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Asunto:NoticiasdelCeHu 237/12 - VIAJANDO: De San Francisco a Moscú
Fecha:Sabado, 19 de Mayo, 2012  07:06:21 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 237/12
 
 

De San Francisco a Moscú

 

Finalizada mi actividad académica en Arcata, regresé a San Francisco nuevamente por carretera. Y al coincidir con el comienzo del verano, la ruta 101 Redwood que pasaba por el Parque Nacional del mismo nombre, estaba cargadísima de autos y casas rodantes de quienes elegían California para pasar sus vacaciones.

El paisaje era muy bonito, un angosto y alargado valle bordeando la Cadena de la Costa; pero me pareció insólito que se talaran indiscriminadamente gran parte de los bosques de la región. Sinceramente creía que eso era solo una consecuencia de las necesidades imperiosas de los países subdesarrollados, pero evidentemente para ciertos tipos de producción con características mineras, no hay fronteras.

Luego pasamos por una zona de desarrollo industrial de alta tecnología y finalmente llegamos a San Francisco donde permanecería unos días para poder conocerla, aunque solo fuera superficialmente.

Me hospedé en un hotel de la cadena Red Roof. Esta decisión tuvo que ver con varias cuestiones: la calidad del establecimiento, los bajos precios relativos por estar en zona aeroportuaria, y que justamente por tener que volar muy temprano pocos días después, me iba a permitir dormir un poco más.

La ciudad se encuentra en el extremo norte de la península de San Francisco, cuenta con más de cincuenta colinas, muchas de las cuales le dan nombre a los respectivos barrios, y está conectada con tierra firme solo por el extremo sur.  Es alegre, colorida y atrevida. Para mí era un verdadero placer deambularla. Y así pasé casi todo el día.

Su origen data de 1776 cuando los españoles establecieron un fuerte en el Golden Gate y una misión en honor a Francisco de Asís. Al independizarse de España, California pasó a formar parte de México y tras la guerra mexicano-estadounidense, dichos territorios quedaron en poder de los Estados Unidos. Pero fue recién en 1848, cuando la fiebre del oro de California la impulsó a un rápido crecimiento económico y demográfico. La promesa de grandes fortunas era tan alentadora que las tripulaciones de los barcos desertaban e iban a los bancos de oro, dejando el puerto repleto de buques vacíos. Esto a la vez convirtió a la zona de Barbary Coast en lugar de criminales, prostitutas y jugadores empedernidos.

Como toda la zona oeste de América del Norte, San Francisco es altamente sísmica, y en 1906 se produjo un terremoto  de 7,8 en la escala de Richter que paralelamente generó un gran incendio. Se dice que dicho incendio de debió en parte por la rotura de caños de gas y por otra parte, a que muchas casas que eran de madera, estaban aseguradas contra incendio y no contra sismos. Más de tres cuartas partes de la ciudad quedaron destruidas, falleciendo 3000 de los 400 mil habitantes que tenía en ese momento.

La ciudad, además del entorno natural de gran belleza, tiene una historia muy rica que la hace aun más atractiva. Durante la Segunda Guerra Mundial fue el puerto de embarque de las tropas que peleaban en la guerra con Japón; y en 1945 fue redactada y firmada la Carta que creaba las Naciones Unidas.

En los años 50, los escritores de la Generación beat se asentaron en el barrio de North Beach, que era el típico barrio italiano. Su canto a la liberación espiritual derivó hacia una liberación sexual que hizo de catalizador en los movimientos de liberación de la mujer y de los negros, el ascenso de la contracultura hippie e indirectamente a la liberación de los homosexuales. Este movimiento influyó en un gran número de músicos, como por ejemplo, Bob Dylan. Actualmente es el principal barrio rojo, zona de discotecas, locales de striptease, bares y locales de jazz.

En la década del ’60, el movimiento hippie ocupó Haight-Ashbury, llegando a su apogeo en el Verano del Amor en 1967, el famoso festival donde se reunieron más de 200 mil jóvenes de distintas partes del mundo, para celebrar el nacimiento de esa nueva contracultura. John Phillips, perteneciente al grupo estadounidense The Mamas and The Papas, tocó el estribillo de su canción San Francisco, que se convirtiera en el verdadero himno hippie:

If you’re going to San Francisco,

be sure to wear some flowers in your hair…

If you’re going to San Francisco,

Summertime will be a love-in there.

