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Asunto:NoticiasdelCeHu 281/12 - VIAJANDO: En la Ciudad Luz
Fecha:Jueves, 14 de Junio, 2012  02:12:10 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 281/12
 

 

 

En la Ciudad Luz

 

Procedentes de Londres llegamos en vuelo de British Airways a Paris, la mundialmente llamada Ciudad Luz. Tal vez sea la ciudad más conocida por quienes nunca fueron, y sin dudas, la más admirada. Y yo no era la excepción. Venía acumulando interés tanto por todo lo trasmitido a través de los medios: paisajes, obras de arte, música, arquitectura, colecciones de moda, líneas de cosmética y perfumería…, pero por sobre todo, lo estudiado en las clases de Historia y Geografía desde la escuela secundaria, incentivado más aun por mis libros de la Alianza Francesa. Y los textos con los cuales me formé en la universidad como los de Albert Demangeon, Pierre George, Henrie Lefebvre,  terminaron  por aumentar aún más mis ansias por estar allí.

Nos hospedamos en el Centro de la ciudad, en un hotel antiguo, con los típicos balcones franceses, y mucha ornamentación en la fachada. La habitación muy amplia, con baño privado, pero sin ducha. Ese lujo era compartido. En París el agua era muy cara y existían estrictos controles en su utilización. De ahí que hubiera duchas públicas donde se pagara por cantidad de agua utilizada, lo que explica que los franceses fueran tan afectos a los perfumes.

Era temprano, la mañana estaba agradable, por lo que dejamos el equipaje, y salimos a recorrer la ciudad. Tomamos el metro y nos bajamos en la estación Palais Royal-Musée du Louvre. Al bajar nos encontramos en una enorme explanada ante un conjunto monumental que incluía jardines, galerías y un teatro.

Estábamos exactamente en el lugar por donde había pasado gran parte de la historia de Francia, ya que entre los años 1780 y 1837, el Palais Royal (Palacio Real) se había transformado en el centro de las intrigas políticas y sociales de París, tal cual la "jabonería de Vieytes" en Buenos Aires, en los tiempos previos a la Revolución de Mayo de 1810. En él estaba uno de los cafés más populares de la época, donde el 12 de julio de 1789, el joven Camille Desmoulins se subió a una de las mesas y anunció a la multitud que la corona había llegado a su fin. Dos días más tarde se produjo la toma de la Bastilla.

Tras la restauración de los Borbones el Duque de Orléans retomó el control del Palacio; y durante la Revolución de 1848 el edificio fue atacado y saqueado. En el período del Segundo Imperio Francés, fue la vivienda del Príncipe Napoleón, primo de Napoleón III. Y posteriormente tuvo funciones científicas y artísticas, siendo la principal, la de museo.

En el sector norte del Palacio Real se encuentra el Museo de Louvre, uno de los más importantes del mundo no solo en cuanto a bellas artes sino también a arqueología. Su apertura en 1793 significó la nacionalización de las colecciones privadas de las clases dirigentes para ser exhibidas en galerías de carácter público, sin limitación ni regulación alguna. Una de las obras más destacadas que se alberga allí, es La Gioconda de Leonardo da Vinci. Pero a pesar de todo esto, no entramos. En parte por la cantidad de gente en plena época de vacaciones del hemisferio norte, pero fundamentalmente porque cuando arribamos por primera vez a una ciudad tratamos de no encerrarnos demasiado y salir a conocer la realidad del presente; y en este caso, debiéramos haber estado todo un día entero para poder ver casi nada.

Permanecimos observando la arquitectura de los edificios, y la famosa pirámide de cristal que había sido inaugurada en 1989, diseñada por el arquitecto Ieoh Ming Pei, para centralizar el acceso de los visitantes. A pesar de que muchos gustan de ella, nos pareció decididamente fuera de lugar para el conjunto. Desentonaba  totalmente, tal cual un cartel de neón en un edificio gótico.

Tomamos algunas fotografía en el Jardín de las Tullerías, donde hasta 1870 existía un palacio que fuera incendiado durante los hechos de la Comuna de París, primer ejemplo concreto de una dictadura del proletariado en que el Estado fuera abolido.

