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Asunto:NoticiasdelCeHu 220/12 - VIAJANDO: Un día en Bangkok
Fecha:Martes, 8 de Mayo, 2012  14:48:57 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 220/12
 
 

Un día en Bangkok

 

Llegué a Londres procedente de Oslo el sábado 12 de agosto a la noche, y enseguida partí en otro vuelo rumbo a Bangkok. Si bien el destino de este viaje debía ser Seúl (Seoul), por esas cuestiones de tratados y negocios que no comprendía mucho, British Airways no podía ingresar a Corea del Sur, por lo que debía hacer combinación en Tailandia.

El avión salió del aeropuerto de Heathrow, se dirigió hacia el nordeste, cruzó los Urales por la zona más baja cercana al Ártico y luego los bordeó por el este hacia el sur, y mientras atravesaba los desiertos me dormí, despertándome ya mientras sobrevolaba la bahía de Bengala en medio de una terrible tormenta propia de los monzones de verano. El vuelo finalizaba en Australia. Yo creí que sería la única que se bajaría en Bangkok, pero lo hizo la mayor parte del pasaje, ya que muchos jóvenes ingleses iban a pasar sus vacaciones a las playas tailandeses y esto se sumaba a los hombres de negocios que visitarían los talleres de las empresas.

Yo pensé que no podía ser que tuviera que hacer una escala de varias horas en un lugar tan exótico para mí como Bangkok, y solo conociera el aeropuerto. Entonces pedí “stop” de un día para tener una visión general de la ciudad. Por lo tanto guardé parte de mis pocas pertenencias en un locker, me dirigí al mostrador de una agencia de turismo y pedí conocer los aspectos más destacados de la ciudad. Me dieron un listado del cual seleccioné lo que más me interesaba y mediante el contrato de un remis con guía, salí a recorrer la capital tailandesa.

Primeramente visitamos los templos con sus budas cubiertos de oro, y su ornamentación exterior en altorrelieve con pétalos formados con cerámicas. Un trabajo increíble por belleza y precisión. La guía que me acompañaba era china, una típica inmigrante en Bangkok y profesaba el budismo por lo que pudo darme explicaciones extras a lo que indicaban los folletos turísticos.

Luego pasamos por el sector industrial. Muy moderno, y de hecho, la antítesis de lo que acabábamos de ver. Había grandes galpones donde se fabricaban zapatillas, juguetes y otros productos de marca para ser exportados al mundo. Allí casi todos hablaban en inglés, por lo menos los mandamases. Era un verdadero enclave, algo absolutamente ajeno a toda la tradición oriental, y ajeno también al propio consumo de la mayor parte de los tailandeses.

Y de allí a los mercados callejeros, que eran muy informales, ruidosos, con aromas de diferentes comidas que se vendían al paso, y con mucha suciedad por todos lados. Pero, reales, típicos del lugar.

Almorzamos más cerca del Centro en una zona un poco más occidentalizada  donde había muchos empleados de oficinas y turistas. Era impresionante como los niños se ofrecían para prostituirse. Y ante la negativa de muchos, eran maltratados por adultos que los manejaban por considerar que no lo estaban haciendo bien.

Volvimos a andar por la ciudad, y en muchas partes había gente viviendo en carpas montadas sobre boulevares y otras áreas verdes. ¡Son de Bangladesh! –me aclaró la guía. Pero luego reconoció que también lo eran de la zona rural tailandesa. Y por ese camino llegamos cerca del Palacio donde residía Bhumibol  Adulyadej (Rama IX), Rey de Tailandia, y tal como me ocurriera en Londres una semana atrás, no pudimos pasar porque Sirikit, la Reina Consorte había salido en su carroza en medio de una gran multitud a festejar sus sesenta y ocho años. Así que estuve de cumpleaños real en cumpleaños real.

La imagen me resultó lamentable. Todos los ornamentos de la Corona Tailandesa eran impúdicamente lujosos y la pobreza que la rodeaba, extrema. Y lo peor de todo, que esa inmensa masa de pobres, los veneraba como si fueran dioses.

Quise visitar una orfebrería, ya que Tailandia se caracterizaba por pulir las más hermosas piedras y metales preciosos de todo Oriente. Cuando entramos, el guía del museo de joyas que se presentaba a la entrada, preguntó cuál era mi lengua, y enseguida me habló en español. Me dijo que sabía siete idiomas, ya que de lo contrario no podría hacer ventas, dada la gran variedad de países desde donde proceden afamados joyeros. Y al preguntarme sobre mi país de origen, se puso a hablarme de Los Pumas a quienes había visto jugar en Australia.

Las muestras exhibidas eran dignas de admiración pero mucho más lo era ver trabajar a los orfebres. A pesar de mi magro presupuesto, debido que allí la venta era directa, pude comprar un pequeño corazoncito de rubíes con certificado de autenticidad para mi madre. Imposible hubiera sido adquirirlo en una joyería de Buenos Aires.

Y para cerrar la noche, fuimos a cenar a un restorán oriental tradicional, muy preparado para turistas. Dejamos los zapatos en el recibidor, y luego nos sentamos con las piernas cruzadas sobre almohadones junto a una mesa bajita. Trajeron todo tipo de “manjares” en pequeños potecitos de porcelana, todo muy cortadito, pequeñito para no llevar cuchillos a la mesa. Yo probé pocas cosas porque gran parte de ellas tenía pescado o frutos del mar, pero disfruté del espectáculo que se brindaba en un escenario central.

Terminada la excursión de día entero regresé al aeropuerto, me acomodé en los mullidos sillones de la sala de espera, utilicé mi mochila a modo de almohada, y me dormí plácidamente hasta la mañana siguiente en que saldría mi vuelo de Thai Airways rumbo a Seoul.

 

 

Ana María Liberali