 

El Summer of Love movilizó, además, las protestas de los estudiantes norteamericanos contra la Guerra de Vietman, y estuvo influenciado por la música de The Beatles, con canciones como “All You Need is Love”, y entre otros, se dieron a conocer a escala mundial Jimi Hendrix y Pink Floyd.

Estos movimientos coincidieron con mi adolescencia, y me quedaron grabados para siempre en mi mente, por lo que sentí a la ciudad como muy mía desde un primer momento. Siempre me había identificado con esas posturas y esos temas formaban parte de mi colección discográfica. Todo eso sumado a los típicos tranvías, los carteles en español y a que entre los años 1972 y 1977 veía por televisión la serie policial “Las Calles de San Francisco”, donde se aprovechaban los desniveles urbanos para hacer las clásicas persecuciones con autos, me hicieron sentir la extraña sensación de conocer el lugar desde siempre.

Otro aspecto novedoso es su arquitectura que va desde lo victoriano hasta lo más moderno. En 1972 finalizó la construcción de la Pirámide Transamérica, y en 1980 comenzó la manhattanización de la ciudad, debido a su crecimiento bancario y financiero. Y durante la burbuja punto com, de finales de los ’90, las compañías startup estimularon la economía de San Francisco, aburguesando barrios pobres mediante su instalación. Un verdadero ejemplo de gentrificación. Cerca de San Francisco, también se encuentra el Silicon Valley, gran centro de investigaciones en tecnología y cibernética.

San Francisco es increíblemente cosmopolita, no solo por su condición de puerto y de intensa inmigración, sino por la cantidad de turistas de todo el mundo que la visitan. Los extranjeros representan más de un 35% del total de la población. Un ejemplo lo constituye Chinatown que posiblemente sea la más grande de toda América.

Si bien los ingresos medios son uno de los más altos de los EEUU, y la tasa de pobreza es inferior a la media nacional, los índices de violencia están por encima de las demás grandes ciudades y las personas sin hogar representan la más alta relación per cápita del país.  Son los famosos “homeless”, que forman verdaderas comunidades. De día andan rondando por todas partes, y en ese momento, junio de 2001, subían a los ómnibus o bien en las plazas dedicaban elocuentes discursos en contra de su presidente, que era el republicano George W. Bush. Y al caer la noche se reunían en calles y plazas con sus petates a cuestas y se armaban sendas camas para pasar la noche.

Algo que me llamó la atención fue la cantidad de gente obesa. Si bien es una característica de los EEUU en general, el caso de San Francisco me pareció más destacado. Y eso también se manifiesta en el tamaño de las prendas, siendo que en la mayoría de los locales se cuenta con talla XXXL.

Los tranvías me parecían interesantísimos, no solo por la sensación que sentía al bajar las pronunciadas pendientes, sino también por su significado, su sistema de cables y por el ejemplo de solidaridad que daban todos los pasajeros al bajarse para ayudar a dar vuelta el vehículo al final del recorrido. Pero para recorrer la ciudad de un lado para el otro me resultaba un tanto oneroso, mucho más pensando en todo lo que me faltaba recorrer de este viaje y los dólares que debía cuidar. Por lo tanto, tomé la opción de viajar gratis, que era utilizando los servicios que iban hasta un enorme shopping. La primera vez entré, y como todo shopping, no me atrajo en lo más mínimo; por lo tanto tomé desde allí otro tranvía que iba a otro lugar de la ciudad, y así fui y vine varias veces.

Hice algunas compras en autoservicios populares o bien en lugares dedicados a turistas de menores recursos. Allí pude ver que todo lo que tenía incluida en el diseño la bandera norteamericana era de precio más bajo, fueran toallas, ropa interior, trajes de baño u otro tipo de producto. Alguien me dijo que de esa manera los exceptuaban de ciertos impuestos.

Al otro día fui hasta The Embarcadero y me puse a caminar a lo largo de una calle que iba desde el distrito financiero y de Telegraph Hill hasta Fisherman’s Wharf al oeste, y South Beach al sur. En ese recorrido quise tener una foto y le pedí a un policía gordo y negro que me la tomara y luego, quiso también sacarse una conmigo. ¡Muy simpático y bonachón!