Desde allí salían varias excursiones a bordo de micros con el techo descubierto, pero preferimos hacer el mismo recorrido a pie. Así que caminamos hasta ingresar a la Plaza de la Concordia por su sector oriental. Ese fue el lugar central durante la Revolución Francesa, en julio de 1789. El nombre originario era Plaza Luis XV, pero luego de que su estatua fuera derribada de su pedestal y enviada a fundición, fue rebautizada con el nombre de Plaza de la Revolución. Precisamente allí fue instalada la guillotina que hiciera rodar más de mil cabezas, entre ellas las de Luis XVI y María Antonieta. Y con el fin del período del Terror, el gobierno decidió cambiarle nuevamente el nombre, quedando así como Plaza de la Concordia (Place de la Concorde).

En medio de esta plaza se encontraba el famoso Obelisco de Luxor. Nos preguntábamos qué tendría que ver algo tan ajeno a la historia del país. La respuesta fue que en 1830, Mohamad Ali, valí de Egipto, le donó a Francia ese obelisco que marcaba la entrada del templo de Aman en Luxor; y que la decisión de Luis Felipe I de elegir un monumento sin ninguna vinculación con la historia nacional estaba destinada a impedir las querellas y las tentativas de apropiación de ese lugar de la Revolución Francesa por una u otra facción.

Al norte y al sur del obelisco se encuentran dos fuentes de inspiración romana con motivos marinos, como sirenas que tienen en sus manos pescados dorados que largan chorros de agua; y ocho estatuas que representan ciudades francesas. Desde ese lugar pueden verse el Louvre, el Arco de Carrusel, los Campos Elíseos y, a lo lejos, el Arco del Triunfo.

Después de un buen rato, nos dirigimos hacia los Campos Elíseos (Champs-Elysées), imponentes jardines atravesados por la avenida del mismo nombre. ¡Qué desastre era eso! Nunca había visto algo tan sucio. Todos los tachos de basura estaban repletos y el césped estaba plagado de botellas y envases de todo tipo, además de papelitos y objetos varios. Lo que había ocurrido era que estábamos en julio del ’96 y el día anterior había finalizado allí, como era tradición, la 83ra. prueba de ciclismo conocida como el Tour de Francia, que había comenzado tres semanas antes en los Países Bajos. Y había sido tal la cantidad de gente que se había concentrado, que todo desbordó y no habían alcanzado aun a ordenar aquello. A los franceses el ciclismo es lo que más los apasiona, existiendo revistas especializadas y programas de radio y televisión tal cual como en Argentina ocurre con el fútbol.

Y como continuaban las tareas de limpieza y no podíamos disfrutar de ese paseo, doblamos por la calle donde se encuentran el Grand Palais des Beaux-Arts (Gran Palacio de las Bellas Artes) y el Petit Palais. Ambos palacios se construyeron para albergar la Exposición Universal de 1900 y se destacan por su rica decoración. A lo largo del siglo XX el Gran Palacio fue destinado tanto a exposiciones de arte, como de ciencia actividades comerciales.

Cruzamos el río Sena por el Puente Alejandro III, el más largo de la ciudad. La primera piedra fue puesta por el Zar Nicolás II de Rusia en 1896 y se inauguró también durante la Exposición Universal de 1900, pasando a ser monumento histórico en 1975.  Nos impactó su abundante ornamentación que incluía pegasos de bronce, leones, querubines, ninfas y caballos alados, guirnaldas de conchas y flora marina; y en sus extremos, cuatro esculturas que representaban “La Francia de Carlomagno”, “La Francia Contemporánea”, “La Francia de Luis XIV” y “La Francia Renacentista”. Y como muestra de la alianza franco-rusa el puente contaba con estatuas de “Las Ninfas del Sena” representando a Francia, y de “Las Ninfas de Néva”, haciendo lo propio con Rusia. Y a la noche se iluminaba mediante cuatro farolas de estilo art nouveau y treinta y dos candelabros de bronce. ¡Impresionante!

