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Asunto:NoticiasdelCeHu 210/12 - VIAJANDO: En Alemania rumbo a Polonia
Fecha:Martes, 1 de Mayo, 2012  13:22:52 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 210/12
 

 

En Alemania rumbo a Polonia

 

En julio de 1997, el geógrafo polaco Witold Wilcynski me invitó a participar de un congreso organizado por la Unión Geográfica Internacional, sobre Geografía de las Religiones. La actividad se realizaría en Sandomierz, una localidad en el centro-sur del país, pero a los extranjeros nos irían a buscar a Varsovia (Warszawa).

Desde Argentina no había vuelos directos a Polonia, así que sí o sí, debía hacer escala en algún otro país europeo. Y lo más económico era ir por British Airways a Londres y de allí a Frankfurt para luego seguir por Lufthansa, la empresa alemana, o LOT, la polaca, hasta Varsovia. Pero ese último tramo costaba 450 dólares. Yo pensé todo lo que podía conocer con ese dinero yendo en tren. Y así lo hice.

Salí de Ezeiza en British, empresa de la que me hice pasajera frecuente por la calidad de las aeronaves y la atención de las azafatas. Ellos llevaban siempre personal británico y personal del país desde donde partían o hacia donde iban. Y ofrecían una carta con menúes de ambos países. La primera copa de alcohol era atención de la empresa, la segunda la cobraban, y la tercera la negaban. Así que acompañé mi cena inglesa con torrontés Cafayate de exportación. Y al sobrevolar España, tomé un delicioso desayuno argentino con medialunas y dulce de leche.

Al bajar en el aeropuerto de Heathrow, llamé por teléfono a Franco, mi pariente italiano que trabajaba allí y me encontré con él para conversar sobre las novedades familiares. Y luego continué viaje rumbo a Frankfurt (Fráncfort del Meno).

Si bien estábamos en la etapa de la convertibilidad con el dólar uno a uno con el peso, en marcos Alemania resultaba bastante cara en relación con el resto de Europa. Así que me hospedé en un hotelito familiar con baño en el pasillo en una zona residencial. Allí la limpieza era tal, que no existía ningún inconveniente en compartir los sanitarios.

En la calle puse a prueba mis conocimientos del alemán aprendido en la Facultad de Filosofía y Letras más de veinte años atrás, pero con la pronunciación no la iba. Así que diccionario en mano, solo me animaba a escribir lo que quería en ese idioma, aunque desistí cuando advertí que absolutamente todos los alemanes dominaban perfectamente el inglés.

Frankfurt no me agradó. Era una ciudad grande respecto del resto de las europeas, y muy importante financieramente, pero con demasiado movimiento para mi gusto. Así que prontamente busqué la estación del ferrocarril y partí rumbo a Marburg, ciudad universitaria donde me esperaba el geógrafo Wilfried Endlicher.

En Instituto de Geografía de la Universidad de Marburg se especializaban en investigaciones latinoamericanas, preferentemente sobre Argentina y Chile, por lo cual había surgido mi relación con el profesor Endlicher a quien nombramos Miembro Honorario del Centro Humboldt por todo el apoyo que nos diera, en especial con la revista Meridiano.

Pocos días después estaba partiendo hacia Giessen, otro centro universitario donde se dedicaban a realizar estudios geográficos sobre Ecuador y Asia Central. Allí además me dediqué a conocer la ciudad, que hasta las diez de la mañana estaba absolutamente desierta. Y grande fue mi sorpresa cuando entré a una farmacia para que me vendieran una Novalgina que calmara mi dolor de cabeza, y me informaran que sin receta no podían venderme ni una aspirina. Así que ante esa complicación, decidí comer más liviano y esperar que se me pasara naturalmente.

La próxima etapa iba a ser Bonn, la capital de lo que fuera Alemania Occidental. Por lo tanto tomé nuevamente el tren hasta Frankfurt, y desde allí uno de gran velocidad. Y era tal la rapidez con que andaba, que cada vez que apuntaba la cámara para tomar alguna fotografía, en cuanto ponía el foco, ya habíamos dejado atrás el objeto de mi interés. Pero a pesar de haber pasado como un rayo, lo recuerdo como un paisaje maravilloso con castillos y otras construcciones dignas de admiración en ambas márgenes del río Rin.