En el centro del barrio está el Edificio Ferry, lugar de salida de ferrys parcialmente reconvertido en centro comercial. Recorrí los negocios de los piers (muelles) y vi cosas insólitas, como por ejemplo medias con colores, inscripciones, apliques y formas raras. Y para incentivar la compra, uno de los carteles decía: “Estas son las medias más ridículas que pueda encontrar.” Algunas de ellas eran diferentes una de otra en el mismo par. Compré algunas, pero las más sobrias entre las ridículas. Solamente aquellas que tenían flores o dibujos divertidos.

Y luego me dispuse a tomar una lancha para hacer la excursión por la bahía de San Francisco. Las aguas estaban sumamente tranquilas y el paseo hasta el puente fue muy agradable. El guía explicó que el sector financiero de San Francisco se consolidó de tal manera, que tras la crisis bursátil de 1929, ninguno de sus bancos quebró. Es más, fue durante la Gran Depresión que San Francisco desarrolló sus grandes proyectos de ingeniería, como el Puente de la Bahía y el Golden Gate, inaugurados en 1936 y 1937 respectivamente.

Y luego de pasar por debajo del Golden Gate, enfilamos hacia la isla de Alcatraz. Y mientras nos indicaban que actualmente se encontraba la ya abandonada prisión, donde estuvo Al Capone,  el faro en funcionamiento más antiguo de la costa oeste de los Estados Unidos, las primeras fortificaciones militares, y entre las características naturales, marismas y una colonia de aves marinas, el mar comenzó a picarse. Era muy extraño porque no había nada de viento. Y de pronto, nos anunciaron que debíamos volver al puerto ya que había anuncio de tsunami. Al llegar nuevamente al pier, encontré que todos los locales habían cerrado y la orden era alejarse del mar. Yo tenía que viajar a la mañana siguiente y por lo tanto me fui al hotel donde estaban dando todas las instrucciones para caso de sismo. Eso significó que durmiera con mucha tensión y el televisor encendido para tener presente cualquier novedad. Y recién al amanecer levantaron la señal de alerta ya que la onda expansiva del sismo producido en el Pacífico no había llegado a la costa norteamericana, aunque sí a la peruana.

A la mañana siguiente con el vehículo del hotel fui hasta el aeropuerto, pero sin ganas de alejarme de esta increíble ciudad, ya que junto con Río de Janeiro y Barcelona pasaba a ocupar el lugar de mis preferidas paisajísticamente hablando, sumándosele en ésta también el tipo de sociedad. San Francisco es la máxima expresión de la contracultura estadounidense. Y esa idea de libertad es lo que está presente a cada instante. Todo lo que se hiciera parecía estar bien. ¡Y eso me encantó!

Si bien mi destino final era Moscú, para la asistencia a un Congreso sobre América Latina, primeramente debía volar a Nueva York en American Airlines, ya que Bristish Airways no tenía permiso para llegar hasta San Francisco. Y a pesar de la mala atención de la empresa norteamericana, disfruté muchísimo el viaje por haber volado sobre las Rocallosas, el valle del Mississippi y los Grandes Lagos. Pude observar como si se tratara de un mapa el gran desierto de los Estados Unidos y el cambio de paisaje a medida que avanzábamos hacia el este. ¡Todo lo que había estudiado por primera vez en el tercer año de la escuela secundaria!, y que ya me había sorprendido desde la imaginación. Tardamos ocho horas. Habíamos salido a las seis de la mañana hora de California y atravesado varios husos horarios, por lo que ya eran casi las cinco de la tarde hora de Nueva York. No hice más nada que cambiar de aeropuerto y de avión.

Tomé el vuelo de British Airways que saldría a poco más de una hora rumbo a Londres, mi siguiente escala. En ese tramo quedé sentada entre un rabino que rezó durante todo el viaje, y un chino que en enseguida se sacó los zapatos. Delante de mí había un árabe con turbante y detrás tenía dos cubanos que hablaban en voz muy alta. Pasillo de por medio,  formales hombres de negocios, muy rubios, trajeados y con portafolios. Y justo detrás de ellos varios negros que se durmieron en cuanto despegamos. ¡Eso es Nueva York! Y lo que más me sigue gustando de esa impactante ciudad.