Llegamos así a la Explanada des Invalides donde tuvimos a nuestro frente el Palacio Nacional de los Inválidos (Hôtel National des Invalides), que también estaba rodeado de jardines. Se trataba de un complejo arquitectónico del siglo XVII creado originariamente como residencia real para soldados y militares franceses retirados, lisiados o ancianos. Pero posteriormente se convirtió en un área que albergaba diversas instalaciones museísticas y religiosas así como diferentes servicios y dependencias para antiguos combatientes. En 1840 se depositaron allí los restos de Napoleón Bonaparte, conteniendo también los restos de su hijo Napoleón II y de su hermano Napoleón José I de España, así como los de varios mariscales.

Ya era el mediodía y el sol pegaba muy fuerte. Por lo tanto, tomamos la arbolada Avenue La Motte Picquet y  buscamos un lugar donde almorzar. Conseguimos una pequeña mesita libre porque todo estaba lleno de gente. Muchos eran empleados de las oficinas del Centro pero también los turistas colmaban los espacios. La comida, riquísima. Yo aproveché para pedir esas clásicas combinaciones agridulces que tanto me gustan, acompañadas con pan francés. Y el postre, una exquisitez: frutas acarameladas con crema chantilly. Lo más parecido a lo que estábamos acostumbrados a comer en los buenos restoranes de Buenos Aires.

Continuamos la recorrida pasando por la Escuela Militar, institución que fuera encargada por Luis XV para centro de formación de jóvenes y adaptada para escuela de cadetes. El edificio cuenta con tres alas, siendo la central más elevada y coronada por una cúpula. Y le sigue un enorme jardín de casi ochocientos metros de largo por más de  doscientos de ancho, llamado Campo de Marte (Champ-de-Mars), que fue concebido como área de maniobras militares en el final del siglo XVIII y posteriormente ha sido centro de manifestaciones, carreras de caballos, primeras ascensiones en globo, sede de pabellones temporales de exposiciones, lugar de paseo y de espectáculos de rock. Y desde allí, a lo lejos, vimos en toda su dimensión a la torre Eiffel, y lentamente caminamos hacia ella.

¡La famosa Torre Eiffel! El ícono por excelencia de la ciudad, con una estructura de más de trescientos metros de altura, siete mil toneladas de acero, más de dos millones de remaches y una escalera de mil seiscientos veinticinco peldaños. Pero cuando la vi, pensé lo mismo que gran parte de los artistas franceses de fines del siglo XIX cuando se construyó con motivo de la Exposición Universal de 1889, como festejo del Centenario de la Revolución Francesa. Ellos la veían como un monstruo de hierro. Decía el escritor Henry Guy de Maupassant: “Esta pirámide alta y flaca de escalas de hierro, esqueleto gigante falto de gracia, cuya base parece hecha para llevar un monumento formidable de Cíclopes, aborto de un ridículo y delgado perfil de chimenea de fábrica…” Sin duda Gustave Eiffel era ingeniero, y sus diseños suelen tener esas características. Matemáticamente perfectos pero insulsos. Sentí una gran decepción. Y al margen de las cuestiones estéticas, no me trasmitía absolutamente nada…, no me emocionaba… Tampoco se prestaba para subir y ver la ciudad desde allí, porque estábamos en temporada alta por lo que las filas eran interminables.

Como toda gran obra, en su época produjo tanto amores como odios, y si bien al principio muchos parisinos la visitaban, luego perdió su atractivo. Pero en 1944, la torre logró sobrevivir a un incendio provocado por las autoridades alemanas durante la ocupación de Francia, y fue utilizada para comunicarse con las tropas, primero por la Wehrmacht y luego por los Aliados durante la Liberación de París. Y desde entonces sus principales funciones son la de antena para emisión de programas radiofónicos y televisivos, y de atractivo turístico internacional.

Volvimos a cruzar el Sena por el Pont d’léna y llegamos al Jardín de Trocadero. Y como ya para ese momento la temperatura había subido considerablemente, tuvimos que hacer una parada para hidratarnos. Pero a mí también me faltaba azúcar, así que tuve que recurrir a una Coca Cola, que era proporcionalmente más cara que un vaso de un buen vino. Así que nos sentamos en esas típicas mesitas redondas de los bares de la elegante avenida Kléber y descansamos un rato mientras veíamos pasar a la gente, que si se trataba de franceses, seguro iban con sendos perros.

