera los dos millones de barriles al día de los que exporta 1,8 millones. Esto le sitúa entre los 10 primeros exportadores de crudo del mundo. Al ritmo actual de explotación, los yacimientos conocidos de petróleo nigeriano se agotarán en 2040. Sin embargo, lejos de preservar sus limitadas reservas, el gobierno del general Obasango se ha lanzado a una loca carrera para aumentar su cuota producción en la Organización de Países Productores y Exportadores de Petróleo (OPEP).

La razón para buscar esta sobreexplotación de los recursos es evidente: las ventas de crudo suponen el 96 por ciento del valor total de las exportaciones y más del 75 por ciento de los ingresos del Estado. Sin embargo, a pesar de los enormes beneficios, el 66 por ciento de la población vive, según cifras oficiales, con menos de un dólar al día y su renta per cápita (inferior a los 370 euros) queda lejos incluso de la media africana.

El esquema de Estado fallido, inestable y pobre, un Estado que dilapida sus propios recursos y se muestra incapaz de gestionarlos se ve fortalecido por tres aspectos esenciales: la existencia de bandas armadas que aprovechan la situación para traficar con el petróleo robado de los oleoductos; la corrupción (Nigeria ocupó en 2002 la segunda posición en la clasificación de los Estados más corruptos del mundo publicada por Transparency International) y los enfrentamientos religiosos. Estos últimos se muestran como la máxima expresión de los problemas y miedos que amenazan el presente y el futuro del país.

Sólo en los últimos cuatro años más de 10.000 personas han muerto como resultado de la violencia étnica y religiosa. La adopción en 2000 de la Sharia o ley islámica por 12 estados del norte del país, de mayoría musulmana pero con importantes minorías cristianas, desembocó en graves enfrentamientos entre ambas comunidades y provocó miles de desplazados. La violencia generada últimamente entre etnias del sur del país aporta un nuevo matiz al complejo entramado de relaciones existente en Nigeria. Los ijaws, tribu situada en el Delta del Níger (auténtico filón de oro negro de donde se extrae la mayor parte del petróleo nigeriano) protestan por el trato de favor del gobierno hacia otras tribus rivales. Pero además solicitan importantes compensaciones a las compañías petroleras por su destrucción del medio ambiente, cometida con el beneplácito y la colaboración de todos los gobiernos nigerianos desde la independencia del país en 1960. Los enfrentamientos interétnicos obligaron a Chevron Texaco, Total Fina Elf y Royal Ducht Shell a cerrar sus pozos y la producción se vio reducida en 800.000 barriles al día.

En este contexto, el presidente Obasango se presentaba a la reelección con un mísero balance económico, financiero y social, acentuado por su incapacidad y desidia a la hora de adoptar medidas para solucionar los graves enfrentamientos sociales. El líder del islamista Partido de todos los Pueblos de Nigeria no presentaba un balance mucho más positivo. M. Buhari ya dirigió el país entre 1983 y 1985 después de un golpe de Estado que derrocó al único presidente civil y elegido democráticamente en la historia de Nigeria, Sehu Shagari. El resto de los grandes candidatos, un general que fue ministro de Asuntos Exteriores durante la dictadura de Babangida y otro militar, el general Ojukwu, uno de los responsables de la guerra civil que, entre 1967 y 1970, provocó más de un millón de muertos en Nigeria. Cuatro militares para un cargo civil en un sistema dirigido y tutelado por un ejército omnipresente. A la expectativa, el general y ex dictador Ibrahim Babangida, auténtico poder en la sombra y uno de los hombres más ricos del país.

El triunfo por mayoría absoluta de Obasango abre un periodo de enorme incertidumbre. La oposición se niega a reconocer los resultados y Buhari, partidario de la creación de una república islámica en Nigeria, anunció importantes movilizaciones. El fraude electoral es más que evidente. Los observadores internacionales declararon la existencia de papeletas falsas, el cambio de urnas, amenazas e intimidaciones y cifras de participación imposibles. La Unión Europea vuelve a realizar un ejercicio de surrealismo: sus observadores denuncian todo tipo de irregularidades y manipulaciones para al final admitir la legitimidad de los comicios. Mientras, Estados Unidos guarda silencio y fortalece su presencia en la zona. Desde la llegada de Obasango al poder, en 1999, la ayuda militar de los Estados Unidos ha pasado de 7 a 100 millones de dólares al año y recientemente envió dos navíos de guerra al gobierno nigeriano para que garantice la seguridad de los pozos petrolíferos. La razón es sencilla: en tan sólo un año Estados Unidos ha aumentado en más de un 50 por ciento sus compras de crudo nigeriano hasta alcanzar los 800.000 barriles al día.

Nigeria es un país clave en el equilibrio de fuerzas africano, una potencia regional, un gigante demográfico y militar con una ingente cantidad de recursos por explotar que garantizan al general de turno la complacencia de las potencias occidentales. Sin embargo, el Estado nigeriano se encuentra al borde de la descomposición y la guerra civil, sobreexplotado y extasiado, infinitamente corrompido. A partir de ahora, el fracaso de las elecciones democráticas abre todo un abanico de nefastas posibilidades.


Fuente: ARGENPRESS.info, del 4 de mayo de 2003.