Bonn era pequeña, tranquila, bonita y muy residencial. Mi principal objetivo allí era conocer la Humboldt Stiftung Foundation, entidad que otorgaba becas a investigadores de todo el mundo. Primeramente me sorprendí por lo modesto del edificio, pero luego comprendí que para ser eficiente no era necesario contar con una arquitectura ampulosa. Me recibieron muy bien y pude establecer un interesante intercambio con el Centro de Estudios Alexander von Humboldt de Buenos Aires, del cual yo formaba parte.

Volví a subirme al tren. Esta vez rumbo a Hamburgo (Hamburg), ciudad localizada al noroeste del país. Me ubiqué en un compartimento con asientos enfrentados. La educación era óptima. Cuando aparecía una mujer o un anciano, rápidamente alguien le cedía el asiento. Hasta que en Bremen subió una mujer con un niño en brazos y nadie se levantó. Había un detalle no menor. Era morena. Y cuando yo me estaba parando, detrás de ella apareció el marido, muy rubio, muy alemán, y dijo: -“Por favor, un hombre que le ceda el asiento, es una madre.” Y rápidamente quien estaba a mi lado le dio el lugar. En voz muy baja le hablaba al niño en español. Entonces yo me puse a conversar con ella. Era colombiana y me expresó su sufrimiento ante la discriminación que sentía cuando no iba acompañada por su esposo.

Llegamos a Hamburgo. Me pareció hermosa. Con sus cúpulas verdes y sus canales. Estaba emplazada en el lugar donde el río Elba confluía con los ríos Alster y Bille. El Centro estaba situado alrededor de los lagos artificiales Binnenalster (Alster interior) y el Aussenalster (Alster exterior). La isla Neuwerk y otras del mar del Norte, también forman parte de la ciudad. Por su navegabilidad, incluso por barcos de gran porte, se había convertido en el segundo puerto de Europa, después del de Rotterdam, en Holanda.

Visité la ciudad a pie y mediante un ómnibus de turismo con techo descubierto. Pude, de esa manera, admirar diferentes edificios y barrios tradicionales. Y en el puerto, una exposición sobre el Titanic.

Cuando ya estábamos regresando al Centro, descubrí que se anunciaba la ópera Evita. Me bajé y advertí que, como todo, comenzaba temprano y terminaba temprano. Así que rápidamente fui a comprar mi entrada. En el hall del teatro los espectadores se reunían y conversaban tomando unas bebidas antes de ingresar a la sala. También a mí me invitaron pero no tenía a nadie como partenaire. Estaba prohibidísimo tomar fotografías o filmar, pero igual lo hice sin flash. La obra estaba interpretada en inglés, y tenía una visión que compartía pero que no sería bien tolerada en la Argentina. A la salida me ofrecieron libros sobre la vida de Evita. No los compré por el precio y por el peso, aunque hubiese sido importante contar con esos materiales. Volvieron a ofrecerme una bebida y debido a mi acento me preguntaron cuál era mi nacionalidad, y al decir que era argentina, muchos me rodearon y les decían a otros: -“¡Como Evita!” Pero a mí no me hacía para nada feliz que me compararan con ella, ni siquiera en ese sentido. Siendo ya casi las ocho de la noche de un sábado, caminé buscando un lugar donde comer, y a mi paso, en las vidrieras de las joyerías, vi que entre las alhajas de mayor valor había collares de perlas y aritos haciendo juego de la “Colección Evita”.

Era pleno verano. Durante el día la temperatura había llegado a los 21ºC; y si bien en ese momento no superaba los 15ºC, todo el mundo estaba cenando en la calle y con pocas ropas. Los únicos abrigados eran unos peruanos que andaban tocando y cantando a la gorra. Interpretaban música latinoamericana y entre otros temas “El Cóndor Pasa”, que era el preferido de todos los alemanes.

Mientras comía me puse a conversar con el mozo, que era iraní, y que como todo el mundo, soñaba en pasar sus vacaciones en el Mediterráneo. La desesperación por vivir algunos días de calor se manifestaba en que ahorraban todo el año para desplazarse al sur de Europa, y los que tenían mayor poder adquisitivo, soñaban con ir al Caribe o a las playas de Brasil.

Al día siguiente debía tomar el tren rumbo a Berlín Zoo (ex Alemania Occidental) y desde allí combinar en Alexanderplatz (ex Alemania Oriental) hasta Varsovia. Ya me había acostumbrado a la puntualidad extrema de los ferrocarriles alemanes, pero esa vez, cuando no faltaba demasiado para llegar a Berlín Zoo, el tren comenzó a andar lento y luego a detenerse sin causa aparente. Primeramente me inquieté y luego me desesperé porque iba a perder la conexión con el otro tren. Y allí el guarda nos informó que era muy difícil avanzar debido al festival de rock que traía gente de toda Europa, y que estaban ocupando gran parte de las calles, incluidas las vías. Lo que me sorprendió de entrada fue que un festival de esas características se hiciera durante las horas de sol, pero en Alemania de noche sería insólito.

