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Asunto:NoticiasdelCeHu 215/12 - VIAJANDO: En Roma y el Vaticano
Fecha:Domingo, 6 de Mayo, 2012  12:03:44 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 215/12
 

 

En Roma y el Vaticano

 

Mis parientes me despidieron en la estación de Ancona y la emoción fue tremenda, a pesar de que hicimos grandes esfuerzos por contener las lágrimas. No querían que me fuera. De hecho tuve que mentirles. Les dije que mi vuelo partía antes de lo real para tener más tiempo de conocer Roma. Por fin el tren arrancó y se internó en los Apeninos. Lugar agradable, plácido… Me relajé y lo disfruté muchísimo mientras pensaba en todas las atenciones que habían tenido para conmigo y cuándo podría volver a verlos.

Ya de noche llegamos a Roma. Busqué un hotel económico cercano a la estación, salí a comer una pasta, ¡y a dormir!

Por la mañana, a caminar. Caminé, caminé y caminé. Todo el día sin rumbo. La ciudad no tiene un Centro propiamente dicho, pero es atractiva por donde se la mire, a pesar de… A pesar del tránsito, del ruido y fundamentalmente de la mala educación, como en toda Italia. Nadie respeta nada, estacionan donde se les da la gana, las motos que ya me habían hartado en las demás ciudades, circulaban por la vereda como si nada… Hasta un motociclista insultó a un hombre en silla de ruedas que estaba esperando cruzar en la rampa de discapacitados, porque él quería subir por allí con su vehículo. ¡Tremendo! En pocos días vi varios choques. Se bajaban, se puteaban…, pero no se iban a las manos. Luego aparecía la policía... Discutían entre todos, ¡y luego se iba cada uno por su lado sin solucionar nada!

Uno de los principales atractivos para mí era ir a ver el Coliseo. Y como el mes de julio es temporada alta, estaba desbordando de turistas. De todos modos, fue lo suficientemente impactante como para ignorar el bullicio. Me senté y me puse a pensar sobre todos los hechos que habían sucedido allí. ¡Y yo tenía la posibilidad de pisar semejante lugar! Al salir, varias personas vestidas de gladiadores se ofrecían para sacarse fotos por algunos dólares. Supuestamente eran sordomudos, pero en algunos casos comprobé que no era cierto.

Continué recorriendo las ruinas romanas, y en todos los casos, recordando todo lo estudiado en Historia. ¡Qué rara sensación!

Habiendo conocido gran parte de Europa debo reconocer que la arquitectura y las esculturas itálicas son las más destacadas, por la calidad, la gracia y la imponencia.

Sin embargo, no sentí lo mismo al llegar a la Fontana de Trevi. Casi sigo de largo… La había imaginado de otra manera. Pedí algunos deseos, tiré unas monedas… Y al continuar la caminata, enseguida vi, acostados al sol y encadenados a un grupo de personas protestando por sus condiciones de trabajo… En el mismo lugar, las prostitutas ofreciéndoseles a los turistas, niños corriendo, motos pasando a gran velocidad… ¡Tutti insieme!

Se hizo de noche, y ya en el hotel, seguía escuchando el ruido de las motos que ya se me habían convertido en una obsesión. Y si bien me causaban bastante fastidio, debo reconocer que debido a la antigüedad de la ciudad, gran cantidad de calles son sumamente estrechas y al ritmo de finales del siglo XX, eran la única posibilidad de llegar a tiempo a todas partes. Aunque a los italianos la puntualidad no les preocupa demasiado.

Si bien quedaba mucho por conocer, debido a que mi tiempo se estaba extinguiendo, dediqué un día para la Ciudad del Vaticano. Así que tomé un autobús que me dejó cerca, y lentamente caminé hasta la calle de ingreso. ¡Qué decepción! ¡Qué mal aspecto me dio encontrar que en toda la entrada, más que santerías había casas de cambio y financieras! Yo tenía claro que el Vaticano contaba con ese tipo de negocios, pero sinceramente pensé que podían disimularlo un poco.

La Basílica de San Pedro estaba repleta de gente, sobre todo de delegaciones de colegios religiosos de otros lugares de Europa. No pude desplazarme ni tomar fotografías con comodidad debido a la multitud, pero reconozco que no me atrajo como suponía que iba a suceder. Tal vez el hecho de que La Piedad, luego del atentado de 1972, pueda solo ser vista a cierta altura y detrás de un vidrio antibalas, quite gran parte de la comunicación que solía establecerse entre la escultura y sus espectadores. Y encima, no pude conocer la Capilla Sixtina, donde pretendía apreciar los techos pintados por Miguel Ángel, debido a que ese día permanecería cerrada.

Y eso fue todo. Al día siguiente emprendí la vuelta. Estuve un largo rato para poder cruzar la calle de la estación con la valija ya que nadie respetaba los semáforos, y mucho menos a los peatones. Compré algunas camisetas de fútbol del Fiorentina con el nombre de Batistuta para mis hijos, y tomé el tren hasta el aeropuerto de Fiumicino. A pesar de estar bastante cargada no fui en taxi tanto por recomendación de mi padre como de mis parientes, debido a que suelen ser más ladrones que en Buenos Aires.

Ya en el aeropuerto me divertí viendo el desorden y las discusiones entre el personal y los pasajeros de Alitalia. Mi avión de British Airways fue puesto mucho después y terminamos de embarcar en silencio y ordenadamente mucho antes. Como en el resto de Europa, si había escándalo, había italianos. Y si bien todos mis ascendentes son de esa nacionalidad, debo reconocer que ¡son insoportables!

Nuevamente en Londres, esta vez me quedé unos días, y fui a la casa de Franco, con quien conversé como siempre, mitad en italiano y mitad en inglés, sobre mi experiencia en Italia y la visita a toda la parentela.

Y trece horas de vuelo de por medio, llegué a Buenos Aires después de casi un mes de estar fuera de casa.

 

 

Ana María Liberali