Y después continuamos caminando hasta el Arco del Triunfo, homenaje de Napoleón a su ejército en la Plaza Charles de Gaulle. Hasta 1970 se denominaba Place de l’Etoile (Plaza de la Estrella) ya que desde allí doce avenidas hacen que la plazoleta tenga esa forma.

Tomamos la Av. de los Champs Elisses, pasamos por el Lido, famoso cabaret parisino, por la Avenue Gabriel, por la Embajada de los EEUU, y al llegar a la Place de la Concorde, doblamos por la Rue Royale, una corta calle que llega hasta la Place de la Madelaine, donde se enccuentra la famosa iglesia de estilo neoclásico, que llama la atención por su forma de templo romano.

Y en el número tres de la calle Real (rue Royale) encontramos el afamado restorán Maxim’s, fundado en 1893, lugar de encuentro de la Belle Époque. Durante la ocupación alemana era el preferido de los oficiales, y tras la liberación de Paris se mostraron en sus mesas, entre otros, Aristóteles Onassis y María Callas. En 1981 lo compró Pierre Cardin y sin modificar su estilo lo llamó Maxim’s de Paris, ya que abrió sucursales en otras distinguidas ciudades del mundo. Un plato a la carta suele costar alrededor de 250 U$S.

Regresamos al hotel y luego de reponernos un poco, fuimos nuevamente al Trocadero. Ya de noche, la torre Eiffel iluminada sí me resultó impactante. Y esperaba escuchar en el lugar alguna de las tantas canciones que Charles Aznavour le dedicara a Paris o aquel tema de Edith Piaf “Sous le ciel de Paris” (Bajo el Cielo de Paris), y que dice así:

 

 

Sous le ciel de Paris
            S'envole une chanson
            Hum Hum
            Elle est née d'aujourd'hui
            Dans le coeur d'un garçon
            Sous le ciel de Paris
            Marchent des amoureux
            Hum Hum
            Leur bonheur se construit
            Sur un air fait pour eux

            Sous le pont de Bercy
            Un philosophe assis
            Deux musiciens quelques badauds
            Puis les gens par milliers
            Sous le ciel de Paris
            Jusqu'au soir vont chanter
            Hum Hum
            L'hymne d'un peuple épris
            De sa vieille cité

            Près de Notre Dame
            Parfois couve un drame
            Oui mais à Paname
            Tout peut s'arranger
            Quelques rayons
            Du ciel d'été
            L'accordéon
            D'un marinier
            L'espoir fleurit
            Au ciel de Paris

            Sous le ciel de Paris
            Coule un fleuve joyeux
            Hum Hum
            Il endort dans la nuit
            Les clochards et les gueux
            Sous le ciel de Paris
            Les oiseaux du Bon Dieu
            Hum Hum
            Viennent du monde entier
            Pour bavarder entre eux

            Et le ciel de Paris
            A son secret pour lui
            Depuis vingt siècles il est épris
            De notre Ile Saint Louis
            Quand elle lui sourit
            Il met son habit bleu
            Hum Hum
            Quand il pleut sur Paris
            C'est qu'il est malheureux
            Quand il est trop jaloux
            De ses millions d'amants
            Hum Hum
            Il fait gronder sur nous
            Son tonnerr' éclatant
            Mais le ciel de Paris
            N'est pas longtemps cruel
            Hum Hum
            Pour se fair' pardonner
            Il offre un arc en ciel

 ¡Pero no! estaba altisonante una canción de Ricky Martin que no tenía nada que ver. ¡Otra decepción!

Caminamos por los Jardines del Trocadero, cruzamos el Sena por el puente d’Léna y llegamos hasta la base de la torre Eiffel. Saqué varias fotos y continuamos el paseo por la Av. Gustave Eiffel, doblamos por la Av. Elisée Reclus, por la avenida Rapp hasta la Rue de l’Université y seguimos derecho hasta el boulevard Saint-Germain, donde tomamos el subte en la estación Assemblée Nationale, para regresar a nuestro hotel. Y para nuestra sorpresa, de noche el ambiente era bastante pesado. Muchos jóvenes con cara de pocos amigos, y en más de un caso, drogados.