Una vez finalizado el evento, con una hora y media de atraso arribamos a la estación Berlín Zoo. Volví a ver con angustia, como el año anterior, la torre partida de la iglesia como muestra de lo que fuera la Segunda Guerra Mundial. Y desde allí debía tomar el metro para llegar a Alexanderplatz. Estas estaciones aun no estaban unidas y representaban todavía las particularidades de ambas Alemanias. Pero la cantidad de jóvenes que subían y que se encontraban en la estación, me obligaron a dejar pasar varios servicios. La mayor parte de ellos lucían atuendos excéntricos, con las crestas punk, cadenas, encajes, rostros pintados, inscripciones en la ropa y en el cuerpo, y muchos totalmente “dados vuelta”. Algunos yacían en el piso sin poder levantarse y  las jeringas así como envases de gaseosas rotos estaban tirados en la plataforma.

En medio de todo ese desborde, un hombre grande se acercó a una mujer policía pidiéndole en alemán que le hiciera lugar para poder subir al metro, pero ella no le hizo caso. Entonces me acerqué y en inglés le hice ver que la estaban requiriendo, a lo que me contestó: -“He’s Polish.” (Él es polaco). Entonces yo, haciendo ver que estaba con él, le contesté: “But I’m American.” (Pero yo soy americana). Sin aclarar, desde ya, que era sudamericana. Entonces, gentilmente, hizo lugar para que nosotros, aunque, apretujadamente pudiéramos subir y llegar a Alexanderplatz.  Pero el tren a Varsovia ya había partido.

Yo no era la única que estaba en esa situación, además de los tantos jóvenes que regresaban del festival. Y cuando fui a ponerme en la fila de la boletería para pedir una solución, vi que comenzaba a más de un metro de la ventanilla, donde había un cartel que decía Bitte Diskretion (Por favor, discreción). Fue entonces cuando se me acercó el polaco y dijo algo en alemán que yo no entendía, por lo que le hice seña de que me lo escribiera. Me pedía que yo pusiera su pasaje junto con el mío para solicitar cambio para el tren que salía más tarde porque a él siendo polaco no se lo darían. Yo no podía creer que fuera para tanto, pero, de todos modos le hice el favor. Sin inconvenientes me cambiaron los pasajes y me pidieron disculpas porque el atraso era ajeno a mi persona. De hecho, hablar en inglés era un pasaporte para todo.

Debíamos esperar tres horas en el peron, porque así se dice andén en polaco. Y entonces se dio una situación inusitada. El hombre y yo queríamos conversar, pero él hablaba polaco, alemán y ruso; y yo español, inglés y francés. La única comunicación posible, además de los gestos, eran las pocas palabras que yo recordaba de alemán, por escrito, y con la ayuda de mi pequeño diccionario. De esa manera le expliqué que iba a un congreso, y él me contó que había ido a Alemania a comprar chocolates finos y otras golosinas para su negocio. Mediante las figuras de una revista, él me enseñó cómo se decía cada cosa en polaco, y yo se la repetía en español. Y luego, en un papel me armó un listado de frases necesarias para moverme en Polonia, donde la mayor parte de la población solo entendía su lengua y ruso. Las escribió en polaco y las tradujo al alemán. ¡Me fueron sumamente útiles!

Esa estación, que había pertenecido a Alemania Oriental, era lo más parecido que vi a la de Constitución en Buenos Aires, y el tren era idéntico al del ferrocarril Roca. Salió a horario y todo iba bien hasta llegar a Fráncfort del Óder, última ciudad alemana. Era tarde pero recién estaba anocheciendo por la época del año y la latitud. Se veía el sol poniéndose en una inmensa llanura, tal cual la región pampeana.

Cruzamos la frontera y todo cambió. El tren comenzó a detenerse y la marcha no era tan suave como en el tramo alemán. Sin duda, las vías no estaban en buenas condiciones. Y a la mañana siguiente, con varias horas de atraso y en medio de una lluvia torrencial, arribamos finalmente a la estación de Warszawa.

 

 

Ana María Liberali