Volamos durante la noche atravesando más husos horarios. Siete horas tardamos entre Nueva York y Londres, pero estuvimos sobrevolando cincuenta minutos el aeropuerto de Heathrow debido al intenso tránsito. Habíamos salido alrededor de las seis de la tarde y ya estaba amaneciendo.

Debido al buen tiempo y ausencia de niebla, aproveché para tomar fotos del río Támesis así como de los edificios del Centro y del London Eye (Ojo de Londres), también conocido como Millennium Wheel (Rueda del Milenio), que fuera inaugurada en marzo de 2000. La noria mide 135 m y desde lo más alto se puede tener una visión panorámica de 40 km de distancia. Pero a pesar de lo atractiva que resultaba para los londinenses, la sentí como un elefante blanco que desentonaba absolutamente con los tradicionales edificios del barrio de Lambeth.

En cuanto bajamos volví a subirme a otro avión de British rumbo a Moscú. Decolamos antes del mediodía y llegamos después de cuatro horas, pero cuando ya era bien entrada la tarde. Había tres horas más de diferencia horaria.

En cuanto arribamos al aeropuerto, comenzaron los problemas y las manifestaciones de corrupción. Habían aterrizado varios aviones con pocos minutos de diferencia y atendían primero a quienes venían por Aeroflot. Entonces la fila y la espera se hicieron largas. Y si bien muchos conversaban en inglés, la mayoría lo hacía en ruso, cuando de pronto oí hablar en español. Pude escuchar que eran latinoamericanos que venían al mismo Congreso que yo, por lo que prontamente dejé mi lugar en la fila, y aunque retrocediendo, me puse a charlar con ellos. Y así se agregaron otros más unidos por la lengua de Cervantes y se formó un grupo de casi quince personas, entre los cuales había una periodista cordobesa.

Cuando comenzaron a atender, no muy ágilmente que digamos, vimos que a los colombianos no los dejaban pasar dándole las explicaciones en ruso y de mala manera. Y como amenazaban con detenerlos, decidimos quedarnos todos aunque ya tuviéramos los pasaportes sellados. Entonces algunos fuimos a buscar a los organizadores del Congreso que con carteles nos estaban esperando. Y ellos pudieron resolver el problema, pero nos advirtieron que lo que estaba ocurriendo era que estaban pidiendo una coima, ya que era sencillo acusarlos de narcotraficantes.

En sendos vehículos nos llevaron hasta la Academia de Ciencias donde estaba la empresa que habían contratado para gestionar hoteles y excursiones. ¡Otro disgusto! Nos encontramos con que a pesar de haber adelantado dinero no teníamos las reservas, y nos ofrecían hoteles más caros que los que habíamos reservado. Dijimos que no podríamos pagarlo, aunque no era cierto para los argentinos, ya que en ese momento Moscú era barato para nosotros, pero no para los demás latinoamericanos. Y ante las presiones que recibimos, amenazamos con irnos de vuelta en el próximo vuelo. Nos contestaron que era imposible porque Aeroflot no tenía lugares hasta la semana siguiente. Pero cuando demostramos que habíamos venido por otras empresas nos mandaron a un hotel más económico, que se encontraba a tres conexiones de metro del Centro, y que había sido donde se hospedaban en otras épocas los jóvenes del Partido Comunista, cuando había reuniones generales en Moscú.

Al llegar al hotel vimos que allí estaban parando muchos participantes. Nos ofrecieron compartir habitaciones para ahorrar más dinero. Con la cordobesa dijimos que sí, y al llegar a nuestro cuarto nos encontramos con dos brasileros. Lo que ocurría era que los rusos no distinguían si nuestros nombres eran femeninos o masculinos. Pedimos el cambio, y fue así como nos ubicaron con una mujer mongol, que no tenía que ver con nuestra actividad y que solo comprendía su lengua y ruso. Pero estando tres mujeres juntas, igualmente no paramos de hablar, y mediante fotos nos hicimos conocer mutuamente todo sobre nuestras respectivas familias. Y, además, creo haber entendido que iba a Rusia en representación de su marido que acababa de establecer vínculos comerciales.

Siendo ya muy tarde, y cansada por los tres vuelos y los contratiempos, me fui a dormir. Esa noche soñé que regresaba a San Francisco, pero esta vez, con flores en mi pelo.

 

 

Ana María Liberali