Al día siguiente volvimos a tomar el metro, nos bajamos en la estación Saint-Michel, y cruzamos por el puente del mismo nombre a la Isla de la Ciudad (Île de la Cité). Se trata de una isla en medio del río Sena, que es considerada el corazón de Paris, y para algunos historiadores, su origen. En ella hay varios edificios paradigmáticos de diferentes momentos históricos, pero el que más nos atrajo fue el de la Catedral de Notre Dame, concluida en el siglo XIV.

Nos quedamos un buen rato admirándola y tomando fotos desde la Plaza Parvis, exactamente esa donde Juan Pablo II celebrara misa en 1980. La iglesia es de estilo gótico y fue centro de incontables hechos históricos como la coronación de Enrique VI de Inglaterra durante la Guerra de los Cien Años, la coronación de Napoleón como Emperador de Francia, la beatificación de Juana de Arco, fue “Templo de la Razón” en la Revolución, vio desfilar las tropas de Hitler, y escenario de una famosa novela de Víctor Hugo.

Volvimos a cruzar por el Pont de l’Archêveché (Puente del Arzobispado) y subimos a una lancha con la que hicimos un paseo a lo largo del Sena desde donde pudimos tener nuevas vistas de la ciudad y de edificios cuya arquitectura era de estilos diversos así como de diferente antigüedad. Al regresar al muelle, caminamos por la ribera y encontramos muchos artistas pintando o escribiendo poemas y también muchos puestos de venta de libros usados.

Pasamos por el Instituto del Mundo Árabe y continuamos bordeando el río hasta doblar por la calle Cuvier, donde se encontraba la Universidad Pierre et Marie Curie, entre otros tantos centros académicos, ingresando así al Barrio Latino.

El Barrio Latino es un lugar que se destaca por la cultura y la diversión, ya que está poblado por estudiantes de las universidades cercanas. Por lo tanto, también abundan las librerías, los cines, las tiendas de moda, y los restoranes son más baratos que en otras partes. Así que habiendo pasado ya el mediodía decidimos almorzar en uno de esos lugares que atendían en la calle.

Ahí la gente concurría con sus enormes perros, muchos de ellos grandes y lanudos, y los ubicaban en el mejor de los casos, debajo de las mesas. Pero otras veces, sobre las sillas con el plato sobre la mesa. Si los franceses no se bañan, ¡menos lo hacen con los animales! Así que el olor era realmente insoportable. Pero de todos modos nos quedamos porque estábamos cansados y hambrientos.

Y después continuamos con nuestro periplo recorriendo la zona donde se encontraban los principales edificios de la Universidad de París – La Sorbona, que es una de las más prestigiosas del mundo. Luego nos dirigimos al Boulevard Saint-Germain, precisamente a la Sociedad de Geografía, la primera del mundo, ya que data de 1821, siendo Alexander von Humboldt uno de sus miembros fundadores. Allí nos recibió muy amablemente su presidente, el Dr. Jean Bastié, a quien le hicimos conocer MERIDIANO, la Revista de Geografía cuya presentación era el leitmotiv de nuestro viaje. Conversamos un largo rato sobre temas geográficos y muy especialmente sobre el estado de la Geografía en Francia y en Argentina. Nos mostró algunos ejemplares valiosos de la biblioteca, y nos entregó la revista que la Societé publicaba regularmente. La entrevista fue muy fructífera ya que mantuvimos un rico intercambio desde entonces.

El boulevard Saint-Germain, una especie de avenida Corrientes en Buenos Aires, tenía un ritmo muy acelerado debido a la diversidad de actividades que allí se desarrollaban, entre ellas, las grandes librerías a las que acudimos en busca de libros sobre diferentes geografías del mundo.

Y cuando se hizo de noche, volvimos al Barrio Latino a cenar en las mesas de la calle escuchando a diferentes cantores que se sucedían uno a otro, demostrando sus habilidades y pasando luego la gorra.

Y después de un largo día…, ¡a dormir! Porque a la mañana muy temprano debíamos estar en la estación Paris Austerlitz para tomar el tren que nos llevaría a Madrid.

 

 

Ana María Liberali